Por Juan D ’A G R A M U N T .
AMBIENTE DE LUCHA
P
OR aquel entonce» el movimiento obrero vinculado a la C. N.
T. eetaba en pleno apogeo.
Atravesábanlo» loe años prósperos de la postguerra. Las industrias ca
talanas tenían abiertos todos los mercados europeos a precios sin competencia. Fuó por estas (echas cuando el movimiento sindicalista revolucionario adquirió un poderoso desarrollo. La miiitancia sindical iba creando grandes concentraciones pro
letarias, fundiendo las antiguas so
ciedades de resistencia, dispersas y atomísticas, en fuertes y compacto*
factores de lucha, como lo fueron loe sindicatos únicos. A l mismo tiem
po so transformaba la actuación pa
siva y colaboracionista, atenta al so
corro y a la intervención oficial, cambiando el disco hacia la acción directa e impregnando la conciencia de los trabajadores de espíritu revo
lucionario.
La C. N. T. supo aprovechar en forma debida esta etapa do floreci
miento industrial. El momento era in
dicado para mejorar la desesperan
te situación de la clase obrera. Un salarlo misero y un trato despótico eran las únicas compensaciones que obtenía, mientras los patronos logra- bran fabulosos beneficios. Tal injus
ticia incrementó la lucha entre am
bas partes. A l principio, toda peti
ción, por modesta que fuese, era sistemáticamente desechada. La in
transigencia patronal avivó el espí
ritu de lucha de los trabajadores.
Su negativa fue contestada con la violencia de parte de los peticiona
rios. La lucha fué dura e intensa du
rante años, mejorándose grandemen
te las condiciono» económicas y mo
rales del proletariado.
La cerril intransigencia patronal, junto con la intervención desaforada o irritante de los gobiernos monár
quicos a favor del capitalismo, exa
cerbaron el natural antagonismo en
tro patronos y obreros, hasta con
vertirlo en un astado permanente de represión contra la d aso obrera or- ganiiada. Es interesante rememorar estos hechos que demuestran como si las clases redoras hubiesen esta
do poseídas de un poco de compren
sión y un elemental sentido de jus
ticia. la lucha social que sostenía
mos hubioso sido más incruenta: pe
ro su coquera, su amor propio, su obtusidad, cuidaron de agudizar los problemas hasta convertirlos en in
solubles. De este estado de cosas surgió el caráder violento y agresivo que adquirieron los conflictos soda
les. Do ahí dimana toda la secuela de convulsiones y luchas sangrientas
que dieron una característica pocu- liar al movimiento obrero español, en especial al qeslado y desarrolla
do por nuestra central sindical.
PROLOGO DE UNA CHUZADA
P
RECISAMENTE fuá durante los años que median entre el 1917 al 1921. cuando las luchaR sindicales que culminaron con el céle
bre movimiento de l a Canadiense adquirieron mayor volumen o impor
tancia. A las negativas irreductibles de los patronos, se contestaba inva
riablemente con la huelga: el loc- kaut era replicado con el sabotage.
Ton movimientos y conllictos obreros se sucedían con una rápidos verti
ginosa y con violencia más acen
tuada. Mientras la lucha prosoquía en la calle, las burguesía nacional, las viejas oligarquías y toda la Es
paña olícial. entra medrosa e irrita
da/ buscaba alanosa los modios y la terapéutica para aniquilar al mo
vimiento ccnetista que los tanta ame
drantados.
Como dato nnedóctico de las lu
chas apasionados de aquellos días, recordamos qua, junto con los com
pañeros Andrés Nin y Joaquín Mau- rín. ambos en aquel entonces mili
tantes do In C. N. T.. nombrados ellos y al que suscribe como rodadores do Solidaridad Obrera, temporalmen
te suspendida por orden gubernati
va. luimos, en representación del movimiento, a visitar al gobernador de Barcolona. don Federico Carlos Bas, con el iin de que autorizara su publicación.
Una ves terminada la conversa
ción do rigor en torno a la solicitud hacha, el señor Bas, cuya aduación al trento del Gobierno Civil había si
do tolerante y benigna, nos dijo:
Tengan en cuenta que quien va a decirles unas palabras no es el gobernador, sino un ciudadano cual
quiera, que Ies expondrá con clari
dad la situación en quo se encuen
tran ustedes y e l movimiento a que pertenecen.
Sepan que ayer hubo una reunión de autoridades y de elementos re
presentativos, donde se convino en la necesidad do acabar con e l esta
do caótico do Cataluña y de España, aunque cueste la vida a miles de afiliados y militantes a la C. N. T.
l a ejecutoria de este plan me fue encomendada a mí. Yo contestó que sería un gobernador iracasado, pe
ro no un gobernador asesino. Mar
tines Anido replicó que él se senti
ría muy honrado en llevar a térmi
no dicha ejecutoria. Y a lo saben us
tedes. Procuren, por los medios que sean, evitar e l menor acto de vio
lencia. Piensen que la muarte se cierne sobro sus cabezas y las de sus compañeros de lucha.
Esto es cuanto tenía que decirles.
La verdad es que iué la vos de una conciencia honrada la que nos puso sobro aviso de cuanto nos iba a suceder. Salimos de la entrevista profundamente preocupados. Infor
mamos en seguida a l Comité Regio
nal de la C. N. T. Aquel atardecer hubo reuniónos y conciliábulos con
el Un de parar el golpe. Dléronee instrucciones precisas a los delega
dos de taller para contestar a la provocación. Visitamos a l señor Lay- ret, siempre dispuesto a servir a la C. N. T., quien después de eiectuar unas visitas nos confirmó que. efec
tivamente, aquella misma noche en
traría en funciones de gobernador civil de Barcelona el general Mar
tines Anido.
IA BATALLA A LA C. N. T.
E
S a partir de ocupar el cargo de gobernador dicho sujeto, cuando todas las fuersae regresivas de la España oficial deciden ahogar con sangre proletaria el magnífico movimiento obrero cenetista, que con
taba en sus realixaclones el hecho de haber elevado a los trabajadores españoles a un nivel moral y eco
nómico casi similar al de sus com
pañeros del resto de Europa, y que.
a la ves, representaba por la auda
cia y la cantidad de sus adherentes la esperansa más positiva para pro
piciar la liberación de España. Es a partir de este momento cuando el Fomento del Trabajo Nacional, de Barcelona, órgano patronal, y el go
bierno presidido por Eduardo Dato, acuerdan dar la batalla. El sombrío Bugallal, desde el Ministerio de la Gobernación, preside la «u sa d a . Co
mo es Cataluña la sede del movi
miento protestatario. confieren carta blanca e inmunidad absoluta a dos generales despóticos y crueles: Mar
tines Anido y Miguel Arlegul, quie
nes, desde el Gobierno Civil y la Je
fatura de Policía, emprenden la ma
cabra tarea de descabezar ef sindi
calismo, según frase gubernamental.
¿Para qué describir lo que siguió luego? ¿Pora qué hacer desfilar la gama multiforme de violencias y de horrores que se cometieron contra la militando coniederal? Bastará con decir que una represión tan cruenta y monstruosa seguramente no había tenido par en otro país. H ay que te
ner en cuenta que por aquel enton
ces las atrocidades salvajes del na
zismo aun eran desconoddas y que el general Franco no había podido poner en práctica sus Instintos v e sánicos y criminales. Reconozcamos do plano que Martines Anido y A rle
gul fueron unos simples precursores en criminalidad comparados con el actual didador español. N o obstan
te, la cosa fué seria. Las cárceles, buques y castillos fueron atiborrados de carne proletaria. A los encarta
dos en procesos se los mandaba a presidio, violentando las normas más elementales de la Justicia oficial.
Los asaltos domiciliarlos se efectua
ban sin el menor requisito. Las pol
vorientas carreteras españolas se vieron Invadidas por interminables caravanas de obreros en camino del destierro. Las deportaciones en cali
dad de rehenes se efectuaron en el castillo de la Mola. La criminal ley do lugas fué aplicada sistemática
mente a centenares de compañeros y contra quienes eran capaces d e impugnar tales monstruosidades. El asesinato policiaco se pradlcó fría y alevosamente, todos los días y en cualquier lugar público, prosiguten-
do así la monstruosa tarea de ex
terminar a los militantes de la C. N.
T.. con sus asesores y defensores públicos.
¿Acaso la mentalidad energumé- nica de un Anido o de un Arlegui, era capas de apreciar los matices do derecho, de sensibilidad y de com
prensión que caracterizaba el mo
vimiento coniederal? Ellos cumplían órdenes. Su lema era: ¡disparad a la barriga!
¿Acaso la burguesía catalana y los oligarcas españoles, frente a la perspectiva de aplastar a un movi
miento obrero pujante y poligroso para sus interoses, iban a pararse en remilgos ante la inmunidad par
lamentaria o la inviolabilidad de la toga? Bastaba con ser amigo, sim- patizante o defensor de los sindica
listas, para que les reservaran la parte correspondiente en la cruzada represiva y a muerte que se efec
tuaba contra la d a s e obrera organi
zada y rebolde.
DE LA CARCEL AL
“GIRALDA”
M
ILES de obreros fuimos detenidos en toda España. Di
mos con nuestros huesos en la mansión carcelaria de la calle Entensa. A llí vegetamos unos meses.
A l anochecer del 20 de noviembre de 1919 oímos un gran revuelo de puertas y gritos. ¿Qué ocurre? Por fin, los ordenanzas nos llaman albo
rozados.
— ¡Vengan con todol (Van uste
des en libertad!
A l reflexionar un poco vimos cla
ramente que no sería verdad tanta belleza.
-•¿Salen muchos? — Inquirimos.
— Si, unos cuarenta.
En seguida comprendimos que ha
bía gato oncerrado. El proso guber
nativo que ha repetido la suerte va rias veces, conoce a la perfección si el clima es propicio para obtener la libertad, o bien si, por el contra
rio, se podía esperar una m ala pa
sada a la salida. Aquel momento no era propicio para sentir la me
nor alegría.
Recogimos los bártulos y, hechos los trámites debidos, se nos condu
jo a l dospacho del director. Una ves allí, vimos claramente que algo s*
tramaba en contra nuestra. La sig
nificación de los individuos presen
tes denotaba bien a las claras que so trataba de deportarnos o de algo más grave todavía.
¿Cómo íbamos a figurarnos que mientras quedaban entre rejas cen
tenares de simples cotizantes, iban a soltar a los elementos más activos y responsables del movimiento sin
dicalista? Presentes estaban Seguí.
Companys, Botella, Barrera, Albari- das. David Rey. Ocaña, Abás, Am a
dor, y asi, hasta el número de 36 compañeros. Los reunidos no h a d a mos más que discutir sobre la suer
te que se nos tenía reservada. Al- quien insinuó que en calidad de re
henes íbamos a ser deportados. ¿En qué lugar? N adie lo sabía. La incer
tidumbre aumentaba la inquietud g e neral.
Todas las preguntas que se le ha
d a n a l director de la cárcel eran eaateetadae coa encogiaientoe de hombreo. La ealidtud para comunicar a nueetroe familiares la situación en que noe encontrábamo* fuá denega
da. Después de mucha ineietencla, el director noe dijo: Tengo orden rigu-
guraea de que ninguno de ustedes comunique con el exterior. Todo lo más que puedo hacer es transmitir a sus lamillares, dentro de unos dios, lasnotas y cartas que me sean entregadas.
Así tué. En aquel momento de in- certidumbre, cada cual trazó unas lineas a loe suyos, tratando do tran
quil liarlos. Una ves cumplido este cometido entró en funciones la guar
dia civil. Nos maniataron fuertemen
te por parejas. Un camión hermético y mal oliente nos esperaba a la sa
lida de la cárcel.
Entre los conducidos todo eran su- puniciones y conjeturas:
— ¿Nos llevarán a Montjulch?
— ¿Será Fernando Páo el lugar de destino?
— ¿No oe parece que somoe dema
siados para que nos apliquen la le y de fugas?
Mientras tanto, los más Inquietas Iban mirando por los intersticios del coche, refiriéndonos la trayectoria que seguíamos:
— Ahora estamos en la calle de Urgel.
— Entramo* y a en el Paralelo.
— Vamos en dirección a l muelle.
A llí fuá el final da la primera eta
pa. A l descender del camión vimos que estaban presentes todas las fuer- la s d e Barcelona. Estaban reunidos más generales, jefes, clases y guar
dias, de diversas instituciones, que durante la * jornada* sangrientas de julio de 1936 defendiendo a l fran
quismo.
¿Qué finalidad perseguían con ta
maña ostentación militaresca? ¿Aca
so temían que lo* trabajadores, a l enterarse de que se efectuaban de
portaciones, vinieran a rescatamos violentamente? ¿Era una demostra
ción del miedo que sentían? ¿Equi
valía a una amenosa contra la cla
se obrera? Lo evidente os que para contemplar la triste odisea que su
frían tres docenas justas de presos, debidamente osposados y custodia
dos, sobraban, en cantidad desorbi
tada, tantas precauciones y tal nú
mero de fuersas.
¿Qué otra cosa podía esperarse del genisarismo español, más que ex
hibiciones fanfarronas y espectacu
lares? Los movimientos obreros ser
vían de piedra de toque para com
probar la fidelidad a l régimen de la fauna militaresca. Cuando más impotente e incapas se sentía frente a otro ejército y ante un enemigo extraño y aguerrido, más bravucón e Insolente se mostraba contra e l paisanaje Inerme a indefenso. To
dos los fracasos ruidoso* del ejérci
to español en Marruecos se trocaban en campañas gloriosas ante los cam
pesinos andaluces, los minoro* astu
rianos y los trabajadores del resto de España. Así, en la España mili
taresca do aquellos días, la profe
sión do militar se confundía con la dd revienta huelgas. Además, la bru
talidad desplegada contra la clase obrera era equivalente a que lea
fueran reconocida* *u* hazañas co
mo méritos de guerra.
En lo intimo, aquella aparatosa de
mostración de lu en a venía a decir a la clase obrera que sus demandas, huelgas y conflictos, en lo sucesivo, serían ahogados con sangre, gracias a la abnegada y meritoria interven
ción dol ejército, puesto descarada
mente a i servicio de las oligarquías españolas, agazapadas tras las fi
guras siniestras de dos generales que. Investidos de pleno* poderes, desde sus lugares de mando tenían
en un puño a la España liberal y progresiva, en especial a l movimien
to cenetista, a l que iban a someter a las más duras y terribles pruebas.
No obstante, la provocación ofi
cial fué contestada con la huelga general revolucionaria en Barcelona y las principales poblaciones de Ca
taluña. Es de constatar que en aquel momento nos encontrábamos perfec
tamente solos en la lucha abierta y franca contra e l poder coercitivo del Estado español.
♦ * *
El pueblo sólo tiene tres caminos para librar
se de su triste suerte; lo* dos primeros son Ja taberna y le iglesia; e l tercero es e¡ de la re
volución social.
BAKUNIN.
* * *
Un soldado es un anacronismo del que do- bomas desembarazarnos.
G. BERNABE SHAW.
* * *
La decisión final de una guerra no debe con
siderarse absoluta. La nación vencida suele mirar la derrota como un mal pasajero, que puede repararse en tiempos posteriores por me
dio d e combinaciones políticas.
Von CLAÜSEWm.