ANTROPOLOGÍA Y VIDA COTIDIANA
2. METODOLOGÍA
3.8. LA IMAGEN DE LA RELIGIÓN
un tema que interiormente les afecta. Es frecuente el comentario de que a los niños en el colegio no se les enseñan los ritos ni las prácticas antiguas, sólo contenidos actuales. Los niños no conocen, ni son capaces de imaginar, las penalidades sufridas por los mayores:
- «Los niños no saben los sufrimientos de los mayores».
- «Estos niños no conocen cosas de esas porque en la escuela no les dicen cosas de esas».
La ruptura cultural en consecuencia no se ha producido únicamente por causa de las emigraciones y el abandono de los campos; la propia civilización, en su vertiente educativa, ha prescindido de materias inne- cesarias para su evolución y ha omitido la enseñanza de los valores tra- dicionales y locales, en ocasiones por desconocimiento absoluto del área donde se impartía, a veces por nula rentabilidad o imposibilidad de realizar tal labor.
Por otra parte consideramos digno de mención el hecho que los niños que viven en unas familias extensas en las que participan padres, nume- rosos hermanos, abuelos, tíos,... etc., perciben mayor cúmulo de sensaciones y estímulos. Por ello, en las aldeas el niño era educado en la generosidad vital, en la palabra, en el esfuerzo compartido. La educación se completaba con las fabulillas y las historias de «civilizadores» que vencían las depre- daciones de los seres sobrenaturales y corregían a los hombres proclives al egoísmo, la avaricia y los poderes oscuros.
situado a escasos metros de la ermita donde se celebraba el sacramento, antes que acudir a la participación puntual de éste. Es decir, postergaron el acto ortodoxo y oficial por la creencia secularmente sentida de un modo profundo. La escala de valores era simplemente distinta.
Creerán en los poderes de Dios y de todos sus santos; pero las fórmulas mágicas, las oraciones, los encantamientos, los hechizos, los seres sobre- naturales (brujas, lobos hechizados, procesiones de difuntos... etc.) existen y necesitan ser contenidos por mecanismos paralelos y diferentes a los que puedan proporcionar las creencias cristianas.
Los ejemplos se pueden exponer hasta la saciedad. El soporte físico, tangible, de su religiosidad es imprescindible para sustentar su fe ya que la abstracción de los contenidos sagrados no es fácilmente comprendida ni asimilada por ellos.
De todos modos, la participación en las ceremonias cristianas se convierte en un acto básico de relación social donde se reencuentran los vecinos, donde se comentan los problemas del cortijo y donde se conocen los jóvenes.
El conjunto de ritos y de prácticas paganas presenta un nivel de acep- tación importante, incluso entre los estudiantes universitarios de Albacete y Murcia, que han salido de la serranía. El mal de ojo, la efectividad de las oraciones, la existencia de seres sobrenaturales son creídas sin especiales inconvenientes. Cuando relatan algún suceso mágico o extraño que sirve de paradigma o de caso ejemplar, alegan que tal acontecimiento ocurrió a una persona lejana, con sus nombres y apellidos, conocida de todos los vecinos que participan en la reunión o en la conversación. Si bien, la alusión se remonta indefectiblemente al abuelo X o a la abuela Y. De este modo garantizan la credibilidad de lo narrado y la imposibilidad de la verificación. Pero tal estratagema no es ningún inconveniente para que el resto de los habitantes acepten como buena la historia y asuman las consecuencias morales que se desprenden del hecho o las enseñanzas de tipo social que de él se derivan.
En consecuencia, es difícil para la ortodoxia cristiana erradicar esos mitos locales, esas leyendas concretas y esos recuerdos «in illo tempore»
hasta que no desaparezcan por completo los últimos ancianos. La victoria sobre las viejas creencias no será obra de las religiones monoteístas sino de la civilización industrial, urbana y basada en el consumo como meta primordial.
Un combate silencioso se desarrolla durante décadas, y acaso durante siglos, entre la mentalidad y la religiosidad popular y las normas del catolicismo. Es frecuente escuchar:
92
- «Los curas nos quitan la devoción'».
En la afirmación hacen referencia al abandono de las vestimentas sagradas, del culto reducido a las imágenes en la actualidad, de la carencia de velas en el interior de los templos.., etc. La celebración de la eucaristía no es tal para esas gentes si no se acompaña el rito de su adorno exterior, fundamental para sus ideas y fe, de su aparato visible y triunfante.
Paralelamente brotan ciertos conflictos entre curanderas y sacerdotes (el caso de una curandera en Nerpio que se negaba a sanar a un sacerdote incrédulo en sus remedios naturales y que la había criticado) o bien entre fieles y sacerdotes (pugna en La Graya por reconstruir la ermita vieja en vez de levantar una nueva, posición defendida por el clero).
Como muestra de este conflicto subterráneo y secular entre perviven- cias paganas y manifestaciones netamente cristianas, se encuentra la misma reacción de algunos sacerdotes al conocer nuestro tema de inves- tigación: la indiferencia atenta en unos casos, la preocupación por el alcance del estudio en otros y la misma confesión de su deseo de absorber y hacer olvidar la antigua cultura.
En la vitalidad de estas expresiones paganas ha contribuido podero- samente el aislamiento y la carencia de vías de comunicación. En las décadas anteriores, los bautizos, las comuniones infantiles, los matrimo- nios y los entierros se realizaban, tras kilómetros de caminos sobre las caballerizas, en Yeste o en Nerpio. Las aldeas no podían satisfacer las demandas religiosas de los fieles. En esa situación el influjo del sacerdote o del catolicismo se reducía a lo mínimo mientras seguía imperturbable el desarrollo de una religiosidad paralela aunque íntimamente vinculada al cristianismo. Numerosas oraciones, fórmulas y fábulas morales están impregnadas de elementos católicos que tratan de disimular o embellecer, según los casos, la esencia arcaica y pagana de las manifestaciones mágicas.
No obstante, las mismas creencias antiguas, ajenas al cristianismo, han entrado en un declive irreversible entre la gente joven y adulta. Entre los ancianos el hecho permanece incólume aunque con matizaciones y dudas nebulosas:
- «Podrá ser o no ser; pero nosotros lo hacemos por si acaso>'.
Esta frase, más que incertidumbre expresa, de cara al forastero o al investigador, cierto pudor y vergüenza por si el extraño ríe o menosprecia su rito o su creencia concreta.
En otros casos la vacilación se fundamenta en las transformaciones de la vida reciente. Cuando la magia falla o simplemente no se aplica con' suficiente fe y esperanza para salvar a un enfermo, aliviar una dolencia, obtener un beneficio,... etc., se recurre a una justificación o excusa:
- «Antes creían mucho en todo eso; los de ahora será que somos más malos».
La deficiencia transitoria o coyuntural de un rito mágico y su poca efectividad, se comprende por la carencia de convencimiento y por la actuación del poder divino que castiga la desobediencia, los cambios de vida ocurridos y el olvido de su existencia. De una edad de oro en la que los recursos se encontraban dentro de la propia comunidad agrícola y que con sus esfuerzos podían remediar los males cotidianos, se evoluciona hacia una edad de hierro en la que se ha perdido la capacidad de reacción, de adaptación a las nuevas condiciones y de asimilación. La inocencia primitiva que permitía dominar los fenómenos negativos de la naturaleza, una vez perdida, condena a los vecinos y a los campesinos, a la angustia de la impotencia. Se ha producido una ruptura entre Dios y los hombres por causa de sus preocupaciones y de sus ambiciones:
- «Las cosas antiguas de antes eran de más rezar; pero hoy los jóve- nes, como tienen sus trabajos y sus estudios, pues de estas cosas no saben y no hacen».
Posiblemente unos medios térmicos más rudimentarios, unos recursos menos explotados y una miseria muy acusada, produjeron una orientación espiritual hacia la providencia divina y hacia la intercesión de los poderes benignos a favor del débil y del desesperado. El avance tecnológico y el contacto con el mundo exterior, redujo y difuminó los vínculos con lo sagrado por ser ya menos necesarios. Y ello, interiormente, para sus mentes, provocó el desastre, la falta de piedad y la ruina de las aldeas.