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INTERPELACIONES CULTURALES

In document Ismael Pérez Lugo (página 162-195)

SEGUNDA PARTE: EL LOGOS DE LA OCCIDENTALIDAD

V. INTERPELACIONES CULTURALES

De cultura superior a cultura superada

Durante milenios de existencia humana se gestaron formaciones culturales por distintas regiones del planeta; sin embargo las culturas de Europa Occidental tomaron un particular énfasis durante los últimos dos milenios, al fundirse las cosmovisiones griega, judía y romana bajo el predominio del humanismo cristiano, surgiendo la nueva era que aún rige con la actual cuenta del tiempo.

De ese período, los primeros mil quinientos años fueron de expansión y consolidación cultural con presencia intervencionista alrededor del mundo, teniendo como eje de su desarrollo un proyecto teológico de salvación administrado por un estado eclesiástico mundial aliado a poderes de estado monárquico regionales, quienes llevaron a cabo grandes empresas de intervención militar, ocupación territorial, incautación de las riquezas creadas en las culturas distintas e invalidación de sus modos civilizatorios. Sin embargo, durante los Siglos XV y XVI, sus cimientos fueron movidos por una nueva corriente humanística de pensamiento a su interior.

El pensamiento filosófico que condujo a la nueva era es captado a principios del Siglo XIX por Hegel en su libro: Fenomenología del Espíritu (1966), de donde se toman los referentes en relación a cómo el mundo de la cultura llega a su fin, para restaurar el mundo de la filosofía. Entonces se reanuda la práctica del razonamiento, la verdad y el

154 sano sentido común “…de un modo inmediato como un equivalente perfecto y un buen sustituto de aquel largo camino de la cultura…” (Ibídem, pág. 45); y el filósofo sentencia que la cultura debe comprenderse ya como historia entre sombras, de lo que imprimió un patrimonio en la autoconciencia de una época milenaria.

En lo sucesivo se habla de un precedente en calidad de proceso de formación cultural donde hubo representaciones del pensamiento y obra humana que han sido superadas, por lo que según el filósofo, aquella cultura queda sujeta a comprensión de aquel movimiento tan rico como profundo, pero cuyo espíritu del saber se erigió sin método;

sólo por gusto, genialidad y en condiciones de libertad y tolerancia del espíritu, privando la imaginación arbitraria a semejanza de una filosofía natural asociada a costumbres.

En esa cultura, dice Hegel, hubo un potencial interior que se fortaleció por la esencia del obrar y del destino, produciendo una naturaleza determinada y una peculiaridad que dio paso a la constitución del individuo respecto a su forma de expresarse ante el mundo, mediante el reino de un pensamiento fraseológico y presumido. Pero también dice que la costumbre así concebida adolece de potencial, porque no es capaz de extrañarse a sí misma. Por consiguiente, tiene un espíritu contenido que retiene a la libertad del individuo tras la fe y sus figuras de sí; sin embargo, tal condición fue superada por la Ilustración, cuyos intelectuales osaron romper esos límites mediante una corriente de pensamiento a manera de empresa negativa, haciendo surgir así el reino de la conciencia moral de los individuos.

En consecuencia, surgió la crítica al estado cultural imperante: se concibió a la cultura tradicional monárquico-religiosa como un mundo enajenado y extrañado del ser natural,

155 donde el individuo estaba convertido en un ser allí, privado del espíritu universal. Un ser cuya realidad y potencia estaban contenidas y sin posibilidad de superación, con una naturaleza reducida que le robaba energía a la voluntad. En consecuencia, romper la cultura así constituida de ese tiempo permitía dar movimiento a la individualidad, y así sucedió.

La Ilustración representaba así al desarrollo de nuevas significaciones en el lenguaje, permitiéndose auto-desgarrarse culturalmente, con lo que se gestaba el poder del juicio que sometía a la propia cultura a un proceso de purificación sin esencialismos entre el bien y el mal; sólo la realidad de la individualidad como principio universal, dispuesto a sacrificarse en pro del espíritu humano (dergeist).

El filósofo capta al movimiento intelectual de la época, también denominada Renacimiento, buscando crear vía libre a: el juzgar y el hablar; esto es, el renacimiento del poder del discurso que restituye al espíritu de la libertad. También deja entrever que toda cultura se alimenta de la fe; pero eso es precisamente lo que ha cambiado.

Entonces, en lo sucesivo ¿Fe en qué? Estaba dada en la religión y en Dios; pero ahora ésta mutaba por una fe en sí mismo y en el nuevo Estado laico; pero también identifica que el mundo de la cultura ha sido un mundo ético donde reinan los fines, que para la nueva época tienen que ser replanteados, pues fue cambiado el camino al cielo por el camino al futuro. Además, identifica que las conciencias que se forman culturalmente son conciencias creyentes, y el proyecto moderno trataba precisamente de desmantelar los credos; pero acepta que, mover la fe, la ética y los credos conlleva también a riesgo de conciencias limitadas a la inmediatez de la realidad y la libertad, si estos valores no son re-alimentados por la filosofía y un nuevo sistema de gobierno. Entonces, las nuevas

156 formulaciones filosóficas sobre la condición humana se configuraban para un nuevo espíritu de la ética, que conduce al reino de la ley, el orden y la queja.

De ese modo, el filósofo identificó nuevas contradicciones y retos para el nuevo turno de la historia, cuyas disyuntivas no alcanzó a vivir para observar y explicar, pero se sostuvo invalidando a la cultura porque ésta no reconoce mayor necesidad del espíritu, y por lo tanto éste había sido reducido a trabajos, penas y recompensas, mismas que enajenaban a los individuos a una comunidad de beatitud; lo que hacía que la cultura se convirtiera en culto, mismo que había que desmantelar.

Hegel dejó en esas trascendentes reflexiones a la cultura, tratando de eliminarla para hacer florecer de nuevo a la filosofía universal, centrada en la individualidad; aunque en la realidad tal perspectiva filosófica de la vida no llegó a ocupar el centro de la vida social, pues fue relegada por la perspectiva científica, porque tuvo mayor afinidad con el advenimiento de la modernidad y el progreso.

La época moderna se hace heredera de la ilustración, que a la vez carga con el cristianismo, pero soñando retornar a la herencia de los clásicos griegos. Por consiguiente, es un ciclo de pseudo cultura caracterizada por una insatisfacción infinita del espíritu humano, donde la producción de nuevas y mayores necesidades viene a constituir los pilares del crecimiento y el progreso, para el cual los recursos materiales del mundo parecen hoy insuficientes, tanto como la capacidad de regeneración de la naturaleza y la salud eco sistémica; indicios de que en la actualidad el mundo natural y humano perecen bajo la presión de ese crecimiento.

157 La cultura superada en la época moderna

Las proyecciones humanísticas no ocurrieron precisamente como Hegel las había imaginado, porque al final de cuentas la filosofía vino a ser reemplazada por el mundo de la ciencia, misma que en los últimos años ha derivado en el reino de la tecnología, que gobierna la vida del hombre; pues ésta determina los fines en términos de explotación de una naturaleza privada de derechos y sólo reconocida como objeto bajo el título de: recursos. Del mismo modo, el sentido impreso al mundo material en calidad de bienes y patrimonios, incluyendo a la cultura.

¿Qué es hoy la cultura superior? A finales del Siglo XIX, surge el sector intelectual de la sociedad occidental como antítesis conceptual frente a la cultura, y quienes se asumen como tales también hacen consideraciones de estar arribando a la verdadera civilización, actitud que muestran en su tiempo con nuevos modales y conductas representativas de la nueva autoconciencia de Occidente (Elias, 2001). Entonces ya se han vuelto fríos y calculadores:

Un intelectual, es ciertamente alguien, que es algo frío en lo humano, que ama palabras claras […] un tipo sapiens para cuya forma posterior lo afectivo, lo humano y lo histórico ya no son problemas ya que piensa en leyes de orden y de la regulación y sienta su misión en ellas (Benn, 1972, pág. 137).

Por consiguiente, en lo sucesivo las sociedades moderno-occidentales y occidentalizadas se han vuelto frías y calculadoras porque han desechado el mito y ya solo se ocupan de lo utilitario para el futuro. Por consiguiente no se asumen explícitamente como una cultura propiamente dicha, sino como sociedades científicas que ostentan una nueva visión del mundo; pero que sin embargo, no dejan de considerarse herederas de una

158 cultura superior, principalmente de cimientos greco-romanos, en la que se reniega inútilmente de los precedentes judíos; pero cuya visión sirve para minimizar y deslegitimar a otras edificaciones culturales del resto del mundo.

Cita Elías (óp. cit.) que en el caso particular de los alemanes, la palabra Cultura se mantiene para hacer alusión a la pureza nacional y su significado se asocia a la idea de

“cultivado”, que quiere decir: ‘altamente civilizado’, como un sentido actualizado de la palabra que conlleva a la idea de estar en el camino de nuevas realizaciones; lo que conduce a hablar del sector intelectual inmerso en el mundo de la ciencia.

Pero esa idea de Cultura también lleva inmerso el sentido de hablar de reliquias que deben ser institucionalizadas en la civilización moderna para alimentar el espíritu del progreso, de donde toman su legitimidad histórica las naciones; aunque no se habla de una cultura que rija a un modo de vida, porque las perspectivas de la Ilustración en cuanto a esa rectoraría es, que ésta debía desaparecer para poner en el centro a la ciencia... Entonces, en el mundo moderno se considera que aquellas sociedades que poseen un alto grado de rectoría cultural en su vida social es como indicador de inferioridad, inmadurez o retraso evolutivo, ya que tales sociedades aún muestran apegos a sus tradiciones y saberes milenarios; además de no acreditar su génesis en la cultura madre occidental, lo que conlleva a asumir que esas son sociedades civilizatoriamente ilegítimas y hay que ayudarlas a desaparecer mediante la ayuda tutorial de las naciones avanzadas.

Sin embargo, han permeado en la modernidad otras posiciones teóricas en las que la existencia de la cultura sigue haciendo ruido, a menos para explicar las manifestaciones

159 propias de grupos étnicos y tribales; pero a ellos no se les reconoce una explicación propia de sí mismos, sino que tienen que convalidarse y ponerse en sintonía con los precedentes de la cultura occidental como madre de la actual civilización; y bajo el entendido de que ésta sólo ocupa un papel de identidad para las instituciones políticas, económicas, ideológicas y de la razón, en las que se pluralizan significados al concepto.

De ese modo, García Canclini (2008) reporta que para el año de 1952, había casi 300 formas de definir la cultura, particularmente desde la narrativa occidental, por lo que él, desde su posicionamiento particular al respecto, espera que el paradigma científico organice el saber sobre el asunto.

Involucrado en la misma problemática, Giménez (2005a, pág. 32), propone dos grandes entendidos para cuando se hable de cultura: “la que se refiere a la acción o proceso de cultivar (formar, educar, socializar…) y la que se refiere al estado de lo que se ha cultivado de manera subjetiva u objetiva”; aunque también se le puede referir como una forma que adopta el discurso científico. Bonfil (1995), identifica otra forma en la que se ésta se está visualizando como fenómenos culturales, cuando se pretende describir formas de manifestación cultural de los otros, sobre quienes se: “afirma la superioridad, universalidad y la exclusividad de la cultura del dominador, heredero intelectual del colonizador” (Ibídem, pág. 13).

Tan vasta variación en la definición es indicio de imprecisión y falta de autonomía en el campo conceptual de la cultura para delimitarse a sí misma; de modo que, siguiendo las estructuras conceptuales de Hegel, la cultura quedó en un ser para sí, sujeta al papel que le asignen la política, la economía y las ciencias dentro de su sistema, donde ésta ya no

160 tiene poder para imprimir significados y tener representaciones en el cultivo del hombre económico. Hoy, dice Habermas (1986, pág. 72): “La expresión «sociedad tradicional»

se ha hecho usual a la hora de referirse a los sistemas sociales que responden a los criterios de las culturas superiores (civilizations)”, porque ya la racionalidad que determina sobre lo político es la técnica, y ésta se legitima sobre la ciencia.

Giménez (2005b) también refiere que el concepto actual de cultura es el heredado de los siglos XVIII y XIX, cuando el entendido sobre ésta se redujo al conjunto de producciones intelectuales, espirituales y artísticas, expresando la identidad y creatividad de un pueblo en su sentido amplio; y en sus revisiones, encuentra que este concepto se fragmenta, compitiendo con vocablos como: civilizado, con el que se empezó a hacer referencia a los modales y refinamientos de cultura propios de la corte. Sin embargo, al seno de una sociedad que se auto considera culta y/o civilizada, también subyace una porción socio-cultural pobre: el vulgo, escaso en refinamientos de urbanidad.

Entonces, considera Bonfil (1995) que la sociedad moderna imagina estar luchando contra masas llamadas incultas, porque carecen de verdad frente a un debería ser; pues supuestamente “caen …bajo la categoría de enajenación, falsa conciencia y atraso” (óp.

cit. Pág. 13), que en otras palabras se expone a ser etiquetada como “falsa cultura”, de las masas, a las cuales además, se les despoja de sus formas autónomas de arte y saberes, que son validados y estandarizados para devolvérselos en calidad de consumidores de su propia cultura.

Esto, porque la cultura se volvió una opción de cultivo del ocio individualizado, a la cual se han estandarizado procesos, tendencias artísticas y parámetros de calidad, a manera

161 de una vía para quienes quieren mostrar sus potenciales de superación y éxito; porque su ostentación es en calidad de posesión individual de la cultura con lujo, arte y elegancia, a manera de recreación identitaria para realización del espíritu humano.

La cultura, en su papel rector de producción de formas de vida en relacionamiento, ha sido suplantada por el mundo científico, y entonces ésta es considerada como la forma natural de “determinada etapa en la evolución histórica de la especie humana”

(Habermas, óp. cit. Pág. 72); por lo que el papel que hoy se le asigna es para servicios de identidad, haciendo que ésta pueda ser adjetivada según prioridades de edificación social, y así se habla de: cultura religiosa, cultura cívica, cultura económica y del ahorro, cultura artística, etc., al punto que a la fecha, se pone también en el plano de las exigencias modernas a una cultura ambiental; y tal requerimiento se aprecia en letreros públicos que dicen: “demuestra tu cultura no tirando basura”, o similares, y se reconoce en tales señalamientos que el acto de no tirar basura está precedido por una conducta refinada y asociada a mantener un entorno limpio y estético, porque suele ocurrir que quienes hacen ese reclamo tienen opciones para ponerla fuera de su vista.

De ese modo, ¿Qué puede hacer la modernidad por el medio ambiente, más allá de producir slogans, representaciones alegóricas y retóricas? Esto, porque lo que se consideran instancias de reproducción de la cultura están subordinadas a un sistema científico-técnico rector que produce y valida el saber, cuya identidad es afín con el crecimiento económico capitalista, al seno del cual se trabaja el desarrollo sustentable.

Sin embargo, también se ha llegado a considerar que la cultura aún es importante en los pueblos en vías de desarrollo porque éstos tienen ciertas bases económicas, fincadas en

162 la agricultura y la producción artesanal (Habermas, óp. cit.), lo cual indica que evolutivamente se encuentran unos peldaños abajo en la escalada hacia la sociedad industrial. De ese modo, se acepta que allí las tradiciones culturales aún tienen cierta eficacia en ausencia de mayor técnica, lo que le da cierta autoridad legítima de dominio circunstancial a la cultura; y… “no es menester hacer bajar del cielo a la tradición cultural, sino que puede ser buscada en la base que representa el trabajo social mismo”

(Habermas, 1986, pág. 76), ya que el progreso tiene que enfrenar incidentes socioculturales durante su despliegue.

Entre tanto, el juego semántico sobre la cultura se abre, y se crea la categoría de subculturas para enunciar a aquellas formas de vida que están en vías de entrar a la acción de la racionalidad técnica, considerando que esos grupos humanos también representan a ciertas clases sociales, que a la vez son subordinadas, con menor nivel de vida, manteniendo fuerte arraigo a costumbres y una actitud política que es maleable.

Las opciones productivas para este sector social de la economía pueden ser potenciando el sub-empleo; y entonces se les promueve la cultura ambiental del re-uso y reciclado de desechos industriales, como embalajes y basura inorgánica en general, para crear objetos de uso, e incluso artísticos; cuestión que en el sector de las artes profesionales no tienen apreciación porque la élite cultural tiene sus propios campos y medios de creación artística.

En México se ha determinado asumir a esas formas sociales como culturas populares, entendidas como expresiones tradicionalistas de cultura en el pueblo, fuertemente impregnadas de tradición indígena (Bonfil, 1995); rasgos que aún funcionan en la estructuración de su vida interior como pueblos que evolucionan, ya que en su

163 interacción pueden reconocer “un nosotros” (Ibídem, pág. 11), lo que les permite a algunas culturas resurgir y emprender el camino de la autonomía, mientras otras desaparecen.

Por lo tanto, las culturas minoritarias y minimizadas socialmente, entre las cuales se encuentran también las culturas indígenas, enfrentan problemas de recreación a su interior, y de relación a su exterior, tanto como sujeción a determinaciones políticas que producen su negación, fragmentación e inexistencia de sus historias propias, que producen a la vez la socavación de sus raíces étnico-culturales.

Inculturación, pluriculturalidad e interculturalidad

Ante la realidad anterior, la réplica es que cada cultura en el mundo se ha edificado bajo cierto proceso de autonomía, lo que no necesariamente significa que haya tenido un desarrollo aislado de otras culturas. Entonces, en virtud de su naturalidad y verdad, cada una de ellas no puede ser juzgada con los parámetros de otras, auto-consideradas como superiores; pero es posible compartir aspectos entre aquellas que en un plano horizontal simplemente se consideren diferentes, lo que conduce a una posibilidad de singularizar discursos autónomo-fundantes aperturando así la pluriculturalidad e interculturalidad, porque todas las culturas han estado abiertas a un intercambio de su producción.

Entonces, el concepto mismo de cultura, desde su origen semántico y uso ideológico, no puede ser traducido con simplicidad para enunciar a esas otras formas de manifestación material y espiritual del hombre. Incluso, al seno de la misma modernidad, no se puede

164 emitir con objetividad una aserción de cultura, sobre todo cuando a ésta se le pretendan asignar funciones delimitadas en la sociedad.

Sin embargo desde una perspectiva alterna, Eduardo Wilches (2005) emite un intento de aproximación abierta y flexible a la cultura en términos de una capacidad intrínseca del ser humano para relacionarse de manera consciente/inconsciente con ‘la otredad’ a partir de todas sus formas de manifestación: simbólico-expresivas, valorativas, de sentido, significación, costumbre, tradiciones, códigos y rituales. Esa ‘otredad’ es el todo perceptible o imperceptible, pero que necesitamos aceptar autocríticamente en sus acepciones negativas como positivas para poder cualificar una convivencia planetaria.

Sus campos son: en el plano afectivo entre humanos; en lo emocional ante fenómenos, acontecimientos y situaciones que envuelven la producción de vida–muerte; físicos, como arreglo de nuestro cuerpo para una presencia-interacción; y espiritual, como determinación desde el interior sobre una forma de asumir lo que se piensa, se cree, se escucha, dice o hace.

Entonces, la forma de relacionamiento con la otredad está en el centro y conlleva la expresión o voluntad de cada cultura para entrar en contacto con otras de naturaleza distinta; y ello se presta para que en la toma de libertad de cada una se produzcan actitudes empáticas y antipáticas, que en la práctica pueden mostrarse en relaciones de condescendencia o exclusión; de guerra o de paz; dependiendo de la formación de conciencia sobre cómo, con qué y para qué relacionarse; particularmente cuando la actitud de alguna de ellas sea bajo sus creencias de superioridad, lo cual conlleva a prácticas de relacionamiento mediadas por la violencia racial, como suele mostrar la

‘Cultura Superior’.

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