Capítulo IV: Resultados De la Investigación
4.2 Propiedades Constitutivas de la Persona
4.2.1 La Intimidad y el Mundo Interior
Todo ser humano participa de la misma naturaleza, que define lo que es. Pero la persona no solo es algo, sino que es alguien. Tiene una dignidad que no se agota en lo que es, sino en ser quien es, por ello es persona (Naval & Altarejos, 2000). Una persona es un alguien, puede ser reconocida como tal persona. Cada una puede dar respuestas sobre su yo, pues es única y diferente a las demás. Este yo la hace única e irrepetible, ella es en sí misma algo nuevo.
Una propiedad constitutiva de ser persona es el poseer una intimidad. En el presente trabajo de investigación, se tomará la acepción de intimidad esgrimida por Yepes y Aranguren (1996), quienes refieren que en la intimidad mora el núcleo personal del yo, y que de este mana el mundo interior de la persona. En esta oportunidad no se profundizará propiamente en núcleo personal del yo, —solo habrá de manejarse la noción de núcleo espiritual, donde, según diversos autores, se da el encuentro interior entre la persona y Dios4— sino que habrá de profundizarse en el mundo interior de la persona, que mana de él y que forma parte de la intimidad de la persona.
La intimidad indica un dentro que sólo conoce uno mismo. El hombre tiene dentro, es para sí, y se abre hacia su propio interior en la medida en que se atreve a conocerse, a introducirse en la profundidad de su alma… Tener interioridad, un mundo interior abierto para mí y oculto para los demás, es intimidad: una apertura hacia dentro… Del carácter de intimidad surge también lo creativo. (Yepes &
Aranguren, 1996, pp. 56-58)
4 El cardenal Caffara y Santa Teresa Ávila al hablar de intimidad se refieren al núcleo espiritual más íntimo, de la persona donde, a su vez, se da el encuentro interior entre ella y Dios. Incluso, Santa Teresa la distingue de las otras operaciones del alma: “También me parece que el alma es diferente cosa de las potencias y que no es todo una cosa. Hay tantas y tan delicadas en lo interior que sería atrevimiento ponerme yo declararlas”
(2015, Séptima morada, párr. 11).
En su intimidad, la persona puede reconocer su ser espiritual y su singularidad: sus pensamientos, sentimientos, su voluntad, su libertad (García Hoz, 1988). Todo lo que la hace ser ella y no otra persona. Lo que solo ella conoce y las personas a quienes ella se los quiera revelar. Ese mundo interior le pertenece y de ahí adquiere la fuerza que le permite salir creativamente de sí misma para encontrarse con toda la realidad: humana y trascendente (García Hoz, 1988). Desde ella se despliega hacia el exterior, con su originalidad, aportando su ser a las demás personas y al mundo en general. Es importante que la persona esté abierta a este mundo interior, que está oculto para los demás y que viva esa apertura hacia dentro.
Es sustancial recuperar en el mundo actual el que la persona entre en contacto con su intimidad.
Ninguna intimidad es igual a otra, pues cada persona es irrepetible. De ahí la importancia de su conocimiento personal y el estar en contacto con su propia intimidad y así con su mundo interior. Esto le da la posibilidad de insertarse en la vida, desde quien es, en su vida personal, en sus relaciones con Dios, con otras personas, en el mundo laboral, artístico, etc. De la intimidad de la persona surge su creatividad, pues desde esta es capaz de innovar, aportar, crecer. “La característica más importante de la intimidad es que no es estática, sino algo vivo, fuente de cosas nuevas, creadora” (Yepes & Aranguren, 2006, p.
58).
Esta cultura actual, —la del divertimento— lamentablemente no colabora a que la persona reconozca su intimidad. Por el contrario, la dispersión que reina de manera vertiginosa le ha quitado hondura a la vida, como ha podido verse en los ítems anteriores.
Todo lo cual se ve aún más claro si pensamos que intimidad es sinónimo de «vida interior», de riqueza interior; esa vida y esa riqueza que las circunstancias que nos rodean, en nuestra actual sociedad de consumismo y activismo pragmático a ultranza, no tiende a favorecer. Parece, en efecto, como si el hombre y la mujer de nuestros días fuesen, o se deseara que fuesen, el prototipo de la persona que «hace», que «ejecuta» con rapidez y eficacia —el “ejecutivo”—, dando rango prioritario a
la exterioridad por encima de la interioridad, a la actividad por encima de la acción, a la operación que tiene lugar en la intimidad. (González-Simancas, 1992, p. 96) La actividad de la persona es importante, lleva su sello personal, pero esta debe brotar de las acciones de su mundo interior. Si la persona no entra en contacto con su intimidad y solo se queda en su exterioridad, será un buen funcionario, ejecutivo, trabajador, pero no encontrará sentido a su quehacer. La riqueza de su mundo interior no saldrá a su exterioridad y su obrar será un sin sentido. Es importante ese contacto para saberse responder a cuestionamientos como ¿Sé lo que quiero?, ¿Tiene mi vida un proyecto que responde a quién soy?, ¿Me gusta lo que hago?, ¿Me siento realizada?, ¿Prefiero no pensar para no encontrarme conmigo misma?, ¿Tengo claro cuáles son mis convicciones y valores?,
¿Decido de acuerdo a ellos?, entre otros.
De ahí la importancia de no solo formar para hacer actividades sino formar la acción de la persona, en donde de manera transitiva realizará sus actividades. A este punto, Naval y Altarejos (2000) sostienen que
La diferencia entre acción y actividad se da en la finalidad; al ser ésta transeúnte, lo que se pretende con la actividad es extrínseco a ella. En la acción, al ser la finalidad inmanente, lo que se procura no es nada ajeno a ella. (p. 36)
Con esto se entiende que se puede obrar bien (acción) y hacer algo malo (actividad).
Se puede cocinar bien (con buena actitud) y la comida salir mal (por cualquier imprevisto).
Hay que educar la finalidad de la acción (agere), pues le da sentido al hacer y educar a hacer (facere). Ambas se complementan. Pero si no se hace esto, si no se educa el mundo interior de la persona, su actividad podrá ser buena, pero no se está alcanzando el fin de la educación, entendido como crecimiento en el ser personal.