de la oscilación diaria de la temperatura entre día y noche propuesta por Weischet (1975). De esta manera podemos concluir que las precipitaciones anuales aquí pueden variar entre los 150 mm en invierno, y los 1 000 mm en verano, salvo fenómenos climáticos adversos como lo fue El Niño en 201573.
Por tanto, la descripción de los ecosistemas planteada por Maquet et al (1998) y las variables escasez de precipitaciones y oscilación diaria de la temperatura, utilizadas por Weischet (1975) para determinar al desierto de Atacama como desierto extremo, nos permiten conocer la singularidad de unos de los recursos más preciados debido justamente a su escasez en la región Moquegua, el agua, y un largo proceso de adaptación del ser humano a este medio geográfico extremo, el cual pasaré a explicar a continuación.
Luis Álvarez Miranda (2014), en un interesante trabajo sobre los asentamientos poblaciones Tiwanaku e Inca, plantea en criterios de etnopercepción la selectividad geográfica con que los primeros pobladores ocuparon los valles de aguas y tierras dulces de la vertiente occidental de los Andes, mientras los segundos, a partir de su expansión hacia el sur de Cusco, preferían ocupar los valles de aguas y tierras saladas. La asociación de ambos recursos, suelo y agua son indisociables para la subsistencia del antiguo sur peruano, además de establecer los primeros parámetros para ordenar el territorio bajo una economía predominantemente agraria. Entre líneas, Álvarez (2014) habla de la delimitación longitudinal del espacio. Sostiene que tanto los Tiwanaku como los Inca se asentaron en los valles y quebradas formados por los ríos de aguas dulces y salobres respectivamente, entre los valles del río Tambo y el río Loa:
Moquegua, Caplina-Tacna, Azapa y Chaca – Codpa de aguas dulces, y Locumba, Sama, Lluta, Camarones y Loa de aguas saladas. Con esto, podríamos decir que la referencia norte- sur de las fuentes de agua superficial en la costa sur fueron una referencia espacial elemental para localizar los principales asentamientos poblacionales y que, como relataremos más adelante, fueron retomados por los españoles para definir la división política del virreinato, en especial tomando como principio la complementariedad incaica de los pisos ecológicos sumada a la ocupación de los suelos menos aptos para el cultivo de productos altiplánicos o de selva alta, como la quinua o la coca.
La diversidad de pisos ecológicos que posee el Perú, ocho según el geógrafo Javier Pulgar Vidal, exigía un gobierno lo suficientemente constituido, que fuera capaz de satisfacer las necesidades de sus habitantes, integrando caminos, ciudades, templos y comercio con el fin de darle gobernabilidad al extenso Tawantinsuyu que, no olvidemos, recorría de norte a sur Colombia hasta la hoy Argentina.
Los pisos de menor altitud o región Chala, entre los 0 y 500 msnm, ofrecían productos marinos como mariscos o peces para el intercambio y tributo. Complemento eficaz eran los valles localizados a 2 000 msnm, que cosechaban maíz o papa para suministrar de alimentos las ciudades, con un predominio del sector agrícola sobre el pesquero (Rostworowski, 1986), distinto al predominio político actual de las ciudades administrativas de la costa sobre la sierra. Esta sabiduría en la división y supremacía de los centros políticos donde el agua era abundante, ha sido revertida en el siglo XXI. Ahora sabemos con certeza que la Cuenca Hidrográfica del Pacífico tiene una disponibilidad hídrica del 1.8 % del agua del país, mientras que la Cuenca Hidrográfica del Atlántico dispone del 98 % del recurso hídrico. La escorrentía del agua a través de toda la cuenca se convierte en el referente principal de asentamiento poblacional, pero también de centros administrativos para el control de los recursos del Estado Inca. Así comienza el desarrollo de las instituciones incaicas.
Ante la ausencia de una moneda de intercambio (y para el pago de impuestos), el hatun runa o pueblo, tuvo que tributar a través de servicios al Estado. El desplazamiento de mitimaes era común en el horizonte tardío para colonizar señoríos recién conquistados- por una extensa red de caminos o Qhapaq Ñan. Pero, ante la imperiosa necesidad de dotar de alimentos, alojamiento y gobierno a las zonas más recónditas del imperio, surge una de las instituciones más importantes de la época, el Tambo.
El Tambo fue una institución heredada del mundo andino e implicaba todo un sistema de redistribución y almacenamiento para el soporte de la movilización de numerosos contingentes de colonos o militares a lo largo de la densa red de caminos prehispánicos (Bedregal, 2009). Por tanto, cumplieron importantes roles administrativos, políticos y económicos imperiales.( Sofía Chacaltana, 2010). Moquegua tuvo el suyo, el Camata Tambo.
Chacaltana (2010) sostiene que proveyó de productos del valle a los emergentes y más poderosos grupos del Circum–Titicaca.
Al parecer la hidrografía regional fue determinante en la localización de sus principales centros administrativos. Estos estaban asentados en los dominios de la cuenca del río Moquegua. El agua por supuesto, aseguraba el suministro de alimentos a los benefactores del Estado, siempre y cuando estos le rindieran tributo garantizando su producción.
Hoy en día, está relación agua-alimentos que data del Perú prehispánico, es de reconocimiento mundial bajo el enfoque de la seguridad alimentaria. Pero así como el recurso agua era vital para las sociedades antiguas, el suelo no podía estar desligado del recurso hídrico. Los paisajes hídricos se construyen, en esencia y hasta nuestros días, bajo esta premisa, aunque no únicamente en ella. El antiguo y moderno habitante de este territorio se ha adaptado a él a través de una apropiación social del espacio y de las formas de relación entre los diversos actores territoriales que en el marco de los procesos sociales hace posible la convivencia, la vida productiva y la construcción de proyectos comunes o antagónicos a partir de un territorio. (Sosa, 2012).
Pero, ¿Cuán importante fue la herencia colonial para la república respecto de la delimitación política administrativa en esta relación simbiótica agua - suelo para establecer los primeros paisajes hídricos y discursos?
Ya en el siglo XVI, y con la intensa movilización de mitimaes por todos los valles de la costa sur, se registra en la más valiosa historiografía los enclaves de etnias de habla aymara en los valles de Tambo, Moquegua, Carumas, Hilabaya, Locumba y Sama (Guillermo Galdós Rodríguez, 1984) sumada a la presencia de otra de las etnias más importantes, Los Puquinas,
que se extendían por la cuenca del río Tambo y sus afluentes incluyendo las comunidades de Ubinas, Omate, Matalaque, Coalaque (Guillermo Galdos Rodriquez, 1984) todas ubicadas hoy en Moquegua.
Tan sobrepuesta era la interrelación de elementos culturales y lingüísticos de los aymaras con los Uro o los Puquina, que por años existieron conflictos jurisdiccionales; ya en la colonia, entre encomiendas donde laboran indios mitimaes de Moquegua y la Gobernación de Chucuito, dirimidos por el entonces virrey Marqués de Cañete, en 1561, alterando la tributación de sus enclaves. Se observa entonces en el valle moqueguano la elasticidad cultural y laboral de las etnias, logrando una efectiva expansión en topografías diversas y con beneficios múltiples mediante el desplazamiento de mitimaes, institucionalizando los derechos territoriales provenientes del nomadismo y la transhumancia primitiva. Era complejo para Galdós Rodríguez (1984) esquematizar con fronteras europeas la convivencia multiétnica en el mundo andino.
En el siglo XVI la economía colonial de Moquegua estuvo dominada por la agroindustria del vino y el pisco. Se han ubicado en el valle 130 sitios de bodegas e instalaciones (Figura 4) para prensar, fermentar y almacenar el vino, teniendo como principal mercado las ricas regiones mineras del Alto Perú. Prudence M. Rice (2010) cuenta que en ese entonces los españoles salieron de la recién fundada Arequipa y comenzaron a explorar la región al sur en busca de nuevas tierras.
El sur no era entonces un espacio homogéneo e integrado. Por el contrario, predominaba la diversidad de paisajes, abundaban los obstáculos para los intercambios y las comunicaciones (Flores Galindo, 1993). En estas condiciones, la ciudad de Arequipa pudo establecer una hegemonía sobre los valles costeros, el altiplano de Puno y los valles altos del Cusco (Flores Galindo, 1993). Ya como centro del circuito comercial de aguardientes a Cusco y el Alto Perú, el arrieraje arequipeño llevaba vinos y aguardientes, que procedían de los valles de Majes, Vitor, Sihuas y por supuesto, Moquegua (Flores Galindo, 1993). Las condiciones climáticas de la cuenca del río Osmore, similares a la española, eran propicias para cultivos traídos del mediterráneo como la uva. Es así como la colonización española a nivel local comenzó en uno de los afluentes más importantes, el río Tumilaca.
La producción vinícola tuvo dos importantes factores para su desarrollo: primero, el crecimiento de la población española en la ciudad, principal consumidor de la bebida, y segundo, la enorme distancia que debían de sortear para importar la cuantiosa demanda de vino desde la península hasta el Pacifico Sur.74
Uno de los elementos tecnológicos que resalta Rice (2010) de la industria vinícola, consistía en que las bodegas se situaban en las colinas, flanqueando el terreno cultivado a ambos lados del río Osmore (Figura 5). Esta ubicación facilitaba el rol de la gravedad en el proceso de elaboración del vino, desde que la uva era prensada al exterior de la bodega hasta su almacenamiento y fermentación en los tinajones en el interior de la bodega (Figura 5).
Entonces, ¿Es posible hallar, ya en el siglo XXI, la construcción de un discurso regional en relación a este pasado agrícola colonial, frente a otras actividades económicas que demanden mayor cantidad de agua?
74 Se estima que más de 7 millones de litros de vino podrían haber sido producidos anualmente en el valle para la época del “auge de brandy” del siglo XVIII (Rice,2010)