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La perspectiva de género en la trata de mujeres

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CAPÍTULO 2. EL CONTENIDO SIMBÓLICO E IDEOLÓGICO DE LA SEXUALIDAD PATRIARCAL

2.4 La perspectiva de género en la trata de mujeres

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conocimientos sobre la condición de vida de las mujeres, retomando los aportes pasados y presentes que las mujeres han hecho a la sociedad, la ciencia, las artes y la cultura en general, ubicando así a las mujeres como sujetas de estudio de la ciencia, la filosofía y la epistemología. Estos estudios son el antecedente directo de la categoría “género” y de lo que hoy denominamos “estudios de género”.

El concepto género ha sido definido como “la construcción social y cultural de las diferencias sexuales” (Lamas, 1996: 45). La categoría en cuestión pone en tela de juicio que las características biológicas sean determinantes y rijan las diferencias culturales atribuidas a mujeres y hombres. Para la académica mexicana Marta Lamas:

El género, esa simbolización cultural construida a partir de la diferencia sexual, rige el orden humano y se manifiesta en la vida social, política y económica.

Entender qué es y cómo opera el género nos ayuda a vislumbrar como el orden cultural produce percepciones específicas sobre las mujeres y los hombres, percepciones que se erigen en prescripciones sociales con las cuales se intenta normas la convivencia. La normatividad social encasilla a las personas y las suele poner en contradicción con sus deseos, y a veces incluso con sus talentos y potencialidades. En este sentido, el género es, al mismo tiempo, un filtro a través del cual miramos e interpretamos el mundo, y una armadura que constriñe nuestros deseos y fija límites al desarrollo de nuestras vidas (1996: 45).

En tanto, para Norma Fuller (1993) cada cultura elabora sus propias identidades de género a partir de las características anatómicas y biológicas que diferencian a los sexos. Ella infiere que la identidad de género es construida a partir de la interiorización de una serie de normas culturales y mandatos sociales donde desde la primera infancia los individuos aprenden lo que es ser hombre y mujer y lo que socialmente se espera de cada uno: roles y actitudes que les ayudarán a interpretarse a sí mismo según dichos esquemas.

Desde la disciplina de la historia, Joan Scott (1996) apunta que el género es un elemento primordial en las relaciones sociales y se sostiene también en las diferencias sexuales de orden biológico, “constituye una forma primaria de relaciones significantes de poder”

(Ibídem: 3). En su trabajo propone que la categoría género “es una manera de denotar las construcciones culturales, la creación totalmente social de ideas sobre los roles apropiados para las mujeres y los hombres. Es una forma de referirse a los orígenes exclusivamente sociales de las identidades subjetivas de mujeres y hombres” (pág. 3). Con ello, entonces el

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género es básicamente una serie de mandatos e imposiciones construidas socialmente y obligados a cumplirse por un cuerpo con base a su sexo biológico.

Para esta autora la definición de género tiene dos partes:

 “El género como elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias percibidas que distinguen los sexos. Aquí, se encuentran a su vez cuatro elementos interrelacionados: símbolos culturales, conceptos normativos, sistema de parentesco e identidad subjetiva” (Ibídem: 4).

 “El género como forma primaria de relaciones significativas de poder. Es decir, es el campo primario dentro del cual o por medio del cual se articula el poder” (Ibídem:

4).

En tanto, la autora Teresita de Barbieri (1992) profundiza y conceptualiza los sistema sexo- género como: “(…) los conjuntos de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores sociales que las sociedades elaboran a partir de la diferencia sexual anátomo fisiológica y que dan sentido a la satisfacción de impulsos sexuales, a la reproducción de la especie y en general al relacionamiento entre personas” (pág. 11).

La perspectiva de género ha cambiado las concepciones sociales, culturales y políticas al desmitificar la bases biológicas que justificaban las desigualdades entre mujeres y hombres y colocarles en el plano social y cultural, construcciones humanas a final de cuentas y por tanto dinámicas. De esta forma es evidente que las diferencias naturales, biológicas, morfológicas, hormonales y hasta genéticas entre mujeres y hombres no implican que un sexo sea superior en relación a otro.

Desde la antropología, Gayle Rubín (1975) plantea que el dinamismo entre sexo y género constituyen un sistema que cambia según la sociedad en que se encuentre. Cada grupo social, dependiendo de la época y del contexto histórico cuestan con un sistema sexo-género, en otras palabras, con un grupo de disposiciones ideológicas y simbólicas por medio de las cuales dicha sociedad convierte al sexo biológico en un producto cultural.

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En el año 1975 y con la publicación de su afamado trabajo El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo, (trabajo de corte estructuralista en el que retoma postulados de Karl Marx, Sigmund Freud, Claude Lévi-Strauss, Michel Foucault y Jacques Lacan) explica la opresión femenina frente a lo que en sus palabras era “un reduccionismo del feminismo socialista” cuya tesis nodal sostiene que el origen de la opresión femenina reside en la opresión de clase, por lo que en su lógica al terminar con la opresión de la clase obrera automáticamente se daría por liquidada la opresión de las mujeres. En síntesis, el feminismo socialista casi no cuestionaba el papel de la sexualidad en la opresión femenina, cosa que en su momento sí retomaron las teóricas de la antropología y el psicoanálisis feminista.

De esta manera para Rubin es claro que:

(…) el reino del sexo, el género y la procreación humana ha estado sometido a, y ha sido modificado por, una incesante actividad humana durante milenios. El sexo tal como lo conocemos –identidad de género, deseos y fantasías sexuales;

conceptos de la infancia. Es en sí un producto social (Rubin, 1975: 45).

Con todo ello, la perspectiva de género exige a la academia reconocer las relaciones asimétricas de poder que tiene lugar entre los géneros, ya que dichas relaciones han sido construidas histórica y socialmente, son parte de las personas y por ello atraviesan todo el entramado social y se conjuntan con otras variables tales como las de clase, edad, origen étnico, orientación social, filiación política o religiosa, etc.

La apuesta de la perspectiva de género es centrarse en la interpretación social de la realidad desde las particularidades de los géneros y sus relaciones de poder. Para Lamas (1996) “dicha cuestión no es un tema que agregar, como si se tratara de un capítulo más en la historia de la cultura, sino que las relaciones de desigualdad entre los géneros tienen sus efectos de producción y reproducción de la discriminación, adquiriendo expresiones concretas en todos los ámbitos de la cultura: el trabajo, la familia, la política, las organizaciones, el arte, las empresas, la salud, la ciencia, la historia y la sexualidad” (pág. 46). En resumen, la perspectiva de género no es exclusiva de las mujeres ni únicamente está dirigida a ellas, pues al tratar de comprender el mundo y la vida social se encuentra avocada a la comprensión de los problemas entre mujeres y hombres.

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