Como se dijo antes, el concepto de cultura andina es una creación de la antropología cultural, heredera de los planteamientos del Indigenismo, de los ensayos de folclor y de la teoría de las áreas culturales tomada del Culturalismo norteamericano. En esta ruta se estableció un uso del nombre andino, una expresión geográfica, para definir un complejísimo
universo cultural compuesto por diversas poblaciones partiendo de algunas características básicas comunes: la lengua, el aprovechamiento de recursos, los conocimientos y la tecnología, la organización social y política, la cosmovisión y el ordenamiento espacial, los rituales, el sentido estético y la identidad social, que se entienden originados en un mismo proceso civilizatorio autónomo. El término tuvo un sentido reivindicativo para la generación de estudiosos provenientes de las canteras del folclor en la década de 1940 –Navarro del Águila, Morote, Arguedas, Roel, Mendizábal, Quijada Jara– quienes orientaron sus esfuerzos a definir las características básicas de esta área cultural.
Desde 1950 en adelante, las características de lo andino han sido el objeto del análisis de una de las vertientes más importantes de los estudios sobre cultura en el Perú, poniendo énfasis en los diversos, y a veces contradictorios, aspectos que conlleva este concepto: una civilización que cubrió igualmente las áreas costeras y de selva alta, estrategia de adaptación al variado entorno geográfico y social, estructura mental que ha mantenido sus características básicas a lo largo de milenios, sinónimo de la población rural subalterna o simplemente de la sociedad desarrollada en el medio geográfico homónimo. El énfasis puesto en una u otra perspectiva ha resultado en visiones muy distintas sobre el mismo concepto base.
Debido a esta amplitud, lo andino presenta inconsistencias al definir los grupos sociales como sectores étnicos. Viéndolo desde la perspectiva de identificación de unidades étnicas discretas, el término andino es etimológicamente una demarcación de origen geográfico que define un área cultural, cubriendo bajo su manto una gran variedad de expresiones y diversos tipos de unidad social que pueden partir de principios contrastantes –por ejemplo, no es lo mismo la comunidad rural cusqueña que la cajamarquina–, algunos de ellos contrapuestos o contradictorios.
Dado su origen en la Antropología culturalista, el concepto de lo andino es un término generalizador, que hace referencia al contingente mayoritario de la población en el área geográfica andina, pero no a poblaciones específicas definidas en términos étnicos. Aunque un transfondo cultural común es un elemento consustancial a la existencia de una unidad étnica o al menos de un contingente social étnicamente diferenciado, no es suficiente para definirlos.
En segundo lugar, y como resultado de lo anterior, lo andino no define a un grupo social y étnico sino a los grupos indígenas y mestizos existentes
en un área geográfica. De hecho, en algunas de sus definiciones originales (Morote 1950, Arguedas 1958), lo andino no señala solamente a los grupos rurales subalternos, sino también a los estratos dominantes y urbanos, cuya historia está relacionada con aquellos. Opera en un sentido similar a los términos indio, cholo, mestizo o campesino, los cuales definen un contingente étnicamente diverso con criterio geográfico y cultural, antes que de relación social. Podría actuar como elemento de definición étnica en la medida que este sea aplicable a un segmento social, pero existen rasgos culturales que son compartidos con el sector dominante regional. El uso del idioma nativo (sobre todo el caso del quechua), la participación en las fiestas católicas, ciertas expresiones plásticas (imaginería) y musicales (el género huaino) han sido compartidos, con sus variantes, por los sectores mistis, cholos e indios en las sociedades regionales de Cusco, Ayacucho, Apurímac o Puno. Los mistis, herederos de la población mestiza que se hizo del poder local y regional en diversas áreas andinas con el advenimiento de la República, se atribuyeron el papel de intermediarios entre la población de origen nativo y la sociedad nacional, erigiéndose de este modo en los patrones de aquella. En su relación directa con la población indígena, adquirieron algunos de sus rasgos originales, confiriéndoles su propia configuración cultural. Compartir estos rasgos daba el necesario canal de comunicación con la población sometida; en las áreas donde la población india vivió bajo el régimen de hacienda, los mistis, el sector hegemónico local, era prácticamente el único grupo social externo con el cual mantenía una relación directa. El sector mestizo tampoco era un grupo homogéneo, pues estaba estratificado en un rango que iba desde los propietarios de hacienda hasta las profesiones liberales que se desarrollaron progresivamente en las ciudades. Desplazados por la creciente hegemonía del desarrollo capitalista urbano y occidentalizante de la costa, en especial de la ciudad de Lima, este último sector más liberal de la capa provinciana mestiza replanteo su propia identidad en términos culturales y políticos.
Una parte del Indigenismo es precisamente resultado de la respuesta de las élites y los sectores medios mestizos de la ciudad a la hegemonía del sector criollo dominante, planteando una imagen reivindicativa del indio como miembro de una “nación otra” originaria. Este sector del Indigenismo, encuentra su propia significación como grupo en su identificación con el sector subalterno de sus sociedades regionales; esta relación se mantendrá, con sus variantes, en las corrientes intelectuales que le siguieron: los estudios de folclor de los años 1930 a 1950 y la antropología andinista de
los primeros años de existencia institucional de la disciplina. Morote Best en Elementos de Folklore (1950:34), determinaba que el folclor no hacía referencia solamente al bagaje cultural tradicional de los pueblos agrarios subalternos, sino también a las tradiciones de los sectores citadinos.
El desarrollo posterior del concepto acabaría, en cambio, asociándolo con la población rural altoandina, entendida esta como la heredera directa del proceso civilizatorio prehispánico. Otra vez el concepto no hacía referencia a las diferencias étnicas dentro de esta población subalterna, como no sea viéndolos como subáreas culturales, por ejemplo el área ayacuchana (Arguedas 1958) y el valle del Mantaro (Arguedas 1953). En estas áreas se hace referencia al sector subalterno, pero también al sector dominante de los mistis locales.
Por la misma época que este concepto comenzaba a inspirar una serie importante de ensayos e investigaciones, la sociedad altoandina se iba transformando. Aquella población representada por el Indigenismo y la Antropología salía de su entorno rural y entraba en una nueva dinámica signada por una serie de procesos: movilización social, cambios en la estructura agraria, migración, escolarización, aparición de una industria de música andina, asociaciones de provincianos en las ciudades costeñas y el surgimiento de una estructura económica, tardíamente formalizada, que se valía de las redes sociales y los mecanismos de maximización de recursos vigentes en los pueblos originarios para insertarse en la economía de las ciudades. Esta nueva coyuntura ayudó mucho a difundir el término andino para denotar al gran contingente que protagonizó tales procesos y fenómenos, pero en la mayor parte del análisis este contingente fue subsumido bajo las denominaciones genéricas cholo o popular. El estudio de lo andino se orientó, con escasas excepciones (Golte 1980, Golte y Adams 1987, Degregori 1986, Lloréns 1983), al análisis del poblador rural y su cultura, manteniendo el tropo que identificaba lo andino con lo rural y lo indígena. Esta actitud fue refrendada por el grueso de la investigación social que, al relegar el tema cultural, identificaron el tema andino con lo rural-tradicional –la población migrante es llamada en cambio popular–, y terminaron por convertirlo en un sinónimo de población rural subalterna del área altoandina.
Dentro del grupo de académicos interesados en el estudio de lo andino, un sector proveniente de la Antropología y la Historia, inspirado
en la teoría estructuralista francesa, se desmarcó de los estudios sociales para concentrarse en el análisis del mito y la organización social con el fin de dilucidar lo que se consideraba la estructura mental del universo cultural del Ande, llevando el paradigma cultural de lo andino a sus últimas consecuencias. Trascendiendo (y, en su mayor parte, minimizando) consideraciones de tipo histórico, estos trabajos han partido de los datos proporcionados por las crónicas de los siglos XVI y XVII sobre la organización y las concepciones espaciales y temporales el universo mítico y social andino, y plantearon una comparación con conceptos del mismo nivel existentes en las poblaciones rurales más tradicionales, consideradas por ello más andinas. Una amplio número de autores peruanos y un importante grupo de extranjeros (Zuidema 1989, 1995; Urton 2006; Ossio 1973, Ortiz 1973, Isbell 1974 y Randall 1982) produjeron una serie de trabajos interesantes en este aspecto, pero en lo que nos interesa este fue otro factor que reforzó el tropo de identificación de lo altoandino con lo rural-tradicional. La política del Estado bajo el régimen velasquista realizaba una asociación similar al sustituir los términos indio o indígena por el de campesino, al tiempo que reivindicaba algunas de las características más notorias de lo andino en la plástica, la música, la danza o la narrativa bajo el membrete popular o como sinónimo de lo folclórico, sea cual fuere su origen. En ello se cuentan la oficialización (nominal y no efectivizada) del idioma quechua, la difusión del folklore por los medios de comunicación oficial y la entrega del Premio Nacional de Cultura a Joaquín López Antay, maestro retablista de Huamanga, en 1975.
El carácter generalizador del término andino como área cultural tuvo como consecuencia la puesta en discusión de su carácter originario. Según orientación y tendencia del autor, el origen del patrón cultural andino se ha datado en los orígenes de las sociedades sedentarias o de la civilización en la región andina; o, por el contrario, en la Colonia, dada la fuerte presencia de componentes de tipo hispano en el universo cultural de las poblaciones de hoy. Gracias a la relación continua que la población indígena mantuvo con Occidente, la impronta de este contacto se volvió parte consustancial del universo andino en diversos niveles de su existencia. La ambigüedad de la concepción base (andino) permite que su universo sea definido como indígena o como mestizo, según el peso que se dé a sus componentes, pero tal definición tiene un error fundamental, que es la confusión de los planos cultural y étnico. Como se ha dicho antes, lo andino es ante todo un concepto cultural, cuyo grupo de referencia puede ser la población
subalterna altoandina, pero también la población mestiza; sin embargo, indio, indígena o mestizo son términos de definición étnica, por lo tanto de sectores delimitados no solamente por su bagaje cultural, sino por su posición social (regional o nacional), criterio a su vez determinado por una serie de factores de otros órdenes: económico, geográfico, etcétera. La adopción voluntaria o forzada de elementos de un patrón cultural externo no convierte, por tanto y automáticamente, a un grupo indígena en mestizo, toda vez que su posicionamiento social, apoyado de todos modos en un bagaje cultural originario, siga definiéndolo como indígena.
El acento en la definición étnica del patrón cultural andino tiene otra consecuencia en la definición del sujeto indígena: si la cultura andina es exclusivamente de los sectores más tradicionales, en la medida que es un patrón que ha perdurado por siglos a lo largo de su historia, el poblador andino no podría alterar sus expresiones y procedimientos sin perder su identidad. Toda variación se considerará una mutación del esquema.
Considerar que el patrón cultural andino no es indígena por mantener elementos de origen hispano u occidental parte del mismo supuesto del patrón cultural inalterable, pero supone además la imposibilidad teórica (y por ende política) de definir a la población del área altoandina como indígena, con lo que ninguna reivindicación étnica tendría sustento. A su vez, la idea de una cultura andina mestiza proviene de otra noción de uso común, que es la idea del mestizaje como raíz de la cultura peruana, concepto que se ha pretendido extensivo a todas las poblaciones del territorio nacional.