IV. HABITAR LOS ESPACIOS COMUNITARIOS
1. Los espacios íntimos
Con relación al habitar de los espacios domésticos se aborda la construcción física y simbólica del hogar de los mixtecos que viven en Camino Verde y la relación que se mantiene y se expresa con el hogar en el lugar de origen. Destacando así tres temas principales: el proceso de construcción física de la vivienda en Tijuana, la circularidad entre el hogar en el lugar de origen y de llegada, y el papel del hogar en Camino Verde en el anclaje a la ciudad.
• La construcción de las viviendas por parte de los migueleños en Camino Verde, es un proceso lento y que implica la puesta en práctica de diversas estrategias económicas para su realización. Por tanto, es un proceso que da cuenta de las condiciones tanto económicas como sociales en las que se encuentran inmersos los migueleños en la ciudad. La mayoría de las viviendas son autoproducidas lo que implica, además de la albañilería, conocimientos de arquitectura, topografía, ingeniería eléctrica, etc. que los implicados en la labor, por lo regular, han adquirido en la práctica misma. Esto, dado que la compra de una vivienda, o la contratación de los agentes especializados en cada una de estas labores, exceden por mucho la capacidad económica de las familias. A esto se suma que el acceso a subsidios o créditos por parte de instituciones bancarias o gubernamentales se limita exclusivamente para quienes cuentan con contratos formales, característica poco común en los ámbitos laborales a los que accede gran parte de esta población.
Un hallazgo importante de la investigación es la importancia del papel de las redes de paisanazgo y parentesco en la construcción de las viviendas, a través de la puesta en práctica de sistemas retributivos, similares a la gueza. En este sistema los miembros de la red intercambian, ya sea fuerza de trabajo, material para la construcción o capital económico, para la edificación de las casas. En esta práctica se activan los lazos de pertenencia y reconocimiento entre los miembros del grupo étnico, que se hacen más fuertes y efectivos en correspondencia a las relaciones de parentesco, es decir, estas redes tienen un rango de acción que involucra hermanos, primos, y algunos amigos cercanos que por lo general son compadres o comadres.
Por otra parte, el hogar no solo es un reflejo de las condiciones económicas de los migueleños, sino además del establecimiento de redes con y sobre la ciudad, y de las mismas
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trayectorias migratorias de los individuos y el grupo. Siendo la construcción una labor colectiva, en ella se ven materializados las técnicas y referentes aprendidos por los migueleños en los diferentes nodos que componen sus trayectorias migratorias, haciendo de la construcción y de sus mismas casas la materialización de prácticas multisituadas que se evidencian en el uso de ciertas técnicas, materiales e incluso estilos arquitectónicos.
• Esto no solo se hace evidente en el contexto de Tijuana. Entendiendo los procesos migratorios como la creación de redes de lugares, entre el origen y los lugares de llegada, que están conectados entre sí en un espacio simbólico mayor en el que circula constantemente personas, información, significados, objetos, capital, etc., estas formas de construir también han llegado y se han hecho efectivas en el contexto de San Miguel el Grande. En consecuencia, el paisaje urbano del municipio ha comenzado a verse modificado a partir de los procesos migratorios, gracias al envío de remesas y los retornos temporales y permanentes, que han traído consigo nuevos referentes y modos de hacer, que buscan ser expresados en las fachadas de los hogares.
No obstante, como el efecto producido por un espejo, el vínculo con San Miguel el Grande es expresado en los hogares en Camino Verde, ya no en las fachadas sino al interior de las casas. Así entonces el pueblo se hace presente en las prácticas cotidianas o esporádicas de los sujetos, como cocinar platos tradicionales de la región, hacer uso de la lumbre o cultivar en pequeñas huertas en los jardines, pero también en la cultura material de los hogares. Objetos tradicionales que han migrado hasta Tijuana, o artefactos adquiridos porque remiten en el recuerdo al lugar de origen, son dispuestos en el espacio doméstico, sea con un fin decorativo o funcional, como enunciados estéticos que hablan de los afectos, memorias y pertenencias que componen a los sujetos. Como estrategias cotidianas y casi imperceptibles de apropiar los espacios a partir de la disposición de objetos simbólicos que recrean un espacio de pertenencia e identificación, una esencia al lugar de origen.
• La construcción física y simbólica de un hogar en la ciudad de Tijuana funge para los migueleños como un marcador del anclaje a la ciudad y de la decisión de establecerse de manera permanente o a largo plazo en ella. Si bien los proyectos migratorios iniciales contemplan el regreso como meta a corto plazo, una vez el migrante se asienta en la ciudad, y atraviesa una serie de etapas, genera un ingreso económico estable, conforma una familia,
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establece redes sociales y familiares en el espacio cercano, el regreso permanente comienza a verse aplazado a tal punto de ser contemplado como un sueño utópico, y a reemplazarse por regresos vacacionales. En este proceso, el hogar, como anclaje afectivo, como lugar que brinda seguridad ontológica a los individuos, sobre el que sienten propiedad y seguridad, y como la materialización de un proceso que les ha costado trabajo, tiempo y dinero, se configura entonces como uno de los motivos más por el cual el regreso definitivo a San Miguel el Grande, deja de ser una opción o comienza a ser un plan para el futuro lejano, una vez los hijos crezcan y estudien y tengan autonomía económica.
El hogar se configura como tal en el acto mismo de habitarlo, llenarlo de sentidos, rutinas, afectos. Es el espacio más íntimo al ser después de su propia corporeidad, sobre el que se establece una relación de mutua afectación, una capa de piel externa al cuerpo que funge como frontera entre el individuo y el exterior. No obstante el hogar no es directamente proporcional a la vivienda, si bien ésta al implicar propiedad y privacidad, concede algunas de las características que hacen parte del sentirse en el hogar, es necesario que exista una identificación del sujeto sobre el espacio, que lo apropie tanto física como simbólicamente.
Este proceso sucede a través del habitar, como forma de estar en el mundo, como construir, como cuidar. Los lugares se habitan desde el afecto, el anhelo, la memoria, los significados, también desde lo material, las prácticas, los objetos, las formas.
A partir de este planteamiento y los principales hallazgos que acabo de mencionar, es posible concluir entonces que el hogar para los migueleños comienza a tomar forma y solidez en la medida que construyen en y sobre la ciudad lazos y relaciones cada vez más cercanos, través de los hijos o familiares, de los ámbitos laborales, académicos, etc. en la medida en la que el individuo construye redes que lo vinculan de manera más estrecha con el espacio en el que reside y habita. El hogar como anclaje toma forma material y simbólica, se hace una necesidad, un objetivo dentro de los proyectos de vida, a su vez un marcador de la generación de una pertenencia socioterritorial múltiple. A su vez, la construcción del hogar, como espacio propio que tiene una materialidad y dimensiones físicas, refleja también la acción de migrante en el espacio de la ciudad, construyéndola, y transformándola, desde el paisaje urbano, hasta en sus significados y valoraciones, como espacio de vida y lugar de origen para las nuevas generaciones.
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Por otra parte, el hogar como propio, íntimo pero a su vez visible ante los externos a él, funge también como espacio de expresión y transformación en el que se hacen explícitos los procesos identitarios del sujeto, a partir de la experiencia migratoria, la cotidianidad en un contexto nuevo y la convivencia con cosmovisiones diferentes. Así entonces en San Miguel el Grande las fachadas sirven como enunciados de los logros del proyecto migratorio y de la aprehensión de nuevas formas de hacer y entender el espacio doméstico a través de estéticas, técnicas y materiales diferentes.
Mientras que en el caso de Tijuana, es el interior de los hogares el espacio en el que la identidad individual y social, toma forma de objetos y prácticas, que han sido traídos del lugar de origen y que reivindican y reproducen las costumbres, tradiciones y pertenencias. Es al interior de los hogares en Tijuana donde las formas de vestir el espacio constituyen expresiones estéticas de los repertorios culturales que reconocen a los mixtecos altos, les diferencian de otros grupos, y proveen a las nuevas generaciones de ciertos parámetros de su identidad étnica. No obstante, da cuenta también de una identidad no esencializada, sino por el contrario mutable, que en el contacto y aprehendimiento de la ciudad ha incorporado nuevas identificaciones, estéticas e incluso formas de entender el espacio y el tiempo, viéndose reflejado, por ejemplo, en la distribución arquitectónica de los espacios en la vivienda, cada vez más similares a las casas citadinas regulares.