Bibliografía
4.2. La única ciencia
4.2.3. El método de la verdadera teodicea
solvente argumento de la realización de la Idea: capaz de percibir el silencioso pronunciamiento procesal de una presencia en marcha que, en la anulación de cada forma finita acontecida, hace emerger la justificación del presente (es decir, la justificación que el presen- te mismo es y otorga), su ser, la plenitud actual de la capacidad de sentido y verdad de aquellas formas pasadas.
Ahora bien, Hegel denomina a este proceso de demolición «el progreso de la conciencia de la libertad». Y es que el juicio de la idea divina —la cual no es un mero ideal de los sujetos humanos, sino un contenido universal de libertad, capaz de hacerse efectiva- mente real—, es ciertamente un plan objetivo de autoapropiación del espíritu, que se ejecuta determinadamente, a su propio ritmo y con independencia de lo que en cada caso busquen las volunta- des particulares de los hombres (si bien, sólo mediante ellas);un im- pulso de realidad que, en medio de la maraña de las historias (o historietas) subjetivas, y a través de sus colisiones, avanza sin inte- rrupción, autoproduciéndose según una secuencia precisa de fa- ses que yace en su estructura lógica, y poniendo en juego los me- dios apropiados para que esa conciencia exista objetivamente en la forma que le es propia, en la efectiva realidad del Estado y en la revocación de la particularidad de cada Estado, esto es, como dia- léctica de los Estados. Pero, siendo proceso objetivo, el devenir del espíritu no es ningún proceso objetivo intramundano que se desa- rrolle delante de esos sujetos, de manera que puedan contemplar- lo y juzgarlo. Él es, por el contrario, el verdadero espectador y el verda- dero agentede todos los procesos, y su verdadero campo de juego es la constitución misma de la autoconciencia de los sujetos. Nada pueden déspotas y criminales contra este paso de Dios que hunde sus raíces cada vez más profundamente en la conciencia de los in- dividuos, pues su astucia, la astucia de la Razón, consiste precisa- mente en valerse de la irreductibilidad de su voluntad individual, de la lucha de las libertades contrapuestas, de sus crímenes, para destruir para siempre cada figura del reino del crimen. Y es que
«la idea universal no se entrega a la oposición y a la lucha, no se expone al peligro; permanece intacta e ilesa en el trasfondo, y en- vía lo particular de la pasión a que en la lucha reciba los golpes. Se puede llamar a eso la astucia de la Razón;la Razón hace que las pa- siones obren por ella y que aquello mediante lo cual la Razón se
pone en la existencia se pierda y sufra daño. Pues el fenómeno tie- ne una parte nula y otra parte afirmativa. Lo particular es la mayo- ría de las veces harto mezquino, frente a lo universal. Los indivi- duos son sacrificados y abandonados. La idea no paga ella misma el tributo de la existencia y la caducidad; págalo con las pasiones de los individuos. César hubo de realizar lo necesario, el derroca- miento de la podrida libertad. Pereció en esta lucha pero lo nece- sario subsistió; la libertad yacía según la idea bajo el acontecer ex- terior» (Hegel, 1955, 105; trad. de Gaos algo modificada). Se trata de la misma astucia que, ya en 1807, señalaba un momento central del Prólogo a la Fenomenología del espíritu:la caracterización del mo- mento conceptual, definitorio de la ciencia como un idealismo que se distingue de todo dogmatismo de la autoconciencia en que para él «todo contenido es su propia reflexión en sí», es decir, el idealismo que, desde la intelección decisiva de que «la sustancia es en ella misma sujeto», comprende por fin lo que realmente quería decir que el ser es pensar:
[...] la ciencia no es aquel idealismo que viene a reemplazar al dogmatismo que hace afirmaciones con un dogmatismo que asegura, vale decir: con el dogmatismo de la conciencia de sí; sino que, por cuanto que el saber ve retroceder el contenido a su propia inte- rioridad [la del contenido mismo], su actividad [la del saber]
está más bien tanto sumergida en él, pues esa actividad es el Sí mismo inmanente del contenido, como al mismo tiempo retor- nada a sí misma, pues ella es la pura igualdad-consigo-mismo en el ser-otro; de este modo, la actividad del saber es la astucia que, pareciendo abstenerse de la actividad, contempla cómo la deter- minidad y su vida concreta, precisamente creyendo impulsar su autoconservación y su interés, es lo inverso, un hacer que se di- suelve a sí mismo y se convierte en momento del todo (Hegel 1970a, 53-54).6
6 Paralelamente, también en el Prólogoa la Fenomenología encontramos ya la idea de que el fenómeno del que propiamente se trata, el nacer y el perecer que ni nace ni perece él mismo, y «constituye la efectiva realidad y el movimiento de la vida de la verdad», es un tri- bunal para las figuras del espíritu y para los pensamientos determinados, que en cada caso cobran presencia; ese proceso es, pues, el juiciode lo finito, que se muestra en él como mo- mento,esto es, tanto positivo y necesario como negativo y desapareciente (Hegel 1970a, 46).
4.2.4. El reconocimiento en la historia de la obra