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Nuevas teodiceas seculares o del reencantamiento del mundodel reencantamiento del mundo

In document Occidente, razón y mal (página 196-200)

Bibliografía

6.5. Nuevas teodiceas seculares o del reencantamiento del mundodel reencantamiento del mundo

No parece soportable la ausencia de teodiceas, la insistente búsque- da de un sentido de todo. El impulso a revisitar las viejas iglesias y reencantar el mundo parece pugnar una y otra vez. A pesar de las crí- ticas que la Ilustración elabora al discurso de la teodicea, recae en ella. La «razón pensante y su ley es la única instancia legitimadora».

Pero se trata de una razón divinizada, carismática, convencida de que abandonada a sí misma es capaz de crear el mejor mundo posi- ble. Y el deseo de transformar el mundo humano en un todo orgá- nico, sin resquicios ni fisuras, donde todo funcione según la idea de perfección puede ser una excusa para la violenta misantropía (Kun- dera 1976; Bauman 2005a y 2005b, 130). El optimismo liberal o las modernas teologías políticas participan de ese proyecto de perfec- ción; justifican el desorden en nombre de un orden que la lógica del progreso hará llegar. El sufrimiento —esa molesta china en el zapato de la teoría— es integrado en la teleología providencialista de la historia (Historiodicea). Todo está bien como está: los males pre- sentes son motores de regeneración del edificio de la historia.

El liberalismo, en efecto, funcionaliza el mal moral y social. La violencia, las pasiones, el egoísmo, la vanidad y todos los vicios que la moral quiere extirpar deben fomentarse. Ellos son el motor del bien. Un ejemplo entre muchos de este discurso es el de Thomas Jefferson, quien propone huir de la política institucional y del Esta- do y reemplazarlo por la benéfica anarquía del mercado libre. Cree simplemente que el mal se retira cuando la política cede su lugar al egoísmo del negocio (Del Águila 2004, 155). Es una máxima conocida del liberalismo la que dice que, cuanto más actúe el individuo per- siguiendo su propio interés, tanto mejor para todos. Vicios privados, beneficios públicos es precisamente el optimista lema de otro libe-

ral, Mandeville. En La fábula de las abejas. O los vicios privados hacen la prosperidad pública (1740), afirmó que el bien sólo puede extraerse del mal. En el poema titulado «El panal rumoroso o la redención de los bribones» la moraleja es clara:

Dejad pues de quejaros, sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado.

Querer gozar de los beneficios del mundo, y ser famosos en la guerra, y vivir con holgura, sin grandes vicios, es vana

utopía en el cerebro asentada.

Fraude, lujo y orgullo deben vivir mientras disfrutemos de sus beneficios;

el hambre es, sin duda, una plaga terrible, pero sin ella ¿quién medra o se alimenta? [...]

[...] La virtud sola no puede hacer que vivan las naciones esplendorosamente; las que revivir quisieran

la Edad de Oro, han de liberarse

de la honradez como de las bellotas (Mandeville 1982, 21).

Esa idea de la benéfica anarquía del comercio, capaz de transmu- tar el mal en bien, legitima que el mercado mundial y el bienestar queden fundados en la violencia; que la prosperidad de unos pocos descanse en la miseria de otros muchos. El progreso se asienta en el sacrificio, tiene un precio justo que hemos de estar felizmente dis- puestos a pagar.15En este sentido, Zygmunt Bauman ha señalado que el diseño de perfección hace aparecer el desorden junto a la vi- sión del orden. Pero un desorden que debe ser erradicado, desterra- do incluso de nuestro pensamiento. El pensamiento recorta prime- ro la imagen del mundo perfecto, de suerte que puede recortarse el propio mundo a continuación (Bauman 2005b, 36). El orden per- fecto comporta la invisibilidad de los superfluos, la desaparición de la vista de desechos, residuos, malas hierbas que afean el jardín edé-

15Leopardi lo vio bien. El desarrollo de la industria algodonera inglesa implica la destrucción de las bases materiales de la existencia en la India. «De hierro vías, el múlti- ple comercio / Vapor, tifus y cólera los pueblos / Y climas más lejanos oprimirán a un tiempo» (cit. por Bodei 1993).

nico en el que queremos vivir. El diseño de un orden perfecto exige de enormes basureros donde se desechan los residuos del proceso.

Lo que importa no es el proceso ni el residuo, sino el producto, el resultado. Esos residuos son excedentes desechables (y no recicla- bles)que no cuentan en el plan de perfección o bien daños colatera- les necesarios para el mismo (Bauman 2005b, 39). Nadie es respon- sable de esta exclusión de los que alteran el orden, sino los propios excluidos (los no consumidores hoy en el capitalismo desarrolla- do): las perspectivas del orden y la norma reparten culpas de ante- mano... Los excluidos eligensu propia desgracia. Son agentes de su proceso de exclusión. En suma, todo acto de limpieza que el orden necesita es percibido como un acto ético, un acto de justicia, me- diante el que cada cual tiene lo que merece. Quienes deciden la exclu- sión se autoconciben, por su lado, como defensores de la ley y el or- den, mientras que los excluidos son siempre culpables (Bauman 2005a, 132). Su nefasto destino tiene que ver con alguna transgre- sión, y ellos tienen además las armas para modificarlo —dice hoy el neoliberalismo revitalizando esa vieja lógica de la teodicea que cri- minaliza siempre al que sufre—. En suma, este discurso neoliberal se sirve de ese antiguo argumento, y exige soluciones privadas, per- sonales y biográficas, a problemas socialmente producidos.

En paralelo a esta razón económica divinizada, la razón política moderna (la razón de Estado) gobierna la historia con la misma ne- cesidad, con la misma mano de hierro que la voluntad divina lo hizo (Del Águila 2005, 163). La política es ahora un sucedáneo teológi- co: una teología que induce estados de ánimo y de fervor dispuestos a un sacrifico ciego y disciplinado (Ocaña 1997, 61). En este caso, la política se muta en cirugía. Weber apuntó que la guerra cumple la misma función de salvación y dotación de sentido que solía cum- plir la religión. «Este logro de situar la muerte en la serie de aconte- cimientos significativos y sagrados constituye, en definitiva, la base de todos los intentos por cimentar la dignidad autónoma de la aso- ciación política fundada en el uso de la violencia» (Weber 1983, 539).16

16Esto tiene que ver con los sacrificios de legiones vivientes ofrendados a las megalo- manías faraónicas o con la construcción de la muralla china relatada por Kafka (Ocaña 1977, 78).

Quien sufre o muere desempeñando una función como tropa pue- de integrar sus trabajos y padecimientos en una serie de acontecimien- tos significativos, justificados por la dignidad autónoma de la asociación política. El dolor y la muerte se convierten en piedras angulares ci- mentadoras del Estado, el cual aspira a imponerse como totalidad (teología política como politicodicea). Oiremos a Carl Schmitt de- cir que «una unidad política tiene que poder pedir en caso extremo el sacrificio de la propia vida» (Schmitt 1991, 99).

Los muertos así, los que han hecho el mayor sacrifico, son un mérito, una inversión desde la perspectiva de esta economía trascen- dente, según la cual los sufrimientos van acumulando un capital moral, un saldo que será liquidado a su debido tiempo. Sánchez Ferlosio relata como ejemplos de esta inveterada obstinación de que el bien tiene que surgir del mal, del sufrimiento, y que el sufri- miento, por tanto, es un valor seguro con vistas al bien, las afirma- ciones del general Jeremy Moore tras la guerra de las Malvinas:

«Ahora» —señaló— «las Falkland son nuestras porque las hemos pagado con vidas de jóvenes británicos; todo intento de cuestionar ese derecho es, sin más, una ofensa a los muertos»(Sánchez Ferlosio 2002, 137). Los muertos son una inversión... que como tal produce un grato beneficio. Hay, por tanto, una vigencia al día de hoy de la superstición y mixtificación constituyente de esa tradicional menta- lidad expiatoria. El otro ejemplo de Ferlosio alude a un serial televi- sivo en el que se solicita el orgullo patriótico de un negro america- no haciéndole pensar que «el inmenso martirio de sus antepasados esclavos en las plantaciones contribuyó de modo decisivo a la crea- ción de la Gran Patria de la Libertad de la que él mismo tiene aho- ra el privilegio de ser ciudadano» (Sánchez Ferlosio 2002, 135). Más cerca y más recientemente hemos oído a un ex presidente del go- bierno español reclamar la utilidad de la sangre de las víctimas del terrorismo. Lo cierto es que todos estos ejemplos inciden en lo mis- mo: olvidan que el sufrimiento es siempre irredimible.

El legislador en la teología política es el nuevo arquitecto del mundo que sustituye a la divinidad. Contra el político autoinvestido en constructor y gobernador del mundo lanzó su voz Iván Karama- zov: contra los arquitectos políticos representados por los más diver- sos Grandes Inquisidores que levantan, como los grandes faraones, su edificio de perfección sobre las piedras del sufrimiento indivi-

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