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2.2. Paradigma Sociocognitivo-humanista

2.2.3. Metodología

Metodología se refiere a una combinación de métodos aceptables, utilizados para lograr múltiples objetivos que guían la indagación teórica, doctrinal; asimismo las actividades desarrollan: competencias y capacidades (López, 2013).

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Los métodos activos y participativos permiten a los estudiantes procesar competencias, habilidades, valores y alcanzar una comprensión significativa en un tema particular. Los educandos deben dedicar más tiempo a comprender y aprender, de tal manera que confronten personalmente el objetivo del conocimiento, generando conflicto cognitivo. El aprendizaje es posible solo cuando existe una solución al problema planteado (Latorre y Seco, 2013).

El objetivo de los métodos pedagógicos en este trabajo profesional es facilitar el progreso de las competencias en el área de religión de los discentes del séptimo ciclo.

Esta propuesta se fundamenta sobre las teorías más importantes de los diferentes paradigmas, en el ámbito pedagógico, ya que los educandos son los intérpretes y arquitectos de su propio aprendizaje, logrando la autonomía cognitiva a través de la interacción activa con su entorno, despertando el interés de los estudiantes a partir de los conocimientos previos y generando un equilibrio cognitivo.

Las sesiones pedagógicas que se desarrollarán durante la implementación de la propuesta didáctica, están dirigidas a la cooperación eficaz y pronta de los educandos en cada actividad didáctica y espacio interactivo, facilitando de esta manera la asimilación y los comentarios constructivos, ya que este proceso está cimentado en la tesis del aprendizaje constructivo de Jean Piaget. Además, se considera la asimilación de acuerdo a los estadios Piagetianos, que los discentes de tercer grado coinciden en el nivel lógico- formal y demuestran sus juicios lógicos, que les permiten comprender y expresar y/o explicar conceptos abstractos. Por lo tanto, siguiendo la secuencia de la actividad y el propósito de clase, se presenta de forma clara y verbal (Feuerstein), para que el educando conozca el propósito, es decir, qué aprender en cada actividad.

Del mismo modo, se considera que la motivación intrínseca se centra en la atención del educando y la voluntad de aprender, utilizando la experiencia, conocimientos

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previos y el contexto como punto de partida que promueve el aprendizaje significativo y práctico basado en la teoría de Bruner y Ausubel. Al inicio de cada sesión de clase se efectúa una encuesta de evaluación diagnóstica para recoger los saberes previos del educando, mediante preguntas y respuestas sobre la realidad, con el fin de adquirir nuevas estructuras cognitivas basadas en los postulados de Piaget y Ausubel.

Al inicio de cada actividad pedagógica, se formula una pregunta, creando un proceso de conflicto cognitivo (Vygotsky) y desequilibrio (Piaget), generando la inquietud del estudiante, de tal manera que la interrogante se resuelve bajo la mediación del maestro dentro del aula, mediante técnicas y métodos individuales o grupales, despertando el deseo de aprender. Asimismo, según Feuerstein, el docente debe caracterizarse por ser el mediador entre el contexto real del adolescente, facilitando un ambiente sociocultural y globalizado. (Latorre, 2022k).

El trabajo en equipo es importante, porque logra desarrollar diferentes actividades tales como: elaboración de esquemas, debates, infografías, escenificaciones, escritos, dinámicas y más, encaminando las sesiones planificadas, permitiendo que los discentes asuman la responsabilidad del grupo y expresen sus ideas, acrecienten habilidades sociales de manera independiente, en este sentido toman conciencia de su aprendizaje, logrando autoevaluarse, basada en los aportes de Vygotsky de la teoría del doble aprendizaje. De esta manera, los estudiantes logran un aprendizaje representativo y lógico siguiendo el enfoque de Bruner.

Sternberg argumenta que la inteligencia es moldeable. Se justifica la propuesta didáctica en la teoría de los procesos mentales, se busca desarrollar habilidades, destrezas, potenciando el intelecto de los educandos. La intervención psicoeducativa del docente es fundamental, esto se debe a que la inteligencia es una estructura dinámica y activa que tiende a innovar la referencias que recibe el estudiante (Latorre y Seco, 2013). Del mismo

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modo, las actividades de clase comienzan con una realidad contextualizada (I.

Contextual), enfatizando las habilidades artísticas (I. Experiencial), por último, motivando al discente analizar su aprendizaje (I. Procesual) y organizarlo de acuerdo con lo asimilado, desarrollando metacomponentes (capacidades) y los componentes (destrezas).

En la ejecución de actividades educativas basadas en la teoría tridimensional de la inteligencia se presentan una serie de pasos o procesos mentales, teniendo en cuenta las competencias, habilidades y destrezas que corresponden al tercer grado de secundaria en el área de religión. De esta manera considerando los valores y actitudes (inteligencia afectiva) que posee el discente para fortalecer los vínculos manteniendo una convivencia equilibrada considerando también el constructo intelectual del educando, a través de contenidos, técnicas o estrategias.

Un fundamento esencial del aprendizaje es la metacognición, ya que permite a los educandos reflexionar sobre su propio aprendizaje y cómo lo adquirieron, plantearse preguntas como: ¿Qué?, ¿cómo?, ¿para qué? aprendieron. Estas interrogantes les facilitan tomar conciencia de lo asimilado. Por otro lado, la retroalimentación profundiza todo lo aprendido a través de actividades pedagógicas adicionales, ayudando a consolidar los conocimientos y así trasladar lo adquirido a la vida cotidiana (aprendizaje funcional significativo).

Esta propuesta tiene como propósito identificar los desaciertos en el aprendizaje del discente a lo largo de todo el progreso del año lectivo, que no alcanzaron el logro esperado; por ende, se tiene en cuenta realizar retroalimentaciones que es precisamente, reforzar el aprendizaje, según la necesidad del educando.

51 2.2.4. Evaluación

El modelo académico tradicional, considera la evaluación como un medio para recopilar datos, su propósito es cuantificar el contenido del material que los estudiantes memorizan.

En los últimos años se han revisado los métodos tradicionales para pasar a una evaluación por competencias, surgiendo así nuevas estrategias gracias a las diversas teorías como la cognición, el contexto social, las humanidades cognitivas, y todo ello ha contribuido a mejorar y buscar el perfeccionamiento en la educación. También se considera como el proceso de precisar, recopilar datos del discente a través de un sondeo válido, relevante y descriptivo de los aprendizajes alcanzados y así utilizar los resultados de dicha evaluación para el diagnóstico y mejorar la calidad de enseñanza (Latorre y Seco, 2016). Entonces, es un progreso, que no pasa simplemente como recabar informes del rendimiento académico de los educandos, sino que tiene como objetivo mejorar todos los aspectos del aprendizaje. Desde esta perspectiva, se enfatiza la evaluación como una herramienta primordial de la educación, sin la cual sería imposible avanzar en el desarrollo de la enseñanza- aprendizaje.

Por lo tanto, es de suma importancia que todo educador debe tener en conocimiento los diferentes estilos de evaluación: diagnóstica, formativa y sumativa, según su función y finalidad.

Evaluación diagnóstica. Faculta a los educadores disponer el ritmo, forma de aprendizaje, consecución de habilidades, destrezas, competencias, actitudes o valores de los discentes pues que sus objetivos, realiza el estudio preliminar del entorno pedagógico, analizando las exigencias de los discentes en el progreso de aprendizaje (Latorre, 2022j).

La evaluación diagnóstica ayuda a identificar de dónde provienen las dificultades de un estudiante, por ello el maestro debe observar su progreso y comenzar a elaborar el constructo del conocimiento del discente, teniendo en cuenta la zona de desarrollo

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próximo, acompañándolo y motivándolo con el propósito de mejorar el aprendizaje esperado.

Evaluación formativa. Ayuda a evaluar la actividad pedagógica del aprendizaje durante todo el proceso con el objetivo de mejorar y fomentar, motivando al estudiante a querer aprender. Es oportuno señalar que el propósito de este tipo de evaluación es enriquecer la metacognición del educando con el fin de lograr el éxito (Latorre y Seco, 2016). También es el sondeo de las destrezas del estudiante en puntos específicos del proceso cuando corresponda, brindándole retroalimentaciones, impartiendo instrucciones, tomando decisiones inteligentes, garantizando así el éxito educativo y práctico. La evaluación es el proceso para ver cómo está progresando el estudiante, así el maestro debe tomar las medidas adecuadas para apoyar y reforzar, de la misma manera lo que no necesita reforzar. Asimismo, sirve para que los discentes muestren más inclinación por los trabajos y las asignaturas que todavía les falta alcanzar el logro esperado, para que el educando tenga suficiente conocimiento previo. Recordar también que es importante la evaluación de proceso, y que el profesor es quien retroalimenta y nutre el trabajo, ayudando a aprender, corregir errores y mejorar la calidad de aprendizaje (Latorre, 2019j).

Evaluación sumativa. Tiene como objetivo evaluar la particularidad del aprendizaje y los métodos utilizados en el progreso de enseñanza percibido por los estudiantes, garantizando una educación que desarrolle habilidades y destrezas (Latorre y Seco, 2010). Es decir, que mediante esta evaluación se puede verificar y certificar el rendimiento académico de un estudiante al final del año escolar, o en cierta medida, su propósito es evaluar el producto obtenido desde la perspectiva de la calificación de los estudiantes.

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Las evaluaciones del enfoque por competencias se plantean de acuerdo con lo que se hace en clase, por lo que los estudiantes deben comprender sus destrezas y aplicarlas.

El proceso de evaluación siempre puede estar relacionado con los tres elementos de las intervenciones educativas: alumno, docente y contenidos. La evaluación por competencias es identificar el aprendizaje adquirido (Latorre y Seco, 2016j).

La evaluación desarrolla una función fundamental en el trabajo profesional, demostrando las competencias de los educandos del tercer grado de secundaria en el área de religión. De la misma manera, permite alcanzar los estándares planteados por el MINEDU. También motiva a guiar al discente a través del proceso de aprendizaje con comentarios y varias herramientas de evaluación para un desarrollo holístico, de igual forma evaluar desde los enfoques por competencias, utilizando elementos tales como:

criterios, indicadores, metodologías, herramientas pedagógicas y estándares.