Las prácticas alimentarias
2.3 El mundo de hoy y los cambios en las prácticas alimentarias
Considerar a los individuos como agentes es considerarlos dinámicos cambiantes capaces de transformar estructuras y generar nuevas estructuras en la vida cotidiana, pero los cambios que se viven hoy no se dan sólo por decisión de los agentes sino por la dinámica que impone el mundo moderno.
Los cambios en las prácticas alimentarias de las sociedades del mundo, comienzan con y a partir de la apertura de las fronteras de los países para el libre mercado de alimentos. El alimento como mercancía, representa una jugosa ganancia para aquellos que la controlan, la imposición de comida industrializada en el mercado ha transformando a los consumidores, aunque tengan “opciones de elección” (Appadurai, 2001; Patel, 2008).
Se han generado investigaciones sobre el género, la belleza, el cuerpo, la sociabilidad y aquellas relacionadas con la agencia, desde perspectivas estructuralistas, postestructuralistas, construccionistas y las relacionadas con la deslocalización y mundialización de los alimentos (Contreras y Gracia 2005). Sin faltar las históricas que resurgen con mayor fuerza ante la amenaza de hoy, de que se desdibuje con el proceso de globalización la identidad local de los alimentos, y que haya una sobrevaloración de los alimentos industrializados, altamente procesados que no pertenecen a un lugar más que a la industria; como
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la coca-cola, las sabritas, el hotdog y la hamburguesa aunque se les asocie a los Estados Unidos (Mintz, 2003).
Pero no solo la industrialización y la globalización han transformado las prácticas alimentarias de los agentes, también están íntimamente relacionadas con los estilos de vida que se están generando a partir del ritmo y velocidad que le imprimimos a la vida cotidiana.
Vivir de prisa es ya una característica que marca este espacio tiempo vivido. Debido al giro neoliberal que el mundo comenzó a experimentar a fines de los 70 y principios de los 80. Por la drástica transformación de la política monetaria, que se convirtió en una lucha contra la inflación. A nadie le importó las consecuencias de esta lucha, que trajo desempleos masivos, disminuyó toda seguridad y poder de los trabajadores, desreguló la industria, la agricultura y producción de alimentos, la cual se concentró en manos de grandes empresarios, con la indulgencia del Estado. A partir de entonces, la intervención estatal en los mercados es mínima, pues no puede intervenir en las políticas del libre mercado.
Ante tal panorama se ha incrementado la productividad y la aplicación de tecnología, dejando sin trabajo a miles de trabajadores e incrementando las horas laborales para aquellos que quedan dentro del sistema laboral. La Organización Internacional del Trabajo menciona que el estrés laboral es el principal problema de salud en los países que han adoptado la política neoliberal. El incremento de horas en el trabajo ha trastocado las relaciones sociales de los individuos. Cada vez se tiene menos tiempo, lo cual modifica todas las prácticas. Vivir de prisa se convirtió en la esencia del mundo moderno. El cuidado de la salud se volvió algo secundario tanto para el que trabaja, como para los familiares, porque no hay tiempo. La sociedad actual no puede permitirse perder el tiempo, porque el tiempo es dinero según la prédica
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de la economía de mercado. Vivir de prisa se convirtió, en una práctica que genera estructuras que estructuran la práctica diaria, hay una naturalización que inculca disposiciones que constituyen el habitus y se convierten en estructuras para percibir (Bourdieu, 2002) el mundo del vivir de prisa. Se crean rutinas diarias del consumo de alimentos que reflejan y recrean los códigos sociales de una sociedad neoliberal.
Se ha vuelto normal comer en el coche, parados, caminando, en estanquillos, en puestos ambulantes, en restaurantes, en el mercado, en el supermercado; solos y de prisa sin saborear la sazón del guiso porque
“el tiempo es oro”. Este vivir de prisa, no sólo se refleja en la mesa, sino también en las granjas donde se produce la comida, pues utilizan pesticidas, fertilizantes químicos, hormonas para lograr un crecimiento rápido, modificación genética, bajo una lógica económica que busca reducir los costos y hacer que el ganado y las cosechas crezcan mucho más rápido, en lugar de esperar el tiempo natural que necesitan para crecer. También en las ciudades se refleja el aumento de restaurantes y puestos de comida, la venta de comida pre-cocida empaquetada y lista para calentarse y comerse.
Bajo esta lógica del mercado libre, existe poca o nula regulación del estado. La industria impone en el Mercado lo que debemos comer y beber, aunque se nos vende la idea de que somos libres para elegir lo que queremos comer, al respecto Raj Patel (2008) nos dice que es la comida la que nos elije, como el caso de la sabrita y la coca-cola, las galletas y todos los productos azucarados y fritos.
Ante esto los países como México y Estados Unidos, la obesidad, se convirtió en un problema serio de salud pública, las grandes cantidades de refresco de libre venta, las bebidas altamente azucaradas son la droga de la felicidad hoy (Mintz, 1996).
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Frente a esta problemática del consumo de alimentos industrializados y la afectación a la salud, han surgido comunidades en movimiento que reivindican la alimentación natural y rescatan la historia alimentaria (Mintz,2003; Patel, 2008) de sus culturas, asegurando a través del trabajo comunitario la producción de alimentos sanos. Como los casos de Brasil, España, Inglaterra, Argentina o el movimiento slow de Italia que privilegian la producción y elaboración de comida artesanal y libre de químicos.
Todo lo anterior ha llevado a estos países, ha profundizar en los estudios sobre la alimentación desde diferentes disciplinas, sin embargo la complejidad del fenómeno y las diferentes prácticas existentes por los individuos, los análisis resultantes son todavía parciales. De esos resultados puede observarse que a pesar de que la alimentación es un una necesidad fisiológica se define principalmente en su proyección cultural tal como puede verse en los primeros estudios antropológicos de principios del siglo XX. Según Jesús Contreras y Gracia (2005) los estudios sobre la alimentación y las prácticas derivadas, se pueden clasificar, desde aquellas que tienen un carácter holista, interesadas en las cadenas de producción, asociadas a la distribución, y consumo del sistema alimentario de las poblaciones humanas. O los primeros estudios del siglo XIX de la antropología, interesada en la dimensión imaginaria, simbólica y social cuyos enfoques evolucionistas, funcionalistas y culturalistas, materialistas culturales, ecologistas informaron sobre la diversidad alimentaria. Hasta aquellos que estudian los comportamientos, estilos de vida, gustos, conductas, prácticas de los individuos en un espacio-tiempo. O los históricos que buscan comprender los cambios y las estructuras que aún persisten en las sociedades sobre las rutinas en el comer y en la mesa. O la
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postestructuralista que genera un debate entre la estructura y la agencia, realiza una crítica a los determinismos y reconoce el dinamismo, la contextualidad y los significados contradictorios que se generan en torno a los alimentos. Todos dieron a conocer las diferentes costumbres y lógicas de qué, cómo, dónde, cuándo y por qué comer.
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