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Neoextractivismo: el caso de la explotación de hidrocarburos no convencionales

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Capítulo III. Del extractivismo al neoextractivismo: el impulso a la explotación

3.2 El extractivismo como motor de desarrollo

3.2.1 Neoextractivismo: el caso de la explotación de hidrocarburos no convencionales

dinámicas de consumo de una población mundial estimada en 7700 millones de personas14 y de las diversas industrias a nivel mundial, requieren casi indispensablemente de los hidrocarburos. Para ser más específicos los combustibles fósiles constituyen el “81% de la energía que se usa a nivel global y los derivados del petróleo proveen el 95% de la energía para el transporte (Ferrari, 2018:1).

Ante esta realidad global los países productores de hidrocarburos han adecuado sus agendas a fin de participar en la dinámica generando con ello distintos matices en su actuar sobre dicha actividad. Eduardo Gudynas, uno de los autores contemporáneos que trabaja sobre el tema del denominado neoextractivismo en Latinoamérica, expone interesantes argumentos sobre el impulso de los proyectos extractivos desde el contexto de los gobiernos progresistas o de la nueva izquierda, identificando un “neoextractivismo progresista”, donde el Estado tiene un rol más activo en las actividades extractivas.

Particularmente se refiere a las posiciones de la izquierda, advirtiendo que a diferencia de años atrás, cuando mostraban una fuerte oposición a la actividad extractiva (petróleo y minería) como estilo de desarrollo, criticando enérgicamente por un lado la dependencia exportadora y el papel de las economías de enclave, y por el otro las condiciones laborales

14 Población mundial según el último informe demográfico de las Naciones Unidas (2019)

64 ventajosas para los grandes corporativos y la débil tributación a la que se sometían. Ahora las cosas han cambiado con la denominada “nueva izquierda” que en los últimos años logró encabezar varios gobiernos en América Latina, como en Argentina (con el matrimonio Kirchner), en Bolivia (con Evo Morales), en Ecuador (con Rafael Correa), en Brasil (con Lula Da Silva y Dilma Rousseff), en Uruguay (con Tabaré Vázquez y José Mujica) y en Venezuela (con Hugo Chávez). Todos ellos mostraron una clara tendencia a una lucha contra la pobreza como una prioridad. Y justo este resulta ser un punto clave, ya que debido a este cometido dichos gobiernos no sólo han mantenido el extractivismo, sino que han buscado profundizar en intensidad y amplitud (Gudynas, 2011: 76-77).

En esa dinámica la captación de excedentes por parte del Estado es mucho más alta: ya sea por la imposición de regalías más elevadas o una mayor tributación o por su intervención directa a través de las paraestatales. Permitiendo con ello que los gobiernos progresistas cuenten con más opciones e instrumentos para captar parte de la riqueza que generan los sectores extractivos y, consecutivamente canalizarla a distintos planes y programas sociales, muchos de ellos destinados al combate a la pobreza. “Esto genera una situación muy particular, ya que se establece un vínculo entre emprendimientos como la minería o hidrocarburos, y el financiamiento de los planes asistenciales gubernamentales…” (Gudynas, 2011:85).

El autor plantea que con el neoextractivismo el papel de la redistribución del ingreso por medio de programas sociales de compensación focalizados, resulta un elemento medular, esto al funcionar como “mitigadores de los niveles de protesta social”, sobre todo al aplacar las demandas sociales locales Con este tipo de acciones se genera cierta clase de legitimación social sobre los proyectos extractivos, y paralelamente se contribuye a sosegar las protestas sociales__ siempre hay excepciones, como el caso de muchas poblaciones indígenas y campesinas que han mostrado su oposición pese a las dadivas ofrecidas__. En este caso los cuestionamientos, más que poner en tela de juicio la práctica extractivista (y sus impactos), se enfocan en la discusión sobre cómo distribuir los beneficios que de ella provienen (Gudynas, 2011:86-87).

65 Con el nuevo discurso de los gobiernos progresistas de izquierda, la actividad extractivista se reubica como un “aliado” idóneo para el combate de la pobreza y una condición necesaria para la generación del desarrollo. Sí bien se reconoce la presencia de impactos sociales y ambientales negativos, también lo es que estos son presentados como “manejables o compensables” y son asumidos como un mal necesario “a la luz de un beneficio general para toda la nación”. Así mismo se exhiben como los únicos que “pueden llevarlo adelante con eficiencia y con una adecuada redistribución de la riqueza que genera.” (Gudynas, 2011:87).

El extractivismo exacerbado de este tiempo recurre a un uso intensivo de tecnologías que permiten obtener en enormes extensiones y en muy poco tiempo millones de toneladas de recursos o en su caso millones de litros o barriles (hidrocarburos). Según Gudynas esto corresponde a estar inmersos en una etapa en la cual se utilizan medios y formas correspondientes a una tercera generación15 de extractivismo en la cual se realiza un uso intensivo de maquinaria, la remoción en millones de toneladas de recursos (minería a cielo abierto), de millones de barriles (en el caso de la extracción petrolera alta profundidad) u ocupando miles o millones de hectáreas (en el caso de los monocultivos) utilizando para ello grandes volúmenes de insumos químicos, aditivos o agrotóxicos; y por los contextos que prevalecen estaríamos en vísperas de entrar a una cuarta generación en la cual el consumo de energía y materia en las operaciones son muy altos. Ejemplo de ello sería el uso del fracking que “ya no sólo implica la extracción, sino el estrujamiento de la tierra para forzar la apropiación del hidrocarburo (Gudynas, 2007: 13).

El uso del método de fractura hidráulica o fracking (por sus siglas en inglés) es adoptado como la principal técnica extractiva en los proyectos de hidrocarburos, específicamente en aquellos catalogados como áreas con hidrocarburos no convencionales. Para familiarizarse con el término se retoman los planteamientos del geólogo Luca Ferrari Pedraglio, quien refiere que el hidrocarburo conocido como no convencional es aquel que se encuentra atrapado en una formación impermeable, es decir, es petróleo o gas natural acumulado en los poros y fisuras de ciertas rocas sedimentarias que son las lutitas o arcillas, y por eso se llama

“petróleo de lutita” o “gas de lutita”, cuya poca permeabilidad impide la migración del

15 Al referirse a la noción de “generaciones de extractivismo” el autor las caracteriza por la época, la intensidad y el consumo de energía utilizadas en esos procesos.

66 metano a grandes bolsas de hidrocarburos. Para extraer este tipo de hidrocarburo se hace necesario hacer un pozo y desviarlo de manera horizontal y fracturar hidráulicamente a alta presión: “Fracking significa simplemente inyectar agua a altísima presión con arena y con una serie de agentes químicos que sirven para fluidificar el petróleo o el gas, puesto que la roca no permite su flujo” (Ferrrari, 2014: 31).

En relación con los pozos de explotación de yacimientos convencionales, la intensidad en la perforación y la vida útil de cada pozo de hidrocarburo por fracking es diametralmente diferente, puesto que un pozo convencional puede estar en producción durante 2 o más décadas, a diferencia de los hidrocarburos no convencionales, cuyo tiempo de producción es caracterizado “por la brusca disminución de la producción en los pozos de fracking”. Esto implica una intensidad mayor en la perforación de nuevos pozos (Pérez, Puentes, Rodríguez, Herrera y AIDA., 2016: 15).

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