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Ontur (Las Eras)

11. CATÁLOGO DE LAS ESCULTURAS

11.7. Ontur (Las Eras)

El paraje de Las Eras ocupa una pequeña prominencia emplazada en las afueras de Ontur, junto a la carretera de Tobarra. En él fue exhumada, en sep- tiembre de 1946 y en el transcurso de la construcción de una serie de vivien- das, una fosa-vertedero que contenía algunos fragmentos esculturados perte- necientes a la/s tapa/s de un/os sarcófago/s 489 . En el yacimiento, excavado tras su descubrimiento por J. Sánchez, se recuperaron escasos materiales arqueo- lógicos de entre los cuáles cabe destacar, además de las referidas piezas, un- güentarios, vasos de vidrio, cuencos esféricos, sigilatae tardías, cerámica

455 Como en las demás piezas, observamos un elevado grado de suciedad.

459J. Sánchez 1947, pp. 112-121, láms. LIX-LXII.

común, trozos de teja, cuatro muñecas articuladas de hueso y ámbar (siglo IV), así como clavos, planchas y abrazaderas de chapa de hierro, quizá perte- necientes a ataúdes de madera 490 . También se documentaron superpuestos enterramientos de ladrillo y teja 491 . El hallazgo en el lugar de tumbas intactas sugiere que la referida fosa (numerada por su excavador como n.° 1) fue reu- tilizada como vertedero al roturarse el terreno con fines agrícolas en época indeterminada 492 . La ausencia de datos que confirmen una población de cier- ta entidad en esta zona hace suponer que estos materiales pertenezcan a la ne- crópolis de un enclave rural, probablemente una villa493 cuya cronología se puede situar entre los siglos 111-1V.

SARCÓFAGOS

46-NO. FRAGMENTOS DE SARCÓFAGO CON ESCENA DE CAZA Láms. 73-74, 1 Museo Provincial - Albacete.

Sin n. ° de inventario.

Hallado en la necrópolis de las Eras, unos días después del 7 de septiembre de 1946, al iniciarse en el lugar la construcción de unas viviendas, el descubri- miento casual de objetos arqueológicos en el paraje (un pequeño fragmento de sarcófago y restos óseos) fue comunicado a la Comisaría General de Exca- vaciones Arqueológicas, lo que propició que J. Sánchez, Delegado Provincial de la Comisaría, efectuara en el predio los oportunos trabajos arqueológicos.

En el cruce perpendicular de dos zanjas de cimentación, que había sido agran- dado hasta alcanzar una superficie de 4 m. cuadrados, descubrió una fosa de mampostería que contenía ftstos humanos, fragmentos de vasos de vidrio y las placas de mármol esculturadas que analizamos. También se hallaron otros trozos de labras 494 pequeños sillares escuadrados de piedra caliza, trozos de teja, terra sigillata lisa, cerámica común, clavos, planchas y abrazaderas de chapa de hierro, éstos últimos probablemente pertenecientes a ataúdes de madera 495 . Tras su exhumación pasó a formar parte de los fondos del mencio- nado Museo.

490J. Sánchez 1947, PP. 111-112, láms. LIX-LXII.

491 Véase a este respecto L. Roldán Al-Basil, 20, 1987, p. 55.

492 En total se encontraron una veintena de cadáveres en la citada fosa (vid, para el resto de des- cubrimientos en el lugar J. Sánchez 1947, pp. 112-121).

493J.-G. Gorges 1979, p. 180, n.° AB 05.

Vid. infra.

495J. Sánchez 1947, pp. 111-112, láms. LIX-LXII.

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Fragmento A: Alt.: 0'199 m.; Long. (conservada): 0'64 m.; Gr. (medio): 0'05- 0'066 m.; Fragmento B: Alt.: 0'20 m.; Long. (conservada): 0'313 m.; Gr. (me- dio): 0'05-0'066 m.

Mármol blanco.

J. SÁNCHEZ Informes y Memorias de la Comisaría General de Excavaciones Ar- queológicas, 1947, pp. 111-112, láms. LIX-LXII; A. GARCÍA Y BELLIDO AJA, 53, 1949, p. 155, lám. 22 c; id. 1949, pp. 243-244, n.° 261, fig. 261; H. SCH- LUNKAA, 1954, cols. 409-410, fig. 88; G. UGGERI StMisc, 11, 1966, pp. 88, nota 124, y 101; G. KOCH AA, 89, 1974, p. 623; B. ANDREAE ASR, 1, 2, 1980, pp. 129 y 143, n.° 2, lám. 91, 5; S. F. RAMALLO yJ.JORDÁN 1985, p.

47; J. M. BLÁZQUEZ Homenaje al Padre Tapia, 1988, p. 90; Id. Urbanismo y sociedad en Hispania, 1991, p. 290.

Fragmento de sarcófago integrado por cuatro trozos conservados en re- lativo buen estado. Pertenece al lateral de la tapa de un sarcófago en el que se evocan en relieve escenas cinegéticas de inspiración mitológica. Tres de los trozos encajan entre sí perfectamente. El cuarto no une por ninguno de sus extremos con los anteriores pero, como veremos más abajo, quedaba ubicado en la composición a su derecha. Para trazar un estudio más exhaustivo de ca- da parte pasamos a analizarlas por separado.

Primer, segundo y tercer fragmentos. La descripción de las escenas, en- marcadas arriba y abajo por sendas molduras finas, la realizamos del margen izquierdo hacia el derecho. Pequeños desperfectos y concreciones en toda la superficie conservada, estando especialmente erosionados los rostros huma- nos, sobre todo los de los dos erotes 496.

En el extremo izquierdo aparece una cartela rectangular, —de 0 , 174 m.

de altura por 0 , 197 m. de anchura, anepigráfica y sostenida en cada lado por un erote—, que debía de ocupar el centro de uno de los laterales de la tapa del sarcófago al que perteneció. El primer erote está muy deteriorado en las zo- nas superior y media del cuerpo y sólo se distinguen a grandes rasgos las ma- nos con las que ase la cartela, el brazo siniestro, la cabeza y el extremo del manto que rodea el cuello, forma un escote triangular sobre el pecho y cae por la espalda, apreciándose junto a la rodilla derecha y entre las piernas algu- nos de sus pliegues. El vientre grueso y las piernas cortas y regordetas se con- servan mejor. Está representado, —como también su compañero—, aproxi- madamente en posición de tres cuartos, con el brazo izquierdo cruzado sobre el torso para poder sostener la cartela. El sexo está oculto por una hoja de vid

Y muy especial el del lado izquierdo.

o de hiedra. El putto de la derecha se conserva mejor; se observa la ejecución del peinado y los rasgos del rostro del que, a pesar de haber desaparecido casi por completo, se observa bien el glóbulo ocular izquierdo. Cruza el brazo de- recho sobre el cuerpo para poder asir la cartela y va ataviado igualmente con un manto, de disposición y estructura simétrica al anterior, del que se ven pliegues junto a la rodilla derecha y entre las piernas. El sexo está oculto de forma análoga a la del anterior. Entre la espalda del niño y el cuello y cabeza del caballo que aparece en la siguiente escena, tenemos la silueta de una de sus alas. Ambos muchachos miran hacia derecha e izquierda, respectivamen- te, con el fin de ver las cacerías que se desarrollan junto a ellos.

A la derecha del último putto comienza una escena en la que se narra lo que parece ser la muerte de un felino y el intento de captura de un jabalí. In- tervienen en la composición dos cazadores, una leona o pantera, un jabalí, un caballo y un perro. Junto al erote tenemos al équido, labrado de perfil dere- cho, del que se ve el pecho y la cabeza, girada hacia atrás y vista de perfil iz- quierdo497, de la que se distinguen el ojo izquierdo, parte del hocico y las ore- jas orientadas hacia delante, así como el atalaje y bridas sustentadas por el ji- nete con la mano izquierda, mientras con la derecha agarra lo que parece ser una especie de lanza o jabalina colocada en posición vertical y casi perpendi- cular en relación al suelo. La pata delantera derecha está elevada hasta situar la pezuña a la altura de uno de los muslos del erote, resolución plástica con la que se consiguen efectos de perspectiva y movimiento en la escena que, debi- do a su propia naturaleza, exige cierto dinamismo. El caballo está montado por un jinete ataviado con túnica corta y sujeta por un cinto a la cintura. Sólo se ha representado la pierna derecha del jinete, ataviada con calzones y botas altas 498 . En la cabeza, a pesar de estar muy erosionada, se conservan los ojos y nariz, el peinado de los cabellos y la barba que cubre las mejillas, desde las orejas (que no se ven) hasta el mentón. Gira la cabeza hacia la derecha para prestar toda su atención al jabalí que pretende cazar. Bajo el jinete y su caba- llo vemos la cabeza de una leona o pantera, abatida sobre el suelo y en actitud moribunda~.

Continúa la composición con la imagen de un jabalí, de complexión fuerte y desarrollada, con el cuerpo colocado de perfil izquierdo; vemos el ra- bo, los cuartos traseros, la pata delantera y el arranque de la crin y melena.

497 A pesar de que cabalga rápidamente en sentido opuesto.

"'Quizá una especie de cothurnus, zapato alto que cubría hasta media pierna . Guillén 1977, p.

293).

"' Es curioso como nos recuerda este felino, a pesar de que probablemente no haya conexión al- guna entre ambas representaciones, a la célebre escena asiria de la leona abatida por las fle- chas de los cazadores.

148

Mediante múltiples incisiones el escultor simuló el vello del animal en todo su cuerpo. Detrás del jabalí surge la figura de otro cazador, también vestido con túnica corta, algunos de cuyos pliegues retira con su mano izquierda para de- jar al descubierto su brazo y mano derechos con la que sostiene un pesado e indeterminado objeto con el que parece querer asestar al animal un golpe. Es- te segundo personaje es imberbe, viéndose así mismo también de él los cabe- llos y las facciones del rostro (ojos, nariz y boca), muy deteriorados. Bajo el jabalí tenemos un perro, igualmente de perfil izquierdo, sentado sobre sus pa- tas. Mueve hacia atrás las orejas y mantiene la boca abierta, con la lengua fue- ra, para morder a la bestia a la que se pretende dar caza. Contrasta el movi- miento de la escena con la quietud sedente con la que se ha representado al cánido, lo que nos coloca ante un tipo de representación más mental e inte- lectual que realista.

El artesano que ejecutó la obra cometió algunas imperfecciones como, por ejemplo, la derivada de la falta de habilidad para encajar las figuras en el especio de que dispuso, hecho que le obligó a situar las patas del perro y la pezuña del cuarto trasero del jabalí sobre la moldura inferior de la composi- ción.

Cuarto fragmento. Formó parte del mismo sarcófago que los anteriores, como bien se deduce de su contexto arqueológico 500 y de sus caracteres for- mal, iconográfico y estilístico. Probablemente se trata del remate del lateral derecho, —el que parece haberse conservado en su mayor parte—, de la cara lateral de la tapa del sarcófago. De izquierda a derecha, se narra la caza de dos ciervos en la que intervienen, además de dichos animales, un jinete y su caba- llo y dos perros. Presenta muchos agujeros en toda la superficie, especialmen- te en la confluencia de los cuerpos de los dos venados, como consecuencia del deterioro selectivo de las zonas más frágiles del mármol en el que fue rea- lizada la pieza.

Sobre un caballo galopante cabalga el cazador, —ambos vistos de perfil izquierdo—, que, echado hacia delante, apoya el brazo izquierdo sobre el lo- mo del animal y sujeta los correajes con la mano. Sin embargo, de la otra ex- tremidad, echada hacia atrás, sólo se ven el codo y brazo propiamente dichos, disposición que evoca el fustigamiento del animal para que galope con rapi- dez. Esta acción parece corroborarse por el relinche apreciable en el hocico del animal. En la cabeza del équido se distinguen el ojo, las orejas echadas ha- cia delante y las bridas y correajes. El cazador viste, como los anteriores, túni- ca corta ceñida a la cintura con cinto. En las piernas porta calzones largos y botines. En la cabeza, —dispuesta en posición de tres cuartos y bien conser-

"° J. Sánchez 1947, pp. 111-112, Iáms. LIX-LXII.

vada—, se ven los ojos, —especialmente el izquierdo—, la nariz y el peinado con el flequillo sobre la frente. El cuadrúpedo dobla y lanza hacia delante su pata delantera izquierda que queda emplazada sobre el cuarto trasero del cier- vo al que persigue, creándose así un efecto de movimiento y perspectiva. El cérvido corre velozmente, con las patas delanteras alzadas y la testa, —con el ojo, hocico, muy deteriorado, y lo que parece ser su asta derecha—, vuelta hacia atrás para mirar a su perseguidor que ha conseguido colocarle sobre la cabeza una red.

Bajo el cuerpo de este primer ciervo hay un segundo perro, que corre velozmente, en el que se ha creado un efecto de perspectiva mediante la te- nue labra de sus patas en diferentes tamaños. Los cuartos traseros del animal no se distinguen pues quedan ocultos tras los del ciervo 501 y sus orejas están retiradas hacia detrás con el ímpetu que le imprime su rápida carrera. De la cabeza se ven el ojo izquierdo y la boca abierta con la que pretende morder a su presa. Detrás del primer ciervo, y un poco avanzado con respecto a él, apa- rece el segundo que podría ser un macho 502 . De éste sólo se aprecia la región delantera del torso y las patas en actitud de correr ejecutadas en diferentes ta- maños en un intento de crear la sensación de profundidad. De la cabeza se ven el cuello y los dos ojos, el diestro en perspectiva errónea en relación a la de su compañero. También en este caso se observan las astas con sus ramifica- ciones poco erguidas, —como ocurre en el anterior—, quizá por el reducido espacio de que disponía el artesan0 503.

En este fragmento están documentados los mismos errores de composi- ción que veíamos en los anteriores y, así, la pezuña y cuarto trasero del pri- mer ciervo invade la moldura inferior de enmarque de la escena.

En la parte posterior, con abundantes restos de óxido, concreciones y huellas del desbastado de la piedra, hay una moldura destinada probablemen- te a encajar la pieza en su lugar correspondiente.

La caza de animales salvajes, protagonizada por personajes ilustres, co- mo Meleagro, Hipólito, Adone,..., o privados, responde casi siempre a unos mismos modelos compositivos derivados del repertorio figurativo de la cine- gética mitológica. El tema se adoptó con frecuencia para la ornamentación de las cajas y tapas de los sarcófagos romanos 504 , así como otros de objetos de

501 Lo que de nuevo genera perspectiva y movimiento en la escena.

502 En el otro ciervo parece que se distingue igualmente este mechón de pelo, aunque debido al giro de la cabeza del animal y a que esta parte queda sujeta por una de las cuerdas de la red en la que está inserta, queda sobre el hocico y se confunde con él.

03 Continúa presente la idea de sacrificar la realidad en beneficio de representar todo aquello necesario para completar la escena.

504 S. A. Dayan y L. Musso MNR, 1/2, s. y. Pi ceo/o sarcofago con scene di caccia (mv. n. 713), pp.

134-136, n.° 35.

150 carácter religioso o, simplemente, decorativo.

De forma genérica, se puede establecer un paralelismo entre las cacerías que narran episodios protagonizados por héroes y las que evocan actividades particulares. En el mito de la caza del jabalí de Calidón, narrado en la Ilíada, intervienen casi todos los héroes griegos y sólo cuando estos personajes (in- cluida Atalanta) se pueden identificar con seguridad podemos considerar que estamos ante la narración del episodio de Meleagro 505 , cuyas más famosas evocaciones se inspiraron en una desaparecida pintura monumental de Polig- noto, aunque algunos autores la consideran autoría de Mikon 506 . En muchas ocasiones se recreó este mito como medio de expresión de la virtus que el di- funto heroizado alcanzaba por medio de la caza. Pero en otros muchos casos, los cartones plasmados pertenecieron a simples cacerías terrenales que, no obstante, estaban impregnadas de la carga simbólico-funeraria que poseían las mitológicas 507.

García y Bellido consideró que el sarcófago de Ontur mostraba escenas de la cacería protagonizada por Meleagro o por Hipólito 508 , opinión que no podemos rechazar tajantemente desde un punto de vista iconográfico, aun- que se aprecien ciertas libertades interpretativas con respecto a los esquemas establecidos para esta narración. Esta temática fue habitualmente retomada para evocar a los terratenientes que, en época imperial avanzada, gustaron de ser evocados en el transcurso de sus actividades cinegéticas. En este sentido, G. Uggeri identificó la decoración de la tapa con un sencillo motivo de caza a caballo protagonizada por el propio difunto 509 . En todo caso, la pieza, de cla- ro origen hispano, podría aunar ambos conceptos, —la caza del héroe y la del difunto privado—, siendo más importante la expresión de ideas y simbolis- mos a través de estas escenas que la adecuación a los repertorios mitológicos.

En los fragmentos conservados de la tapa del sarcófago albaceteño hay dos motivos: la caza del jabalí, —en cuya escena parece poder identificarse un león moribundo—, y la del ciervo. No podemos determinar qué escenas se narraban en las partes desaparecidas de la tapa. En el mundo clásico griego, la

505 F. Brommer EAA, IV, 1961, s. y. Meleagro, pp. 983-985. Frente a esta hipótesis, otros autores consideran que toda representación de la caza del jabalí puede interpretarse como un pasaje mitológico (en este sentido véase P. de la Coste 1936, p. 138).

506 E. Lówy 1929, pp. 45-46.

507 Sobre estas cuestiones véase también D. Bonanome MNR, 118, 1, 1985, s. y. Rilievoframmen- tarjo con mito diMeleagro (1. n. 39.394), pp. 113-115, n.° II, 24.

50 A. García y Bellido 1949, p. 243; vid, también id. AJÁ, 53, 1949, p. 155, donde igualmente sugiere la participación de Atalante, afirmación que no podemos corroborar, al menos en las partes del sarcófago por nosotros estudiadas. A esta interpretación se adhiere recientemente J. M. a Blázquez Urbanismo y sociedad en Hispania, 1991, p. 290.

509 Vid., por ejemplo, G. Uggeri StMisc, 11, 1966, p. 101.

captura del león, el ciervo y el jabalí constituyó la esencia de la caza por exce- lencia. Encontrar juntos a los tres en una misma composición es hallar el tri- nomio afortunado de la caza que, con algunas raíces orientales, perduró du- rante más de un milenio en el mundo grecorromano para ser heredado des- pués por el mediev0 510 . En base a lo conservado nos encontramos ante la de- nominada caza itálica o «dittico ¡talo-celtico»5 . En ésta, menos ligada a los moldes oficiales, intervienen fundamentalmente el jabalí y el ciervo. En His- pania no son frecuentes estas narraciones en los sarcófagos 512 . Así, en el elen- co de estas obras decoradas con capturas de cérvidos compuesto por Uggeri5' 3 sólo aparece un ejemplar hispano integrado por unos fragmentos conservados en el Museo de Mérida 514.

La captura del jabalí evoca la empresa del Meleagro en Calidón 5' 5 por lo que el protagonista podría identificarse, como en tantos otros sarcófagos, con el héroe. En efecto, de izquierda a derecha, el hijo del rey etolio, que monta un corcel que corre en sentido opuesto al expresado, acomete contra la bestia aunque mantiene su lanza en posición vertical y apoyada sobre el suelo. Atalante no se interpone entre ambos como es frecuente en estas com- posiciones. Tampoco podía faltar el perro que, corriendo en la misma direc- ción que el jabalí, trata de morder a la fiera en una de sus patas. Ajustándose igualmente a los modelos iconográficos establecidos, tras el jabalí aparece un personaje, de perfil, ataviado con clamide, que golpea al animal, aunque es de destacar que no se representa como es habitual de espalda, con su pierna de- recha avanzada por delante del jabalí 516 y con una lanza en la mano. Que no porte ningún atributo característico, como podría ser el pilos de los Dios-

510 Sobre estas cuestiones G. Uggeri SlMisc, 11, 1966, pp. 90-91.

511 J. Aymard 1951, p. 355, nota 1; G. Uggeri Siudi in onore di Luisa Banli, Roma, 1965. p. 329;

Id. StMisc, 11, 1966, pp. 85-86.

512 Sobre los sarcófagos con escenas de cacería conocidos en la Península vid. A. García y Bellido 1949, pp. 244-260, n.° 262-266, figs. 262-266;J. Beltrán Cuadernos de Madinal al-Zahara. 2.

1988-90, pp. 115-116. Sobre los sarcófagos paganos hispanos, en general, véase A. García y Bellido 1949, pp. 205-284, n.° 248 bis-277 bis, y también G. Koch y H. Sichtermann 1982, pp. 308-311.

513 G. Uggeri StMisc, 11, 1966, p. 85, notas 92-93.

514 A. García y Bellido 1949, pp. 259-260, n.° 266, fig. 266.

515 Sobre el mito de la caza de Meleagro en sarcófagos romanos véase H. Sichtcrmann y G. Koch 1975, pp. 42-46, láms. 95-111; id. 1982, pp. 161-166, figs. 183-188; G. Koch 1975. pp.

6 l4ss. Sobre esta antigua leyenda griega, citada incluso ya en la Ilíada y representada por el arte griego ya desde la época arcaica, puede verse también F. Brommer EAA, IV, 1961, s. y.

Meleagro, pp. 983-985; L. VIad EAA, 11, 1959, s. y. Caccia, pp. 241-246; P. Paris 1965, pp.

343-345; A. Ruiz de Elvira 1975, pp. 318-329.

510 Aunque es cierto que la escena en esta zona está fracturada, la posición del personaje detrás del animal no parece permitir que asomara por delante de éste su extremidad diestra.