34;Vül
I. OS HEOROS ESCLAVOS 183
" S i se quiere hacer adúcar masçabado no se deposita en hormas, sino en \inas grandes pipas (bocoyes) de 50 a 54 arro- bas, que se ponen a escurrir casi por el mismo tiempo sin em- plear medios descoloran tes. Si sólo se quiere hacer mela- do ( ' ) el guarapo se extrae directamente de la paila respec- tiva. Los ingenios en que sólo se hace miel y raspadura se lla- man trapiches: la raspadura se elabora en ellos llenando mol- des api-opósito con miel batida."
L a vida del esclavo en el ingenio era más dura que en las vegas y cafetales, por cuanto la perentoriedad de la molienda exigía un gran consumo de energías en breve tiempo.
La zafra azucarera en Cuba se hace desde Diciembre has- ta que allá en Mayo o comienzos de Junio, rompen las lluvias y el arrastre de la caña se hace imposible. Durante esta época todos los brazos son pocos: el corte de la caña en los campos, el acarreo al trapiche y la elaboración del adúcar extraído del guarapo, son operaciones incesantes y que en aquellos tiempos de maquinarias imperfectas requerían innumerables esclavos.
Las siembras, limpias y operaciones del llamado tiempo muer- to eran igualmente penosas, pero menos apremiantes. (2)
"Siquiera en los cafetales recolectar el café es una operación muy sencilla, antes distrae que molesta a los negros, es cosa que se hace jugando hasta por los criollitos; de noche no se vela, se escoge el café un rato, y luego se van a dormir.
Cuando no están en la cosecha, podar los cafetos y echar semi- lleros son todos los trabajos, tan pocos y tan simples en verdad que es menester ocupar la negrada en otros que no pertenecen al cultivo de aquella planta para no desperdiciar el tiempo, como en chapear y barrer las guardarayas, recortar los árboles y embellecer los jardines. Mas en los ingenios, quizás porque así lo exijan el cultivo de la caña y la elaboración del azúcar,
(1) Hay una notable diferencia entre la miel de caña o mela- do, y la mierde purga. Esta no se usa aquí en los alimentoa, sino aquella directamente extraída y no purgada.
(2) ANSELMO SUAKEZ.—Colección (le Artículos. Habana, 1859, páginas 196-7.
ÍTERÍÍANJX) ORtlíí
las faenas son muy diferentes. Los negros se levantan mucho antes de rayar la aurora, y luego no tienen n i lindas guardara- yas, ni frescas arboledas, n i olorosos jardines donde trabajar a la sombra. Cortar caña, si es tiempo de molienda, al resiste- rio del sol durante el día, meterla en el trapiche, andar con los tachos y las pailas, atizar las fomallas, j u n t a r caña, acarrearla hasta el burro, cargar el bagazo; y por la noche hacer estos trabajos en los cuartos de prima y de madrugada al frío y al sereno, muriéndose de sueño, porque para, diez y nueve horas de fatiga sólo hay cinco de descanso; y, acabada la zafra, sem- brar caña y chapear los cañaverales, que es de las faenas m á s recias de un ingenio por la postura del cuerpo inclinado hacia la tierra no permitiendo enderezarse los machetes, instrumento que regularmente se usa para el efecto; y todo aguantando las copiosísimas lluvias de la estación de las aguas entre el fango y la humedad; he aquí la pintura, aunque muy por encima, de la clase de labores que hay en estas fincas..."
La esclavitud de los negros subsistía principalmente para la zafra. Se verá que sin esa institución social, no había forma de obtener ios brazos necesarios para la cosecha de la caña y elaboración de su jugo sacarino. Y era entonces cuando se exigía del músculo esclavo el máximum de su esfuerzo. De una parte la necesaria productividad para el amo del trabajo del esclavo, y de otra la necesidad de conservar para el amo esa máquina humana, tan productiva; tales eran los resortes que movían la vida legal, moral, económica y física del negro siervo.
Como se vé, la condición legal del esclavo afro-cubano era mejor que la del afro-francés, en cuanto a l trabajo se refiere, sometido solamente al capricho del amo; f1) pero convengamos en que, con sobrada frecuecia, las leyes esclavistas eran entre nosotros letra muerta.
(1) PEYTRAUD. Oh cit., pág. 214.
Loâ ÍÍEGtíOS ESCLAVOS iHt)
I I
Los esclavos de un ingenio constituían Io que se Ihunaba su dotación, o la negrada.
Esta comenzaba el trabajo antes de que saliera v[ sol.
La cubana Condesa de M e r l i n i1) resumía así el trabajo del esclavo en los ingenios:
" A las cinco de la mañana el Mayoral llama a las pnerlas de los bohíos y todos se levantan y corren al baiei: allí se dis- tribuye la tarea del día, y los negros parten guiados por el contramayoral o segundo jefe. A las ocho se le da un desayuno compuesto de carne y legumbres, a las once y media al sonido de la campana vuelven al batei donde se les distribuye una ra- ción de carne ya cocida, para ahorrarles este trabajo durante las dos horas que se les da para descanso; la llevan a su bohío donde preparan un guisado abundante, mezclado con muchos plátanos y sazonado con ajonjolí, además tienen zambumbia a discreción. A las dos vuelve la campana a llamarlos a la faena;
al retirarse traen yerba para los animales y se reúnen en el batei al sonar la oración, allí la rezan de rodillas, vigilados por el mayoral. Es un espectáculo grande, imponente y ex- t r a ñ o . "
"Antes de retirarse la negrada a sus trabajos, (s) lo mis- mo al Ave María que al Mediodía y a la Oración, se ahila formando un semicírculo, los varones a un lado y las hembras a otro, delante de la casa del mayoral; éste se pone de pie en el centro, y cuando ha notado los negros que les faltan, opera- ción, que ejecutan nuestros guajiros' con increíble rapidez, le intima sus órdenes al contramayoral, que astas chapeen, que aquellos corten caña, que tales vayan a la casa de calderas, cuales al trapiche, quienes a los secaderos ¡ y en seguida estalla
(1) Este cuadro, no era exacto. Parece bucólico: otra era la vida de la negrada.
(2) ÁJíSBMwo SVAURX.—Francisco. Novela cubana. New York, 1880, pág. 41.
186 Í-ERNANDO ORTÍÜ
el enero en el aire, y los despide con un ¡arreen, lijero, que no les vea las patas...!"
De los bohíos y de los barracones de la dotación salían unos para los cortes de caña, otros para las casas del ingenio donde aquélla brindaba su jugo a la cristalización del azúcar.
A l salir para el trabajo, se le daba a cada negro su herra- mienta, pues los instrumentos de trabajo, (machete, etc.) eran guardados en una jyi-eza segura cuya llave no se debía confiar jamás a ningún esclavo. (')
E n los campos, hombres y mujeres trabajaban juntos, sem- brando o cortando la caña de azúcar con sus machetes, (2) (Véanse figs. JO, 11 y 12) como se sigue haciendo en nuestros días, por no haber la mecânica agrícola suplido, todavía, el bviv/.o humano en esa penosa faena.
Anselmo Huárez, que nos ha dejado tantos paisajes cuba- nos admirablemente deseriptos, escribió como sigue, en 1853, del corte de caña por la negrada del ingenio. (:t)
" E l chirrío de las carretas que cargadas de caña entra- ban en hilera en el batey, decidió el rumbo (pie llevarían nues- tros pasos. Las vimos atravesar por el frente de la casa de v i - vienda, tiradas cada una por dos yuntas de bueyes, con la caña hasta la extremidad de las estacas, con los haces de cogo- llo arriba, con los carreteros a pie y armados de largas varas de aguijar, hasta que llegaron en la pila, donde debían ser descargadas. ¡ A l corte de caña, al corte de c a ñ a ! exclamaron
(1) Reglamento de Esclavos de 1842, arts. 16 y 17.
(2) Machete se dice a una arma cortante, cuchillo ancho, a veces del largo de una espada, compañero inseparable del campesino cubano. Con él se corta la caña. También se acostumbra decir ma- chete calabozo, o calabozo solamente al machete corto. Esta palabra es de uso antiguo en España. E l Diccionario de Autoridades dice así:
"Calagozo. Instrumento de hierro de podar árboles. Covarrubias io llama calabozo, de valybis, que significa hierro o acero. Cuando va- yas al rozo, no vayas sin calabozo." E n una memoria del canónigo de Sevilla D. Juan de Loaysa, de 1691, se habla de un fraile que mató a su prior con un calabozo. (Véase Archivo Hispalense. Sevi- lla, T. IV, pág. 133).
(3) A. SUAREZ. Co tece Mn de Artículos, pãgs. 226 a 230.
LOS XíiOfcOS KSCLAVOS 1S7 iiiuciios a. u n tiempo, y al instante nos e r u / a m m á b a u i o s allá siguiendo ias huellas <¡ue en las yerbas y en la tierra balnan dejado las llantas de las c a r r e t a s . "
' ' D e r e p e n í e , al entrar en otra g'uardaraya, divisamos mi e a ñ a v e r a l que easi todo había c a í d o ya al ido de los machetes.
Sobre la paja, se hallaban i>osadas muchas garzas. Aquella paja, de color p á l i d o , lormaba l ú g u b r e contraste con el verde
í'j'íf. íiúiH. i(J.--s¡J:M¡ÍIÍA r m L ' A S A . \Est:imii;¡ cfu í;i iipavíi)
de los c a ñ a v e r a l e s (¡ue la rodeaban. Ü c s b a l a n d o a q u í , tropezan- do allá con las maeolias. al (in nos acercamos a los eselavos, que desde el alba basta ia nocbe. except liando el tiempo qne se les (.la para comer, se ocupan en cortar la c a ñ a que lian de devorar las mazas del trapiehe, y que lian de llenar las cajas del hacendado."
" T o d o s los esclavos cONtinuabau t r a b a j a n d o ; pero las negras miraban de cuando en euando para, las señoritas, y ha- blaban unas cotí otras en voz baja como haoicmlose observacio- nes, v como a d m i r a n d o algunos de sus adornos. FÁ conframa-
188 KKRNANIX) ORTIZ
y o f i i ! , negro t a m b i é n , soiinlia <-l eu oro en <•[ aire, y dalia gritos excitando a sus eomparuTus a ivílcifiiar sus esfuerzos. N'eHidS asir f'uertotueiift; las frailas, separar de ellas en uu instante las hojas seras y los brjucns. corfarbis d i ' un solo maelieta/.n r r r c a
«le las raíee.s, d i v i d i r l a s i-n trozos no un mismo t a m a ñ o , ¡irro- j a r i o s sobre ios otros amontonados alroiledor, y no i n t e r r u m - p i r minea su afanosa tarea. Hombres y mujeres cortan c a ñ a .
1 i i 1
M í ' ' 1
s , i' d
Flg. Iiúin. t i . •••••oí! r . \ M « > r vi", v. ( / ¡ c /ni /¡íim/y I/Ü iu /'fcc'il
\' a veees alguna de éstas ha abierto en el cerrado c a ñ a v e r a l , blandiendo la hoja del poderoso niaeliete eon h e r c ú l e o brazo, un (rocho más g r a n d e ijue el del negro <¡ue trabaja a su lado.
VA sudor, a pesar del aire frío fpie corre, b a ñ a sus caras, mis hombros y sus cuellos, ('liando no h a b í a m o s llegado al corte, fstabau e a i i í a n d o ; ahora no M- cscie lia más que el ruido de los mai'liel.cs y los golpes de los (rozos de i-aña. al cari- sobre los otros. Sus vestidos son de r u s i a : algunos llevan uu c h a q u e t ó n de l a n a ; otros tienen enredaila al cuerpo la frazada, ( m u t i r a
T.OS N Kl', R O ? K S C E. A \'0? ISO de CMHM'O c i ñ e f ] talii"1 (ic Ins nc^vas, (.-uyas í/ahczas eiihreu pa- ã u r l o s (\v i-nadro i l r alííodón, '['ndos e s t á n lU'scalzos, una
4
J..
~ 1 r:--Vc'-f'3fH-3MMi|f
* l* .
n¡'tí!-;t y un tü-^ro porl'sün ;i ijiiii'n ! r;¡iíjijnfá más. Los (ios soü altos, i'olujstoSj t¡!' (orinas (Icsai'folíütia-i. \''A iu-gvo vence
190 FERNANDO OBTIZ
unas veces, la victoria es en otras ocasiones de la negra. A l cabo aquel se ha llevado la palma, porque la ha dejado algunos pa- sos a t r á s ; pero su triunfo no encierra nada amargo, y si que- réis convenceros de ello, reparad cómo se ríe, y cómo desvane- ce el ligero sinsabor de la africana dándole a beber agua en el güiro que lleva siempre al campo."
" E n estos momentos el sol estaba para esconderse. Las caras de las señoritas reflejaban sus últimos resplandores, y las puntas de las hojas de las cañas, coronadas de güines flore- cidos, estaban todavía iluminadas. Ya la alegre comitiva se disponía a volver a la casa de vivienda, cuando un negro an- ciano comenzó a cantar, y los demás le respondieron estrepito- samente. Su voz temblaba en fuerza de los años, como tiembla el ácana azotada por el huracán. Oidlo sin embargo, y aunque os cueste trabajo el entenderlo, fijad la atención en la letra de su canto salvaje. E n él manifestaba que había tenido gusto en que los blancos presenciasen las tareas de los negros, que en el ingenio se les daba de comer y vestir bien, que muy pocas veces caía sobre sus cuerpos el látigo, fjue en sus enfermedades eran cuidadosamente asistidos, que por estar en la molienda comían y bebían toda la raspadura y todo el guarapo que ape- tecían, que se les permitían conucos, que se les dejaba criar cerdos y aves; pero que no podían resistir las veladas de la za- fra, que el sueño los rendía, que durmiendo cargaban caña, que durmiendo la. metían en el trapiche, que dunniendo desca- chazaban las pailas, que durmiendo daban punto a las tem- plas, que durmiendo batían el azúcar en las resfriaderas, que durmiendo llevaban las hormas a los tingladillos, que dur- miendo extendían el bagazo en el batey. Después, con el rostro placentero, se aproximó a nosotros, se hincó de rodillas y nos pidió la bendición, y consecutivamente todos los demás fueron haciendo lo mismo. Mis amigos les arrojaron algunas monedas.
Entonces corrieron en busca de sus machetes, y, como si no llevasen ya tres meses de molienda, como si hubiesen obtenido todo lo que querían, tornaron a cortar caña con más vigor y entusiasmo que antes. E l anciano cantaba y se reía, y todos Cfwtaban y se reían también. Nos manifestaban su gratitud
LOS NEGROS KSCf.AVOS 191
por las monedas que se les habían repartido, y prometían no dar minea motivo para que los azotasen, y trabajar contentos hasta que el trapiche hubiese exprimido la última caña."
" E n esto regresaron las carretas que cargadas de caña habíamos visto entrar en el batey, y qm> venían a llevar el últi- mo viaje. Apenas pudimos presenciar la operación de llenar- las otra vez formándose dos tongas con los trozos de cuña colo- cados horizontalmente hacia el pértigo y hacia la parte poste- rior de la cama de las carretas. E l sol se ocultaba por un lado .sobre las fábricas del ingenio vecino, y la luna aparecía por el otro en los troucos de las palmas."
A l obscurecer, los negros macheteros regresaban del corte de caña; pero todavía no podían descansar.
"Cerca de la Oración, al esconderse el sol, cuando ya la oscuridad de Ja noche confundía los objetos, la negrada fué a las márgenes del río, que a breve distancia se deslizaba, a cortar hierba de Guinea para los caballos, pues aunque de or- dinario en la molienda se les lleva el cogollo de la caña con las ramas, la copia de aquel pasto, muy más sabroso y nutritivo para las bestias, le hizo al mayoral preferirlo. Cada negro cor- tó un buen haz, lo ató con bejucos y lo cargó en la cabeza;
unos metieron los machetes en ól, otros en sus vainas, y las mu- jeres los colocaron en la tira de cuero con que se ciñen el talle a modo de c i n t u r ó n ; el contrai nay or al se colocó el úlfimo de todos, y en este orden, aglomerados los varones y las hembras, los chicos y los grandes, y hablando un guirigay a su manera ininteligible, cogieron el camino de las fábricas. Entonces tocó el ingenio las campanadas de la Oración, las primeras con es- pacio de una a otra, y las restantes su cedi iñ id ose con rapidez;
y así fueron oyendo las campanas de las fincas vecinas, por cuyos diversos sonidos conocían de donde eran; hasta que en- traron en el ancho batey, iluminado por la luna. Esta hora cu cualquiera parte es solemne, en cualquiera hombre despier- ta sentimientos que le abaten las alas del corazón; pero en los ingenios, en los ingenios, en los ingenios ¡yo no sé cómo explicarme!'en los ingenios es menester llorar. No se escucha más que los grillos de los negros, los cantos del trapiche, el