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Paradigmas experimentales de neuroimagen y ToM

Hasta el momento no existen estudios que hayan utilizado electrodos para averiguar como están implementados los procesos de mentalización a nivel neuronal. Sin embargo hay numerosos trabajos de neuroimagen sobre ToM (fundamentalmente realizados mediante fMRI) que se han valido de diferentes tipos de paradigmas, los más representativos se explicarán a continuación; para una revisión más detallada véase el trabajo de Carrington y Bailey (2009). Uno de los primeros paradigmas que se usó fue el de reconocimiento de términos de estados mentales. Por ejemplo, mientras se registra la actividad cerebral, los sujetos tienen que juzgar si cada una de las palabras de una lista (por ejemplo, querer, pensar o creer) es un término relacionado con la mente o no (Baroncohen et al., 1994). En general, los resultados obtenidos al utilizar de este tipo de paradigma han coincidido en hallar actividad en la corteza prefrontal medial (mPFC) y en la corteza orbitofrontal (OFC).

Algunos paradigmas se han basado en presentar preguntas simples a los sujetos (por ejemplo: ¿has hecho la cama hoy?); este método se ha empleado sobre todo en investigaciones acerca del engaño, un acto que requiere la consideración de las creencias y conocimientos de los otros para confundir a los demás (Ganis, Kosslyn, Stose, Thompson, & Yurgelun-Todd, 2003; Spence et al., 2001). Las áreas comunes de estos estudios en las que se halla un incremento de actividad son también el mPFC y el OFC, tal y como sucedía en el caso de los paradigmas de reconocimiento de términos de estados mentales.

Otro tipo de paradigma utilizado asiduamente para investigar las bases biológicas de la ToM se basa en presentar un párrafo con una historia y posteriormente hacer una pregunta (Fletcher et al., 1995). Estas preguntas pueden ser de tres tipos: unas que

implican hacer una atribución de estados mentales a los personajes (por ejemplo, ¿por qué el prisionero dijo esto?), otras que implican únicamente una atribución causal (por ejemplo, ¿por qué sonó la alarma?) y otras de control sin relación alguna con la historia previa. Algunos investigadores han optado por sustituir los párrafos que explican la historia por una imagen estática equivalente (o una serie de imágenes) sobre cuyo contenido se plantea la pregunta (Gallagher et al., 2000; Kobayashi, Glover,

& Temple, 2007).

Otros autores han utilizado animaciones en sus trabajos. Por ejemplo, se ha diseñado una tarea para provocar la atribución de estados mentales a figuras geométricas simples según fueran sus propiedades cinemáticas (Castelli, Happe, Frith, & Frith, 2000); dicha tarea a su vez estaba basada en un importante experimento clásico (Heider & Simmel, 1944). Aquí los sujetos observan animaciones de dos triángulos envueltos en tres tipos de interacciones. El primer tipo son interacciones de mentalización que implican estados mentales complejos, como por ejemplo un triángulo sorprendiendo a otro o burlándose de él. Un segundo tipo interacciones dirigidas a objetivos, las acciones de una figura determinan las acciones de la otra. El tercer tipo de interacciones se basa en el movimiento aleatorio, las figuras se mueven por la pantalla de manera independiente y sin interactuar entre ellas. Los resultados mostraron que durante las interacciones de mentalización aumentaba la actividad en la corteza prefrontal medial, la unión temporoparietal, regiones basales temporales (giro fusiforme y polo temporal) y la corteza occipital extraestriada.

Para provocar procesos de mentalización también se han empleado vídeos de actores humanos. Por ejemplo se han utilizado vídeos de corta duración (5 s.) que mostraban a personas realizando o fingiendo que realizaban acciones de la vida cotidiana como alcanzar un libro (German, Niehaus, Roarty, Giesbrecht, & Miller, 2004; Spence et al., 2001). Los resultados mostraron que al comparar las pantomimas con las acciones reales, se provocaba un aumento de la actividad cerebral en varias áreas frontales

relacionadas con la ToM, incluyendo la corteza prefrontal medial, regiones temporo- parietales, además de regiones parahipocampales que incluían la amígdala.

Una manera adecuada de promover procesos de mentalización es utilizar una tarea mediante la que el participante se vea envuelto en interacciones sociales. Por este motivo, se han empleado paradigmas interactivos. De este modo, en un estudio de PET se pidió a los participantes que inventaran historias que describieran encuentros con personas desconocidas; los resultados fueron coherentes con los de estudios previos sobre mentalización (Calarge, Andreasen, & O'Leary, 2003). Otros paradigmas suponen interactuar directamente con otras personas, por ejemplo, los que se basan en algún tipo de juego en el que hay que competir o cooperar con un compañero (McCabe, Houser, Ryan, Smith, & Trouard, 2001; Rilling, Sanfey, Aronson, Nystrom, & Cohen, 2004).

En resumen, los estudios de neuroimagen sobre mentalización que se han mencionado, junto con otros que se han realizado utilizando paradigmas similares han mostrado la implicación de regiones como el mPFC, el OFC, el STS, la TPJ el cingulado anterior y la corteza paracingulada, y aunque no haya un área común que se haya reclutado en todos ellos, no parece que el paradigma elegido tenga una gran influencia sobre las activaciones encontradas (Carrington & Bailey, 2009).

Un factor importante en los paradigmas es si a los participantes se les indica explícitamente que atiendan a los estados mentales de los demás. En general se asume que la ToM es una habilidad automática y que no es necesario dar instrucciones explícitas para producir razonamientos sobre los estados mentales de los otros. Por otra parte, hay un trabajo que, sin utilizar técnicas de neuroimagen, muestra que las instrucciones explícitas pueden reducir el tiempo que se tarda en hacer estos razonamientos, hecho que según los autores sugiere que los procesos implicados no son automáticos (Apperly, Riggs, Simpson, Chiavarino, & Samson, 2006). Sin embargo, esta cuestión no ha llamado la atención de la investigación de neuroimagen;

únicamente se puede mencionar un estudio cuyos resultados no apoyan las

conclusiones del trabajo anterior (Iacoboni et al., 2005). En dicho estudio, una región frontal inferior implicada en la atribución de intenciones se activó de la misma manera cuando se pidió a los participantes que atendieran a las intenciones y cuando observaron los vídeos de forma pasiva. Por lo que en este caso se apoya la idea de que los razonamientos relativos a los estados mentales provocados por la tarea son automáticos.