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Convento de Santa Ana

III. Las comunidades religiosas

1. Las comunidades de Murcia: el Estudio de los dominicos y los

1.3 Convento de Santa Ana

El convento popularmente conocido como "las Anas" se fundó en 1490 por iniciativa del deán Martín de Selva, bajo el obispado de Rodrigo Borja.

Aquel año el mismo personaje fundaría también en Murcia el convento de la Madre de Dios de la Orden de la Purísima Concepción de San Lorenzo Justiniano, en donde instala como abadesa a su hermana Teresa de Selva.

Sin embargo, las primeras noticias que tenemos acerca de la incipiente comunidad dominica se sitúan en marzo de 1487, cuando una serie de mujeres se encuentras reunidas en un beaterio y acogidas a la regla domi- nicana. Gracias a esta condición eludían ciertas contribuciones, pero para entonces los Reyes Católicos habían solicitado a la ciudad de Murcia un prés- tamo de 500.000 maravedíes para afrontar la guerra de Granada, por lo que las autoridades locales se vieron obligadas a tomar todos cuanto tenían las

"beatas de Santo Domingo".

Aquella prenda ocasionó las correspondientes protestas de las bea- tas (y seguramente de sus parientes, a quienes tanto como a ellas afectaba la medida). Como consecuencia el concejo pidió al bachiller Alvaro de Santisteban

—el reconocido experto en leyes y cánones que intentó mediar en los con- flictos internos del convento de frailes— que sometiera a examen las bulas que las mujeres tenían, a fin de aclarar la situación legal, condición y núme-

(51) Para elaborar este apartado hemos seguido fundamentalmente lo único escrito sobre esta comunidad, hecho a su vez a partir de las escasísimas fuentes que quedan sobre ella: TORRES FONTES, J.: "Murcia 1490.

La fundación del monasterio de Santa Ana". en AA.vV.: Historia, sociología y espiritualidad. E/ monas- terio de Santa Ana y el arte dominicano e,, Murcia. V centenario del monasterio dominicano de Santa Ana.

Murcia (1490-1990). Familia Dominicana de Murcia. 1990. p. 25-34.

1 A

t

Acceso al convento de Santa Ana (Murcia).

ro de las mismas. Estas llamadas "bulas" más bien serían documentos de acep- tación de la Orden de Predicadores. Analizadas las escrituras, cuatro días más tarde Santisteban expone que las beatas eran profesas de la regla de Santo Domingo, que hacían vida honesta y apropiada según su condición religiosa, y que por tanto debían ser exoneradas de toda contribución o derrama. Por todo ello el concejo acordó devolver los bienes y dineros incautados a las dueñas.

En aquella época los beaterios empiezan a entenderse en Murcia, al igual que en toda Castilla. Como el número de sus integrantes era crecien- te, en 1488, poco antes de la llegada de los reyes a la ciudad, el concejo pide al prior de Santo Domingo y al guardián de San Francisco que entreguen por escrito sendas relaciones de beatas vinculadas a sus respectivos priorazgos, a fin de eximirlas de las contribuciones y evitar la enojosa situación del año anterior. Si el franciscano no cumplió con lo que se le ordenaba, el prior de los dominicos sí entregó su nómina, en la cual se especificaba que existían veinte profesas bajo la dirección y fiscalización de los de Santo Domingo.

Como se dice que una vive "en Santa Ana ", se infiere que no habitan jun- tas (algo no tan extraño pues no se trata de emparedadas) y que aquélla ya reside junto ala iglesia que en 1398 sirvió para la fundación de agustinas procedentes del monasterio de Santa Ursula de Toledo, y cuya advocación de Santa Ana perdurará después. La superiora, denominada la "madre de ellas"

era "la de Diego Fernández ". Las otras eran Urraca Ruiz, Isabel de Buendía, Juana de Heles, Mar¡ Rabal, la de Pedro Celdrán, su hija, la de Tenza el Viejo, la de Pedro Rodríguez, Juana de Chinchilla, Teresa Hernández, la madre de Antón Rodríguez, la de Mercader, la de Albaredes, la de Espuche, Sevilla de Ros, María de Cervellera, la de Vicente, Lançarota, Teresa de Herrera, la de Jerónimo y Penarromía, "compañera" de la de Diego Fernández.

Sin embargo y a pesar de las apariencias, no se había hecho aún una fundación formal de la casa como convento, y para llevarlo a cabo, Martín de Selva —quien con la creación de monasterios canalizaba su abultado patrimonio conseguido como beneficiado del cabildo catedralicio— solici- tó al convento de Damas Nobles de Nuestra Señora de los Angeles de Jaén que enviara a mujeres adecuadas para culminar la fundación. Así pues, el monasterio de Jaén envió a cuatro religiosas —sor Beatriz de Avellaneda, sor Juana de Olmedo, sor Juana de Arcos y sor Magdalena de Mendoza— para establecer la clausura en Santa Ana. El deán les dio unas casas con un huerto de hortalizas junto a la acequia mayor para facilitar el sustento del convento. Pero una vez establecidas las monjas como comunidad conven- tual, no aceptaron la normativa que don Martín (sin duda de un modo irre- gular) les había impuesto, por lo que tomaron la dirección espiritual del prior

de Santo Domingo, lo que vendría a ser lo que ellas tenían acostumbrado al tiempo que resultaba en todo punto legítimo.

Las hermanas obtuvieron del papa Inocencio VIII bula aprobatoria en 1491, lo que supuso la confirmación para el inicio efectivo de la anda- dura de la comunidad. El año siguiente proseguía la construcción del monas- terio, y entre sus ampliaciones es probable que figurara el solar que ocupa- ran los baños llamados "de la Reina"

De lo que vino después apenas si pudo haber algo relevante a tenor del silencio de las fuentes tanto civiles como eclesiásticas, e incluso inter- nas de la orden.

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