La religiosidad es una dimensión antropológica clave de la vida individual y colectiva, principio fundamental de la distinción moderna entre lo sagrado y lo profano, de las relaciones humanas, de las prácticas culturales e, incluso, de la vida institucional. Junto con las creencias, la religiosidad, la filiación religiosa o, más ampliamente hablando, las características religiosas de una sociedad son factores culturales que pueden incidir en la institucionalidad democrática (Welzel e Inglehart, 2019;
Norris e Inglehart, 2012). No constituye una extrañeza que los estudios de comprensión y percepción social de la ciencia y la tecnología hayan atendido a la esfera religiosa con más o menos nivel de detalle o profundidad. Incluso cuando no en todos los casos los datos sobre filiación, creencias y prácticas religiosas hayan sido suficientemente explotados, estos estudios siguen incorporando a los cuestionarios medidas de la esfera religiosa, bajo el supuesto de que la religiosidad, modelada por circunstancias particulares, puede predecir la evaluación social sobre los beneficios y los riesgos de la ciencia y la tecnología.
El que suele considerarse como el primer estudio de percepción social de la ciencia, el informe The Public Impact of Science in the Mass Media, publicado por la National Association of Science Writers en 1958, ya incluía preguntas sobre dios y la religión (Davis, 1958). En las preguntas de clasificación del cuestionario que se utilizó para la realización del estudio, las personas encuestadas podían indicar cuál era la religión a la que se adscribían. Las opciones eran “protestante”, “católico”, “judío”,
“otro”, o “ninguna religión”. También se les preguntaba por su participación en iglesias, grupos y organizaciones religiosas, y la regularidad con la que participaban de prácticas y rituales religiosos.
Adicionalmente, tenían que posicionarse ante la frase “¿piensas que dios controla las cosas que ocurren en este mundo o piensas que el mundo funciona por su cuenta?”. A su vez, debían indicar su grado de acuerdo o desacuerdo con la siguiente sentencia: “Uno de los mayores problemas es que dependemos demasiado de la ciencia y no lo suficiente de la fe”.
Los cuestionarios que se utilizan en la actualidad para medir la comprensión y percepción social de la ciencia continúan recogiendo datos sobre el posicionamiento religioso, generalmente mediante una pregunta cerrada en la que el encuestado selecciona, de una lista, la religión a la que se adscribe.
Incluyen también algunas preguntas específicas como las ya señaladas. Por ejemplo, el último Eurobarómetro (European Commission, 2021b) que mide específicamente el conocimiento y las actitudes de los europeos hacia la ciencia y la tecnología, titulado European citizens’ Knowledge and attitudes toward science and technology, incluye las siguientes opciones de respuesta a la pregunta por la religión: “catolicismo”, “cristianismo ortodoxo”, “protestantismo”, “otro tipo de cristianismo”, “judío”, “islam-chií”, “islam-sunní”, “otro tipo de islamismo”, “sijismo”, “budismo”,
“hinduismo”, “ateísmo”, “no creyente o agnóstico”, “otro”, “reúsa contestar”, “no sabe”. También se pidió a las personas encuestadas que mostraran su grado de acuerdo o desacuerdo con la afirmación “Dependemos demasiado de la ciencia y no lo suficiente de la religión”.Esta frase es una variación de aquella del informe Davies (1958) y continúa siendo de hecho uno de esos ítems ampliamente utilizados por las encuestas de percepción de la ciencia en Europa, América Latina, Asia o los Estados Unidos. En muchos contextos es uno de los indicadores que contribuyen a la explicación del esquema de actitudes críticas o, dicho de otra forma, las reservas ante la ciencia y la tecnología.
La adscripción y las prácticas religiosas también están contempladas en la serie de encuestas aplicadas bienalmente desde 2002 por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT).
En la última edición, por ejemplo, la identificación religiosa contempla seis opciones de respuesta:
“católico/a practicante”, “católico/a no practicante”, “creyente de otra religión”, “indiferente o agnóstico/a”, “ateo/a”, “no contesta”. La opción “creyente de otra religión” permite a las personas encuestadas especificar la religión a la que se adscriben. Se incluye también una pregunta sobre la valoración de la profesión religiosa (FECYT, 2021).
Más de medio siglo ha transcurrido entre aquel primer cuestionario y los estudios más recientes.
Sin embargo, la influencia de las creencias religiosas en la imagen de la ciencia sigue siendo objeto de estudio y debate. La religiosidad parece modular el posicionamiento en algunos debates públicos como el debate entre creacionistas y evolucionistas, la investigación con células madre o la aceptación de las vacunas. Particularmente, la confesión y la práctica religiosa pueden desempeñar un rol clave en contextos de alta polarización sociopolítica. Está claro que en los Estados Unidos el fundamentalismo religioso desempeña históricamente un rol significativo en el rechazo a la teoría de la evolución (Miller et al., 2022) y, en sentido general, en una menor aceptación de la ciencia y nivel de alfabetización científica (McPhetres y Zuckerman, 2018).12 También es un predictor de la desconfianza en los científicos (Polino, 2021). De igual modo, en ese país hay estudios sobre la influencia de la religiosidad en debates públicos que incluyen aspectos de la ciencia y la tecnología que concluyen que la adscripción al evangelismo y la creencia literal en la autoridad de la Biblia son predictores del rechazo a la teoría de la evolución y de la desaprobación de la investigación con células madre (Jelen y Lockett, 2014). También las creencias religiosas, junto a la preocupación por la pureza moral, actúan como factores predictores del escepticismo hacia la vacunación (Rutjens et al., 2018). A su vez, la religiosidad fue estudiada como predictor de la polarización de las actitudes frente a controversias científicas o sociales en torno a la ingeniería genética, la exploración espacial, la evolución humana y el Big Bang (Drummond y Fishhoff, 2020).
El papel de la religión no solo es significativo en contextos sociopolíticos de fuerte polarización. De hecho, parece haber un cierto consenso en la literatura acerca del efecto que la esfera religiosa tiene en las actitudes hacia la ciencia o, en líneas generales, en las que se adoptan ante los debates
12 Pero no solo en aquel país el fundamentalismo religioso se manifiesta como rechazo a la teoría de la evolución. De hecho, el estudio de Miller et al. (2022) avala las conclusiones alcanzadas en un estudio similar realizado en 2006, en el que los autores encontraron una asociación entre la religiosidad y el rechazo a la evolución en varios países (Miller et al., 2006).
que entran en conflicto con postulados de fe (Hartman et al., 2017; Price y Peterson, 2016; Scheufele et al., 2009). A su vez, esto es más acentuado en países donde las creencias y las tradiciones religiosas tienen una profunda impronta en la vida cultural o, de forma más extrema, determinan las estructuras de la organización política (Petterson, 2007). En estos casos, el conflicto entre ciencia y religión es abierto o, cuando menos, permanece latente y puede salir a la superficie en cualquier momento.13 El fenómeno es sin embargo mucho más complejo porque también hay estudios que apuntan en otra dirección, esto es, a la coexistencia de esquemas mentales que no ratifican la expectativa de que las personas que son más religiosas expresen menos confianza en la ciencia.14 En el contexto iberoamericano, por ejemplo, hay prácticas culturales fuertemente impregnadas por la religión, como acontece en Brasil, México, Colombia o Panamá, donde la ciencia tiene una enorme aceptación y valoración social, al igual que sucede en contextos con una mayor componente de secularización, como en Chile, Uruguay o Argentina (Polino y Muñoz van den Eynde, 2019;
Castelfranchi, 2019). Y no se trata únicamente de una cuestión acerca de cómo percibe la sociedad en general la relación entre religión y ciencia. Hay líneas actuales de la sociología de la religión que muestran que hay científicos de diferentes regiones del mundo -incluidas las más seculares- que sustentan creencias religiosas o que, cuando menos, creen que no existe una oposición entre religión y ciencia (Howard Ecklund et al., 2016).
Las modalidades de la percepción social de la ciencia podrían además explicarse como efecto de una variación cultural y socioeconómica más profunda, por ejemplo, la que plantea la relación estrecha entre desarrollo económico y cambio en la estructura de los valores sociales, fundamento de la Encuesta Mundial en Valores que entre 2017 y 2021 completó su séptima oleada en ochenta países (Haerper et al., 2021). De acuerdo con esta aproximación, los valores y las creencias de las sociedades avanzadas difieren sustancialmente de aquellas encontradas en las sociedades menos desarrolladas (Inglehart y Welzel, 2005). La tesis central, desarrollada originalmente por Inglehart (1971), y profundizada por Inglehart y Baker (2000) e Inglehart y Welzel (2005), explica el cambio en la estructura de valores en el mundo contemporáneo a partir de dos dimensiones: un primer eje define la contraposición entre “valores de supervivencia” y “valores autoexpresivos”
(individualistas); y un segundo eje marca la diferencia entre “valores tradicionales” frente a “valores racionales-seculares”. Siguiendo esta línea, hace tiempo que en el ámbito de los estudios de percepción de la ciencia se planteó la hipótesis de que en las sociedades postmaterialistas o postindustriales hay una mayor ambivalencia hacia la ciencia y la tecnología, esto es, un aumento de las visiones críticas o desencantadas (Bauer et al., 1994). Dicho de otra manera, las sensibilidades
13 Arroyo Menéndez y Finkel (2019) identifican, de forma acertada, que «sobre las relaciones entre CyT y religión planea la hipótesis de que la religión podría actuar hoy, como en el pasado, como un obstáculo que desincentive la implicación ciudadana o, yendo más lejos, como un paradigma de fe contrapuesto al de la razón científica y secularizada» (Arroyo Menéndez, 2019: 226).
14 Incluso en los Estados Unidos hay investigaciones que concluyen, por ejemplo, que el escepticismo hacia los alimentos transgénicos, o la no aceptación del cambio climático, puede que no esté necesariamente alimentado por una ideología religiosa (Rutjens, et al., 2018). En un contexto diferente, como el australiano, hay investigaciones que postulan que la conciencia medioambiental y la preocupación por el cambio climático puede que estén incluso más presente en quienes practican el budismo que entre las personas que no se adscriben a ninguna religión (Morrison, et al. 2015).
hacia la ciencia y la tecnología dependerían de la yuxtaposición de los procesos de secularización e industrialización.