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También me enamoré

In document Cygnus. Memorias de una ciudad (página 178-182)

Hélix, creo fielmente en lo que narrás de Cygnus.

Desde que salí a pie de la ciudad me di cuenta de la grandeza que tanto transmitís, y aún más cuando en mi viaje de retorno, en ese pequeño auto de la Sabi, atisbé en las luces de la ciudad un manto que cobija el hueco de Cygnus. Estuve en la cima de la ciudad.

Entre montañas vislumbré el complejo sistema urba- no que me esperaba.

Antes de bajar por Las Palmas, le dije a Sabi que hiciéramos un pequeño parón. Te confieso a vos, Hé- lix, que lo hice porque estaba en una enorme duali- dad: no podía apartar la vista de mi querida vecina, pero tampoco quería perderme las grandes vistas de la ciudad. Ella, al parecer, no quería, me dijo que se estaba haciendo muy tarde para llegar al barrio, eran tipo 10:45 p. m., y eso no le daba tranquilidad. En ese momento, no comprendí su afán, yo estaba ano- nadado por la experiencia, sin embargo, al recordar el miedo que vos tenés de la ciudad, respeté su ansia por llegar. Quizá ella también siente a Metrallo en su nuca. Por suerte la convencí, le conté que el barrio era muy tranquilo. Si bien es verdad que hay unos pelados visajosos en algunas esquinas, ellos no le ha- cen nada a la gente que es del barrio. Le dije que yo

llevo en el barrio veinte años, si nos paraban a decir- nos algo, es muy probable que al bajar las ventanillas me reconocieran.

—Sabi, relajáte. Te prometo que te llevo hasta la puerta de tu casa— le dije con tono sarcástico.

—No, pues, tan caballero. Eso es obvio, Akeru.

Vivís al frente. Eso lo hacés sí o también— me con- testó sonriendo. Al parecer, soné convincente porque aceptó.

Paramos en un mirador. Varios minutos nos que- damos petrificados ante las luces, parecía un mar de brillo; incandescencia pura. Si por mí fuera me quedaba toda la noche ahí parado. Existiendo, y ya está. La tranquilidad que sentí fue nueva. Por unos segundos olvidé que tenía a la traga de mi vecina al lado, pero escuché un profundo suspiro, uno de esos que evocan plenitud. Me giré en busca de sus oscuros ojos y ella estaba igual. Su afán, sus miedos, su deli- cadeza, se arrodillaron ante la inmensidad de Metra- llo. No, Metrallo no fue la ciudad que contemplamos.

Sus grandes deseos se hincaron ante Cygnus con una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos brillaron al compás de la ciudad y al ritmo de un vals soltó una lágrima.

¿Estaba feliz? Eso espero.

Luego de esa conexión que hicimos con la ciudad, el frío empezó a hacer de las suyas. En mi cabeza re-

Cygnus. Memorias de una ciudad

tumbó un instinto: “Ofrécele un buzo, una chaqueta,

¡algo!”, pero de inmediato reaccionó la razón. En mi mochila solo llevé dos mudas para mi viaje a pie, y si bien tuve la oportunidad de que me lavaran una que otra vez la ropa, pasó una semana entera desde mi descanso en La Sequía, lugar en el cual descansé por última vez. Marinela se encargó de lavar todas mis prendas, pero desde aquel domingo pasé por otros lugares menos saludables para la ropa. La parte final de mi trayecto fue en una zona muy calurosa; ya te podés imaginar el sudor.

Imaginé que la Sabi estaba a punto de decir que volviéramos al carro y termináramos de llegar a la casa. El frío de esa noche nos iba a coaccionar, sin embargo, la salvación, ¡el antídoto!, llegó: una choco- latada caliente. Una señora de unos 60 años se aproxi- mó a nosotros. Al otro lado de la carretera había un pequeño local y de allí trajo un termo con vasos de plástico. La Sabi es muy fina para esas cosas, nunca la veo comer en la calle y el mercado de la casa es de pura marca; puro pan Bimbo. Pero sin dudarlo me invitó a una tasa, ella se tomó dos. La señora lo más de buena gente nos ganó con su forma de vender.

En ese momento pensé que era mi oportunidad para quebrar esa frontera de simples vecinos. Era la escena perfecta para parchar y parlar. El impulso fi- nal fue tuyo, Hélix. Tres horas antes, cuando venía-

mos por carretera, recibí el correo de tu última carta en mi celular y en ese momento recordé tus últimas palabras. Era la excusa perfecta para escarbar en la memoria que tanto buscas en los demás y el tema de conversación perfecto para tomar confianza con ella.

Hablamos hasta las dos de la madrugada. En un primer momento los nervios me dejaron en blanco y lo único que pude contarle fue de vos, Hélix. Te juro que no soy tímido, no tengo problemas con las viejas, pero la Sabi es otra cosa, ella supera lo que soy como persona. Hablé de vos como si fueras un parcero mío, hablé de lo loco que estás y la película que narras en tus cartas. Ella encantada me siguió la corriente, nos siguió la cinta, Hélix.

Finalmente, terminé por olvidar tu propuesta. No escarbé en la memoria ajena. Desnude mis pensa- mientos ante ella. Parecía que la que hizo la tarea fue ella. Incluso le conté que solía entrar en su apartamen- to, que le robé el pan tajado que tenía en la cocina, que muchas veces usaba su computador para enviar correos… en fin. Confesé de todo, menos que sus pes- tañas me quitan el sueño, que sus labios me hablan cuando no está y que su cintura baila en mi espejo.

Existiendo en las cinturas de Cygnus, Tamashi.

In document Cygnus. Memorias de una ciudad (página 178-182)