Alejandro Rosas El 15 de octubre de 1858 apareció en el horizonte de México “un hermoso cometa, su núcleo es bastante grande y su cauda de una elegante y magnifica figura y extensión. Se dice que fue el que anunció la muerte de Carlos V.” “Su belleza fue opacada por el temor de la gente”. ¿Era el anuncio de una nueva catástrofe?
Apenas unos meses antes, el 19 de junio de 1858, un fortísimo temblor había sacudido la Ciudad de México. No era el temblor social que por esos años dividía a la Nación mexicana en la guerra de Reforma o el terremoto político que daba cuenta de la propiedad de la Iglesia a través de la Constitución de 1857 y las leyes pre- reformistas. Era la naturaleza, que soberbia, se presentaba ante la ciudad de los palacios, para recordarles a sus habitantes que si liberales y conservadores respetaban a la vieja Ciudad de México, ella no lo haría.
Santos Telúricos
Frente a la furia de la naturaleza, a la sociedad capitalina poco le importaban las consideraciones arquitectónicas, científicas o técnicas. Podrían acostumbrarse a los golpes militares, las revueltas o los cambios de gobierno –finalmente cuestiones que dependían directamente de la voluntad de los hombres. Los terremotos de cocían aparte. La sorpresa de los movimientos telúricos y la impotencia humana propiciaban, con razón, el temor colectivo. Y a pesar de la frecuencia casi cotidiana de los temblores, la palabra costumbre pronto perdió su sentido.
Bastaba percibir las primeras vibraciones del subsuelo para que la gente corriera despavorida buscando las plazas y los jardines – lugares que a su juicio brindaban seguridad.
Con el amenazante crujir de los muros se abrían grietas en el alma por donde afloraba el fervor religioso con mayor intensidad. Las calles parecían enormes reflectorios donde los capitalinos imploraban la misericordia del creador. Pasada la furia de la tierra, en la memoria de la gente sólo quedaba el nombre del santo o la santa en cuyo día, la naturaleza – y por qué no, también la Providencia—, habían decidido escarmentar a los hombres.
Así pasarían a la historia el terremoto de San Juan de Dios, el de la Encarnación o el de Santa Mónica.
Uno de los sismos que causó mayor daño a la ciudad en esa primera mitad del siglo XIX ocurrió el 7 de abril de 1845 y fue conocido como el de San Epifanio: “poco antes de sonar las cuatro de la tarde –escribió Bustamante--, se sintió el más horrible temblor que jamás se ha visto. Su duración la calculamos en más de dos minutos; la fuerza del sacudimiento fue terrible; nadie recuerda otro semejante, y el estado de los edificios indica bien que jamás la naturaleza había mecido los cimientos de esta ciudad con tanta fuerza”.
Las autoridades se valieron de todos los medios a su alcance para tranquilizar a la población e hicieron circular en los diarios el escrito titulado Terremotos, donde su autor, J.G. Cortina, conminaba a la población a no asustarse, ya que la solidez de las construcciones de la Ciudad de México era suficiente para resistir cualquier terremoto;
las que habían sufrido daños, debían su destrucción a la negligencia y abandono en que las tenían sus dueños. Pero su conclusión era algo simplista. “En México se experimentaban terremotos y probablemente se experimentarán siempre, pero hay sobrado fundamentaban terremotos y probablemente se experimentarán siempre, pero hay sobrado fundamento para creer que nunca sucederá más de lo que hasta ahora ha sucedido; antes todo puede ser que no esté muy lejano el tiempo en que cesen enteramente, porque todo contribuye a hacer sospechar que ya se aproximan a su término las alteraciones que necesita el globo terrestre, para adquirir el estado en que debe quedar”. ¿Cuál era ese estado y cuando llegaría? Se preguntaban seguramente, los atemorizados habitantes de la Ciudad de México.
El pecado de la omisión
¿Fenómenos naturales o castigos de la Providencia? Con el desastroso terremoto de 1858, mucha gente pensó que se trataba de un acto de justicia divina contra México. La Iglesia sufría el acoso y persecución de los limpios liberales pero ¿Cuál era el gran pecado de los conservadores finalmente, defensores de la fe?: la omisión. Pocos eran los fieles que derramaban su sangre por la religión como los mártires cristianos de los primeros tiempos.
México debía pagar su infidelidad.
Temblores, cometas, fuertes vientos, inundaciones. Fenómenos naturales, no la Providencia. Era el México que atravesaba difícilmente la mitad del siglo XIX. Su capital sufría, no los embates de la política, sino los avatares de la naturaleza. Liberales y
conservadores pelearían generalmente lejos de la Ciudad de México, ocasionalmente en las garitas, pero jamás en su interior. Era el símbolo del poder y necesario era respetarla.
A la naturaleza poco le importaba la política.
La sociedad capitalina de la primera mitad del siglo XIX respondía ante los fenómenos de la naturaleza con una buena carga de religiosidad, atribuyendo en ocasiones la responsabilidad última a la Providencia.
DESARROLLO DE LA SISMOLOGÍA Y LA INGENIERÍA SÍSMICA EN MÉXICO EN LA
ÚLTIMA DÉCADA
Shri K. Singh* y Mario Ordaz** (2) La República Mexicana forma parte del llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, que se caracteriza por la ocurrencia de grandes temblores y la presencia de volcanes. Estos fenómenos son causados por la interacción entre los grandes bloques de que está constituida la parte superficial de la Tierra, llamados placas tectónicas. En el caso de México, las placas oceánicas de Cocos y Rivera (llamada así en honor del pintor Diego Rivera), al chocar contra la placa continental, intentan penetrar debajo de ésta. Este proceso condiciona toda la actividad sísmica y volcánica actual en el país.
Las fronteras entre las placas no son listas y entre ellas se desarrollan grandes fricciones, de modo que el proceso de penetración de unas bajo otras, llamado subducción, no es continuo, sino que se alternan episodios de acumulación y liberación de la energía elástica contenida en los contactos entre placas. La liberación ocurre repentinamente, rompiendo una parte del área de contacto entre placas.
La liberación ocurre repentinamente, rompiendo una parte del área de contacto y generando ondas sísmicas que se propagan en el interior y la superficie de la Tierra. La magnitud de un temblor depende esencialmente del tamaño del área de ruptura: cuanto más grande ésta, mayor la magnitud.
Históricamente, los temblores mexicanos que han alcanzado las mayores magnitudes son los que han ocurrido a lo largo de la costa del Pacífico, precisamente en la interfase entre las placas oceánicas y la continental. Ejemplos de estos temblores son el del 3 de junio de 1932
* Investigador del Instituto de Geofísica, UNAM.
** Investigador del Instituto de Ingeniería, UNAM.
en las costas de Jalisco (magnitud 8.2, la mayor de este siglo para un temblor mexicano), el del 28 de julio de 9157 en las costas de Guerrero (magnitud 7.6) y el del 19 de septiembre de 1985 en las costas de Michoacán (magnitud 8.1).
Los grandes temblores pueden también ocurrir en el continente, a profundidades de unos 60 km y, a diferencia de os anteriores, no ocurren en el contacto entre placas, sino que se deben al rompimiento de la placa oceánica sumergida. Si bien este tipo de eventos es relativamente poco frecuente, se sabe que pueden causar grandes daños. Algunos ejemplos de esta clase de sismos son el de Oaxaca del 15 de enero de 1931 (magnitud 7.8), el de Orizaba del 23 de agosto de 1973 (magnitud 7.3) y el de Huajuapan de León del 24 de octubre de 1980 (magnitud 7.0)
Tomado de La Jornada, 19 de septiembre de 1994.
Aún menos frecuentes son los temblores que ocurren dentro de la placa continental, que usualmente tienen magnitudes moderadas.
Dependiendo de su ubicación, tales eventos pueden también generar daños considerables en asentamientos humanos. Dos ejemplos son: el temblor de Jalapa del 3 de enero de 1920 (magnitud 6.4) y el de Acambay del 19 de noviembre de 1912 (magnitud 7.0)
Cerca de la zona de ruptura de un gran temblor, los movimientos de la superficie de la tierra son muy intensos. Conforme uno se aleja de esta zona, los movimientos van disminuyendo y también los daños provocados por el sismo. Sin embargo, debido a condiciones particulares del subsuelo en ciertas regiones, esta tendencia de disminución de los daños con la distancia presenta notables excepciones. De ellas, la más espectacular del mundo es el valle de México. Como se sabe, partes de la Ciudad de México están asentadas en el lecho de un antiguo lago, por lo cual las primeras decenas de metros del subsuelo están formadas por arcilla blandas que se fueron depositando en el transcurso de los milenios. Las propiedades de estas arcillas son tales que las ondas sísmicas, al encontrarlas, sufren grandes amplificaciones que originan movimientos del terreno desproporcionadamente grandes. Ésta es la principal causa de los daños que desde hace siglos se observan en el D.F. No toda la Ciudad de México se encuentra sobre estos depósitos blandos; por ejemplo, la zona de los pedregales del suroeste o las Lomas de Chapultepec están formadas por materiales
mucho más duros y es por eso que ahí no se presentan grandes daños por sismos provenientes de la costa. De hecho, siempre se ha observado que las áreas de máximo daño coinciden con las del subsuelo, en sus aspectos cualitativos, se entendió desde hace muchos años; la naturaleza del subsuelo y las fronteras entresuelo firme y blando se conocen con bastante precisión desde fines de los años cincuenta.
Como puede apreciarse, entender el fenómeno sísmico desde el punto de vista de sus efectos en los asentamientos humanos, equivale a entender: a) el proceso de ruptura en la fuente sísmica; b) la atenuación de las ondas al propagarse en la corteza de la Tierra; y c) las ampliaciones que sufren las ondas por efecto del tipo de suelo.
Los temblores de Michoacán del 19 y 20 de septiembre de 1985 dieron un gran ímpetu al estudio de estos fenómenos en México.
Gracias a la disponibilidad de sismogramas de muy alta calidad obtenidos a distancias de miles de kilómetros, así como de acelogramas digitales registrados en la zona epicentral, a lo largo de la costa del Pacífico y en el DF, las características de estos terremotos han sido estudiadas en detalle por diversos grupos de investigadores. Aunque los métodos y datos usados por los grupos difieren, los resultados obtenidos son muy consistentes. Sin embargo, fue evidente que de haber existido una mejor instrumentación sísmica en el valle de México y grupos de investigadores más numerosos y mejor preparados, se habría aprendido mucho más. Además, a raíz de estos sismos, se hizo más evidente la gran importancia de estimar el tamaño de los movimientos que puedan presentarse durante temblores futuros. Las conclusiones derivadas de estudios de riesgo sísmico, incluyendo las especificaciones de diseño que se prescriban en un reglamento de construcciones, descansan fuertemente en la capacidad que exista para estimar la naturaleza del movimiento terreno producido por un temblor de magnitud y localización dadas.
Por ello, después de 1985 se amplió considerablemente la instrumentación sísmica (acelógrafos y sismógrafos) en el país y se iniciaron numerosos proyectos de investigación y formación de investigadores en estos temas; los fondos necesarios provinieron, en su mayoría, del gobierno federal y del DDF, aunque se contó también con apoyos de numerosas instituciones públicas y privadas, de México y del extranjero. Actualmente los instrumentos de
registro sísmico están agrupados en redes, cada una de las cuales sirve a diferente propósito y complementa a las demás. Por ejemplo, la Red Acelerográfica de Guerrero (operada por el Instituto de Ingeniería de la UNAM) cuenta con alrededor de 30 acelerógrafos de avanzada tecnología distribuidos a lo largo de las costas de aquel estado, y tiene como objetivo registrar los movimientos producidos por temblores a corta distancia de la zona de ruptura. La Red Acelerográfica del Valle de México está formada por 110 acelerógrafos (100 de ellos instalados después de 1985), cuyo propósito principal es ayudar al estudio de las amplificaciones por efecto del subsuelo. Esta red está operada por el Centro de Instrumentación Sísmica de la Fundación Javier Barros Sierra, el Instituto de Ingeniería de la UNAM y el Centro Nacional de Prevención de Desastres de la Secretaria de Gobernación. La red cuenta también con instrumentos enterrados decenas de metros en el suelo y con aparatos de medición instalados en edificios. Por otra parte, el Instituto de Geofísica de la UNAM opera el Servicio Sismológico Nacional que incluye una red de estaciones de banda ancha. El propósito principal de esta red es la determinación de epicentros y magnitudes de sismos, y la recopilación de los datos necesarios para llevar a cabo estudios sobre la fuente sísmica y la corteza de la tierra. A su vez, la Comisión Federal de Electricidad opera redes locales que sirven para el monitoreo de la sismicidad cerca de presas importantes y para observar el comportamiento de las cortinas de las presas. La zona noroeste del país está dotada con una amplia y moderna red a cargo del Centro de Investigación Científica y Educación Superior de Ensenada (CICESE)
Los esfuerzos de diversos grupos de investigación que se han dado a la tarea de interpretar los datos proporcionados por estas y otras redes, y a entender los efectos del temblor de 1985 en las construcciones, han mejorado, mucho y en pocos años, nuestro conocimiento sobre el fenómeno sismico. Se ha avanzado en la comprensión de los siguientes aspectos: a) el proceso de ruptura de los grandes temblores mexicanos que han ocurrido desde 1907, fecha a partir de la cual se cuenta con registros sismográficos; b) los sismos históricos de México; c) la geometría de las placas tectónicas: d) la delimitación de zonas en donde hay alta probabilidad de que se presente un temblor a mediano plazo (brechas sísmicas); e) las características
especiales de los grandes temblores mexicanos; f) la atenuación de las ondas sísmicas con la distancia; g) el cálculo de la aceleración máxima esperada en la zona epicentral; h) la propagación de las ondas sísmicas hacia el DF, i) la estimación del movimiento del terreno en el DF, incluyendo la amplificación de las ondas en la zona blanda del valle.
Con base en los conocimientos adquiridos en todos estos aspectos del fenómeno se han desarrollado modelos y herramientas que contribuyen a que estemos ahora en una mejor situación que hace nueve años. Existen ya, entre otras cosas, sistemas de cómputo capaces de generar mapas de movimientos del terreno y daños esperados en la Ciudad de México durante la ocurrencia de sismos futuros. Estos sistemas toman en cuenta las diferencias en el tipo de suelo en el Valle de México y tiene un alto nivel de resolución.
Esta herramienta es útil en la planeación del desarrollo urbano, en el manejo de emergencias y en la racionalización del mercado de seguros contra terremoto.
Conviene señalar que, a pesar de lo que se sabe, no ha habido avances –ni se prevé que los haya en el futuro cercano—en lo que respecta a la predicción de temblores, es decir, señalar con suficiente precisión, fecha, magnitud y lugar de ocurrencia de un sismo.
En este sentido, lo más que se puede hacer es identificar zonas en que existe elevada probabilidad de que suceda un gran temblor en las próximas décadas. Es evidente que esta ventana de tiempo es excesivamente grande para ser de utilidad en actividades de defensa civil. Sin embargo, este conocimiento es útil para otros fines, como la planeación a largo plazo.
Por el momento, entonces, nuestra principal arma contra los efectos de los temblores es construir adecuadamente. Por ello, muchos de los resultados de los trabajos que se han comentado se han ido incorporando paulatinamente a algunos de los reglamentos de construcciones del país, principalmente al de la Ciudad de México y al de Acapulco.
Autoridades, académicos y profesionales de la ingeniería y la arquitectura han venido conformando grupos de trabajo en diferentes partes de la República Mexicana para trabajar sobre estos temas.
Es función del gobierno verificar que se cumplan los reglamentos de construcción, pero es función de la sociedad aplicarlos. Es imprescindible desarrollar estrategias de
comunicación orientadas a mantener la memoria de la gente el hecho de que si no se toman medidas a nivel colectivo, pero también a nivel personal, los temblores, que seguirán ocurriendo, seguirán causando daños.
Pensándolo bien, nadie construiría una casa sin techo en una zona lluviosa.