DE LA UTILIDAD DE LOS LIBROS DE
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historia y hace prudentes a los hombres para los nego- cios, de la misma manera que ella y demás de esto ayuda mucho para que los hombres en sus menesteres y necesidades sepan cómo han de regirse escribiendo a sus amigos.
Yo, pues, viendo que los dieciséis libros de las cartas familiares de Tulio contienen cosas muy graves y están llenos de avisos dignos de un hombre muy buen cortesano, he puesto trabajo en procurar que an- duviesen en nuestra lengua castellana, la cual ni es menos grave ni menos copiosa que cualquier otra len- gua, aunque sea la latina o griega para decir y tratar en ella cualquier género de letras y cualquier manera de negocios, pareciéndome que en esto daría mucho gus- to a los que no tienen tanta noticia de la lengua latina que baste para entenderlas por sí y que enriqueciera mi propia lengua, lo cual siempre procuraron los que tuvieron celo de hacer bien a su propia nación y tam- bién les aliviaría de mucho trabajo a los que fuesen aficionados a entender la lengua latina, pues enten- diendo en pocos meses el arte de la gramática, espe- cialmente enseñada en lengua vulgar, como yo la ten- go divulgada, después con poner un poco de trabajo en conferir esta traducción con la lengua vulgar, ven- drían a entender el uso de la lengua latina, sin espan- tarse tanto como algunos se espantan en el aprender el uso de las lenguas, de lo cual, considerado el modo que se tiene en el enseñarlas, la oscuridad de las artes y preceptos, por donde los guían los que les enseñan, las cosas ociosas que les hacen aprender, las necesarias que les dejan de enseñar, la impropiedad de estilo con que les enseña, no es cierto de maravillar que les pa- rezca a muchos cosa dificultosa y aún casi imposible saber lenguas peregrinas, lo cual verán por la expe-
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riencia cúanto más fácil es si con pocos preceptos, úti- les y claros y confiriendo traducciones con las lenguas originales quisieren aprenderlas. Convendrá, pues, para más fácilmente entender estas epístolas no sola- mente leer la cronología de veinte años de historia ro- mana, en que ellas fueron escritas, la cual va aquí de- clarada por años y por consulados, sino también estos advertimientos que aquí ponemos brevemente para más fácilmente entender la materia y argumentos que tratare.
El primer género de cartas y que primero comen- zó a usarse es de creer que fue la que se llama narrato- ria o narrativa, cuyo fin es dar noticia al ausente de lo que pasa acerca de algún negocio. Porque, como el li- naje humano comenzó a multiplicarse, Cuéles necesa- rio dividirse y como se amaban, deseaban saber los unos de los otros y así buscaron ese medio para darse aviso los unos a los otros de sus fortunas y sucesos, lo cual se hace mediante este género de carta.
Después, siéndoles maestro el uso, comenzaron a servirse de esta invención para otros géneros de cosas, como son: consuelos en los trabajos, favores en los menesteres propios o de amigos, quejas en algunas fal- tas, alegrías en prósperos sucesos, consultas en casos peligrosos, burlas y donaires en cosas de risa y de pla- cer. Finalmente, todo lo que con alguna persona se les ofreciera tratar de palabra, si la tuvieran presente, todo aquello comenzaron a ponerlo en uso de cartas para tratarlo con el ausente, aunque con estilo de decir menos prolijo y abundante de palabras.
De aquí procedió el haber diversos géneros de cartas conforme a estos fines diferentes, porque la que se escribe para dar noticia de algún suceso, llámese narratoria o narrativa: la que para dar consuelo. con-
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solatoria; la que para encomendar cosas ajenas en la- tín dícese «comendaticia» y en castellano carta de fa- vor; la que sirve para encomendar cosas propias, peti- toria; la que trata quejas, dícese en latín «expostulato- ria»; la que da muestra de alegría por prósperos suce- sos, gratulatoria: la que trata burlas y donaires, dícese jocosa y cada una de estas tiene su invención y traza diferente, como aquí se verá por la experiencia y como lo podría enseñar quien particularmente quisiese notar las cosas propias de cada género por la experiencia de estas y notadas, reducirlas en orden y concierto con- forme a las tres partes que cualquier discreta oración ha de tener, que son: invención de cosas, elocución de palabras y orden y concierto en lo uno y en lo otro.
Bien fuera a mi parecer cosa más acertada dividir todos estos libros por sus géneros y hacer libro por sí de cada género, para que más claro se mostrara su arti- ficio, pero por haberlas puesto así Tulio, que fue su autor, o su liberto Tirón, que dicen las puso en este orden, no me pareció cosa segura de reprensión el mu- dar el orden de los libros. Sólo en las epístolas de Ce- llo me pareció cosa conveniente guardar este orden, que fue poner primero la de Cello y después de ella la que le escribe en su respuesta Cicerón, porque de esta manera se entenderá mejor lo que se trata en cada una.
Débese también de advertir que muchas veces en una misma carta se ofrece tratar diferentes argumen- tos, como si dijésemos, contar algún negocio y enco- mendar algún amigo, excusarse de alguna culpa y que- jarse de alguna persona, lo cual, cuando acaeciere,
cada argumento por sí se ha de considerar como si fue- se carta diferente. Todo lo demás la misma lectura e imitación lo hará fácil. Vale.