AURELIO PRETEL MARÍN
CHINCHILLA MEDIEVAL
INSTITUTO DE ESTUDIOS ALBACETENSES DE LA EXCMA. DIPUTACIÓN DE ALBACETE
Serie 1 - Estudios - Núm. 65 Albacete 1992
Portada: Vista de Chinchilla a mediados del siglo XVI, según Antonio Van den Wingaerde.
Iluminación de Amelia tñigo.
En la edición de esta obra ha colaborado la Confederación Española de Centros de Estudios Locales (CECEL).
INSTITUTO DE ESTUDIOS ALBACETENSES DE LA EXCMA. DIPUTACIÓN DE ALBACETE, ADSCRITO A LA CONFEDERACIÓN ESPAÑOLA DE CENTROS DE ESTUDIOS LOCALES (CSIC)
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A mi padre, que me enseñó las primeras letras en aquellas mañanas de invierno en que la nieve o la lluvia no permitían la labor del campo, y que siempre, desde la escuela hasta hoy, fue el primer lector y el más honesto crítico de mis trabajos.
Que este libro, que tanto esperó en sus últimos días y que ya no podrá ver, sea un pequeño homenaje al compañero de
juegos, al consejero y amigo de todos mis años, al hombre que siguió paso a paso mi formación y mis estudios, y me animó, con
su ejemplo permanente de trabajo desinteresado por los demás, en la tarea, incomprensible para muchos, de investigar la Historia de nuestros pueblos sin buscar otra compensación que la satisfacción que produce el ofrecer a la sociedad el fruto del esfuerzo propio.
Albacete, 20 de abril de 1992
ÍNDICE
D (1K1 A
INTRODUCCIÓN ... 9 LOS ORÍGENES DE LA CHINCHILLA MEDIEVAL.
EL PERÍODO ISLÁMICO ... 19 LA LUCHA POR EL POBLAMIENTO EN EL SIGLO XIII.
REPOBLACIONES DE ALFONSO X Y DEL INFANTE DON MANUEL 33 LA ERA DE DON JUAN MANUEL ... 53 DE LA CRISIS DE MEDIADOS DEL SIGLO XIV A LA VICTORIA TRASTAMARISTA ... . ... 89 EL GOBIERNO DE DON ALFONSO DE ARAGÓN Y LA DIFÍCIL RECUPERACIÓN CHINCHILLANA DE LA POSGUERRA ... 105 LOS SUCESOS DE 1395 Y LA TRANSICIÓN AL SIGLO XV.
EL CONCEJO Y SU FUNCIONAMIENTO ... 129 LA MINORÍA DE JUAN II Y EL BREVE DUCADO DE VILLENA.. 155 EL APOGEO DE CHINCHILLA EN EL REINADO DE JUAN II.... 183 LAS GUERRAS DE LOS INFANTES DE ARAGÓN Y LA CRISIS DE LOS AÑOS CUARENTA ... 217 EL GOBIERNO DEL MARQUÉS JUAN PACHECO Y EL COMIENZO DE LA DECADENCIA CHINCHILLANA. ECONOMÍA Y SOCIEDAD A MEDIADOS DE SIGLO ... 257 EL TÉRMINO DE CHINCHILLA A MEDIADOS DEL SIGLO XV.. 313 EL PERIODO ENTRE GUERRAS Y EL GOBIERNO DEL MARQUÉS DIEGO LÓPEZ PACHECO ... 343 LA GUERRA DEL MARQUESADO Y LOS CERCOS DEL
CASTILLO... 371 LA IMPLANTACIÓN DEL ESTADO AUTORITARIO Y SUS
EFECTOS EN LA POLÍTICA LOCAL ... 413 CONCLUSIÓN... 469 APÉNDICES ... 485 1. El patriciado chinchillano y el control del poder municipal .... 487 2. Las aldeas del término a mediados del siglo XV ... 504 3. Apéndice documental. Selección de documentos chinchillanos 511
INTRODUCCIÓN
Hace ya más de cuatrocientos años desde que el arcipreste y cronista Mar- tín de Cantos pusiera fin en 1575 al primer intento, torpe e incapaz según él mis- mo, pero en realidad bastante logrado, pese a su brevedad, de aproximación a la historia de Chinchilla. Se trata de una relación más, como la que tantos otros pueblos hicieron por entonces a Felipe II en respuesta al cuestionario enviado desde la corte, pero una relación algo más extensa y detallada, y sobre todo, más documentada de lo que es habitual, aunque no por ello exenta de errores. Tanto, que hasta el siglo pasado —bien es verdad que no hubo muchos intentos al respecto— nadie fue capaz de añadir una sola coma a lo por él apuntado, si se ex- ceptúa cierta Historia de Chinchilla, de un tal Gutiérrez, citada de pasada por Cebrián, de la que nada sabemos, y el informe apresurado que en 1788 redactó el capellán Francisco Valera para el famoso compendio de Tomás López. Así, el pasado de Chinchilla, en parte por la pobreza y la incultura generales en la re- gión, y en parte también por una notable falta de interés de los naturales en estos asuntos —no hubo aquí eruditos como el padre Pareja de Alcaraz, o el padre La Cavallería de Vilarrobledo— permaneció desconocido e inédito hasta fechas bastante próximas a nosotros.
Hubo, sin embargo, en el siglo XIX, una figura, por desgracia desconocida y mal tratada por sus contemporános, que, sin medios y sin facilidades de nin- gún tipo, se empeñó en la ingente tarea de rescatar en lo posible, a partir de un ar- chivo repetidamente saqueado y deordenado ya desde la invasión napoleónica de Chinchilla, que él mismo presençió siendo niño, el pasado de aquella ciudad.
Se trata de Pedro Cebriá.n Martínez de Salas, hombre culto y relativamente erudi- to, que redactó para Pascual MadoZ la parte correspondiente del conocido dic- cionario, pero no quedó satisfecho con la extensión ni la forma en que sus apor- taciones fueron reflejadas en aquella obra. Con las notas que había tomado, completadas todavía con otras nuevas y con averiguaciones e ideas extraídas de su propia experiencia en la ciudad —la conoció como la palma de su mano— lle- varía a cabo entonces una valiosa obra, un tanto desorganizada e inconexa, pero
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abundante en datos y observaciones de interés, más para el período moderno y contemporáneo que para el medieval, que por desgracia habría de quedar inédi- ta, seguramente por carecer de medios para publicarla.
Únicamente pudo Cebrián dar a la imprenta en 1884 una parte insignifican- te de su trabajo, poco más que un breve resumen, bajo el título de Memoria sobre la antigüedad de Chinchilla, su carácter militar, e hijos ilustres de la misma bajo tal concepto. El resto habría de quedar durante años en el más absoluto de los ol- vidos. Luego, el cronista Roa Erostarbe, iniciador de una larga y poco escrupulo- sa escuela de historiadores albaceteises especialistas en adornarse con la pluma ajena y publicar como propias las aportaciones de otros, daría a conocer muchos de aquellos datos que la paciencia 1e Cebrián había ido acumulando, en su pe- queña Historia de la ciudad de Chiichilla y en su Crónica de la Provincia de Al- bacete, trabajos ambos que incluyen, además, transcripción íntegra de la relación de Martín de Cantos.
Afortunadamente, los manuscritos de Cebrián no se perderían. Andando el tiempo vendrían a poder de D. Joaquín Sánchez Jiménez y a través de él pudie- ron conservarse hasta hoy en la biblioteca del Museo de Albacete, donde hemos podido consultarlos gracias a la amabilidad de su actual directora, nuestra amiga Rubí Sanz Gamo. Desde el punto 4e vista que a nosotros nos importa —siglos XIII al XV— su aportación no resulta, ni muchos menos, insustituible. Sin duda hay errores de bulto y un manejo un tanto superficial de las fuentes. Los libros y papeles procedentes de Chinchilla qpe todavía hoy existen en el Archivo Históri- co Provincial de Albacete, aunque incompletos y no muy abundantes, permiten mejorar en gran medida el caudal ce información que Cebrián ofrece, y mucho más aún contando con la facilidad le poder contrastarlos con la documentación existente en otros archivos que él no tuvo a su alcance. Sin embargo, el manuscri- to aporta alguna información inédita sobre documentos hoy perdidos o ilocaliza- bles que resultan de un gran interés, y tiene, sobre todo, opiniones clarividentes y muy válidas, que conviene valorar en su justa medida. Comprobada su veracidad en múltiples ocasiones, no hay razói para dudar en otras muchas, y de ahí que a veces le citemos, con las debidas precauciones, como fuente fidedigna en asuntos donde no existe más respaldo documental que su palabra. Sirvan estas líneas, de merecido homenaje a quien con tanto interés y tan pocos medios, se esforzó en transmitir a nuestra generación el fruto de un trabajo, que nadie en su tiempo su- po valorar ni agradecer.
En los últimos años, los estudios sobre Chinchilla están conociendo un de- sarrollo espectacular, bien es verdad que no precisamente a causa del interés del pueblo ni el apoyo de sus autoridades. A lo largo de la década de los ochenta, que ha multiplicado lo hasta entonces escrito al respecto, se han sucedido los trabajos de Abellán Pérez y Espinar Moreno sobre los privilegios de la ciudad, los varia- dos estudios histórico-artísticos de García-Saúco y Santamaría Conde, los de Ca- no Valero y Sánchez Ferrer sobre la manufactura textil chinchillana. Pilar Gil ha tratado la demografía del siglo XV basándose en los padrones y en los libros de
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vecindades, e Isabel García ha establecido una interesante aproximación a la rea- lidad eclesiástica y la situación del clero en la Edad Media. Recientemente, por último, hemos asistido a la edición, en 1989, de un libro sobre el alfar tradicional chinchillano, otro sobre la «comunidad y república» de Chinchilla, y aún otro, editado por la Universidad de Murcia y la Academia Alfonso X, en que Amparo Bejarano y Angel Luis Molina transcriben, con algunos defectos, pero con la in- tención, que se ve sobradamente cumplida, de proporcionar un elemento útil de trabajo, parte de las Ordenanzas municipales del siglo XV. Y, estando ya en prensa este libro, hemos conocido todavía un artículo de Adelina Romero, de la Universidad de Granada, que plantea interesantes aportaciones metodológicas sobre la demografía y la sociedad de Chinchilla a mediados de esa misma centu- ria. Con todos estos títulos, Chinchilla se convierte en uno de los pueblos más es- tudiados de nuestro entorno. Sin embargo, es tanto el caudal de información dis- ponible y tan interesante su análisis, que aún queda mucho por hacer en trabajos monográficos, que no dudamos verán la luz bien pronto.
Con frecuencia, la publicación de un libro de divulgación histórica, como éste pretende ser en buena medida, supone una labor de síntesis de numerosos trabajos y estudios monográficos realizados previamente. Tal es también, aun- que no lo parezca, el caso del libro que nos ocupa, pues aunque tales monogra- fías no se encuentren todavía escritas, la labor de investigación está en buena par- te realizada, de forma que puede llevarse a cabo con ciertas garantías, y no resul- ta en exceso prematura, una primera aproximación al complejo mundo de la Chinchilla medieval, sin perjuicio de que muchos aspectos apenas esbozados aquí sean susceptibles de más amplio y detenido tratamiento en futuras y más mono- gráficas publicaciones. A tal efecto existe —hemos podido comprobarlo— docu- mentación más que suficiente, pero no parece estrictamente necesario esperar más para poner por escrito y dar a conocer los datos ya disponibles. Tiempo ha- brá después para rectificaciones y ratificaciones, pero aquí está mientras tanto, y alguna utilidad tendrá, el resultado le un trabajo que no pretende ser definitivo, pero sí cumplir una función de acopio de materiales y de introducción al estudio del apasionante microcosmos que es esta Chinchilla medieval, en que aparecen gran parte de las características y las tensiones existentes en la Castilla de los si- glos XIII al XV.
Hemos pretendido dar una visión panorámica de la Historia medieval de Chinchilla sin renunciar a recordar sintéticamente los aspectos y períodos más conocidos y divulgados ya en otras publicaciones, pero también sin insistir dema- siado en ellos, toda vez que el lector interesado podrá encontrarlos allí con mayor extensión y profundidad. Esta es, fundamentalmente, la razón del evidente dese- quilibrio, motivado también, no obstante, por el desigual caudal de información disponible, que se observa a primera vista en la estructura de la obra. Algunos ca- pítulos y etapas tienen un tratamiento rápido y global —esperamos que no ligero— mientras que en otros nos detenemos con mayor detalle y profundidad, pues tampoco se ha deseado dejar de ofrecer aquí numerosos datos de interés, en
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su mayor parte inéditos, que de otra forma tal vez nunca llegaran a ver la luz. Se- pa, pues, el lector que dicho desequilibrio, que se aprecia a primera vista, no se debe al azar, sino a la intención de compaginar los tres propósitos que guían nuestro trabajo, el de la investigación con cierta profundidad de los asuntos des- conocidos, el de síntesis de los ya conocidos, y el de la divulgación de unos y otros en forma asequible para los no especialistas.
Ello explica que, por ejemplo, todo lo relativo a la conquista y repoblación del territorio chinchillano durante los siglos XIII y XIV haya sido extractado al máximo, por ser más conocido, remitiendo para mayor ampliación a otros traba- jos ya editados, aun cuando añadamos y comentemos noticias y testimonios do- cumentales de más reciente aparición, que complementan y mejoran las informa- ciones que poseíamos. En cambio, la mayor parte del siglo XV, donde el material es más abundante y prácticamente desconocido, ha recibido una atención más amplia, ya que no exhaustiva, pues la cantidad y variedad de los documentos ma- nejados haría imposible el intento. El período correspondiente al reinado de los Reyes Católicos, extractado aquí en un solo capítulo, se limita, sin embargo, pues en muchos aspectos ya ha sido estudiado en otro libro, que en buena medida puede ser tenido como una continuación en el tiempo de éste, a trazar las líneas fundamentales allí expuestas más ampliamente, añadiendo información suple- mentaria y un enfoque más general, que en dicho estudio no se halla. El mismo desequilibrio, incluso más acusado todavía, podrá observarse en el breve apéndi- ce documental, que incluye casi exclusivamente testimonios del siglo XV, ya que los más interesantes restos de los tiempos anteriores han visto ya la luz en otras publicaciones, lo que hace innecesario repetirlos aquí.
La gran cantidad y variedad de documentación empleada para este trabajo, que a veces ha sido necesario contrastar y entretejer laboriosamente, hacen com- plicada y dificil —y tal vez no demasiado útil— la tarea de reseñar todas y cada una de las fuentes. Las casi mil notas podrían haber doblado o triplicado con fa- cilidad su número, pero ello no añadiría, salvo aparato crítico de cierta utilidad para el especialista, que de todas formas sabe bien dónde buscar, nada imprescin- dible para la lectura de la obra; y podría, en cambio, hacerla más farragosa e in- digesta de lo que ya es de por sí. Hemos querido, sin embargo, guardar un equili- brio entre la minuciosidad académica y, en lo posible, la amenidad que busca el lector no especializado. Por ello, y por dar a unos y otros mejor facilidad de acce- so y ampliación, se procurará siempre citar los documentos y datos que estén ya editados, y a ser posible en la versión más completa y asequible. Tendrá que dis- culpársenos, por tanto, que incurramos con frecuencia en el vicio de la autocita.
El deseo de sintetizar la información y no repetir documentos e ideas fundamen- tales para el período que tratamos, que ya hemos dado a conocer en otros libros y artículos, de descargar en lo posible los apéndices, y de ofrecer mayor informa- ción al estudioso que quiera ampliar cualquiera de las múltiples facetas que el asunto ofrece, nos ha llevado a ello, aun a sabiendas de que tal proceder pudiera ser tenido por pretencioso y poco elegante. Al fin y al cabo, siempre es dificil
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eludirlo al hacer historia local, dado lo escaso del repertorio de investigadores.
En la duda, preferimos pasar por inmodestos antes que dejar de prestar un servi- cio que seguramente agradecerán los expertos y hasta los simples curiosos.
La Historia se desarrolla en un espacio, pero también, fundamentalmente, en el tiempo, que modifica las realidades y, dentro de unos límites de continuidad estructural que tampoco son inamovibles, hace que la problemática de una gene- ración sea diferente en ocasiones, aun sin variar lo sustancial, de la de su predece- sora. Por tanto, aunque el conjunto del libro siga una línea temporal, hemos pre- ferido dar a cada capítulo un tratamiento sincrónico de distintos aspectos socia- les, económicos y políticos, que exponemos enlazados y agrupados de acuerdo con el momento en que tienen lugar, para alejar el fantasma —el espejismo— del inmovilismo y de la permanencia absoluta de estructuras indeformables. Lo juz- gamos más apropiado que el usual tratamiento diacrónico, que no tiene en cuen- ta el transcurso del tiempo ni la transformación paulatina de las instituciones y las sociedades al compás de las modificaciones impuestas por la economía y por la propia evolución de la población. Resulta inevitable, en consecuencia, una cierta impresión de desorden, originada por el tratamiento simultáneo de cuestio- nes muy dispares y heterogéneas, aunque siempre interdependientes e interacti- vas; pero esta mescolanza, que sin duda es un inconveniente para quien busque un orden sistemático que permita aprehender más fácilmente las líneas maestras del asunto estudiado, ayuda, por otra parte, al imitar la manera anárquica en que los documentos presentan los hechos, a hacerse una idea más viva, más acorde con la visión limitada y confusa que los propios protagonistas tuvieron, del com- plejo panorama de la realidad histórica.
De sobra sabemos que no es esta la tendencia más aceptada ni mejor vista en los medios académicos y universitarios, pero consideramos un error el plan- teamiento habitual de este tipo de estudios, que abordan, por ejemplo, el análisis de un concejo y su funcionamiento como si las mismas realidades tuvieran vali- dez en el siglo XII y en el XV. Nunca nadie nos ha dado razones suficientes para variar nuestro criterio. Así pues, lo hemos hecho a nuestra manera, más clásica, sin duda, y menos «moderna», pero más acorde con nuestras propias conviccio- nes. Alguna ventaja tenía que tener el trabajar fuera de la Universidad y de las fa- cilidades que la pertenencia a los círculos selectos de investigadores comporta. Si bien es verdad que la labor es más dura y forzosamente menos conocida y brillan- te, al menos permite escapar a las dictaduras del academicismo y de las modas imperantes.
Y es que en este libro, como en todos los que hemos escrito anteriormente, pretendemos el doble objetivo de mantener un razonable nivel de rigor metodoló- gico —no estrictamente académico, como hemos señalado— y hacer llegar a la gente común —no forzosamente vulgar ni ajena al encanto de la Historia— inte- resada en estos asuntos, de la manera más asequible que seamos capaces, el fruto de un trabajo que no queremos reservar exclusivamente a los especialistas. Ello obliga a mantener un equilibrio difícil, que necesariamente ha de verse roto en
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ocasiones en beneficio de una de las dos ideas que nos animan. Esperamos que unos y otros sepan disculpar los excesos y defectos de una obra que quiere ser se- ria sin dejar de ser amena, dentro de lo que permite un asunto tan monográfico.
Pretendemos, no obstante, abordar el estudio de la Chinchilla medieval con un criterio más amplio y científico que el estrictamente erudito. No busca- mos hacer la apología de la ciudad ni de sus gentes, ni haremos una relación inco- nexa de sucesos trascendentales que en ella se desarrollaran. Sería vano tal inten- to, por otra parte, en un espacio como éste, bastante alejado tradicionalmente de los centros de decisión política y bastante marginal en el panorama castellano de la Edad Media. Pero es que, además, no nos interesa en este momento. Aunque no cabe duda de que tales hechos tienen su influencia, y por eso no los desprecia- mos, sino que los destacamos en su justa medida, y en función sobre todo de su incidencia en la vida local, un pueblo no es un lugar caracterizado exclusivamente por los grandes acontecimientos que en él ocurren, ni por la visita, que puede ser casual, de importantes personajes. Un pueblo es un complejo y cambiante entra- mado interactivo de estructuras y relaciones económicas y sociales, de intereses y ambiciones, de ideas y culturas, que reflejan en mayor o menor medida las reali- dades similares que se dan en espacios más amplios.
Por ello, sin que despreciemos la historia «evenemencial», nos interesa so- bre todo ese tiempo, que es la mayor parte del tiempo, en que aparentemente «no pasa nada», salvo que los sastres cosen, los campesinos trabajan, los hombres vi- ven y mueren, y las generaciones se relevan. Es decir, solamente pasa la Historia.
De ahí que, sin pretender llegar a un microanálisis, que de momento queda aún algo lejos de nuestras posibilidades, prestemos particular atención a la Historia social, que es «toda la Historia», como señala Duby. Es decir, a las condiciones económicas, los medios de vida, la mentalidad y la vida cotidiana del conjunto y de las distintas capas de la población, la permeabilidad entre ellas, las relaciones de las clases y aun de las familias, hasta donde ello es posible, las peculiaridades en la evolución de las instituciones, y los contactos y lazos de este pequeño micro- cosmos local con el espacio circundante, contemplados al nivel inmediato que impone la inserción de Chinchilla en el marco del gran estado señorial de Villena, y al más amplio que viene dado por el engranaje de éste en la frontera valenciana y en el reino de Castilla.
Son aspectos todos ellos para los que, a pesar de la «dictadura de las fuen- tes», de la que suele hablar Valdeán, poseemos un caudal importante, aunque muy desigual, de información extraída fundamentalmente, aunque no en exclusi- va, de los restos del viejo archivo chinchillano que hoy se conserva en el Provin- cial de Albacete. Documentación que no hemos exprimido al máximo por no en- grosar más todavía 1 ya excesivo volumen de este libro, pero que aún puede ser analizada con mayor detenimiento y proporcionar nuevos datos y perspectivas a investigadores más minuciosos y monográficos. Nosotros hemos querido hacer solamente una síntesis, sin renunciar a cierto detalle, de la realidad medieval chinchillana, y poner a disposición del público y del científico un panorama
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provisional y unos datos fiables que pueden resultar de provecho. En la medida que lo hayamos conseguido —y sólo el lector puede juzgar— estaremos satisfe- chos. De todas formas, hemos de advertir que éste es, en buena medida, un tra- bajo abierto e inconcluso, una historia interminable, que el propio lector, atando los numerosos cabos sueltos que hemos dejado, o buscando relaciones que hayan escapado a nuestra atención, puede completar, con o sin ayuda de las citadas fuentes, para obtener una idea más profunda del asunto estudiado. Le invitamos al apasionante juego de reconstruir los lazos familiares, de buscar motivaciones y consecuencias, de descubrir los cambios que el tiempo produce en las estructuras, en las instituciones y las costumbres, y deseamos que el esfuerzo de leer estas pá- ginas le sea útil en esa tarea.
No podemos cerrar estas breves páginas sin unas palabras de agradecimien- to a varios amigos, que en este caso no son una formalidad, sino una imposición de estricta justicia. Rubí Sanz nos ha facilitado al máximo la consulta del jugoso manuscrito de Cebrián, que aparece citado con frecuencia. A Isabel García Díaz debemos la copia, y aun la transcripción, de documentos murcianos cuya bús- queda hubiera llevado un tiempo del que no hemos dispuesto. José Sánchez Fe- rrer nos ha puesto sobre la pista de algunos otros, y sobre todo del ordenamiento de don Juan Manuel que ofrecemos en apéndice, uno de los pilares de la primera parte de esta obra. Ramón Carrilero y Alfonso Santamaría han tenido la pacien- cia de leer el borrador del trabajo y han contribuido a mejorarlo con sus observa- ciones. Amelia Íñigo ha iluminado el grabado antiguo que sirve de portada y ha contribuido eficazmente, al igual que Francisco Garijo, Juan González y Juan Gabaldón, a la mejor presentación del libro. Por último, Miguel Rodríguez Llo- pis, como en tantas ocasiones, nos ha proporcionado materiales inéditos y publi- cados y nos ha guiado con su superior conocimiento en una empresa quizás de- masiado complicada para quien la emprendió. A todos ellos, y a una forma de trabajar en colaboración amistosa y desinteresada, que por desgracia va siendo ya infrecuente en otros ambientes de la investigación española, mi gratitud y mi reconocimiento por una ayuda que ha sido imprescindible para dar fin al pro- yecto.
AURELIO PRETEL MARíN
LOS ORÍGENES DE LA CHINCHILLA MEDIEVAL.
EL PERÍODO ISLÁMICO
Son abundantes los restos de época romana, y aun de la pre-romana, en las inmediaciones de la actual Chinchilla. Los hallazgos de lápidas sepulcrales en el Pozo de Balazote, las monedas encontradas en diferentes partes del término, los hasta no hace mucho bien visibles trazos de la calzada y de las vías que confluían precisamente en las inmediaciones de la ciudad, formando un nudo de comunica- ciones de la mayor importancia, no han pasado desapercibidos para los estudio- sos y simples curiosos que, ya desde el siglo XVI, en que el arcipreste Martín de Cantos realizó su conocida Relación a Felipe II, hasta el XIX, en que escribió su manuscrito el erudito Cebrián, se ocuparon del pasado de la población'.
Y sin embargo, pese a las numerosas opiniones que hablan de un posible origen romano del actual emplazamiento de Chinchilla, y aun de sus murallas y su castillo, cosa todavía mucho más discutible, no parece probable que en dicha época se diera un poblamiento importante en el lugar que actualmente sirve de asiento a la ciudad. Ni sus condiciones de comodidad ni la estructura misma del núcleo urbano permiten defender esa idea. Aunque buena parte de la llanura cir- cundante estuviera poblada, como demuestran los hallazgos citados y los que ac- tualmente se están sacando a la luz en el cercano Pozo de la Peña, enclave ya de antiguo conocido por los arqueólogos, nada hay en el mismo casco, ni consta que nunca lo hubiera, que recuerde la presencia romana.
No es el suyo, desde luego, lugar atractivo para la fundación de una ciu- dad. En lo alto de un cerro pelado de vegetación, de acceso bastante difícil y
1 La Relación de Martín de Cantos ha sido publicada, en el Folletín de «La Provincia», por ROA EROSTARBE, Joaquín, Historia de Chinchilla, Albacete, 1893, y por el mismo autor en su Cróni- ca de la Provincia de Albacete, Vol. 11, Albacete, 1894. Más recientemente, y en una versión algo distinta, la han dado a conocer RODRíGUEZ DE LA TORRE, Fernando y CANO VALERO, Jo- sé, Relaciones Geográfico-históricas de Albacete (1786-1789) de Tomás López, lEA, Albacete, 1987, pp. 187 y sigs. CEBRIAN MARTíNEZ DE SALAS, Pedro, Memoria sobre la antigüedad de Chinchilla, su carácter militar e hijos ilustres bajo tal concepto, Albacete, 1884; habla también de estos hallazgos, aunque extiende indebidamente el carácter romano de los mismos a las murallas de la población, al castillo, y a otros vestigios monumentales del pasado.
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expuesto a todos los vientos y a las inclemencias meteorológicas, que en esta co- marca de clima mediterráneo de fuerte tendencia continental resultan particular- mente duras, únicamente la fortaleza del enclave justifica su existencia. Además, el lugar tiene gran dificultad para proveerse fácilmente de leña y, sobre todo, de un elemento tan imprescindible para la vida humana como es el agua. Esta última carencia habría de ser durante mucho tiempo el punto flaco de Chinchilla, el con- dicionainiento principal de su crecimiento demográfico y su desarrollo. Aunque muchas casas tenían aljibes propios, como han señalado Martín de Cantos y Pe- dro Cebrián, y aunque es de imaginar que habría también alguno público
—presunción que no avalan los documentos— la verdad es que el agua fue siem- pre un bien escaso, cuyo acopio y distribución constituyó una preocupación tra- dicional de las autoridades municipales.
Los manantiales, más bien pobres, y los pilares (Pilar Dulce, Pilar Salobre), así como los mayores aljibes de agua de lluvia, que abastecieron a la población a lo largo de la Edad Media, estaban todos extramuros y en la parte baja de la ciudad, como mínimo a un tiro de ballesta de la muralla, desde donde los aguadores tenían que subirla por la empinada pendiente a base de cántaros, que se vendían sueltos o por cargas. Entre las fuentes destacaban el llamado «Ca- chivache», documentado desde fines del siglo XV 2 , aunque con seguridad sería anterior, y la «Fuente Principal», o de los aljibes 3 . Ambas eran artificiales, y traían su poco abundante caudal desde su nacimiento en el cerro de San Cristóbal, mediante «caños» y conducciones abiertas en la piedra, hasta el Arenal. Junto a ellas, para evitar la evaporación y el deterioro del precioso líquido, había un depó- sito de grandes dimensiones, que todavía se conserva, cubierto con bóveda y pro- visto de tres brocales de piedra, que recogía el sobrante no utilizado directamente 4.
2 Arch. Hist. Prov. Albacete. Libro 3, fol. XLIX.
Una ordenanza de principios del siglo XVI (1515) señala que «esta çibdad esta setuada sobre la ¿fi- neza? de las aguas del Cachivache e la Fuente Prençipal e del Pilar Duze, que nasçen en la syerra, e por los valles delta vienen los canos del agua asy a la dicha fuente e Cachivache commo al dicho Pi- lar Duçe. Epor mandado de los dichos seflnores fueron a ver el nasçimientos de las dichas aguas e por donde vienen los cannos delta los sennores Juan de Barrionuevo, alguazil, e Pedro Gascón el mayor e Cristoval de Cotillas, regidores, epor quanto antigua mente esta ordenado que los ganados menores lanar nin cabrio non entren nin pudiesen entrar nin andar en los dichos valles ... ... y non solamente los pastores que guardavan los ganados metian los ganados en los dichos valles e mana- deros del agua, mas descobrian los cannos por donde yva el agua para dar agua a los ganados, por lo qual se perdían las fuentes epilares». Por tanto, yen prevención de los daños y la contaminación subsiguiente, se prohibía el acceso de los ganados a un amplio espacio, cuyos mojones se marcaban, en torno a las conducciones de agua, poniendo a los contraventores pena de 400 maravedís, mitad para las obras públicas y mitad para el guarda del ejido, el almotacén, o el primero que lo tomare.
Ver BEJARANO RUBIO, A. y MOLINA MOLINA, A. L., Las ordenanzas municipales de Chin- chilla en el siglo XV. Acad. Alfonso X y Uñiversidad, Murcia, 1989, pp. 105-106. Ya antes, a lo lar- go del siglo XV, se había prohibido en varias ocasiones el paso de ganados por encima de los caños, y la utilización del agua de los pilares para usos industriales o para lavar trapos y lana o para otras actividades industriales. Arch. Hist. Prov. Albacete. Libro 3, fols. 33-35.
Tal vez fuera este depósito, medieval en todo caso, el «vaso de agua» cuya construcción ocupaba al concejo en 1441. El 29 de septiembre de este año, al mismo tiempo que se hacía el sorteo de oficios municipales, se elegía como «obrero», o inspector de la obra, a Diego Martínez de Murcia. Arch.
Hist. Prov. Albacete. Libro 1, fol. 14.
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Además, y para casos de emergencia, los pozos del ejido (en especial los situados en los caminos de Balazote y Murcia) que resultaban demasiado lejanos habitual- mente, proporcionaban más abundante provisión. Gracias a ello, al trabajoso acarreo, y al hecho de que nunca pasó la población de los cuatro o cinco millares de almas, no puede decirse que faltara el agua en la ciudad, pero tampoco que fuera fácil o barato encontrarla.
Por todo lo expuesto, y sin que deba descartarse categóricamente la posibi- lidad de un pequeño asentamiento anterior, habitado sobre todo en situaciones de intranquilidad, que poco tendrían que ver con la «pax romana», parece más lógico y fundamentado pensar que el nacimiento de Chinchilla en su actual em- plazamiento, harto incómodo y penoso si no lo justificaran razones de seguridad, corresponda al período islámico. Tal vez a esa oscura etapa de violencias que pre- cedió a la formación del Emirato, y a las luchas que acompañaron la implanta- ción de la autoridad cordobesa, momento en que tantas poblaciones manchegas son destruidas o abandonadas y vueltas a fundar en alguna altura próxima dota- da de mejores condiciones de defensa. La vieja Saltigi romana pudo ser una más de ellas, y dar origen, de manera similar, a la Chinchilla islámica, la «Yinyila»,
«Yinyala», «Santiyila», «Sintiyala», de que hablan diferentes versiones de geó- grafos o historiadores musulmanes. A este tiempo, desde luego, pertenecen los restos más antiguos que encontramos hoy en el recinto urbano.
Aquella población, conocida en las fuentes árabes 5 como una «madina» o ciudad de mediano tamaño —muy superior, sin embargo, al de casi todas las circundantes— y capital de un «iqlim» (distrito) importante en el borde septen- trional de la cora de Tudmir, fue estimada, sobre todo, a decir de Al-Idrisi, por la calidad de sus manufacturas, alfombras y tapices de lana. Era famosa también por la prudencia y sabiduría de uno de sus hijos, Abú Utmán al-Yinyalí (el Chin- chillano), discípulo de Maimónides y de Ibn Midray. Bien amurallada, pudo te- ner cierto esplendor en la época califa¡, tras su conquista por las tropas omeyas en la campaña de 928-929 de la era cristiana y la pacificación de la comarca, agi- tada hasta entonces por correrías de bandidos y jeques revoltosos. En 935, cuan- do el propio califa, Abd al-Rahman III, en su gran expedición hacia el norte, pa- sa por la ciudad, este territorio está ya pacificado. Ayudaría, sin duda, a su pros- peridad, incluso en tiempos anteriores, como ayudó en los siguientes, su calidad de punto bien defendible en un amplio territorio en que no abundaban enclaves semejantes —Las Peñas de San Pedro, de igual o mejor fortaleza natural, no po- seía tan buenas condiciones de habitabilidad— que quedaría por ello sometido a su control. Un espacio que, además, brindaba buenas posibilidades de aprove- chamiento ganadero a los beréberes que, casi con seguridad, se instalaron en él.
También, desde luego, su magnífica situación en una encrucijada de caminos, vi- tal para el tráfico entre la Meseta, Levante, Murcia y la Andalucía oriental.
Ver PACHECO PANIAGUA, Juan A., «Chinchilla en las fuentes árabes», Al-Basil, Rey, de Estu- dios Albacetenses, N.° 13, Albacete, 1984, pp. 13-23. MERINO ÁLVAREZ, Abelardo, Geografía
histórica de la provincia de Murcia. Madrid, 1915, p. 51.
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Con buenas comunicaciones, materia prima para la manufactura lanera, que de- bió de ser siempre abundante, y sin la competencia cercana de grandes ciudades, es fácil de imaginar que, aunque el clima y la escasez de agua no contribuyeran mucho a ello, pronto se convertiría Chinchilla en una pequeña metrópoli comar - cal, dotada de cierta proyección al exterior, pero vinculada predominantemente al llano albacetense, al que serviría de protección.
Pero las referencias más abundantes a Chinchilla no corresponden precisa- mente a la época califal, sino a aquella otra en que, tras el derrumbamiento de la dictadura amirí, y con las luchas que trajeron las taifas y las invasiones africanas de almorávides y almohades, la ciudad gana en importancia estratégica y militar lo que tal vez pierda tranquilidad y desarrollo económico. Alejada de las princi- pales capitales culturales de las taifas levantinas, andaluzas y meseteñas, aunque no tanto que no pudiera ser víctima de las ambiciones expansionistas de sus reye- zuelos, cuyas pendencias cambiaron cien veces el mapa del cuadrante sureste es- pañol, y colocada como casi único baluarte en un territorio fácilmente penetra- ble, su fortaleza le haría concentrar buena parte de la siempre —y cada vez más—
escasa población del espacio circundante. Aunque la vida en ella se iría tiñendo de unas costumbres y modos progresivamente militarizados, y perdiendo tal vez, siquiera en parte, su anterior pujanza, todavía guardaba, al parecer, durante los siglos XI y XII, y hasta en el XIII, cuando, ya muy decaída, viene a manos cris- tianas, un cierto sello de pequeña metrópoli del llano, con su mezquita, sus edifi- cios públicos de algún realce, y sus murallas protectoras, que seguramente se vie- ron reforzadas y ampliadas por los monarcas del Sharq al-Andalus y Murcia y, sobre todo, por almorávides y almohades.
Para entonces, la población debía de encaramarse en la parte más alta del cerro, centrándose fundamentalmente en torno a las dos prominencias que en és- te destacan. En una de ellas, donde hoy se encuentran los restos de la iglesia de Santa Catalina y del convento de monjas dominicas, parece que hubo, según ase- guraba la tradición en el siglo XVI, una mezquita 6 cuyo minarete habría de man- tenerse en pie a lo largo de la Edad Media. En la otra, más extensa, y dividida a su vez en dos cabezos, se situarían algunos edificios públicos y, tal vez, el alcázar principal. Ambas partes contaban con sendas murallas independientes, de las que todavía queda algún resto —incluso algunas almenas de claro estilo africano—
bien visible. De allí hacia abajo pudo extenderse de forma anárquica la pobla- ción, ocupando, probablemente, un espacio parecido al que actualmente se en- cuentra comprendido dentro del perímetro amurallado, pues, aunque sin duda estaría menos poblada, no parece que la Chinchilla islámica tuviera una exten- sión mucho menor que la que conoció en los siglos medievales de dominio cris- tiano.
• En la Relación de Martín de Cantos. ROA, Historia de Chinchilla, p. 42. «Aquí hay una iglesia de Santa Catalina que dicen fue mezquita de moros, hay en ella una torre hecha y labrada a la morisca ... ... encima de un cenajo dentro de la ciudad, donde está ahora un monasterio de monjas de la orden de Santo Domingo>).
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Una muralla ceñía seguramente todo el conjunto, quizás aproximadamente por donde hoy la conocemos, y se abría al exterior al menos por una puerta —tal vez dos— que seguiría siendo luego la principal de la población 7 . De hecho, en el mismo lugar donde se alzaba dicha puerta —luego llamada la «Puerta Herrada>), o «de las Torres»— permanecía, al menos hasta el siglo XVI, una lápida escrita en caracteres arábigos. Y aún hoy puede verse algún fragmento de la misma mu- ralla que, a juicio de expertos, pudiera remontarse hasta la época califal, recuer- do tal vez de un tiempo en que la ciudad estuvo más poblada. En el interior del recinto murado, además de los baños que todavía se conservan, y que aparecen mencionados en la documentación cristiana de fines del siglo XIII, los cronistas chinchillanos, ya desde la época de Felipe II, se hacen eco de numerosos restos monumentales y constructivos de tiempo islámicos.
En torno a la montaña que sirve de asiento a la ciudad, se extendía una lla- nura relativamente abundante en pastos, salpicada de lagunas, almarj ales y char- cos, que facilitaban el vivaqueo y prpvisión de agua de grandes ejércitos, aunque, dada la inexistencia de otra corriente que no fuera la del distante Júcar, no favo- recía la instalación de molinos ni de otro tipo de aprovechamientos. Por ello, y por su situación caminera, la zona se convirtió desde muy pronto en lugar de con- centración y descanso para las tropas musulmanas de Levante, Murcia y Andalu- cía oriental, en sus grandes campañas contra los cristianos. Así, por ejemplo, Slaugther9 ha señalado la probable reunión aquí de la enorme hueste que en Uclés derrotó a los castellanos y dejó sin heredero al trono de Castilla con la muerte del infante don Sancho, único hijo varón de Alfonso VI, en 1108.
Esta pudo ser la Chinchilla («Cinxella») que conocieron poco antes los des- tacamentos avanzados que el Cid envió «ad partes de Cinxella» para informarse del paso de la hueste real, y la que entonces mismo vio pasar a Alfonso VI en su
Además de esta puerta principal, pudo existir ya en tiempo islámico la de Albacete, que también era muy antigua (se la menciona ya en ordenanzas de comienzos del siglo XV) y seguramente algún otro portillo. Las otras puertas son de tiempo muy posterior, como veremos más adelante.
Martín de Cantos pudo ver todavía en el siglo XVI, casi intacta, la muralla de la ciudad, que en parte se conserva aún hoy, y la puerta de Las Torres. Apunta que la muralla, muy fuerte, era de cal y canto y tapiería, y tenía torres cada cincuenta o cien pasos. En su entrada había —dice— dos torres muy buenas unidas por una barbacana almenada, y en cada una de ellas una puerta muy recia forrada en plancha de hierro. La primera —hoy desaparecida— estaba protegida por un cancel de cal y canto, con un torreón en medio y muchas saeteras. Sin duda, la mayor parte de esta obra es ya del período de dominación cristiana, pero seguramente seguía el trazado de los viejos muros musulmanes.
' Relación de Martín de Cantos. ROA, Historia de Chinchilla, p. 42. Habla de la existencia de casas y arcos moriscos y de pozos y cisternas de tiempo antiguo, muchos de ellos ya cubiertos o cegados, por hallarse despoblada más de la mitad del recinto en el siglo XVI. Sobre los baños árabes, conoci- dos en época cristiana como Baños de Cariaza, o de Carrasca, a los que también se refiere Cantos, ver GARCíA-SAÚCO, Luis G. y SANTAMARíA CONDE, Alfonso, ((Unos baños árabes en Chinchilla», Congreso de Historia de Albacete, vol. 1, lEA, Albacete, 1984, pp. 389-397. Hay que apuntar, no obstante, la posibilidad, que algunos insinúan, de que estos baños sean, en realidad, ju- díos.
• SLAUGTHER, John E., (<En torno a la batalla de Uclés», Anuario de Estudios Medievales, 11, pp.
581-589.
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1 •
Interior de los viejos baños de Chinchilla, que datan, según unos, de época islámica, aunque otros no descartan un posible origen judio. En cualquier caso, son uno de los más antiguos y mejor conserva- dos edificios de la Chinchilla medieval.
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expedición de 1089 contra Aledo 10 . Una Chinchilla tal vez ya muy decaída y afec- tada por las luchas entre los reyezuelos de las taifas cercanas, que aún habría de resentirse más con la inmediata rebelión de las comarcas interiores del reino de Murcia contra los dominadores almorávides, origen de una intensa guerra de guerrillas, que los cristianos sabrían utilizar para sacar ventajas estratégicas.
No consta que Chinchilla, uno de los principales pueblos manchegos que la expedición castellana de Alfonso VI atravesó en la ida y al regreso de la mencio- nada expedición contra Aledo, ofreciera resistencia alguna a éste, ni tampoco a las avanzadas del Campeador. Tal vez influyera su debilidad y el miedo a la nu- merosa hueste que acompañaba al monarca; tal vez, también, el hecho de que la prisión del reyezuelo murciano, Rasiq, a quien consideraban como su señor, ani- mara a los chinchillanos a enfrentarse a sus adversarios, almorávides y sevilla- nos, y a colaborar abiertamente con los guerreros del norte. Aprovechando de es- ta manera las diferencias entre los musulmanes y la anarquía de un territorio de- masiado acostumbrado a cambiar de manos durante cerca de un siglo, los caste- llanos lograron imponer su presencia militar en La Mancha y las tierras fronteri- zas del reino de Valencia, y pudieron atravesar sin contratiempo un terreno muy alejado de sus bases, pero bastante despoblado ya, e indefenso ante su superiori- dad, cuando no dispuesto a apoyar abiertamente a cualquiera que pudiera hacer frente a las fuerzas norteafricanas. No cabe excluir siquiera una momentánea su- misión de la plaza misma de Chinchilla a los cristianos, aunque sea cargar dema- siado las tintas incluir a Chinchilla entre los dominios del Cid Campeador, como ha hecho algún autor".
Tras la caída de Toledo y la recuperación de los almorávides, La Mancha entera se convirtió en zona de frecuente paso de ejércitos cristianos, africanos e hispano-musulmanes. La lucha por tierras de Toledo y Cuenca, donde Alvar Fá- ñez intentaba resistir la avalancha islámica, empobreció enormemente, con el tránsito de ejércitos que debían abastecerse sobre el terreno, y la huida de las gen- tes de paz que allí habitaban, las llanuras cercanas, y en especial los pueblos pró- ximos a las grandes rutas de comunicación, como era el caso de Chinchilla. Afor- tunadamente para su población, ésta era ciudad amurallada y no resultaba fácil de atacar, ni compensaba tampoco, pues no era demasiado rica, dirigir contra
lO FALQUE, E., «Traducción de la Historia Roderici». Bol, de la Institución Fernán González, N.°
201. Burgos, 1983, PP. 352. HUICI, A., «El sitio de Aledo». Miscelánea de estudios árabes y He- braicos, III, 1954. MENÉNDEZ PIDAL, R., La España de/Cid. Madrid, 1947, pp. 749 y 754. Es- te último autor, en El Cid Campeador, Madrid, 1973, pp. 117-119, cita un privilegio de Alfonso VI al monasterio de San Millán fechado en Chinchilla, a su regreso de la campaña de Medo, el 25 de noviembre de 1089.
MERINO ALVAREZ, Abelardo, Geografía Histórica de la Provincia de Murcia, Madrid, 1915, pp. 28-29 y 62. AMADOR DE LOS RÍOS, Rodrigo, Murcia y Albacete. Barcelona, 1889. Es cierto que no parece que los castellanos encontraran resistencia a su paso por Chinchilla, y aun es posible que la población se sometiera momentáneamente a su protectorado, pero no cabe deducir de ello una presencia permanente de las fuerzas del Campeador, dueño indiscutible, pero únicamente de las tierras que pisaba, en esta comarca.
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ella una campaña. Aun así, no dejaría de sufrir daños y agresiones de importan- cia. Es el caso de la cabalgada que en 1116 realizó el concejo de Toledo contra una población llamada «Semcila» o «Cemcilia», que no parece ser otra que nues- tra Chinchilla, aunque para el gran especialista Julio González 12 sea esta una cuestión dudosa.
La ruina del imperio almorávid, combatido por los mismos andalusíes y por los castellanos, que ya ocupaban de nuevo posiciones fuertes al sur del Tajo, vino a traer al reino de Murcia, tras algunos años de gran inestabilidad, un perío- do de renacimiento político y militar bajo el mando de Zafadola (Saif al-Dawla Ibn Hud), un poderoso caudillo, apoyado por los cristianos, que facilitó la pene- tración de éstos en Andalucía y creó para sí, con aquella alianza, una monarquía que llegó a dominar buena parte de Al-Andalus. Sus buenas relaciones con Casti- lla no evitaron a sus súbditos, sin duda implicados en los combates que tuvieron lugar contra los últimos reductos africanos de las cercanías —por Játiva y Cala- trava, sobre todo— algunas molestias por parte de aquellos poco fiables aliados.
En especial, de los condes de la frontera conquense, que, con el pretexto de ayu- dar a reducir a los vasallos rebeldes del murciano, hacían daño en las tierras más interiores de su principado.
Fue precisamente una de estas acciones la que causó en 1146 el enojo de Za- fadola y su decisión de salir de Játiva con su ejército para exigir a los cristianos una reparación. En la llanura de Chinchilla, junto a Albacete 13, tuvo lugar en fe- brero de 1146 una batalla en la que el mismo Zafadola y alguno de sus más inme- diatos capitanes perderían la vida. Batalla que algunos suponen se desarrolló en el paraje de Los Llanos, muy cerca de donde, andando el tiempo, se alzaría la er- mita de San Pedro de La Matilla.
La desaparición de Zafadola dio paso a un nuevo período de turbulencias en la zona manchega del principado murciano. Al fin, hacia 1147, un lugarte- niente suyo, Muhammad Ibn Mardanís, protegido también por los cristianos, que le denominaron «el rey Lope», o el «rey Lobo», reconstruyó, siquiera par- cialmente, aquel magnífico estado. Durante su gobierno, los castellanos, cuya presencia no resultaba ya infrecuente en los dominios murcianos desde hacía al- gún tiempo, comenzaron a asentarse en algunas localidades todavía sometidas a su aliado. La toma de Calatrava, Baeza y Ubeda, les abriría las puertas de Anda- lucía, pero precisamente por ello es poco probable que los asentamientos cristia- nos llegaran a La Mancha albacetense, menos atractiva para unos guerreros más
12 GONZÁLEZ, Julio, Repoblación de Castilla la Nueva. 2 vols. Madrid, 1975-1976, p. 108.
13 Este combate, conocido como batalla de Chinchilla, de Albacete, de «Alloch», o del «campo de Lug», es mencionado con todo lujo de detalles, más o menos acertados en fechas y circunstancias, por la casi totalidad de los cronistas e historiadores locales y provinciales, incluidos el propio CE- BRIÁN, AMADOR DE LOS RIOS, y SÁNCHEZ TORRES (Apuntes para la Historia de Albace- te. Pub. en forma de folletín en <(El defensor de Albacete», 1898, pp. 24-25). Por más recientes y fiables, nos remitimos, sin embargo, a GONZÁLEZ, Julio, El reino de Castilla en época de Alfon- so VIII. CSIC, Madrid, 1960, p. 882, y a RECUERO ASTRAY, Manuel, Alfonso VII
El imperio hispánico en el siglo XI!. Caja de Ahorros, León, 1979, pp. 172-174.
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ávidos de conseguir botín y parias que tierras para trabajar. Ello explica los fra- casos en los intentos de repoblación cristiana de Uclés y de los campos de Montiel y Calatrava, y el escaso interés en hacer conquistas por esta frontera. La comarca estaba ya muy empobrecida en aquellas fechas, y aún lo estaría más tras el paso de las expediciones sobre Lorca y Andújar (1152-1155), y aun probablemente de otras peor conocidas, que en años sucesivos debieron de atravesarla.
La reacción de los almohades, desde 1165, acentuaría aún más el peligro en la región manchega. Sabiéndose débil, el Lobo se hizo vasallo de Alfonso VIII, le pagó tributos y le entregó en rehenes Alcaraz y Vilches, confiando en que los cas- tellanos las defenderían mejor frente al común enemigo almohade. Fue inútil. En 1172, los africanos acabarían con Ibn Mardanís y ocuparían su reino. Poco antes del definitivo hundimiento de éste, la gran expedición del Califa, tras ocupar Al- caraz, y siguiendo la vieja calzada romana, llegaba a la vista de Chinchilla, consi- derada entonces comienzo de la tierra de nadie que separaba las últimas posesio- nes musulmanas de las dominadas ya por los cristianos. No se indica que la ciu- dad fuera atacada. Tal vez no hubiera necesidad, pues la descomposición del po- der murciano había provocado numerosas rebeliones, y muchas plazas se habían entregado a Ibn Hamusq, amigo de los almohades. En cualquier caso, no conve- nía perder tiempo. Por ello, el Príncipe de los Creyentes mandó hacer provisión de agua en el llano de Albacete y marchó a grandes jornadas, atravesando el Jú- car y matando a las guarniciones de algunos castillos del otro lado, contra la pla- za de Huete, su principal objetivo, y contra los castellanos que sitiaban Cuenca 14.
Chinchilla, según se desprende de estas noticias, estaba quedando ya en pri- mera línea de combate frente a los cristianos. Seguramente para entonces sus mu- rallas habrían sido reforzadas por los almohades, que intentaron desesperada- mente establecer un dispositivo de protección en el Júcar, apoyado en esta ciu- dad, en el castillo de Albacete y en la fuerte línea de reductos y cuevas fortifica- das que defienden el río en su tramo albacetense, desde Alcalá y Garadén a Jor- quera. No serían gratuitas tales precauciones. En 1177 caerá Cuenca ante el ata- que combinado de castellanos y aragoneses. Desde allí, Alfonso II de Aragón pe- netra en tierras murcianas, por Albacete y Chinchilla, en una devastadora corre- ría que llegará hasta Lorca. En 1182 y 1183, los castellanos recorren el cauce del Júcar y atacan Requena y Utiel. Entre 1184 y 1186, con la ocupación de Alarcón e Iniesta, toman fuertes posiciones en la misma orilla del río 15.
La barrera natural del Júcar, reforzada, como hemos visto, por los almo- hades, estabilizará la frontera durante unas décadas. Sin embargo, la batalla de
14 GONZÁLEZ, El reino de Castilla..., pp. 912-914. IBN SAHIB AL SALA, «Campaña de los al- mohades en España». Versión de Martínez Antuña, en Religión y Cultura. El Escorial, 1935, pp.
13-15. INB IDARI, Al-bayan alMugrib. Trad. de A. Huici. Valencia, 1963, p. 443.
15 Hemos intentado sintetizar estos hechos y los anteriormente referidos, con noticias sacadas de los autores citados y de algunos otros, en nuestro libro Conquista y primeros intentos de repoblación del territorio albacetense (De/período islámico a la crisis del siglo XIII). lEA, Albacete, 1986, pp.
27-76. Allí encontrará el lector interesado más amplios comentarios y referencias bibliográficas.
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Las Navas, vino a romper bruscamente el equilibrio. La ocupación de Alcaraz en 1213, seguida inmediatamente de una rápida expansión de este nuevo concejo cristiano, que llegará hasta Las Peñas de San Pedro, Lezuza y Villarrobledo, y la caída de los castillos del Júcar en manos castellanas, fueron otros tantos golpes que quebrantaron seriamente la resistencia islámica en este sector, dejando a Chinchilla y Albacete enfrentados directamente al enemigo, como últimos ba- luartes defensivos de un reino de Murcia que se hundía en luchas internas. Aún tendrán fuerza los murcianos, no obstante, para recuperar algunas posiciones, como Las Peñas, y establecerán una tregua con Castilla que dará un respiro a los moros de Chinchilla. Una Chinchilla ya muy empobrecida por el peligro de los cristianos y por la inseguridad que creaban las partidas de bandoleros y aventure- ros musulmanes rebeldes contra los almohades de Murcia, y enclavada además en comarca que los escritos contemporáneos consideraban inhóspita y peligrosa, utilizada como lugar de prisión y destierro para los adversarios políticos del im- perio almohade. Pero también una ciudad que conservaría sin duda todavía parte de su pasado esplendor y una población, muy militarizada y disminuida, pero no despreciable, capaz aún, en medio de una permanente zozobra, de asegurar la de- fensa de la frontera frente a los cristianos de Alcaraz y Alcalá del Júcar, e incluso de poner en serias dificultades a las posiciones que los castellanos habían conse- guido al norte del río. Alarcón, por ejemplo, con toda su fortaleza, no consiguió normalizar la celebración del mercado que le había concedido Alfonso VIII, ya
que «los omnes de las aldeas quando vienen al mercado a la villa vienen a grant miedo e a grantperiglo», a causa de «los moros que auien a perca», con lo que...
«se yerma la villa e se despuebla». Una situación que habría de mantenerse hasta que las tropas de Fernando III se abrieran paso por la Mancha albacetense y con- quistaran Albacete y Chinchilla.
En 1229, un descendiente del Rey Lobo, Zayyan Ibn Mardanís, se alzó con el poder en Valencia y entró en conflicto con Ibn Hud, que el año anterior se ha- bía apoderado de Murcia, arrebatándole, entre otras plazas, la de Chinchilla. Pe- ro, atacado al tiempo por murcianos y aragoneses, no tardaría en perder su rei- no, cuya capital caería definitivamente en manos de Jaime 1 en 1238. Los caste- llanos, intentando aprovechar el hundimiento islámico en el antiguo Sharq al- Andalus y garantizar los derechos pactados en Cazorla, se apoderaron, en este sector, de Requena y Utiel. El asesinato de Ibn Hud, que llevó a Murcia a un pe- ríodo de tumultos y violencias durante casi dos años, no contribuyó precisamente a despejar el panorama de Chinchilla, confundida por el constante cambio de manos y desconfiada ya de la ayuda que sus correligionarios pudieran prestarle frente a los cristianos, cada vez más próximos y más agresivos.
En abril de 1239, Zayyan fue recibido como rey en Murcia, pero tampoco ello aseguraba la supervivencia de un reino arruinado, sumido en la discordia, combatido al tiempo por Castilla y Aragón, y por el rebelde granadino Ibn al- Ahmar, y en el que algunos pueblos se negaban ya a acatar la autoridad del reye- zuelo. Chinchilla, al parecer, seguía reconociéndole, o así lo creía él, al menos,
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según se desprende de una carta suya datada en 1239. Es lógico, de todas formas, suponer que así fuera, pues la plaza, rodeada ya de dominios castellanos por to- das partes, excepto por el ángulo sureste, dependía exclusiva y completamente de la ayuda murciana para no quedar sola frente al enemigo.
Zayyan pensó en pactar con el reino de Castilla, el más fuerte de sus adversa- rios, ofreciéndole vasallaje y dinero a cambio de la supervivencia de su decadente principado 16 . Ello provocó una nueva revuelta, que entronizó en Murcia a Mu- hammad Baha al-Dawla Ibn Hud. Pero tampoco éste podía hacer gran cosa frente al avance imparable del enemigo, que realizaba constantes correrías por sus fronte- ras. Los aragoneses ocuparon Villena y Sax, los castellanos de Alarcón el castillo de Albacete, que Fernando III les concedió como aldea el 30 de abril de 1241 17. Desde aquí amenazaban ya directamente a Chinchilla, situada a muy corta distan- cia, aunque seguramente no llegarían a atacarla frontalmente, pues la expugnación de sus murallas requería fuerzas muy superiores y, tal vez, un asedio en regla.
Estas fuerzas no tardarían en llegar. Al hacerse cargo el infante don Alfon- so de la guerra fronteriza, envió un nutrido ejército, al mando del comendador mayor de Uclés, Pelayo Pérez Correa, contra la sierra albacetense. En 1242, al pasar hacia Liétor y Yeste, dichas tropas ocuparon Chinchilla y algunos castillos que de ella dependían, seguramente sin necesidad de combatir demasiado, pues no es presumible una gran resistencia frente a tan formidable hueste por parte de una guarnición casi aislada y muy desmoralizada. La conquista fue considerada, sin embargo, importante, y valió a Pelayo Pérez algunas mercedes reales en pre- mio por su hazaña' 8 que proporcionaba a Castilla una posición avanzada sobre el territorio murciano y eliminaba un obstáculo no despreciable. Es muy proba- ble que por entonces cayera también en poder de los cristianos el castillo de Las Peñas de San Pedro, que los murcianos habían logrado recuperar unos años atrás, y que tal vez ahora se encontraría casi despoblado. En Chinchilla, Pelayo Pérez se limitó a poner una guarnición antes de seguir su camino hacia el sur, donde pronto rendiría Letur, Férez, Socovos, Yeste y Taibilla, con multitud de aldeas y pequeñas fortalezas desperdigadas por aquella comarca montañosa.
Ibid., pp. 116-121 y 128-130. MOLINA LÓPEZ, E., «El gobierno de Zayyan B. Mardanís en Mur- cia (1239-1241). Miscelánea Medieval Murciana, VII, Univ. de Murcia, 1981, pp. 159-182.
17 Publica el documento TORRES FONTES, Juan, Colección de documentos para la Historia del reino de Murcia (CODOM), III, Doc. 1, pp. 1-2. Ver también GONZÁLEZ, Julio, Reinado y di- plomas de Fernando III. Córdoba, 1980, pp. 340 y 352.
II Concesión de la villa de Galera al maestre Pelayo Pérez «.. .pro multo etfauoribus serui cío quod mi- chifecisti in adquisitione Chinchellam et aliorum castellorum ihius», en Toledo, el 15 de febrero de
1243. La publica TORRES FONTES, CODOM, III, Doc. 2, pp. 2-3. Figuran entre los testigos pre- sentes en el momento de la donación, entre otros caballeros, Pedro Núñez de Guzmán, Pedro de Guz- mán y Pedro Guillén de Guzmán, a quienes sería concedida la tenencia de Chinchilla. Ignoramos cuá- les serían los castillos dependientes de Chinchilla que cayeron al mismo tiempo en manos de los caste- llanos. Excluyendo Albacete, que ya había sido ocupado y concedido a Alarcón, cabe pensar en Alpe- ra, Pechín, Higueruela, El Villar de La Graja, la atalayuela de Pozancos o la que luego se llamaría de San Jorge, y en algunos otros lugares fuertes del futuro término, así como en las torres y atalayas cer- canas al núcleo capital, colocadas en los cerros a una distancia de una o dos leguas una de otra, y pro- vistas de sus correspondientes casas fuertes para refugio de los que las guardaban. De su existencia se hace eco ya en el siglo XVI el arcipreste Martín de Cantos, quien comunica al tiempo la existencia en los mencionados enclaves de rastros de poblaciones que pudieron alcanzar cierta entidad demográfica en tiempos islámicos muy anteriores a la conquista (Ver ROA, Historia de Chinchilla, pp. 66-67).
LA LUCHA POR EL POBLAMIENTO EN EL SIGLO XIII.
REPOBLACIONES DE ALFONSO X Y DEL INFANTE DON MANUEL
La frontera septentrional de Murcia, privada de su principal baluarte, el de Chinchilla, amenazaba con derrumbarse rápidamente. En febrero de 1243, Baha al-Dawla Ibn Hud ofreció su vasallaje a Castilla, a cambio de su protección, y se comprometió a entregar las principales fortalezas de su reino. Entre ellas se men- ciona todavía a Chinchilla, enclave que, de hecho, ya no pertenecía al principado murciano, pues le había sido arrebatado el año anterior junto con algunos casti- llos de su entorno. El Infante don Alfonso, sorprendido por el ofrecimiento, le dio largas a fin de que Pelayo Pérez, desde esta plaza, probablemente convertida ya en base logística sobre la frontera murciana, tuviese tiempo para ocupar la mayor extensión de territorio que le fuera posible 19 . Así, cuando en abril se firma en Alcaraz el tratado que garantiza a Murcia el protectorado de Castilla, sus cláusulas ya no serán de aplicación para la mayor parte de las tierras manchegas del viejo principado hudí, que tendrán la consideración de conquistadas, no de rendidas por el mencionado acuerdo, y quedarán sometidas, por tanto, no a las condiciones del protectorado, sino a la administración directa de Castilla.
Como único enclave bien fortificado en muchas leguas a la redonda, Chin- chilla se convertirá, bajo sus nuevos dueños, en cabeza de un vasto territorio, que en su mayor parte ya le pertenecería seguramente desde ¡os tiempos islámicos, y que nadie se tomó la molestia de delimitar con precisión. No sabemos si la pobla- ción musulmana, sin duda ya muy debilitada por los años de guerra y emigra- ción, fue expulsada de la ciudad, aunque hay que considerarlo verosímil, dada su condición predominantemente militar. Es posible que algunos moros se refugia- ran en las alquerías del llano circundante, aunque tampoco esto parece probable teniendo en cuenta la inseguridad del momento y la falta de protección que exis- tía. La mayoría emigraría, sin duda, a tierras murcianas o andaluzas.
19 TORRES FONTES, Juan, El reino musulmán de Murcia en el siglo XIII. Murcia, 1952, pp. 18 y sigs. Del mismo autor, CODOM, III, «Incorporación del reino de Murcia a la Corona de Castilla», pp. XXVII-XXVIII. BALLESTEROS BERETTA, Antonio, <(La reconquista de Murcia y el infante don Alfonso de Castilla», Murgetana, 1, p. 15. Ver también, a modo de síntesis comar- cal, nuestro estudio, ya citado, Conquista y primeros intentos de repoblación..., pp. 130 y sigs.