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PDF La Fragua de los tiempos, enero 31 del 2010 # 851

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La Fragua de los Tiempos 31 de enero de 2010 # 851

Pascual Orozco. Parte XI

Jesús Vargas Valdés

Pascual Orozco dejó sus recuas de mulas en 1910, cuando tenía 28 años y se fue a la revolución. La inconformidad social contra el gobierno del dictador Porfirio Díaz, las proclamas del Partido Liberal Mexicano y los ideales de justicia que le había inculcado su madre lo llevaron a tomar ese camino, junto con su suegro Albino Frías, junto con algunos familiares cercanos y varios amigos de la infancia con los que había jugado y asistido a la escuela primaria.

Seguramente en aquellos días el joven Orozco imaginó que iba a morir en combate, atravesado por una bala enemiga, pero nunca pasó por su cabeza que lo iban a asesinar los rangers por órdenes del Gobierno norteamericano, acusándolo sin ningún pudor de ser un ladrón de caballos.

Nunca se imaginó Pascual Orozco que a la vuelta de unos meses se iba a convertir en un héroe admirado y respetado en todo México, pero tampoco se imaginó lo que iba a significar su vida en medio de los políticos ambiciosos, hipócritas, arribistas, marrulleros y lambiscones que rodearon y asfixiaron al presidente Madero. Por eso, un año después de que se había levantado en su pueblo, lo que más deseaba era regresar a sus recuas, a sus labores agrícolas, con sus hijos, con su querida madre y sus hermanos. Nada de eso le fue dado, ya estaba metido en el torbellino de una revolución sin cabeza y sin destino. Se tuvo que quedar para ponerse al frente de sus antiguos compañeros y ya nunca más pudo zafarse.

Durante los cinco años siguientes no logró definir una posición firme, de continuidad.

Desde marzo de 1913 en que reconoció al gobierno espurio de Huerta se quedó amarrado al destino fatal. Y no fue porque tuviera muchas afinidades con éste, sino porque se quedó aislado de todas las demás expresiones revolucionarias. A finales de 1913 y principios del catorce cargó con la humillación de los federales que en Ojinaga fueron destrozados por las tropas al mando de Francisco Villa. Después de eso anduvo a salto de mata hasta que fue a caer en la “ratonera” en Estados Unidos, donde supuestamente tenía amigos que lo protegían.

Pero esto lo dejaré para después. Ahora, volviendo al inicio de la revolución, debo señalar que en noviembre de 1910 los Orozco vivían en San Isidro y de ahí eran casi todos los alzados que el día 19 tomaron la decisión y después de los primeros combates lo reconocieron como jefe. La mitad de los que se levantaron en San Isidro murieron semanas después en Cerro Prieto.

En cinco años la antigua labor colonial se convirtió en un pueblo de rostros tristes, de mujeres viudas y solamente la restitución de las tierras del ejido, en 1921, mitigó algo del dolor colectivo. Nunca más volvió a ser el pueblo de San Isidro lo que era. La estación del ferrocarril perdió el bullicio, el camposanto creció enormidades y las tortillas ya no sabían a maíz, sabían a lágrimas.

La historia del pueblo de San Isidro no es como la de otros pueblos coloniales que nacieron con una caracterización definida como presidio, real de minas o misión jesuita.

En los primeros cien años de colonización, San Isidro dependió de la misión jesuita fundada en Nuestra Señora de la Limpia Concepción (ciudad Guerrero). Desde allá acudían a la labor de San Isidro los indígenas rarámuris a sembrar las tierras. Pero después, al iniciarse el siglo XVIII (1700-1740) empezaron a asentarse labradores mestizos.

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En el viejo Archivo Consultivo Agrario localicé un expediente de 120 fojas donde aparecen algunos datos sobre la historia de San Isidro. Entre los documentos más importantes se incluye el remate de las tierras de Santa Inés que firmó Manuel de Güemes, superintendente general de ventas, medidas y composiciones de tierras, a favor de Diego Márquez, el 23 de diciembre de 1746.

En dicho documento aparecen referencias sobre la situación de otras posesiones que limitaban con el Valle de Basúchil y con la misión de Nuestra Señora de la Concepción (Guerrero).

Se menciona que el señor Juan Orozco Villaseñor, justicia mayor de Basúchil, intervino en la medición de los linderos de Santa Inés, para lo cual citó a los naturales y gente de razón de Santo Tomás y Papigochi, quienes se habían inconformado “sin ninguna razón”, según dedujeron los representantes del Gobierno virreinal. Para que no quedara duda de que se había obrado con toda legalidad, se nombró defensor de los naturales a un tal José de Chávez, pero como no asistieron a la diligencia, el proceso de remate de los tres sitios de ganado mayor de Santa Inés siguió su procedimiento, fijándose una puja de dieciocho pesos. Nadie ofreció más y finalmente se adjudicaron las tierras al único postor, señor Diego Márquez, a quien se le mercedó (entregó) otro sitio de ganado mayor como pago por los servicios que le había prestado a la Corona.

Lo que más interesa, por ahora, de este expediente, es la referencia a San Isidro como parte de las tierras de labor de la misión de Papigochi. También resulta de mucho interés señalar que, a diferencia de otras misiones, aquí en esta labor sí se permitió el asentamiento de los mestizos a pesar de que estaba prohibido por las reales ordenanzas.

Veinte años después de que Güemes le adjudicó a Márquez los cuatro sitios de ganado mayor en Santa Inés, en 1765 tuvo lugar la expulsión de los misioneros de la Compañía de Jesús. Esta acción afectó radicalmente el estatuto de la propiedad y la organización del trabajo en todas las misiones que estaban bajo el control de la orden religiosa.

Las misiones pasaron al régimen de temporalidades por medio del cual se procedió a la venta de las tierras y de todos los utensilios de trabajo que habían quedado a la deriva. En algunas misiones no se realizó la venta de las tierras y eso dio lugar a la invasión de las mismas por parte de colonos mestizos.

No tengo el dato sobre los mestizos que se encontraban en San Isidro antes de la expulsión de los jesuitas, pero se puede sugerir que no cambió mucho la población y desde entonces todos los colonos se organizaron para sembrar las tierras en forma colectiva porque no tenían posesión legal.

Después de la Independencia los vecinos intentaron adquirir las tierras de la labor, pero en cada ocasión fueron rechazados. El doctor Víctor Orozco presenta en su libro Tierra de libres, algunos datos sobre estas gestiones. Escribió que en 1856 hicieron el trámite, acogiéndose a la ley de desamortización de bienes eclesiásticos, pero la solicitud fue denegada con el argumento de que la finca no pertenecía a la Iglesia, que había pasado al régimen de temporalidades después de la salida de los jesuitas, convirtiéndose después de la Independencia en propiedad de la nación.

Más adelante, según datos de Orozco, los vecinos de San Isidro participaron decididamente en defensa de la república durante la guerra de Reforma y eso les valió para que se les tomara en cuenta; fue así como lograron la titularidad y para ello se consideraron las mediciones que había realizado desde 1744 don Manuel de Güemes. Finalmente se les reconocieron dos mil trescientas hectáreas, culminando de esta manera una larga lucha legal que se había iniciado cien años antes.

No disfrutaron mucho tiempo de la posesión legal de sus tierras. A pesar de que habían luchado tantos años por lograrlas. La dictadura porfirista engendró caciques en todo el país, personajes ambiciosos que se erigieron en autoridad de sus pueblos, representando y

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defendiendo los intereses de la Dictadura, a cambio de canonjías e influencias que les otorgaban los funcionarios de los gobiernos de los estados.

Durante la dictadura porfirista adquirió mucha influencia económica y política en todo el distrito de Guerrero el señor Joaquín Chávez, quien tenía su domicilio en el pueblo de San Isidro y desde ahí se había extendido a otros poblados, como fue el caso de Tomochi.

En un plano de los terrenos de San Isidro firmado por Rafael Jaurrieta el 29 de mayo de 1890, aparece un lote de 585 hectáreas adjudicadas a Joaquín Chávez y un tal C. Creel. La realidad es que se trata de Enrique Creel, quien intervino ante el Gobierno del estado en favor de Chávez para que se le adjudicara indebidamente esa propiedad.

El mismo Chávez, apoyado por Creel y por el Gobierno del estado se apoderó de otros terrenos de San Isidro en los años siguientes. Por eso los afectados no dudaron en apoyar a los antirreeleccionistas en julio de 1910, y por eso se levantaron en armas el 19 de noviembre de ese año, tomando primero la casa del cacique de Miñaca, regresándose al día siguiente a San Isidro donde se apoderaron sin problema de la casa de Joaquín Chávez.

La chispa que incendió la pradera

Últimamente se ha insistido en la versión de que la revolución maderista la inició Toribio Ortega el 14 de noviembre en Cuchillo Parado. Esto se ha oficializado por medio de un decreto expedido por el Congreso del estado y creo que desde hace algunos años los diputados y el gobernador del estado se trasladan a este lugar cada 14 de noviembre.

En lo personal no he sido afecto a buscar en la historia este tipo de precisiones, menos aún cuando no hay fundamento. Estoy seguro de que no hay manera de precisar el lugar de todo el país donde se inició la revolución maderista. Estoy seguro de que no existe ningún documento por medio del cual se pueda comprobar que la empezó Toribio Ortega el 14 de noviembre en Cuchillo Parado. También puedo afirmar que durante todo el mes de diciembre no hubo ninguna acción militar donde participaran los de Cuchillo Parado.

De lo que si estoy seguro es de que en San Isidro, Guerrero, surgió el grupo revolucionario que se levantó en armas el 19 de noviembre y de ahí en adelante se convirtió en el núcleo aglutinador en torno al cual se organizaron todos los grupos armados que emergieron en el distrito de Guerrero.

Después del 19 y 20 de noviembre, Pascual Orozco se convirtió de manera natural en el líder militar de la revolución maderista y así lo reconocieron todos los demás revolucionarios del estado y de todo el país, incluso Francisco I. Madero, quien después del 20 de noviembre se había quedado pasmado en territorio de los Estados Unidos, internándose a Chihuahua hasta el 14 de febrero de 1911, cuando los revolucionarios de Chihuahua habían obtenido una serie de triunfos imponentes contra los porfiristas, demostrando que era un mito el poderío de que habían hecho fama durante todo el tiempo de la Dictadura.

Puedo afirmar que los revolucionarios de San Isidro con el apoyo de los demás grupos del distrito de Guerrero, fueron los que salvaron la revolución convocada por Francisco I Madero el 20 de noviembre de 1910. Sólo para mencionar algunos de los grupos que se sumaron al núcleo de San Isidro dirigido por Orozco, van algunos nombres de estos pueblos: Bachíniva, Santo Tomás, Temósachic, Namiquipa, Pachera, Batopilas, Moris, Uruáchic.

Gracias a los triunfos que ellos obtuvieron en el noroeste del estado de Chihuahua, los revolucionarios de otras partes del país se decidieron a tomar las armas, de tal manera que en mayo de 1911 el dictador Porfirio Díaz no tenía ejército para contener todos los movimientos que habían brotado desde el norte hasta el sur.

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No tengo ningún interés en desbaratar el mito que se ha tejido en torno a Cuchillo Parado. Que los diputados y el gobernador sigan celebrando el 14 de noviembre aunque no haya ningún sustento. Pero sí tengo mucho interés, porque es de justicia histórica, poner en su lugar al pueblo de San Isidro, porque fue el núcleo y porque algunos de los sobrevivientes del grupo original llegaron hasta el final en la toma de ciudad Juárez.

¿Cómo se inició el levantamiento revolucionario de los vecinos de San Isidro?

La señora Serafina Orozco, hermana de Pascual, dejó un testimonio de lo que ella y sus hermanas Tránsito y Sara vieron y escucharon cuando eran adolescentes:

La noche del 19-20 de noviembre de 1910, fue muy fría. Yo tenía 15 años de edad. Teníamos nuestro hogar en la comunidad agrícola de San Isidro. Especialmente espacioso era el cuarto construido junto a la casa que servía como escuela del pueblo.

Esa noche, oímos voces que venían de dicho salón. Oír lo que se hablaba era fácil para Sara, Tránsito y para mí, pues estábamos acomodados sobre algunos troncos o leños amontonados unos sobre otros, lo que nos permitía escuchar y asomarnos.

Allí estaba Agustín Estrada, quien después llegaría a ser un famoso general.

Estaba también Francisco Salido, de la parte baja de la sierra, quien pronto sufrió una muerte violenta. Mi padre Pascual Orozco y Pascual Orozco Vázquez, su hijo, se encontraban entre los presentes. Éstos, después de una deliberación, eligieron a mi hermano como su líder. Mi padre empezó a hablar, y hasta ese momento fue que conocimos los propósitos de la reunión.

Dijo mi padre que estaban conspirando para lanzarse a una aventura de la que tal vez no volverían; que sus propósitos eran los de acabar con la tiranía de Porfirio Díaz y sus “60 mil bayonetas” o morir en tal empeño, que esas eran las alternativas: una cosa o la otra... Nos sentíamos orgullosas de nuestro padre y de Pascualito, pero estábamos conscientes del eminente peligro con el que se encontraban.

Principiamos a llorar silenciosamente. La reunión se disolvió y nosotras seguíamos llorando... Como resultado de sus acuerdos, los reunidos en la escuela, a las pocas horas atacaron el caserío de Miñaca. Después regresaron a San Isidro, para tomar el completo control de la población: Al día siguiente ellos estaban sitiando ciudad Guerrero, cabecera de nuestro distrito: La Revolución Mexicana había comenzado.

Mi hermano Pascual era muy conocido como conductor de recuas cargadas con metales preciosos, especialmente plata, que sacaba a lomo de mula; no se parecía a mi padre, que era conversador, pero mi hermano era apreciado por su eficiencia, honradez escrupulosa, sinceridad y capacidad para organizar y dirigir como buen administrador, sus trabajos.

Su talla rebasaba los seis pies de altura. Era delgado pero fuerte, de bigote espeso y ágil complexión, cabello rojizo café y penetrantes ojos verdes.

Referencias

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