La Fragua de los tiempos. Septiembre 24, 2006.
No. 703
Un presidente “ocurrente”
Inmediatamente después de la convención nacional del pasado domingo 16 de septiembre, los enemigos del movimiento de resistencia civil enfilaron sus ataques para burlarse del acuerdo principal que cientos de miles de ciudadanos votaron en esta convención; así conocimos muy pronto la opinión del obispo de Guadalajara Juan Sandoval Iñiguez, quien se burló declarando a la prensa que él iba a nombrar presidente a su jardinero. Siguiéndole la corriente, el escritor Germán Dehesa dijo que entonces ya teníamos un jardinero presidente, y los dirigentes del PAN han sostenido que sólo se trata de otra “ocurrencia” de López Obrador.
A ellos y a quienes se han expresado de esa manera, se les olvida que esta decisión la tomaron cientos de miles de ciudadanos; por esa razón, con los comentarios del obispo, de Germán Dehesa y de los dirigentes del PAN se ofende a todos los que concurrieron y votaron libremente en la convención del día 16 de septiembre.
A final de cuentas, la burla del obispo y del escritor no merecen más comentario, pero a la posición de los dirigentes del PAN sí le vamos a dedicar unas líneas, esto con el único fin de demostrar que una vez más se equivocan y se exhiben como lo que son: unos ignorantes de la historia de este país. Para demostrarlo, vamos a empezar por transcribir el siguiente texto en el cual se justifica con claridad el conflicto postelectoral y el nombramiento del presidente del movimiento de la resistencia civil.
Los pueblos, en su esfuerzo constante porque triunfen los ideales de libertad y justicia, se ven precisados en determinados momentos históricos a realizar los mayores sacrificios.
Nuestra querida patria ha llegado a uno de esos momentos; una tiranía que los mexicanos no estábamos acostumbrados a sufrir, desde que conquistamos nuestra independencia, nos oprime de tal manera, que ha llegado a hacerse intolerable. En cambio de esta tiranía se nos ofrece la paz; pero es una paz vergonzosa para el pueblo mexicano, porque no tiene por base el derecho, sino la fuerza; porque no tiene por objeto el engrandecimiento y prosperidad de la patria, sino enriquecer a un pequeño grupo que abusando de su influencia, ha convertido los puestos públicos en fuente de beneficios exclusivamente personales, explotando sin escrúpulos las concesiones y contratos lucrativos.
Tanto el Poder Legislativo como el Judicial, están completamente supeditados al Ejecutivo; la división de los Poderes, la soberanía de los estados, la libertad de los ayuntamientos y los derechos del ciudadano, sólo existen escritos en nuestra Carta Magna. La justicia, en vez de impartir su protección al débil, sólo sirve para legalizar los despojos que comete el fuerte; los jueces, en vez de ser los representantes de la Justicia, son agentes del Ejecutivo, cuyos intereses sirven fielmente.
De eso resulta que todo el engranaje administrativo, judicial y legislativo, obedecen a una sola voluntad.
En México, como república democrática, el poder público no puede tener otro origen ni otra base que la voluntad nacional y ésta no puede ser supeditada a fórmulas llevadas a cabo de un modo fraudulento.
Por este motivo el pueblo mexicano ha protestado contra la ilegalidad de las últimas elecciones; y queriendo emplear sucesivamente todos los recursos que ofrecen las leyes de la república, en la debida forma, pidió la nulidad de las elecciones.
En tal estado las cosas, el pueblo, que es el único soberano, también protestó de un modo enérgico contra las elecciones en imponentes manifestaciones llevadas a cabo en diversos puntos de la república (...)
Yo he comprendido muy bien que si el pueblo me ha designado como su candidato para la presidencia, no es porque haya tenido la oportunidad de descubrir en mí las dotes del estadista o del gobernante, sino la virilidad del patriota resuelto a sacrificarse, si es preciso, con tal de conquistar la libertad y ayudar al pueblo a librarse (...)
Desde que me lancé a la lucha democrática sabía muy bien que el presidente no acataría la voluntad de la nación, y el noble pueblo mexicano, al seguirme a los comicios, sabía también perfectamente el ultraje que le esperaba; pero a pesar de ello, el pueblo dio para la causa de la libertad un numeroso contingente de mártires cuando éstos eran necesarios, y con admirable estoicismo concurrió a las casillas (...)
(...) La actitud del pueblo antes y durante las elecciones, así como después de ellas, demuestra claramente que rechaza con energía al gobierno del presidente, y que si hubieran respetado esos derechos electorales, hubiese sido yo electo para la presidencia de la república.
En tal virtud, y haciéndome eco de la voluntad nacional, declaro ilegales las pasadas elecciones; y quedando por tal motivo la república sin gobernantes legítimos, asumo provisionalmente la presidencia de la república mientras el pueblo designa conforme a la ley, sus gobernantes. Para lograr este objeto es preciso arrojar del poder a los audaces usurpadores que por todo título de legalidad ostentan un fraude escandaloso e inmoral.
Con toda honradez declaro que consideraría una debilidad de mi parte y una traición al pueblo que en mí ha depositado su confianza, no ponerme al frente de mis conciudadanos, quienes ansiosamente me llaman de todas partes del país (...)
Estas son las palabras escritas hace casi cien años por un ciudadano mexicano que se había presentado en julio de 1910 como candidato en un proceso electoral para elegir al presidente de la república. Dicho candidato estaba seguro de que había triunfado en las elecciones y estaba convencido de que no se había respetado la voluntad de los ciudadanos. En base a ello y a los acuerdos que se habían tomado meses antes en una convención nacional, tuvo la “ocurrencia”
de declararse presidente de la república desconociendo al espurio y usurpador Porfirio Díaz.
Esa fue la “ocurrencia” de Francisco I. Madero, declararse presidente de la república después del fraude electoral de julio de 1910, y su decisión la dio a conocer a todo el pueblo de México a través de uno de los documentos fundamentales de la revolución mexicana, o sea el Plan de San Luís.
A continuación se transcriben los puntos principales de este plan, que se firmó en San Antonio, Texas, el 5 de octubre de 1910; consta de quince artículos de los cuales cuatro aparecen como transitorios. Por limitaciones de espacio sólo vamos presentar el texto de cuatro de estos artículos y la arenga final, que consideramos tiene muchas analogías con el actual movimiento pacífico de resistencia civil encabezado por Andrés Manuel López Obrador.
El Plan de San Luís de Francisco I. Madero
Primero. Se declaran nulas las elecciones para presidente y vicepresidente de la república, magistrados a la Suprema Corte de la Nación y diputados y senadores, celebradas en junio y julio del corriente año.
Segundo. Se desconoce el actual gobierno del general Díaz, así como a todas las autoridades cuyo poder debe dimanar del voto popular, porque además de no haber sido electas por el
pueblo, han perdido los pocos títulos que podían tener de legalidad, cometiendo y apoyando con los elementos que el pueblo puso a su disposición para la defensa de sus intereses, el fraude electoral más escandaloso que registra la historia de México.
Quinto. Asumo el carácter de presidente provisional de los Estados Unidos Mexicanos, con las facultades necesarias para hacer la guerra al gobierno usurpador del general Díaz. Tan pronto como la capital de la república y más de la mitad de los estados de la federación estén en poder de las fuerzas del pueblo, el presidente provisional convocará a elecciones generales extraordinarias para un mes después, y entregará el poder al presidente que resulte electo, tan luego como sea conocido el resultado de la elección.
Séptimo. El día 20 de noviembre, desde las seis de la tarde en adelante, todos los ciudadanos de la república tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente gobiernan. Los pueblos que estén retirados de las vías de comunicación, lo harán desde la víspera.
Conciudadanos:
Si os convoco para que toméis las armas y derroquéis al gobierno del general Díaz, no es solamente por el atentado que cometió durante las últimas elecciones, sino para salvar a la patria del porvenir sombrío que le espera continuando bajo su dictadura y bajo el gobierno de la nefanda oligarquía científica, que sin escrúpulo y a gran prisa están absorbiendo y dilapidando los recursos nacionales, y si permitimos que continúe en el poder, en un plazo muy breve habrán completado su obra; habrá llevado al pueblo a la ignominia y lo habrá envilecido;
le habrán chupado todas sus riquezas y dejado en la más absoluta miseria; habrán causado la bancarrota de nuestra patria, que débil, empobrecida y maniatada, se encontrará inerme para defender sus fronteras, su honor y sus instituciones.
Por lo que a mí respecta, tengo la conciencia tranquila y nadie podrá acusarme de promover la revolución por miras personales, pues está en la conciencia nacional que hice todo lo posible para llegar a un arreglo pacífico y estuve dispuesto hasta a renunciar mi candidatura siempre que el general Díaz hubiese permitido a la nación designar aunque fuese al vicepresidente de la república; pero dominado por incomprensible orgullo y por inaudita soberbia, desoyó la voz de la patria y prefirió precipitarla en una revolución antes de ceder un ápice, antes de devolver al pueblo un átomo de sus derechos, antes de cumplir aunque fuese en las postrimerías de su vida, parte de las promesas que hizo en La Noria y Tuxtepec.
Él mismo justificó la presente revolución cuando dijo: “Que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el ejercicio del poder y ésta será la última revolución”.
Si en el ánimo del general Díaz hubiesen pesado más los intereses de la patria que los sórdidos intereses de él y de sus consejeros, hubiera evitado esa revolución, haciendo algunas concesiones al pueblo; pero ya que no lo hizo... ¡tanto mejor!, el cambio será más rápido y más radical, pues el pueblo mexicano, en vez de lamentarse como un cobarde, aceptará como un valiente el reto, y ya que el general Díaz pretende apoyarse en la fuerza para imponerle un yugo ignominioso, el pueblo recurrirá a esa fuerza para sacudir ese yugo, para arrojar a ese hombre funesto del poder y para reconquistar su libertad.
El Plan de San Luís se empezó a distribuir clandestinamente durante la segunda quincena del mes de octubre. En ninguno de los periódicos importantes de la época quedó registrado algún comentario sobre las “ocurrencias” de Madero.
Porfirio Díaz se encontraba ausente del gobierno en esos días, pero además, desde algunas semanas antes de las elecciones el dictador había delegado buena parte de sus
responsabilidades en el secretario de relaciones exteriores, y por eso nuevamente le tocaba al señor Enrique Creel hacerse cargo de la situación.
El señor Creel tenía ya alguna experiencia en el combate contra los “sediciosos”, pues siendo gobernador de Chihuahua (1906) había desbaratado los preparativos de la insurrección magonista de ciudad Juárez. Ni él ni Porfirio Díaz creían que alguien pudiera hacerle caso a Francisco I. Madero, a quien conocían perfectamente y subestimaban, pero además los informes confidenciales del ejercito y la policía no les indicaban que hubiera ningún peligro.
Reconocían que había inconformidades aisladas, pero de eso a que la gente se levantara en armas el 20 de noviembre a las seis de la tarde había una gran distancia.
Días antes de la fecha señalada, en la ciudad de Puebla la policía había descubierto que en el domicilio de la familia Serdán se encontraba un depósito importante de armas y municiones.
Así, el 18 de noviembre los militares acudieron a catear la casa y a detener a sus ocupantes;
estos les hicieron frente, murieron varios soldados pero también algunos revolucionarios, entre ellos los hermanos Máximo, Carmen y Aquiles Serdán. Fue este el indicio más serio de que algo se preparaba, en ninguna otra entidad sucedió algo parecido.
En el estado de Chihuahua los integrantes de los clubes antirreeleccionistas habían tomado muy en serio el plan maderista y la convocatoria revolucionaria para el 20 de noviembre.
Cuando menos en veinte ciudades o pueblos los integrantes de estos clubes se estaban preparando para levantarse en armas, pero tan poco caso se le había prestado al “ocurrente” de Madero, que en Cuchillo Parado tuvo lugar un incidente curioso para la historia.
En este pueblo el jefe de la insurrección era el señor Toribio Ortega, quien había organizado a un contingente de más de cincuenta revolucionarios listos para levantarse el día 20 de noviembre; seis días antes, el catorce de noviembre, Ortega recibió comunicación de que ya los habían delatado y que los militares se estaban preparando para atacarlos. Rápidamente reunió a sus compañeros y todos juntos tomaron la decisión de abandonar el pueblo, refugiándose en el monte.
Todo indica que nadie los había delatado y, en todo caso, el ejército porfirista ni siquiera hizo el intento de perseguirlos. De eso quedó constancia en los comunicados del jefe político del distrito. Ni los militares ni los rurales porfiristas estuvieron alertas en esos días, por eso los revolucionarios tuvieron oportunidad de organizarse sin contratiempos en San Isidro, en Parral, en Santo Tomás, Bachíniva, Temósachic, Pachera, Batopilas, Chihuahua, ciudad Juárez, Camargo, etcétera.
Para concluir con este artículo de “ocurrencias”, sólo nos resta recordar que el 20 de noviembre de cada año las autoridades de toda la nación, entre ellos los panistas, desde el presidente de la república hasta el presidente del municipio más refundido en algún punto de la sierra o del desierto recuerdan y celebran las “ocurrencias” de este individuo que se llamaba Francisco I. Madero, identificado también como “el apóstol de la democracia”, quien era tan pero tan “ocurrente” que no sólo se declaró presidente, sino que además convocó a todos los mexicanos a levantarse en armas el día 20 de noviembre de 1910 a las seis de la tarde, y cinco meses después de esta fecha el presidente Díaz se encontraba firmando su renuncia y preparándose para salir del país.
Los fierros en la lumbre
El gobierno mexicano, en representación de los intereses de la nación, otorga concesiones a particulares y estos adquieren obligaciones que deben cumplir, y si no lo hacen el gobierno tiene la facultad de retirarles la concesión, al menos así está en la ley; pero es el caso que desde
hace muchos años, los concesionarios de los medios de información han impuesto su propia política de acuerdo a la cual cada estación de radio, cada periódico, cada canal de televisión informa lo que le conviene, lo que va de acuerdo con sus intereses privados, y prácticamente el ciudadano, el pueblo no cuenta. Los mexicanos estamos saturados de información, pero de todo lo que vemos, escuchamos y leemos casi todo es información chatarra, es decir información que no ayuda y que al contrario hace mucho daño.
En días pasados hemos sido testigos de cómo se omitió en casi todos los medios la información de la celebración del grito de independencia en el Zócalo de la ciudad de México y esta ausencia de información fue más notoria en Televisa-Azteca, que son los únicos canales nacionales que llegan a provincia. Por la relevancia de este acontecimiento y por el compromiso de informarle al pueblo, los canales de televisión estaban obligados y no lo hicieron.
Con inaudita prepotencia y al margen de la ley, los jerarcas de estos canales de la televisión omitieron en sus noticieros y en sus programas especiales los pormenores del grito de independencia en el Zócalo, y no es el caso de entrar en consideraciones y argumentos, que hay muchos, sólo queremos recordar que hace algunos años los mismos comentaristas que se presentaban en la televisión para hablar del movimiento del 68 y de los acontecimientos del 2 de octubre se referían a “la mordaza” que se impuso en aquellos días, a “la prensa vendida”, refiriéndose a ello como algo que había quedado definitivamente en el pasado y que no volvería a suceder.
Ahora, desde que se consumó el fraude, los canales de la televisión se cerraron a la información del movimiento de resistencia civil y nos encontramos exactamente igual que en el año 1968. La complicidad entre gobierno y medios de comunicación ha sido una verdadera desgracia, un lastre para la buena educación, para el progreso intelectual y cultural de los ciudadanos de este país; estamos convencidos de que no contaremos con una televisión digna y un sistema educativo digno hasta que no se lleve a cabo la refundación de la vida republicana, hasta que no se establezca un gobierno en el que se atiendan los intereses de la mayoría y no los de una oligarquía retrograda que no cree ni en la patria ni en la historia.