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El mundo es su afuera.

En el fondo, el problema que del materialismo...

M. Blanchot

subyace a este intercambio es el

Fragmento de una carta de J.-L. Houdebine a J. Derrida

En otros términos, ¿qué significa el platonismo como repeti­ ción?

J. Derrida

Se trata de una duahdad más profiinda, más secreta, sepultada en los cuerpos sensibles y a su vez materiales: dualidad subterrá­ nea entre lo que recibe la acción de la idea y lo que se sustrae a esta acción.

G. Deleuze

DOUBLURES*

Que esto no sea exactamente una comunicación, es en verdad decir tam­ bién que el conjunto de los requisitos que gobiernan la cifra de su suscrip­ ción no me parecen muy seguros para dar su parte a este juego (paidia) que, como debió admitir Platón, estaba inevitablemente presente en todo escrito filosófico. Para exceder la lógica vigilada del querer-decir, la parte del juego platónico - o del juego del otro en el ser— será ontològicamente descartada por el autor del libro Gamma de la Metafísica en la decisión de una determi­ nación identitaria constitutiva de la unidad del sentido, y del con-senso que

* Como se dice en la n. 36, la palabra está tomada del autor que se expresa en di­ cha nota, poco explícita en cuanto al vocablo y más bien alusiva. Otro tanto se puede decir del contexto del artículo, en alguno de cuyos momentos podría encontrarse cierto deslizamiento metonimico (¿sinonímico?) hacia “reflejo”, “imagen”, “doble”. Doublure es, según el Petit Robert: 1° Tela, y por extensión, cualquier materia que sirva para llenar la superficie interior de algo; 2“ Actor, actriz que reemplaza, en caso de necesi­ dad, a aquel o aquella que debía actuar. La primera de las acepciones corresponde al castellano “forro”; la segunda, a “doble”. Ambos términos presentan el inconveniente de tener otros sentidos de mucho mayor peso semántico, por lo que dejamos la palabra en francés. [T.]

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lo funda como contrapartida. Sin estar del todo en condiciones de evaluar la fuerza de generalidad de esta reflexión, me parece que la función-autor sur­ ge enteramente montada de esa escena originaria de la Metafísica, donde Aristóteles reduce al silencio la dramatización polifónica de las réplicas so­ cráticas en nombre del sentido nuevo del filósofo, y de una filosofía sistemá­ tica que Platón se había negado obstinadamente a producir.

Según la afirmación de la Carta VII:

...hay al menos una cosa que puedo afirmar fuertemente con respecto a todos aquellos que escribieron o escribirán, y que se declaran todos competentes en lo que forma el objeto de mis preocupaciones, sea que hayan oído hablar de él por mí o por otros, sea que pretendan haberlo descubierto ellos mismos; estas personas, al menos es mi opinión, no pueden comprender nada en la materia. Sobre esto

\peri autón], en todo caso, al menos en el mío, no hay ningún trabajo escrito, e in­

cluso no lo habrá nunca [...]. Pero, si yo creyera que la cosa debía ser puesta por escrito de una manera que conviniese al gran número, y que podía ser puesta en fórmulas, qué obra más bella que ésa hubiésemos podido realizar en el curso de nuestra vida: confiar al escrito lo que representa una gran utilidad para la huma­ nidad y traer la [verdadera] naturaleza [de las cosas] a la luz, para que todos pue­ dan verla (341 b-d, trad. francesa L. Brisson).

“Sobre esto”, siguiendo la pista descubierta por V. Descombes,^ pregun­ taremos: será porque el deseo de unificación en un libro definitivo que re­ mede el modelo del mundo acusa recibo del argumento del “tercer hombre” -e n la especie de un desdoblamiento infinito de los libros, que se dividen ca­ da cual a su vez para multiplicarse unos a otros-, por lo que Platón escribió un Sofista a falta del Filósofo anunciado (en 217a). De un Filósofo cuya au­ sencia se encuentra quizás aquí justificada,^ y hasta prescripta, por el So­

fista del que se aplica uno a decir que no es sino por participar de un simu­

lacro de ser por lo “que se entromete y se insinúa por todas partes”, y cuya definición final “nos conduce al punto en que ya no podemos distinguirlo del propio Sócrates: el ironista operando en privado mediante argumentos bre­ ves. ¿No había que extremar la ironía hasta ahí?”, se interroga Gilles Deleu­ ze. “¿Y no fue Platón el primero en indicar esa dirección de inversión del platonismo?”®

En esta dirección el platonismo aparece como la escena primitiva de una modernidad obsesionada, desde Nietzsche, por el redescubrimiento del ele­ mento genético, “diferencial”, del simulacro. Con Nietzsche, lo sabemos, en

1. V. Descombes, Le Platonisme, París, PUF, 1971, págs. 6-16.

2. Cf. L. Brisson, Platon. Lettres, París, GF, 1987, págs. 153-154 (Lettre VII, Notice).

3. G. Deleuze, “Platon et le simulacre”. Logique du sens, apéndice I, Paris, Ed. de Minuit, 1969, pàg. 295 (primera versión publicada con el título de “Renverser le plato­ nisme”, Revue de métaphysique et de morale, 1967). Cf. Sofista, 268 b-c.

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filosofía el puro devenir recobra fuerza para expresar el juego de un ?-ser que lleva todas las cosas al estado de simulacro en la relación de lo no-fun- dado con lo sin-fondo; “con ese elemento loco que subsiste, que subviene, más acá del orden impuesto por las Ideas y recibido por las cosas”.^

Por efecto de esta (onto)lógica del sentido, se podrá leer el aforismo 289 de Más allá del bien y del mal como la doublure de la carta platónica:

El solitario no cree que algún filósofo -s i es cierto que un filósofo comienza siempre por ser un solitario- haya expresado nunca en libros sus verdaderas y úl­ timas opiniones: ¿acaso no se escriben libros precisamente para disimular lo que esconde uno dentro de sí? Hasta dudará de que un filósofo pueda tener opiniones “últimas y verdaderas”: se preguntará si detrás de cualquier caverna no se abre, no debe abrirse una caverna más profunda; si un mundo más vasto, más extraño, más rico no se extiende por debajo de la superficie, si un sin-fondo [Abgrund] no se abre bajo cada fondo [Grund], bajo cada “fundamento” [Begriindung] del pensa­ miento [...]. Toda filosofía disimula también una filosofía [...], toda palabra tam­ bién una máscara (trad. francesa C. Heim, ligeramente modificada).

En cuanto a esta página famosa que se cuenta entre las más bellas escri­ tas por Nietzsche, podría haberme dispensado yo de citarla a mi vez si, por lo menos en dos niveles, la doublure nietzscheana no rigiera en profundidad la lectura de la odisea platónica intentada por Gilles Deleuze y Jacques De­ rrida.

1. Se observará primero la analogía del procedimiento que tiende a deve­ lar el contenido latente retenido bajo el contenido manifiesto. Se desplazará en consecuencia la distinción platónica situándola como previa a la gran dualidad Idea/imagen: entre dos especies de imágenes, o de escritura. El texto de Platón se ve librado así a una sintomatologia cuyo principio consis­ te en contraefectuar los desplazamientos del sentido desde el punto de vista del sistema de fuerzas que lo producen y lo trabajan, que lo motivan. Acosar a la motivación del platonismo como Platón acosa al sofista. Por la vara de este programa se mide el “carácter demasiado simple de la inversión”, fór­ mula tomada de las Positions de Jacques Derrida. Porque las fuerzas están tanto más disimuladas cuanto que exceden al sistema del simple querer-de­ cir. De ahí la necesidad de duplicar la inversión de la oposición clásica con un desplazamiento general del sistema. “Sólo con esa condición la descons­ trucción se procurará los medios para intervenir en el campo de oposiciones que ella critica y que es también un campo de fuerzas no discursivas”^ (el su-

4. G. Deleuze, Logique du sens, op. cit, pág. 20.

5. J. Derrida, “Signature, événement, contexte” (1971), reproducido en Marges de

la philosophie, Paris, Éd. de Minuit, 1972, pág. 392. Véase igualmente “Mes chances.

Au rendez-vous de quelques stéréophonies épicuriennes” (1982), Confrontations (1988), en cuanto a la edición francesa; donde se propone la noción de insignificancia

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brayado es mío). Explicitada en Positions, la estrategia general de la des­ construcción se dedicará a repetir incansablemente el texto, alterándolo, “agregándole” hasta producir la genealogía de la estructura conflictiva y subordinante de la oposición. De ello resulta la emergencia irruptiva de conceptos nómadas, de conceptos indecidibles que corresponden “a lo que siempre resistió a la antigua organización de fuerzas, que [han] constituido siempre el resto, irreductible a la fuerza dominante que organizaba la je­ rarquía”.® Al igual que el pharmakon, “unidades de simulacro” vuelven a subir a la superficie para desorganizar en profundidad un campo textual hasta entonces regulado en el equilibrio, para hacer acontecimiento del so­ meter el texto al devenir que le es coextensivo “sin constituir nunca un ter­ cer término”. En realidad, escribe Derrida en una línea totalmente deleu- ziana, “mi esfuerzo por sacar adelante la operación crítica va contra la rea­ propiación incesante de este trabajo del simulacro en una dialéctica de tipo hegeliano [que interna la diferencia consigo mismo de la identidad recobra­ da]”.^

En este primer nivel de una lectura subversiva del platonismo, se asiste así a un verdadero sistema de reenvíos (latentes y manifiestos) entre Deleuze y Derrida. “Platón y el simulacro” remitirá a la relación desordenada de la es­ critura con el logos platónico, sacada a luz en “La farmacia de Platón”. Aquí está todo el tema de una subversión “contra el padre” montada por un simula­ cro que ya no pasa por la Idea de mismo, sino por un “modelo” del Otro, para suscitar un efecto de semejanza, o de repetición, construido sobre una dese­ mejanza interiorizada.® En cuanto a la conferencia sobre “La différance”, ella se abre en haz sobre la posibilidad de un “orden que ya no pertenece a la sen­ sibilidad”, que “resiste a la oposición fundadora de la filosofía, entre lo sensi­ ble y lo inteligible” ® (y a su inversión demasiado simple), para colocarse bajo la rúbrica de una “sintomatologia que diagnostica siempre el rodeo o la astu­ cia de una instancia disfrazada en su différance”. Con ello, la différance envía a una fuerza que nunca se presenta sino en el movimiento de las diferencias de fuerzas que hacen volver “a todos los otros de la physis [...] como physis di­ ferida o como physis différante. Physis en différance”. Derrida lleva a citar es-

marcante, en tanto que, a diferencia del concepto de significante, su “generalidad ex­

tiende la marca más allá del signo verbal e incluso del lenguaje humano” (págs. 30-31). En cuanto a la crítica nietzscheana de “la creencia en la antinomia de los valores” (itá­ licas de Nietzsche), véase el comienzo de Más allá del bien y del mal, 2.

6. Ibíd., pág. 393.

7. J. Derrida, Positions, París, Ed. de Minuit, 1972, págs. 56-59.

8. G. Deleuze, “Platon et le simulacre”, art. citado, págs. 296-297. Sostener aquí que al dejarse prescribir por la necesidad de un juego, mi i/ifervención no tiene más pretensión que tornar visible el juego de espejo que pliega estas dos páginas respecto de las notas 2 y 3: entre escritura del simulacro y modelo del otro. Entre logografía y ontologia.

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te pasaje de Nietzsche et la Philosophie: “La cantidad es la esencia de la fuer­ za, la relación de la fuerza con la fuerza”.P a s a je que Deleuze introduce en la forma siguiente: “Si una fuerza no es separable de su cantidad, tampoco es separable de las otras fuerzas con las que está en relación”.

Lo cual significa, para Deleuze, que la multiplicidad de fuerzas remite al ser múltiple de la fuerza (como diferencia de potencial constitutiva de la na­ turaleza intensiva del campo trascendental),^^ al que hay que referir los dualismos como a un afuera irreductible a cualquier juego intralingüístico de significantes... Un “afuera informal [...] una zona de turbulencia y de hu­ racán donde se agitan puntos singulares, y relaciones de fuerza entre estos puntos [...]. Un afuera más lejano que cualquier mundo exterior e incluso que cualquier forma de exterioridad, y por ende infinitamente cercano”. Una profundidad más profunda que cualquier fondo, caverna detrás de cualquier caverna... ésta es la respuesta profundamente ontològica de De­ leuze a la pregunta formulada por Derrida al final de “La conférance”: “¿Có­ mo pensar el afuera de un texto?”.

2. Pasamos aquí a un segundo nivel, de disonancia, que peleará por aco­ plar la lectura a la escritura, sea en términos de enunciados que vuelvan a situar el lenguaje en el campo de ejercicio de una función enunciativa que implica considerar los discursos como irreductibles al mero sistema de la lengua (por paréntesis: este plus explica toda la ironía del título de Fou­ cault: Las palabras y las cosas), en tanto que “son los acontecimientos los que hacen posible el lenguaje”;!“^ sea de textualidad, donde “todo se hace discurso” en función de una “estructura de remisión generalizada”, relanza­ da sin cesar en ausencia de un significado trascendental susceptible de cal­ mar el juego “en última instancia”, donde la fuerza —como la materia: “una relación de concatenación escrita, se lee en Positions (pág. 91)- no dispone sino de la serie de sus efectos desplegados en la escritura generalizada de

10. Ibíd., págs. 18-19. Cf. G. Deleuze, Nietzsche et la Philosophie, París, PUF, 1962, pág. 49.

11. Sabemos que G. Deleuze no ocultó nunca su deuda hacia el gran libro de G. Si- mondon, L’Individu et sa Genèse physicohiologique, Paris, PUF, 1964 (cf. Logique du

sens, op. cit., pág. 126, n. 3). M. Buydens supo sacarle todo el provecho deseable en el

primer capítulo de Sahara. L’esthétique de Gilles Deleuze, París, Vrin, 1990. 12. G. Deleuze, Foucault, París, Éd. de Minuit, 1986, págs. 129 y 92.

13. J. Derrida, Marges, op. cit., pág. 27. Recordemos que la ontologia deleuziana está presidida tanto por la lectura de Nietzsche como por el pensamiento estoico con sus dos planos de ser: “por una parte el ser profundo y real, la fuerza [el subrayado es mío]; por la otra, el plano de los hechos que se juegan en la superficie del ser, y que constituyen una multiplicidad sin fin de seres incorporales” (E. Bréhier, La Théorie

des incorporels dans l’ancien stoïcisme, París, Vrin, 1928, pág. 13; citado por G. Deleu­

ze en Logique du sens, op. cit., pág. 14).

14. G. Deleuze, ibíd., pág. 212. El ser es en Deleuze un verbo infinitivo (y el verbo es la univocidad del lenguaje...).

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la suplementariedad. Una grafologia de fuerzas reduce progresivamente al silencio la afirmación primitiva según la cual “el campo de oposiciones [...] es también un campo de fuerzas no discursivas”.^® Y, bajo todos los fondos, bajo todos los basamentos, un abismo que intentan colmar los enunciados de la ontologia determinando el sentido del ser como presencia significada,

primum signatum que pretende “subordinar el movimiento de la différance

a la presencia de un valor o de un sentido que seria anterior a la différan- ce”.i®

De este modo Jean-Michel Rey intitulará su muy derrideana Lecture de

Nietzsche: L’Enjeu des signes}"^

Especular sobre “Platón” es ser reenviado entonces al “efecto” de una red de relevos cuya primera posición (véase el thësein del final del Sofista, 268c) sugiere que no es constitutiva sino enmascarando la indecisión del signo (un signo no “lingüistico”, cf. Cratilo) como medio de producción del sentido. En esta autorreferencia, la filosofía contemporánea se habría servido de Sócra­ tes, aquel que no escribe, a la manera de una curiosa pragmática trascen­ dental para su propio uso. La “atesis” socrática se desplegará aqui como el teatro barroco del architexto que se escribe difractándose en la economía ta­ chada de las fuerzas siempre ya representadas en otra escritura: aquella que produce la huella como huella, en tanto que su presencia está irreme­ diablemente sustraída.

Lo cual hace que después de Nietzsche, después de Heidegger, en el ex­ ceso de Nietzsche sobre Heidegger, el intercambio de esas cartas platónicas circulando entre Jacques Derrida y Gilles Deleuze nos obliga a retomar a

partir de nada la fenomenología de la cuestión del ser (re)puesta en juego

por “la ausencia del significado trascendental como ilimitación del juego”, primer pedazo de la interioridad del alma acondicionada en el dispositivo platónico.

15. J. Derrida, “Signature, événement, contexte”, art. cit., pág. 393.

16. J. Derrida, Positions, op. cit., pág. 41. Apúntese, y podíamos darlo por descon­ tado, que en su carta-prólogo al libro de M. Buydens, G. Deleuze recusa la noción de Presencia (“demasiado piadoso”) en nombre de una “concepción de la vida como poten­ cia no orgánica”...

17. Nietzsche, apuntaba Derrida, “lejos de quedarse simplemente (con Hegel y co­ mo lo querría Heidegger) en la metafísica, habría contribuido poderosamente a liberar al significante de su dependencia o de su derivación con relación al logos y al concepto conexo de verdad o de significado primero” (De la grammatologie, París, Éd. de Mi­ nuit, 1967, págs. 31-32). Después, en un “vuelco” característico del estilo de pensa­ miento derrideano, llamada en nota: “Lo que no quiere decir, por simple inversión, que el significante sea fundamental o primero” (pág. 32, n. 9). Más adelante volvere­ mos sobre esta nota.

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EL HUNDIMIENTO DEL PLATONISMO

¿Qué es?, exclamé con curiosidad.

- \¿Quién es? deberías preguntar! Así habló Dioniso; luego se calló de esa manera tan suya, es decir, seductora.

F. Nietzsche, El viajero y su sombra, proyecto de prefacio, 10

Hasta ahora, cada vez que se declaró: “Es eso”, hubo una época ulterior, más refinada, para descubrir que estas palabras no te­ nían más que un solo sentido posible: “Eso significa”.

F. Nietzsche, La voluntad de poder, 1.1, § 99.

Qué no se habrá glosado desde entonces sobre el carácter inagotable de la interpretación de la obra que llegó a nosotros bajo el nombre de Platón. Por lo mismo que nos proyecta hacia antes de la decisión aristotélica de la uni­ dad del sentido, a la que se atribuye el “superar” el engorro platónico (si Par- ménides, entonces Gorgias, por lo tanto Sócrates), el platonismo se propone ante nosotros como el punto elemental de implicación y aplicación de una lin­

güística activa en su labor crítica de develamiento de los juicios de valor que

dominan y articulan la lógica del concepto. Así, se prestará una atención muy particular a la dimensión irónica y moral de la dialéctica platónica^® que no puede plantear la cuestión del ¿qué es? sin seleccionar el linaje de los

iquiénl ¿Quién tiene derecho a llevar el nombre? ¿A quién le corresponde el

nombre? ¿Quién está en su derecho de nombrar según una pretensión bien fundada? En los diálogos platónicos, como observa V. Descombes, “todo se presenta como si el nombre fuera siempre un nombre propio” (sólo la Justicia es justa), como si la rivalidad entre los pretendientes se centrara primero en el nombre (aquellos a quienes se llama justos).^® Es así como el enunciado dialéctico de la rivalidad define en profundidad la modalidad platónica de apropiación de la lengua revelando su inevitable referencia: esto es, la volun­ tad de distinguir al verdadero pretendiente del falso pretendiente.

Queda por determinar lo que permite la selección efectiva de las fuerzas rivales. ¿Cómo seleccionar, en ausencia de la lógica mediadora de una ratio “representable” en las cosas? Esta era la gran crítica de Aristóteles contra Platón: nunca se llegará a la especificación fundada del concepto si se quiere hacer la diferencia respaldándose meramente en las inspiraciones de la Idea... Y el argumento da resultado. Platón debía inventar esos grandes rela­ tos de fundación que él necesitaba para autentificar el irrepresentable linaje