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Umberto Eco

7. METÁFORA

Llegamos a la última ambigüedad. La Poética es el texto en el que por primera vez se instaura una teoría de la metáfora, y es el propio Ricoeur {La

Métaphore vive, pág. 25) quien cita al respecto a Derrida (“Mythologie blan-

che”); “Cada vez que una retórica define la metáfora, implica no solamente

una filosofía sino una red conceptual en la cual la filosofía se constituyó [...].

Lo definido está implicado, pues, en lo definiente de la definición”. Ricoeur observa que “para explicar la metáfora Aristóteles crea una metáfora, toma­ da en el orden del movimiento”. Efectivamente, es en el propio corazón de esta teoría donde nos hallamos frente al problema fundamental de toda filo­ sofía del lenguaje, a saber; ¿la metáfora es el desvío con respecto a una lite­ ralidad subyacente, o bien el lugar de nacimiento de cualquier literalidad ul­ terior? Y, si es verdad que permanezco fiel a una teoría de la interpretación que, frente a textos ya escritos, debe al menos presuponer un grado cero lite-

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ral del que la metáfora sería el desvío a interpretar, no es menos cierto que, si adoptamos el punto de vista glotogónico (sea en la aurora de todo lenguaje, como quería Vico, sea en la aurora de todo texto que se esté haciendo), hay que tener en cuenta los momentos en que se instaura la creatividad; y el len­ guaje puede nacer solamente al precio de la vaguedad metafórica que nombra un objeto -o una pluralidad de objetos- todavía desconocido o innombrable.

La potencia cognitiva de la metáfora sobre la que insistió Aristóteles —aunque lo haya hecho en la Retórica y no en la Poética—, se despliega cuan­ do la metáfora nos pone ante los ojos algo nuevo al trabajar sobre un lengua­ je preexistente, o cuando nos invita a descubrir, junto con su sentido, las reglas de un lenguaje venidero. Pero, última herencia aristotélica, las co­ rrientes heréticas de la lingüística chomskiana, y George Lakoff en particu­ lar, nos plantean hoy el problema de una manera mucho más radical; por más que esta radicalidad estuviese presente ya en Vico: el problema no es ver lo que la metáfora artística y creadora hace de un lenguaje que está ya ahí, sino de qué modo el lenguaje que está ya ahí puede ser comprendido so­ lamente aceptando, en el diccionario que la explica, la presencia de la vague­

ness, de la fuzziness del bricolaje metafórico (véase en particular Lakoff y

Johnson, Metaphors We Live By, University of Chicago Press, 1980, y Lakoff,

Women, Fire, and Dangerous Things, las mismas ediciones, 1987).

8. ACCIÓN

Lo cual nos devuelve a nuestras últimas observaciones: aun siendo quizá meramente accidental, es no obstante curioso que Lakoff sea uno de los auto­ res que comenzaron a elaborar, sobre los restos de una semántica ingenua donde la definición se basaba en una serie de propiedades atómicas, una se­ mántica donde la definición está representada en forma de una secuencia de acciones.

Uno de los pioneros de esta tendencia (que saldaba todas sus deudas con Aristóteles) fue Kenneth Burke con su Gramática, su Retórica y su Simbóli­ ca de los motivos, donde la filosofía y la literatura enteras, y por añadidura el lenguaje, eran analizados de una manera “dramática” en el juego de cinco

motivos, a saber: el Acto, la Escena, el Agente, el Instrumento y la Intención (Act, Scene, Agent, Agency, Purpose).

Pues sucede que en el propio centro de una teoría de la imitación de los

pragmata, existía en Aristóteles el esbozo de una teoría de la acción, y es hoy

cuando empezamos a comprender que hasta la definición de las pretendidas esencias no puede plantearse sino en términos de acciones subyacentes.

Para no hablar de Greimas, quien no hace ningún esfuerzo por ocultar que una teoría de la narratividad preside toda comprensión semántica; pien­ so en aquella Case Grammar, o gramática casual, que trabaja sobre una estructura narrativa por Agent, Counter-Agent, Goal, Instrument, etcétera (Fillmore, Bierwisch), y en varios modelos empleados en Frames Theory y en inteligencia artificial. Recientemente, Dominique Noguez publicó una linda

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broma (en la que yo juego el papel de uno de los héroes, o de las víctimas) so­ bre la semiología del paraguas. Dominique Noguez no sabía que la realidad supera a la ficción y que uno de los modelos más célebres en estudios de inte­ ligencia artificial era el de Charniak, el cual, para explicar a un ordenador cómo interpretar las frases en las que aparecía mencionado un paraguas, proporcionó a la máquina una descripción narrativa de lo que se hace con un paraguas, cómo se lo trata y cómo se lo construye. El concepto de paraguas se resuelve en una red de acciones.

Aristóteles no había llegado a ensamblar su teoría de la acción con su teo­ ría de la definición porque, prisionero de su sistema de categorías, creía que había sustancias anteriores a todas las acciones que tales sustancias permi­ ten o padecen. Hubo que esperar a la crisis del concepto de sustancia para redescubrir una nueva semántica implícita no en sus obras de lógica sino en la Etica, la Poética y la Retórica.

De donde, para concluir, propondré -a propósito de mito— un mito filosófi­ co que me agrada contar.

Según este mito, Adán (o, en la versión griega, el original Nomoteta o “hacedor de nombres”) miraba las cosas y les ponía un nombre. La cómica si­ tuación del primer hombre que, sentado bajo un árbol, señalaba con el dedo una flor o un animal, decretando; “Esto será una margarita, esto un cocodri­ lo”, se puso dramática cuando los primeros filósofos de la lengua tuvieron que decidir si estos nombres se ajustaban a alguna convención (nomos) o a la naturaleza de las cosas (phusis). En cualquier caso, una semántica analiza las expresiones en primitivos atómicos solamente como extrema ratio esteno­ gráfica; sólo en un medio académico pueden ser tomadas en serio definicio­ nes como “tigre = mamífero carnívoro”, o “gato grande y amarillo de piel ce­ brada”.

Según un ejemplo de Peirce (Collected Papers, 2, 330), litio no se define solamente por su posición en un sistema periódico de elementos ni por un número atómico, sino por la descripción de las operaciones que es preciso realizar para producir un espécimen correspondiente. La definición de Peirce predice igualmente los contextos posibles en los que puede hallarse la expre­ sión “litio”. Si admitimos, en interés de la historia, que Adán conocía y nom­ braba el litio, debemos decir que no asignaba simplemente un nombre a la cosa. Inventaba una expresión dada como un gancho para enganchar en él una serie de descripciones, y estas descripciones pintaban (junto con la se­ cuencia de acciones ejercidas con y sobre el litio) la serie de contextos en los cuales él se encontraba y esperaba encontrarse con el litio.

Según mi versión revisada del mito, Adán no vio a los tigres como sim­ ples especímenes individuales de una especie natural. Vio a ciertos anima­ les, provistos de ciertas características morfológicas, en la medida en que desarrollaban ciertos tipos de acción, en interacción con otros animales y con su entorno natural. Entonces decretó que el sujeto x, que actúa habitualmen­ te contra ciertos otros sujetos para alcanzar ciertos fines, que se muestra ha­ bitualmente en tales o cuales circunstancias, etcétera, era una parte sola­ mente de una historia X; siendo la historia inseparable del sujeto en cuestión