C APÍTULO III L A REDEFINICIÓN DEL ACONTECIMIENTO Y EL ESTUDIO DE LA
2. A CONTECIMIENTO , EXPERIENCIA COTIDIANA Y MODELOS RACIONALES
Para el estudio de la comprensión política, es primordial tener en cuenta el desdoblamiento de la noción de acontecimiento en dos “espacios” aparentemente contradictorios: el de la experiencia cotidiana de la vida en comunidad –directa, inmediata, personal‐ y el de la explicación política racional, incluyendo en este último la concepción de los modelos políticos ideales y las reflexiones explicativas de lo que sucede en sociedad –Ciencias Sociales e Historia. La necesidad “vital” de mantener integrados los dos “universos” dentro de una misma realidad –que por su propia naturaleza exige ser indivisible y coherente‐ y el “desafío” que la presencia de los “acontecimientos” impone a esta necesidad de unidad –está presente en los dos “lados” de la realidad‐ hace que se postule, ya de entrada, como una vía de comunicación entre ambos. En otras palabras, siendo aquello a que las dos instancias del “saber” se refieren – siempre se refieren a hechos‐ y respecto a lo cual no deben diferir completamente –dado el requerimiento de unidad de la “realidad”‐ el acontecimiento se presenta como una especie de nudo gordiano de la dualidad del saber, como puente entre la percepción de la realidad y su racionalización. Es el nexo en que ambas se unen y, por ello, un excelente punto de partida para pensar los requisitos primordiales de la configuración el espacio teórico de la comprensión política.
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No está de más aclarar, que con esta distinción lo que estamos planteando en esta tesis no es la contraposición entre una perspectiva objetiva –el modelo iluminista‐ y otra subjetiva –el modelo comprensivo. Es obvio que los dos casos que nosotros tratamos consideran la “objetividad” del fenómeno estudiado como algo importante ‐una “papeleta” entra en la urna con la decisión claramente expresada y esta decisión beneficia a unos intereses y perjudica a otros, las razones que llevan a los votantes a tomar la decisión son complejas, pero pueden ser objetivamente estudiadas a partir de herramientas de investigación sociológica. Lo que diferencia en realidad ambos puntos de vista es – como veremos más adelante en detalle‐ el “alcance” de la noción de acontecimiento sobre la que se sustentan –en el sentido más ontológico‐ y las consecuencias que ello trae consigo. Solo en uno de los dos casos hay espacio para estudiar la comprensión de la política como un tema de análisis autónomo, completo y epistemológicamente posible; no digamos ya relevante.
La vinculación entre estos tres aspectos de la comprensión –experiencia, racionalidad y acontecimiento‐ se hace patente, por ejemplo, al observar la simultaneidad y complementariedad con la que ocurrieron los cambios durante la última gran transformación de las Ciencias Sociales y las Humanidades , el llamado Giro Cultural de la segunda mitad del siglo XX141. Es conocido que a partir de los años cincuenta del siglo pasado, en “Occidente” ‐ Estados Unidos y Europa principalmente‐, aumentó el interés por fenómenos políticos que desembocaban en conceptos “límites” como alienación, libertad, hegemonía, desarrollo –entre otros‐ en los cuales las fronteras de las nociones filosóficas de subjetividad y objetividad eran particularmente complejas de definir. Ello hizo evidente la inoperancia de las antiguas explicaciones políticas y de los modelos teóricos próximos al ideal ilustrado‐mecanicista – marxismo ortodoxo, positivismo‐ los cuales no contaban ni con la flexibilidad epistemológica ni con la laxitud ontológica para hacerse cargo de las nuevas preocupaciones.
Al mismo tiempo, las circunstancias que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial – disolución del sistema colonial, desfiguración del modelo de sociedad industrial, alianza entre las potencias europeas en favor de la paz, potenciación de las organizaciones supranacionales142, etc.‐ descolaron todavía más los enfoques políticos tradicionales. Los
nuevos problemas que aparecían empujaban constantemente a la disyuntiva entre readaptar los antiguos modelos o diseñar enfoques radicalmente diferentes. Todo ello acompañado de una sensación de insatisfacción que incrementaba notablemente el interés por emprender innovaciones teóricas radicales. ¿Cómo enfocar, por ejemplo, nociones como libertad y liberación en el contexto de la naciente sociedad post‐industrial, tomando en cuenta que el centro de la atención se había desplazado de la constitución de la comunidad política y la obtención de la soberanía –conformación de las naciones‐estado, secularización cultural y política, democracia formal, institucionalización‐ hacía la incomodidad “existencial” del individuo singular y el desasosiego que provocaba el la 141 McDonald, T. (ed.) The Historic turn in the human sciences. Ann Arbor: University of Michigan Press, 1996 y Bonnell, V. E. y Hunt L. (ed.), Beyond the cultural turn: new directions in the study of society and culture. Berkeley: University of California Press, 1999. 142 E.g: Organización de las Naciones Unidas (1945), Fondo Monetario Internacional (1945), Organización de Estados Americanos (1948), European Coal and Steel Community (1952),
experiencia de vida en el capitalismo avanzado (alienación)? ¿Qué utilidad podía tener en estos casos seguir planteando la reflexión dentro del antiguo esquema ilustrado, donde la libertad se derivaba “directamente” del estatuto de ciudadanía, de la educación y del progreso? O, ¿por qué subordinar la reflexión personal al determinismo de la lucha de clase o a los dictados “del partido”, si en ambos casos es prácticamente imposible no percibir una amenaza igual de potente contra la libertad individual y el peligro de que las personas sean anuladas por las instituciones?
En todo caso ¿cómo reconocer el modelo de clases tradicional o “sentir” los lazos identitarios vinculados a éste, en territorios que habían sido marginados del análisis teórico o que simplemente habían sido tratados como “dependientes” durante el apogeo de la sociedad industrial? ¿Cómo satisfacer el aumento del interés que se produjo a partir de los años cincuenta y sesenta por fenómenos políticos que desplazaban la atención mundial hacia antiguos territorios coloniales –Cuba, Chile, Viet Nam, Africa, el Golfo Pérsico, India, entre otros‐, si en éstos las categorías definidas para la sociedad industrial del siglo XIX nunca habían sido del todo adecuadas? ¿Cómo seguir defendiendo el “protagonismo revolucionario” de la clase obrera cuando la mayoría de los trabajadores –en sentido individual‐ encontraban sus expectativas más satisfechas que nunca, tanto en el sentido de las nuevas oportunidades económicas que se les abrían, como en el sentido del aumento exponencial del acceso al consumo ‐tal como sucedía, por ejemplo, en los Estados Unidos de los años cincuenta y sesenta?
En suma, durante este período ‐segunda mitad del siglo XX‐ se puede percibir cómo, del lado de la experiencia cotidiana se produce una transformación radical de la percepción de la política, acompañada de cambios en las motivaciones y en el tipo de preocupaciones que ocupaban el debate cotidiano. Asimismo, también del lado de la configuración de los modelos políticos ideales es evidente la tendencia a la renovación, visible por ejemplo en la reevaluación de términos como democracia y desarrollo o en la irrupción de nuevos modelos políticos ideales. Entre ellos destacan, por ejemplo, los que se estructuran alrededor de la emergente noción de Derechos Humanos y también los que giran alrededor de los discursos y prácticas de descolonización ‐ambos de “alineación” ideológica totalmente opuesta, al menos en el terreno de la política práctica.
En “medio” de ambas va ascendiendo una noción de acontecimiento completamente diferente. El elemento distintivo fue la introducción de dos nuevos requisitos: el de prestar mayor atención a los hechos en su singularidad y el de resistirse a su subordinación respecto a las grandes generalizaciones racionalistas143. A esta categoría pertenecía, sobre todo, el relato unificado de la Historia, o lo que es lo mismo, el relato de la centralidad de la contraposicición Este‐Oeste, capitalismo‐comunismo o del progreso‐retroceso de la Historia. La gradual consolidación de los enfoques a que dieron lugar estos cambios ha tenido, posteriormente, un fuerte impacto en la reflexión política y, con el tiempo, también han acabado cambiando la percepción de la vida política cotidiana. Si a ello sumamos el desconcierto provocado por el agotamiento del antiguo modelo institucional propio de la sociedad industrial y la crisis de los rígidos parámetros del modelo epistemológico positivista que la acompaña, encontramos que el problema de la definición del acontecimiento es un tema de la mayor prioridad y que – aunque imperceptible a simple vista‐ todavía sigue abierto con la misma fuerza que en los años sesenta y setenta del siglo XX144.