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ACTAS DEL TALLER DE TÉCNICAS DE DISERTACIÓN PARA FUTUROS PROFESORES DE FILOSOFÍA

Jueves, 31 de octubre de 2019 Sesión a cargo de Soledad García Ferrer La primera sesión del taller de técnicas de disertación estuvo a cargo de Soledad García Ferrer, profesora de enseñanza secundaria en el IES Pravia (Asturias) que cuenta con una larga experiencia docente empleando la disertación como método de enseñanza. La sesión se dividió en dos partes: una primera parte dedicada a exponer cómo utiliza la disertación en las clases de Bachillerato (la estructura que propone a los alumnos, los elementos imprescindibles en ella, la evaluación y los materiales para disertar) y una segunda parte de carácter práctico en que los asistentes pudieron leer ejemplos de disertaciones corregidas.

La estructura de la disertación que la profesora propone a sus alumnos tiene tres partes fundamentales: la introducción, la argumentación y la conclusión. El formato más aconsejable de disertación es sin epígrafes; esto es, que la estructura del texto la establezcan la división en párrafos y el empleo de distintos marcadores discursivos. La introducción explica el enunciado de la disertación —que normalmente adopta la forma de una pregunta— identificando el problema que a él subyace y aclarando cómo van a entenderse los conceptos. Asimismo, en la introducción puede ya presentarse la tesis que se va a defender en la argumentación; de hecho, esto es lo que recomienda a sus alumnos, pues les suele facilitar la redacción en la medida en la que les obliga a tener claro desde el principio lo que ellos van a sostener. En este sentido, es fundamental diseñar un plan o esquema previo en función del cual desarrollar la disertación. La parte central de la disertación es la argumentación, que desarrolla los argumentos a favor de la propia tesis y en contra de la opuesta. Por último, la disertación debe terminar con una conclusión. Soledad García plantea a sus alumnos una serie de elementos imprescindibles de la disertación. Estos son las referencias explícitas a los autores y a los textos leídos, los ejemplos (preferiblemente, actuales y propios) y la cita de las fuentes de información empleadas.

En cuanto a la evaluación, el examen consiste en una propuesta de dos posibles enunciados de disertación de entre los cuales los alumnos eligen uno, que pueden redactar empleando todo el material necesario a excepción de los dispositivos electrónicos. La profesora utiliza un sello que estampa en las hojas del examen y que recuerda a los alumnos los aspectos que van a valorarse (ortografía, sintaxis, recursos expresivos, coherencia, argumentación, información empleada, estructura y originalidad, si bien esta última solo se valora en positivo). Algunos ejemplos de enunciados de disertaciones que la ponente ha propuesto en los exámenes de este curso son ¿es peligrosa la filosofía?, ¿debe el filósofo dar a conocer la verdad, aunque le cueste la vida?, ¿cómo puede decir alguien que no sabe y pretender enseñar algo? Hay aproximadamente tres exámenes de este tipo por trimestre, que tienen un peso del 70% en la nota final, mientras que el 30% restante está destinado a evaluar la participación en las clases y los debates. Asimismo, Soledad García subrayó la importancia de dedicar una sesión a corregir la disertación con los alumnos y explicó que el nivel de exigencia en las disertaciones va aumentando paulatinamente durante el curso, de tal manera que la media de las calificaciones obtenidas no es aritmética, sino que las últimas tienen un peso mayor.

La ponente repartió algunos textos que emplea en sus primeras clases del curso y que sirven a los alumnos, junto con los apuntes que toman en clase, como materiales para posteriormente redactar las disertaciones. Uno de los textos está extraído de Responsabilidad y juicio, de Hannah Arendt, a propósito del cual se plantean cuestiones como, por ejemplo, deducir qué es la filosofía a partir de los motes que recibía Sócrates. Otro texto es la República, VII, 1 y 2, de Platón, que expone el mito de la caverna y a partir del cual se proponen actividades como dibujar la caverna

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tal y como aparece descrita o interpretar los diferentes elementos del mito —las cadenas de los prisioneros, la cuesta empinada…—. A juicio de Soledad, tratar directamente con los textos filosóficos en Bachillerato es fundamental, sobre todo teniendo en cuenta que el gran problema de los alumnos de ESO y Bachillerato es que no saben leer sin ayuda. Por ello, dedica gran parte de sus clases a leer con los alumnos detenidamente los textos. Así, por ejemplo, la primera clase de este curso la dedicó a comentar las cinco primeras líneas del fragmento de Responsabilidad y juicio con el objetivo de que aprendieran, entre otras cosas, que los filósofos sostienen tesis. La segunda parte de la sesión tuvo un carácter más bien práctico. Primero se proyectó un vídeo en que los alumnos de Soledad de este curso contaban su experiencia con las disertaciones. Por último, se repartieron ejemplos de exámenes corregidos sobre los que los asistentes discutieron en pequeños grupos.

Viernes, 8 de noviembre de 2019 Sesión a cargo de Felipe Ledesma La segunda sesión del taller de técnicas de disertación fue dirigida por Felipe Ledesma, actualmente profesor en la Universidad de Oviedo que ha trabajado, asimismo, en la enseñanza secundaria. La sesión estuvo dividida en dos partes: una primera parte en la que Felipe habló del ejercicio dialéctico y el plan de la disertación y una segunda parte práctica en la que propuso a los asistentes enfrentarse al enunciado de una disertación y leer ejemplos de disertaciones de sus alumnos.

La sesión comenzó con el planteamiento de la siguiente pregunta: ¿por qué hay que adaptar un método forastero —francés— como el de las disertaciones? Fundamentalmente por tres motivos. En primer lugar, porque la filosofía en la educación secundaria es una asignatura literaria en la que hay que enseñar a los alumnos expresarse oralmente y por escrito. En segundo lugar, porque los alumnos han de aprender a construir un discurso propio, procedimiento muy distinto al de reproducir memorísticamente un discurso, pues la construcción de un discurso propio requiere la previa elaboración de un plan. Por último, la asignatura de filosofía ha de entrenar a los alumnos en poder justificar mediante argumentos una toma de postura de entre varias que son igualmente defendibles. Esto último nos conduce al ejercicio dialéctico.

Tras esta introducción a la sesión, Felipe Ledesma organizó su discurso en torno a dos cuestiones: el ejercicio dialéctico y el plan. En cuanto al ejercicio dialéctico, Ledesma explicó que esta es una tradición procedente de los Tópicos de Aristóteles y la quaestio medieval que los franceses han continuado mediante el método de la disertación. El ejercicio dialéctico consiste en enfrentarse a una pregunta con dos respuestas posibles, examinar qué argumentos sustentan cada una de estas respuestas, sus críticas y los posibles contraargumentos, y tomar una posición. La pregunta nunca hay que responderla tal y como se plantea, pues suele esconder una trampa; más bien hay que problematizarla. Detrás de la pregunta hay siempre uno de esos grandes problemas filosóficos que son inabordables, luego se trata en cierto modo de abordar algo inabordable. La disertación debe, además, argumentarlo todo y terminar mostrando por dónde habría que seguir pensando.

La segunda parte de la exposición estuvo dedicada a la elaboración del plan. Los alumnos presentan varias dificultades que debemos tratar por separado. La primera de ellas es la ausencia de ocurrencias; la segunda dificultad atañe a la disposición de las ideas en la disertación; y la última es la manera de expresar las ideas. Estos tres obstáculos hay que trabajarlos por separado mediante el fomento de la ocurrencia —proponiendo, por ejemplo, elaborar una lista de ocurrencias sin redactarlas todavía—, mediante la confección de varios guiones en los que ensayar el mejor orden posible y mediante una lista de marcadores discursivos que los alumnos pueden emplear en sus disertaciones para vincular las ideas entre sí. Felipe Ledesma

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insistió en que la disertación es compatible con cualquier modo de organizar la clase, pero siempre como centro de la asignatura y no como un mero procedimiento de evaluación entre otros.

A continuación, propuso a los asistentes formular posibles enunciados de una disertación a partir de una selección de textos de Descartes, Spinoza, Kant, Marx, Nietzsche y Ortega y Gasset sobre la libertad. Asimismo, propuso enfrentarse en grupos de tres a alguno de estos enunciados de una disertación: ¿es verdad que hablando se entiende la gente?; ¿vemos objetos o vemos colores?; ¿seríamos más libres sin leyes?; ¿puede demostrarse la existencia de Dios?; ¿es verdad que toda contradicción es falsa?; ¿basta con que nos sintamos libres para estar seguros de que lo somos? Tras el descanso repartió ejemplos de disertaciones redactadas por antiguos alumnos y calificadas por él mismo.

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Anexo B3