RICARDO CAPPONI MARTÍNEZ
El autor, desde la perspectiva propia de la disciplina que cultiva, la psiquiatría, ofrece en estas líneas reflexiones que ayudan a tomar conciencia de algunas características que hacen posible el establecimiento y la perduración de un amor sexual maduro. En primer término, describe el recorrido que va desde el inicial amor ilusorio hasta la constitución de un compromiso realista. En segundo lugar, pone de relieve la importancia del deseo y de la elaboración, por parte de la pareja, de un erotismo rico en calidad. Por último, se pregunta por la conveniencia de una experiencia sexual previa a casarse. De este modo, queda claro que establecer una relación matrimonial es un desafío de alta exigencia que puede llegar a ser un proyecto perdurable y atractivo.
DEL AMOR ILUSORIO AL COMPROMISO REALISTA
Siendo un hecho innegable que hombres y mujeres experimentan hoy un sinfín de dificultades en sus relaciones afectivas, los estudios señalan que las personas continúan anhelando una vida emocional estable que les permita solidificar los vínculos del matrimonio y de la familia. Una vez que se ha alcanzado el estado de enamoramiento, surge inevitablemente la pregunta: ¿Cómo llevar el enamoramiento natural hacia una relación duradera y sólida? Para comprender este proceso, es necesario conocer los diferentes estados mentales por los que atravesamos durante nuestras vidas, que nos conducen a la formación de pareja y que van desde la niñez hasta la madurez.
Satisfacción inestable
La primera de estas etapas es lo que denomino el período de satisfacción inestable, el que se vive desde la infancia hasta la pubertad. En esta fase, todavía no existen expectativas de pareja ni deseos sexuales; solo se cumple con lo que los padres esperan, ya que son ellos quienes guían al niño. Es por este motivo que lo primero que marca la calidad del enamoramiento es la relación con los padres.
Pre-enamoramiento
Se viven sentimientos de soledad y de carencia, puesto que los modelos paternos no son ahora suficientes ni convincentes. Surge entonces la necesidad de otro y una expectativa respecto de él. Se trata de un estado similar a la depresión y a la ansiedad. Priman los neurotransmisores llamados serotoninas, vinculados a esos cuadros psicológicos. A esto se suma la acción de las hormonas, que potencian el deseo sexual. Nace así una nueva relación con el mundo: los adolescentes empiezan a preocuparse de asuntos tales como su apariencia y el tono de su voz, y descubren sus afinidades. Como las carencias se proyectan excesivamente sobre los demás, es común equivocarse.
Por ello, es decisivo saber tolerar la frustración: se está en un estado precario, en que los vínculos son transitorios, y resulta indispensable y difícil crear los propios límites. Esta especie de caos, junto al despertar hormonal, conlleva deseo de fusión y de transgresión, fantasías sexuales, masturbación e idealización del cuerpo del otro. La tendencia a la transgresión presenta características distintas según el género, puesto que es más agresiva en los hombres y más vinculada a la idealización en las mujeres.
Enamoramiento
Si la búsqueda inicial se materializa en el hallazgo de otro, se cae en el enamoramiento, una condición psíquica que implica ciertas capacidades mentales. El enamoramiento es un vínculo ilusorio. Las expectativas sobre el otro no dejan de crecer. Predomina la exaltación, correlacionada con elementos químicos del cerebro como la feniletilamina. Es un estado emocional desconocido, inesperado y cautivante, no solo sexual ni de ternura. Para Platón era una ‘locura divina’ que transfiguraba todo. Sin embargo, el vínculo todavía está por construirse, y, en ese sentido, los amantes sienten un llamado ciego, como una fe, a comprometerse, a establecer un pacto y un juramento, para transformarlo en un amor estable.
Existe una alta probabilidad de enamorarse en situaciones de crisis personal, ya que estas incitan a escapar de la realidad o a buscar nuevas respuestas. En ambos casos el enamoramiento ayuda, claro que hay que estar dispuesto a bajar las defensas. Asimismo, si bien psicológicamente se puede amar a dos personas al mismo tiempo, o amar a una y estar enamorado de otra, es imposible estar enamorado de dos personas a la vez, ya que el enamoramiento reestructura, en torno a una persona, todo el sistema de afectos, por lo que no es posible someterse a dos fuerzas en direcciones distintas.
Pero, ¿cuánto dura el estado de enamoramiento? La antropóloga canadiense Helen Fisher, en una investigación sobre los pueblos primitivos, descubrió que en aquella época las mujeres daban a luz con una diferencia de cuatro años, debido a un largo período de amamantamiento, tras el cual volvían a ser fértiles. A esa edad el pequeño ya era capaz de incorporarse independientemente al grupo. Lo interesante de esto, es que hasta el día de hoy las tasas más altas de divorcio se producen entre los tres y cuatro años de relación, mientras que el período de enamoramiento dura entre dos y tres años y medio. Por este motivo, la experta propone que el enamoramiento es una condición inscrita en nuestra mente que nos permite criar hijos. Una vez finalizada esta tarea, se pierde el
enamoramiento y surge la opción de buscar otra pareja. Esta monogamia sucesiva, en serie, sirvió durante mucho tiempo para la expansión humana.
Contigo, pan y cebolla
El estado mental del enamoramiento se caracteriza por la idealización del otro y la minimización de sus defectos. El amado es visto como alguien protector, con recursos inagotables. Es alguien con quien se quiere trascender en la historia; por eso aparece el deseo de tener hijos: contigo pan y cebolla. La pareja enamorada experimenta un impulso para construir una sociedad distinta. Todo lo existente tiene un sentido, la realidad en sí misma es hermosa, lógica y admirable; por eso las parejas se conmueven ante la belleza.
El proyecto de la pareja desarrolla un fenómeno que los estudiosos han denominado historización, y que consiste en que se desea construir una nueva identidad. Se vuelve al pasado, para reinterpretarlo a la luz del nuevo encuentro, y todos los antiguos dolores y traumas se incorporan al proyecto, donde adquieren su propio sentido. Se reelaboran los duelos, disminuyen los rencores y las ataduras. El deseo erótico se tiñe de fuertes idealizaciones, las que permiten a la persona no hacerse cargo de la inevitable agresión que perturba a la sexualidad. Se vive con un carácter romántico, y eso prepara para las dificultades de la sexualidad en el período del amor estable, en el que se irán incorporando los elementos agresivos.
Aterrizaje de las expectativas
Cuando la pareja ya está estabilizada, se produce un aterrizaje de las expectativas. El estado afectivo predominante es el apego y los neurotransmisores que dominan son las endorfinas, que dan tranquilidad y paz. Se pierde la idealización intensa y se elaboran proyectos concretos. De estos, la procreación es el más importante. Con el deseo de tener un hijo se expresa la voluntad de consolidarse de un modo definitivo. Este compromiso, que en nuestros ancestros demandaba cuatro años, hoy requiere formar personas mucho más sofisticadas y preparadas mentalmente para enfrentar la vida: hay que acompañar a los hijos incluso más allá de los veinte años.
En esta etapa, además, se comienza a construir una moral y un conjunto de valores comunes, que sirven como límites a los conflictos propios. La pareja requiere también del cumplimiento de variados roles, como si no fueran solamente dos personas. En esta dinámica se desarrollan dos principios: la complementariedad, que es la capacidad de corregir y completar al otro, y la sustituibilidad, que permite comprender y apreciar el trabajo del otro para poder colaborar.
En el amor estable, la comunicación está al servicio del conocimiento profundo. Se va construyendo un relato propio, una especie de leyenda sobre las dificultades, luchas y triunfos. El deseo sexual, en tanto, requiere de tareas periódicas para configurar una relación creativa. La idealización ahora integra también los elementos más negativos de la
relación, y se hace una idealización más madura. No solo se erotiza el vínculo del deseo, sino que también la historia de la relación.
Duelo, idealización y dolor
Las fases más arriba descritas, de las cuales depende la calidad del amor estable, están acompañadas de tres procesos mentales básicos. Primero: el duelo, para aceptar las insuficiencias de la relación con los padres y así construir una identidad propia, satisfaciendo los estados afectivos personales. Segundo: la idealización, unida a la capacidad de depender del otro, ya que el enamoramiento es también la búsqueda de alguien que pueda asumir nuestros conflictos y ayudarnos a solucionarlos. Sin embargo, lo crucial para alcanzar el amor estable es la etapa en que se asume el dolor de amar. Es fundamental una renuncia al narcisismo y ver que el otro no es una prolongación de uno, sino aquel en el cual se aprecian también elementos frustrantes que despiertan odio y rabia, pero que, a pesar de ello, se es capaz de amar, renunciando a las propias necesidades. En la formación de pareja, la mujer generalmente no se casa enamorada, sino que va descubriendo el amor; el hombre, en cambio, se casa enamorado y después tiende a alejarse. Ella es propensa a desilusionarse por falta de ternura, y él por carencia de entrega sexual.
LA APATÍA SEXUAL: UN MAL FRECUENTE EN LAS PAREJAS ESTABLES
Mantener una vida sexual entretenida y profunda a través del tiempo, en la que se integren sexo y ternura, aventura y exploración, es un trabajo exigente de pareja. Ello no se logra en un encuentro sexual fortuito. Esta es una razón a favor del matrimonio, pues en él la mujer se siente amada y especial, lo que le va a permitir llegar a las cimas más altas del placer, con lo cual hace sentir también al hombre que él tiene una gran capacidad para desplegar su virilidad, asegurándole satisfacción y autoestima.
Después de la etapa de enamoramiento, en la cual, por la intensa idealización mutua, la sexualidad habitualmente cumple las expectativas, la pareja tiene tres opciones: se entra en una apatía sexual creciente y los cónyuges se van alejando; se incorporan elementos cada vez más agresivos en búsqueda de una intensidad sensorial creciente; o, desde un amor sexual maduro, se logra mantener el vínculo erotizado, ya no por lo que provoca la parte estética o sensorial, sino por algo mucho más profundo.
Suele pensarse que la sexualidad va perdiendo importancia a medida que la pareja avanza en edad, pero esto se debe a que algunos solo ven la sexualidad desde la perspectiva de la excitación sexual, de una atracción más instintiva y menos elaborada. En estos casos, a nivel del deseo erótico, la gratificación sexual con el otro es intensa, pero de una calidad todavía parcial, pues está regulada por la sensación de dominio, placer y goce. La pareja que logra evolucionar hacia el amor sexual maduro, va elaborando una relación íntima que permite mantenerse atraído por el otro de manera total y no solo por la parte estética. Es decir, a nivel del deseo erótico, solo nos resulta
excitante la persona joven, hermosa y perfecta, y no importa mucho lo que hay en su mundo interno, mientras que a nivel del amor sexual maduro, la pareja tiene un significado mucho más profundo y su mundo interno es capaz de erotizarnos.
El amor sexual maduro es un concepto desarrollado por el profesor estadounidense de origen austríaco Otto Kernberg, en sus estudios sobre las relaciones amorosas. El amor sexual maduro se caracteriza por la capacidad de mantener el vínculo erotizado con una persona única a través del tiempo. Es poder darle un carácter erótico a la relación, a pesar de que el otro va perdiendo belleza física. Lo que ocurre es que la pareja se va transformando en una geografía con significados personales, y justamente estos son los que infunden pasión y permiten tener buen sexo hasta el último día de la vida. Tiene mucho que ver con la idealización del otro: en el caso del deseo erótico, esta idealización es parcial (solo los cuerpos hermosos), pero, en el amor sexual maduro, la pareja es capaz de ir erotizando el vínculo del mundo interno y encontrar ahí una fuente de erotización permanente. De esta manera, la capacidad creativa y de variación que puede tener una pareja a través de los años es muy grande y no queda limitada solamente a la estimulación que producen los aspectos sensoriales.
El paso del deseo erótico al amor sexual maduro depende de la capacidad mental de preocupación, ternura y cuidado por el otro, en el fondo, de la capacidad de amar. Eso en el sexo se transmite en creatividad —juegos, pasión, transgresiones—, en la capacidad de reparar en lo que necesita el otro y en la integración de los aspectos masculinos y femeninos que hay tanto en el hombre como en la mujer, para así lograr un total afiatamiento de la pareja.
Es importante aclarar que alcanzar el amor sexual maduro no tiene relación con la edad, sí con la madurez. Hay jóvenes que ya lo han logrado y parejas que no lo alcanzan en toda la vida. Ahora bien, difícilmente se da en el período de enamoramiento. Cuando se da, suele ser en la fase de amor estable, cuando ya se han enfrentado los problemas y defectos del otro. Esto requiere de mucho trabajo psíquico, creatividad, capacidad de pasión e integración entre lo masculino y lo femenino.
Los usos sociales actuales tienden a atacar el vínculo de pareja basado en el amor. En revistas, películas y novelas, uno nunca ve una escena apasionada de sexo entre una pareja de casados. Todo lo excitante tiene que ver con la amante, la amiga, la mayor, la menor, lo prohibido en general: lo que da la tónica a la excitación no es el vínculo amoroso interno, sino lo sensorial. La sociedad contribuye a generar este mito de que el sexo se acaba una vez que se acaba la estimulación sensorial, provocada solamente por los objetos perfectos o vedados. Pero la sexualidad —componente básico para asegurarse una buena travesía matrimonial— está determinada por tres grandes variables en el ser humano: la herencia filogenética, la relación con los padres y el aporte de la cultura.
La primera variable —la herencia filogenética— hace referencia a los millones de años en que la especie humana ha ido seleccionando y transmitiendo genéticamente las conductas más aptas de sobrevivencia. Para dar un ejemplo de cómo actúa esta variable: si uno de nuestros antepasados primates demoraba mucho en su relación íntima, corría el riesgo de ser atacado por un depredador. Eso fue marcando la sexualidad masculina hacia
una excitación rápida y una pronta descarga, condición que se mantiene hasta hoy a pesar de que ya no suele haber peligros al acecho.
La segunda variable está constituida por las disposiciones que uno adquiere a través de la relación con los padres. El paso de la excitación sexual al deseo erótico está muy vinculado a la capacidad que tuvo la madre de establecer un vínculo a través del contacto con la piel de sus hijos. El deseo erótico se modela según el vínculo del niño o niña con su padre y su madre; como este contacto es diferente con uno y otro, la disposición hacia la sexualidad también es diferente.
La influencia de la cultura es el tercer elemento que determina la sexualidad. La sociedad va a influir de manera muy radical en cómo se dé la vida sexual en los grupos. Aparecen los mitos e influencias sociales y religiosas, que van a marcar la intimidad en las parejas.
Estos componentes marcan además, de manera particular, a cada hombre y a cada mujer. Por ello, lograr una sexualidad complementaria en la pareja es un gran desafío. A nivel del deseo erótico, esto genera un desfase muy grande entre la sexualidad del hombre y la de la mujer, pero al pasar al amor sexual maduro, en que se alcanza una satisfactoria integración de las tres variables descritas, se pueden superar dichos desfases. Estos tienen que ver con el deseo, con la temporalidad y con la forma en que cada cual se excita.
Hay que distinguir tres dimensiones propias del acto sexual: la tarea que se propone, la motivación que hay detrás y la temporalidad que está en juego. Respecto de la tarea, el hombre está concentrado en lograr una erección, lo que le genera, con mayor o menor grado de conciencia, una angustia de rendimiento. Esta se puede ver incrementada si es que está con una mujer ansiosa que le exige demasiado, o con una que es poco comprensiva ante el fracaso en la erección. La mujer, que puede ser fecundada incluso en absoluta pasividad, tiene otras preocupaciones: que el hombre la abandone una vez consumado el acto, o no sea capaz de protegerla a ella y a su descendencia.
Para que un encuentro placentero se logre, tiene que producirse un acercamiento que dé la seguridad, a cada cual, de que los propios temores no tienen sustento. La sexualidad en el hombre está relacionada con el placer de la descarga —algo más rápido e intenso—, mientras que en la mujer se conecta con algo acumulativo vinculado al aumento de tensión. Para que el hombre pueda sentir afecto, ternura y sentimientos amorosos, requiere que su tensión disminuya. Por eso se afirma que él llega al amor desde el sexo. Ella, en cambio, necesita estar colmada de ternura para poder disfrutar sexualmente. Saber cómo funciona el otro en la intimidad, otorga las herramientas necesarias para evitar un desfase.
La motivación en el hombre proviene de lo visual, y le resulta muy provocadora una mujer en estado de excitación. Este es un aporte de la filogenia, pues el animal macho se excita con la hembra en celo. Los hombres son más insensibles: han debido cazar a la intemperie, su piel es más gruesa y con menos receptores táctiles. Esto hace que necesiten un estímulo sexual mucho más fuerte e intenso que la mujer. Por esto, el hombre desarrolla un gusto por la variedad: a nivel del deseo erótico, es la variedad
sensorial, y, cuando alcanza el amor sexual maduro, esto se manifiesta en la incorporación, como novedad, de lo que proviene del mundo interno.
Ella, en cambio, al ser mucho más sensible, de piel delicada y abundantes receptores sensoriales, necesita un proceso más calmo, lento y delicado. La mujer tiene más facilidad para excitarse con la variación del mundo interno que con los aspectos físicos del hombre. A ella le interesa más alguien que la trate de manera novedosa que un hombre diferente cada vez y, en este sentido, le resultan más atractivas las características vinculadas con la personalidad, fundamentalmente el poder: un hombre con poder es simplemente afrodisíaco, porque la mujer busca al macho que la proteja y le dé garantías de preocupación. Un hombre puede pasearse con una mujer de baja condición social, sin recursos e inculta, pero si es buenamoza lo hace con todo orgullo. Una mujer no hace eso, pero sí puede andar con un hombre viejo, feo, mal hecho, pero poderoso, sea en