MIKE VAN TREEK NILSSON
Este texto comienza invitando al lector a mirar nuestro entorno social y reconocer allí algunas transformaciones culturales y ciertos malestares. Luego, al recorrer textos selectos del Antiguo Testamento sobre el placer, se quiere motivar para que el lector elabore o fortalezca su espiritualidad cristiana en relación a la vivencia del erotismo en diálogo con la sociedad moderna en la cual vive. El texto se aproxima a la cuestión del placer en relación a diversos elementos de la experiencia humana como son el deseo, la violencia, el reconocimiento, la relación con el Señor y con la Tierra.
El tema general de estas líneas es el placer en el Antiguo Testamento, más precisamente las representaciones literarias y teológicas de este en los textos de esa parte de la Biblia. A lo largo de las páginas se quiere proponer al lector el (re)descubrimiento de este grupo de libros antiguos y sabios como fuente de nuestra propia elaboración espiritual cristiana. El equipo de investigación en el cual nace este libro se ha planteado la pregunta: ¿qué nos pueden aportar los textos de la Biblia hebrea para discernir y elaborar una vivencia del erotismo en el horizonte del Evangelio de Jesucristo hoy? Creemos que podemos ofrecer una respuesta a quienes se formulan interrogantes similares. Sugiero, entonces, una respuesta propositiva, sencilla y rigurosa, basada en el estudio profundo y científico de los textos. El texto se organiza en tres partes: transformaciones de la vivencia de la intimidad y el placer, la experiencia del placer en el Antiguo Testamento —que a su vez se articula en dos partes, una sobre la poesía y otra sobre la narrativa bíblicas— y, finalmente, una proposición de claves para una síntesis entre erotismo y espiritualidad hoy1
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MALESTAR Y TRANSFORMACIONES DEL PLACER
Un cierto malestar
Se siente en nuestra atmósfera una especie de división entre dos posturas en relación al placer. Al parecer no nos quedaría otra opción que escoger entre dos alternativas opuestas: o emprendemos el camino del rigorismo que reduciría el goce del placer al mínimo o bien recorremos la vía del liberalismo que se adentraría en un terreno cada vez más carente de límites. Sin embargo, sospechamos que, como en toda realidad humana, existe una ambigüedad en la cual debemos, individual y comunitariamente, discernir lo
que plenifica la vida de las mujeres y los hombres de hoy.
En diversos ambientes se vive en base a un imaginario del eros que lo asocia con lo bajo del ser humano, lo instintivo, lo bruto o lo no elaborado. Pareciera que no existe el camino para una elaboración simbólica y multidimensional del placer en el espacio público democrático2
. Si bien en ambientes juveniles este imaginario afortunadamente se debilita, está por verse si no reaparece en la edad adulta.
En este marco, el placer erótico es puesto en el escenario público sea bajo la óptica de la sospecha, sea bajo un modelo mercantilista donde es un anzuelo para ganar audiencia o simplemente, como producto de consumo, cuando no como diversión. El placer aparece en la estética cotidiana pública en parte gracias a la trivialización y simplificación de la experiencia erótica.
De no enfrentar el malestar brevemente descrito corremos el riesgo de excluir de nuestra espiritualidad y fe en Jesucristo salvador nuestra experiencia corporal. Una fe descorporalizada nos impediría entrar en verdadera comunicación y experimentación con Dios. Este aspecto del malestar tiene que ver con la devaluación del lenguaje sobre el placer y el erotismo, lo que constituye un obstáculo para integrar estas dimensiones del ser humano en una espiritualidad bíblica-evangélica.
Transformaciones
En los últimos años, con la implantación cada vez mayor de la modernidad, se experimentan cambios profundos en la forma en que se constituyen las relaciones de pareja. Consecuentemente el rol del placer en ellas ha mutado3
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En términos generales, asistimos a una transformación en el esquema de vivencia del amor: de un amor romántico nos desplazamos a un amor convergente o democrático. El primer esquema concibe el amor de pareja como un amor heterosexual, monogámico, estable y patriarcal. Tal modelo se ha idealizado con frecuencia hasta considerarlo como un estado ideal e imperfectible. Sin embargo, con más frecuencia de lo que queremos reconocer, al interior de tal esquema se dan diversas formas de violencia, dominación, invisibilización y maternización de la relación.
En relación al esquema convergente, notamos que paulatinamente las parejas entran a un modelo donde la satisfacción de vida de los compañeros tiene mayor valor que la institucionalidad de la pareja. Así, en la juventud la intimidad se instala como un valor y en virtud de un modelo democratizador al centro de la relación amorosa, la pareja aprende a negociar los espacios de igualdad, justicia y desarrollo equitativo de diversas áreas de la vida. El otro no es concebido como una pareja desconocida sino como un otro abierto a expresar su intimidad en un contexto de no violencia donde ninguno de los dos pueda tomar el control abusivamente. La etapa de pololeo es concebida como una etapa de conocimiento mutuo y aprendizaje erótico, quedando en un segundo plano las tradicionales costumbres de la relación entre las familias de los pololos.
Otro elemento de transformación en nuestra cultura es la legitimación del deseo y placer sexual femenino. Las mujeres van dejando de ser concebidas como proveedoras
de hijos y del placer de su cónyuge —roles que relegaban su propio goce a un segundo plano y lo posponía, al menos, hasta el matrimonio—. No parece ético ni constructivo para la relación de pareja el sacrificio de su propio deseo al goce de su pareja. Vemos aquí una transformación de índole mayor, toda vez que esto conlleva una consideración de las diferencias en el plano del reconocimiento mutuo. En suma, todo esto mueve a una actividad reflexiva sobre el rol de cada uno y de cada una en el placer del otro y en el propio goce. Estos cambios, en todo caso, se implantarían a ritmos desiguales en relación al estatus socioeconómico de las mujeres.
En el marco de estas alteraciones que hemos rápidamente esbozado, los cristianos nos preguntamos cómo podemos vivir y acompañar con honestidad intelectual y profundidad espiritual el goce del placer sexual4
. Convencidos de que el placer es obra del Creador, creemos necesario volver a las fuentes bíblicas pues allí se expresa la palabra de Dios que nos da a pensar sobre el sentido de nuestra vocación cristiana hoy5
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Junto con ayudarnos a sopesar el valor de estas transformaciones, el Primer Testamento nos puede nutrir de un espíritu abierto para discernirlas, recogerlas y recibirlas como Buena Noticia para los hombres y mujeres de hoy. Nos urge la Palabra, pero también la pregunta auténticamente humana de este asunto, que supera los límites de las confesiones religiosas; es una pregunta de nuestra cultura.
EL PLACER Y LA RECONSTRUCCIÓN DE UNA ESPIRITUALIDAD
Al hablar de espiritualidad la Biblia, y en particular el Antiguo Testamento, no deja fuera el cuerpo sino que lo integra profundamente en su relación con Dios y con la tierra. La Biblia nos impulsa a integrar erotismo y espiritualidad en lugar de evacuar el primero en beneficio de un espiritualismo malsano o algo puritano6
. Expondremos algunos textos que se aproximan a la temática en relación con la tierra, con el culto y con la experiencia de salvación a partir de la lectura intertextual de algunas creaciones poéticas y legales de la Biblia.
Puede que la asociación entre estos tres elementos parezca extraña, pero una lectura atenta a una red de textos nos permite descubrir una temática teológica y espiritual muy actual. Exploraremos brevemente tres textos tomados del Levítico y de Isaías. Comencemos con este último.
El shabbat, una delicia Si evitas del sábado tu pie,
de realizar tu propio deseo en mi día santo y llamas al sábado “Delicia”,
al día santo de Adonay “Honorable”, y lo honras evitando tus caminos
Entonces tú te deleitarás a causa de Adonay, te haré cabalgar sobre las alturas de la tierra, te haré comer de la herencia de Jacob tu padre. —Sí, la boca de Adonay ha hablado—
Is 58,13-14 Este poema profético impulsa a su oyente a respetar el descanso sabático limitando en cierta medida la realización del deseo. Así, el shabbat podrá ser llamado “delicia”, una palabra que en hebreo se asocia al placer gastronómico del sabor (Is 55,2), al placer erótico (Ct 7,7) y al bienestar (Sl 37,11); se aplica sin duda a la relación entre el orante del salmo y el Señor (Sl 37,4).
La segunda parte del verso del profeta Isaías es antropológicamente muy significativa. El respeto por el shabbat significa dar cabida en la organización temporal a algo distinto al trabajo, ese es el significado más básico de “honorar” en el texto. Leyendo el texto profético en el telón de fondo de Ex 20,10, el descanso sabático se comprende como suspensión del deseo por el trabajo, el cual en sí contiene una cierta violencia contra la creación y la persona. No se trata de su eliminación, sino de una acotación temporal y espacial. El trabajo debe desarrollarse en su justa medida, de lo contrario se vuelve esclavitud, sometimiento al trabajo o al deseo de otro que lo impone.
Este límite al trabajo permite que se pueda gozar la presencia del Señor, pues sin anular la potencia del deseo, lo dirige en parte hacia él. No creo que se trate de una ritualización del sábado. El texto parece sugerir que en la medida en que se renuncie a imponer absolutamente el deseo a otros se puede descubrir a un Dios que busca nuestro bienestar y deleite. Así, el sábado es placentero y al mismo tiempo antídoto para una esclavitud posible, como la de Egipto de la cual el Señor los ha liberado (Ex 20,2).
La tierra y su derecho al placer
Igual que muchos textos de la Biblia, el capítulo 26 del Levítico presenta algunas dificultades de traducción. Prescindiendo aquí de la discusión de los especialistas, presento una posibilidad de traducción de Lv 26,34. 43.
El contexto de estos versículos es el conjunto de los capítulos 25-26, que constituyen secuencia de dos discursos del Señor, unidos por una transición (26,1-2). En el primer discurso se plantea la regulación del descanso sabático de los campos (Lv 25,2- 7). No es solamente el agricultor quien no labora, sino que “la tierra tendrá su descanso”, es la tierra el sujeto del verbo. El segundo discurso del Señor da dos alternativas a los israelitas: seguir o no seguir varios preceptos mencionados antes, entre los cuales se encuentra el cese del trabajo de la tierra. El caso positivo lleva a la felicidad y a la abundancia (26,3-13) y el caso negativo a lo contrario (26,14-43). En esta segunda alternativa están los dos textos que abordaremos. Veremos, en todo caso, que no se trata de un cumplimiento superficial ni mecánico del precepto.
Si el pueblo no da descanso a la tierra, el Señor expulsará a sus habitantes de ella (26,33). “Entonces —dice a continuación el texto— la tierra gozará sus sábados durante todos los días que estará desolada mientras ustedes estén en el país de sus enemigos; entonces sí que descansará la tierra y gozará sus sábados”. Algo similar se enuncia en el v. 43. ¿Cómo entender estas palabras?
El tema enunciado está regido por el uso metafórico del lenguaje. Se proyecta sobre la tierra una emoción humana —el placer— y se ven en ella los efectos del propio comportamiento humano. Así, imponerle un trabajo sin pausas a la tierra, reproduce con ella, el trato sufrido por Israel en Egipto, una faraonización de la relación con ella. Así como para liberar a Israel de la esclavitud el Señor los sacó de Egipto, Dios liberará a la tierra expulsando a sus habitantes, logrando la tierra su liberación.
Si la tierra ha sido sometida a una labor incesante, ha sido porque los hombres no han tomado un descanso y se han hecho ellos mismos esclavos de su propio trabajo. Someter a otro y someter a la tierra son cosas ligadas. En la Biblia hay una reflexión más extendida sobre esta relación.
Shabbat, libertad, placer. Al parecer la Biblia quiere suscitar una reflexión más amplia respecto al ser humano entre sus lectores. Por ejemplo, Ex 20,10; 23,12 relacionan explícitamente el sábado con el cese de trabajo. Por su parte, el Génesis relaciona la satisfacción de Dios por la creación con su descanso finalizador de la creación (Gn 1,31-2,3). Colocando el sábado al centro del decálogo y en la corona de la creación, el Primer Testamento indica que aquel es algo fundamental para la vida y la felicidad, porque quien detiene su trabajo y detiene el trabajo de los demás, muestra que no es esclavo de lo que produce sino que, en efecto, puede gozar del resultado de su trabajo y de su trabajo mismo. El sábado, además, es oferta de libertad al otro, colocando un límite a la labor de quienes trabajan. El sábado permite así, entrar en relación con otros fuera del ámbito del trabajo, justamente, en el ámbito del placer. Se abre aquí una visión del gozo como un antídoto contra la idolatría del trabajo. De cierta manera, el ocio es la madre de una justa relación con la tierra, con los otros y con el Señor; ya lo dice el salmista cuando recita: “Tú abres la mano y sacias con placer a todo viviente” (Sl 145,16).
El placer y el culto a Dios
Leemos una carta de Juan, la primera, y nos sorprendemos de la vinculación que su autor hace entre el amor a Dios y el amor a los hermanos: “Si alguno dice: “Amo a Dios” y aborrece a su hermano, es un mentiroso” (1Jn 4,20). En el Antiguo Testamento hay una serie de textos que constituyen un marco muy interesante a esta formulación.
Desde hace bastante tiempo que se ha estudiado la crítica profética a un tipo de celebración cultual que es más una pantalla que una celebración auténtica.
Queremos ofrecer aquí una lectura intertextual de algunos pasajes que nos oriente a una aceptación y valoración positiva del placer en la celebración.
descubierto que varias palabras asociadas a esta emoción son usadas por los autores de la Biblia hebrea para referirse al culto. Se da un recubrimiento parcial entre estos dos universos de palabras, gracias a que se evoca de manera metafórica la experiencia de la comensalidad y, por tanto, del reconocimiento y la aceptación recíproca del otro.
A lo largo de la Biblia hebrea, la temática del culto está presente de varias formas. Hay textos normativos que señalan la manera en que debe ser presentada, por ejemplo, una ofrenda o algún tipo de sacrificio. El gesto debe cumplir ciertas condiciones rituales; así también lo ofrecido, sea vegetal o animal, debe cumplir con ciertas características. El cumplimiento de aquellas normas afecta la forma en que el Señor recibe tal sacrificio (Lv 1,3; 19,5; 22,29). En estos textos, el vocabulario empleado para describir el vínculo entre el Señor y los oferentes proviene del ámbito del sabor o del aroma placenteros y por tanto agradables.
En algunos salmos encontramos también elementos que complementan la perspectiva anterior. No es el rito de entregar una víctima animal o vegetal, es una cierta disposición o actitud del que ofrece lo que resulta agradable a Dios. La actitud y la ofrenda forman un todo:
Un sacrificio no te gusta,
si te ofreciera un holocausto, no te agrada. El sacrificio que te agrada
es un espíritu quebrantado.
Un corazón arrepentido y humillado, oh Dios, no lo rechazas.
(Sl 51,18-19) Hay que cuidarse de pensar que se trata de la única actitud a tener frente al Señor. El salmo 51 es un salmo que surge desde la conciencia de haber actuado de manera incorrecta causando dolor y muerte (Sl 51,1; cf. 2Sam 11-12).
Distinto es el caso cuando la alabanza surge y se espera que el Señor la reciba y se conmueva con el gozo del humano:
Sea placentero mi canto a él, yo, me alegraré gracias al Señor.
(Sl 104,34) Desde una plenitud de sentimientos agradables, el salmista espera que su canto cause agrado a Dios, y gracias a ello, él pueda alegrarse por conmocionar a Dios de gozo, como una continua retroalimentación de gestos agradables. Si Dios puede oír un canto bello y valorarlo, el poeta lo sabe porque sabe experimentar ese placer con los humanos. Así, el Cantar de los cantares utiliza exactamente el mismo vocabulario que el Sl 104 para expresar el placer de los amantes:
Muéstrame tu rostro, déjame oír tu voz;
porque tu voz es placentera, y tu rostro es bello.
(Ct 2,14) El Señor tiene emociones y los poetas bíblicos han sabido discernir bajo su inspiración cuándo las emociones de Dios indican un camino hacia una relación espiritual justa, reconociente y fructífera.
En la literatura profética, hay muchos ejemplos de la relación entre el culto y la actitud auténtica requerida por este. Un texto que recoge el vocabulario del placer en este ámbito lo leemos en Miqueas:
¿Con qué me aproximaré el Señor, inclinándome al Dios de lo alto?
¿Me aproximaré con holocaustos, con terneros de un año? ¿Agradará al Señor un millar de carneros, o diez mil arroyos de aceite?
¿Le ofreceré mi primogénito por mi culpa o el fruto de mi vientre por mi pecado?
—se te ha contado, humano, lo que es bueno lo que el Señor busca de ti:
que realices el derecho, que ames la lealtad, que humildemente camines con tu Dios.
(Miq 6,6-8) Este texto es muy pedagógico. El poeta presenta una suerte de monólogo interior en el cual el hablante se va haciendo un cierto número de preguntas. En el primer segmento se plantea la pregunta general por la forma en la cual él puede aproximarse al Dios trascendente. El hablante ofrece tres alternativas en una serie in crescendo. La respuesta viene en tercera persona, ¿lo descubre el mismo que se pregunta? Luego de la introducción que llama a un ejercicio de recuperación de la memoria (“ya te ha contado”), es también ternaria: derecho, lealtad y caminar junto a Dios. Aquello que agrada a Dios es una relación de apego donde se comparte una posición horizontal con Dios y justa con los hermanos: caminar con los humanos es lo que a Dios más le agrada; he ahí una ventana al placer de Dios.
La metáfora “caminar con Dios” no expresa únicamente el ámbito ético, sino que puede referirse con toda propiedad a la com-partición del trayecto de la vida del hombre por parte de un Dios cercano, que busca entablar una relación en la contingencia de su vida. Para ello hay condiciones: la justicia y la rectitud, pero también el abandono de esquemas religiosos recargados de experiencias sacrificiales y la adopción de un estilo más peregrino y gozoso.
Sacrificio ni ofrendas no te gustan, mis oídos has abierto, no solicitas holocaustos ni víctimas. Me gusta realizar lo que te agrada,
La instrucción está en mis entrañas.
(Sl 40,7.9) El salmista retoma luego el tema de la justicia, la lealtad y el amor de Dios, de forma similar al texto anterior. Retomaremos este salmo en unas páginas más adelante.