Virginia Maquieira D’Angelo
5. A MODO DE CONCLUSIÓN
Voy a recapitular algunos logros y retos en el escenario complejo de este inicio del siglo XXI. Como hemos visto se ha producido desde los años noventa una pro- gresiva asunción en el discurso y en las prácticas de Naciones Unidas del reconoci- miento de los derechos de las mujeres como derechos humanos ligados al desarro- llo, al progreso y bienestar de los países. Las cuestiones relacionadas con la igualdad entre hombres y mujeres que tradicionalmente ha sido una cuestión marginal, un área de Naciones Unidas, pero sin impacto en las políticas generales del sistema ONU ha ido ganando terreno al introducirse la perspectiva de género en cuestiones cruciales de las políticas internacionales tales como las cuestiones de medio am- biente, pobreza, guerras y personas desplazadas. Se ha producido una mejora sus- tancial de la información estadística sobre la situación de las mujeres en el mundo. Un caso especialmente relevante son los Informes sobre desarrollo humano que pu- blica Naciones Unidas (PNUD) cada año así como otros muchos propiciados por otros organismos internacionales, regionales y nacionales que van dando cuenta de la importancia y, a la vez, de la necesidad de redoblar los esfuerzos e impulso de los estudios feministas y de género. Circunstancia que hace más perentoria la vindica- ción de la «plena ciudadanía académica» basada no en el paradigma de la cortesía que enmascara la desigualdad sino basada en el paradigma del respeto que supone reconocimiento mutuo y reciprocidad (Sánchez, 2005:443).
Asimismo, en las últimas dos décadas, los nuevos medios de comunicación e in- formación tecnológica productos de la globalización están propiciando la difusión de las reivindicaciones de las mujeres en todo el mundo y la interacción entre organiza- ciones de ámbito regional y nacional, así como la actuación de grupos de base que pueden incidir de forma directa en las instancias supranacionales. El impulso al mainstreaming o transversalidad de género reconocida en las cumbres internaciona- les, en las normativas europeas y en muchos otros referentes de igualdad supone el di- seño, implementación y evaluación de políticas que promuevan la igualdad de género en todos los ámbitos de actuación de la gobernanza de los estados y de las instancias supranacionales. A pesar de que la tarea no es fácil, constituye un reto de enormes proporciones «porque aspira a convertir las políticas públicas, las únicas que crean de- rechos, en políticas igualitarias y no discriminatorias» (Murillo, 2007:51).
Sin embargo, como bien sabemos los logros no son lineales ni nunca están garantizados; el impacto real de los acuerdos internacionales y su implementación en las políticas de cada país sigue siendo variable y limitado. Las brechas entre los enunciados y las prácticas se han puesto de manifiesto a lo largo de este texto. En muchos casos debido a la falta de mecanismos operativos y legitimados en caso de incumplimiento, en otros, por la interpretación selectiva que los estados hacen de las formulaciones y acuerdos en materia de igualdad entre hombres y mujeres. Sin olvidar la falta de voluntad económica y política en la redistribución de la ri- queza. Como hemos visto, los avances están en relación al grado de organización, articulación y presión de los colectivos de mujeres que no han dejado de vincular la vindicación de sus derechos como derechos humanos a la lucha por la ciu-
dadanía plena en el marco de sus países y comunidades políticas. Pero también vale la pena resaltar que el ámbito de lo político, el compromiso por el logro del bien común se ha ampliado y se ha hecho más complejo en la era global.
El surgimiento de nuevas realidades y demandas en el marco de los cambios sociales, económicos, políticos y tecnológicos relativamente recientes no pueden ser resueltos en el marco limitado de un Estado-nación. El derecho a la libre cir- culación de las personas, el deterioro ambiental, la justicia internacional, la paz, el desarrollo, la pobreza, la seguridad alimentaria, la gobernabilidad de la globa- lización económica, por mencionar sólo algunos de los más acuciantes, sólo po- drán ser efectivos en nuevos escenarios políticos y aunque sus efectos se hacen sen- tir en los contextos locales y nacionales requieren de análisis, formulaciones, pactos y soluciones a nivel global en el marco del horizonte universalista de los de- rechos humanos. Al mismo tiempo y como consecuencia de la globalización los estados-nacionales experimentan importantes transformaciones hacia formas de cooperación e integración supranacionales con la consiguiente pérdida de sobe- ranía sin dejar de buscar su legitimación mediante la descentralización adminis- trativa y la participación ciudadana y por tanto devolviendo el poder a ámbitos subnacionales cuyas instancias administrativas interaccionan de manera variable modulando una configuración distinta de la combinatoria administrativa que compone el nuevo estado y abriendo o cerrando espacios para el logro de una ciu- dadanía efectiva. Las cuestiones apuntadas requieren la activación y organización de una sociedad civil global capaz de actuar y lograr interlocución e influencia en la compleja interconexión de todos los ámbitos y niveles político-administrativos mencionados. Probablemente esa sociedad civil global tiene hoy una capacidad de acción mucho mayor que en el pasado para afrontar los retos de nuestro futuro colectivo. Pero su capacidad transformadora estará en relación al grado de incor- poración del caudal político e intelectual del feminismo si realmente creemos y queremos que otro mundo sea posible.
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1. INTRODUCCIÓN
Las cuestiones de género han logrado imprimir en las dos últimas décadas cam- bios importantes sobre los sistemas internacionales de promoción y protección de los derechos humanos, con impactos sobre el marco teórico conceptual y la arquitectura institucional que los aloja. La transversalización de género sobre los derechos huma- nos aunque se identifica con el desarrollo de los derechos humanos de las mujeres, conlleva transformaciones de conjunto, no un mero desarrollo parcelario. La incor- poración del género descubre no solo la experiencia femenina, sino que resignifica para los derechos humanos lo que hegemónicamente había sido excluido como parte de la dignidad de las personas. En tal sentido, debemos situar las transformaciones operadas como un proceso inclusivo de sujetos a la vez que de integración de di- mensiones humanas. Con ello cabe advertir, además de la dimensión de reconoci- miento y ampliación de derechos en términos de lo que algunos autores como Nor- berto Bobbio observan como «proceso de especificación» del sujeto de Derecho, el impacto en la comprensión de la universalidad, interdependencia y el carácter diná- mico de los derechos humanos, elementos considerados esenciales a éstos.
Asumida la dimensión histórica de los derechos humanos, cualquier exposi- ción de los logros sobre la materia debe prestar atención a las políticas en disputa,