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Ewa Strzelecka

3. GÉNERO Y MECANISMOS CULTURALES DE SUBALTERNIDAD

El término género fue introducido en la teoría y en la política feminista oc- cidental en los años setenta, para designar una construcción cultural y no para in- dicar las bases biológicas del tratamiento desigual entre hombres y mujeres, y sir- vió además para denunciar el sistema de dominación de los hombres sobre las

mujeres (Stolcke, 2004:77-78). La noción de género como categoría de análisis nos sirve para ordenar elementos simbólicos y socioculturales que nos permiten entender cómo se construyen histórica, social y culturalmente las diferencias en- tre los hombres y las mujeres, y nos permite también discernir cómo esas dife- rencias se convierten en desigualdades y se perpetúan en las relaciones de poder. Se trata del conjunto de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores que marcan las diferencias entre el género masculino y el femenino, y que se ad- quieren en un proceso de socialización culturalmente definido. Las identidades y las relaciones socio-culturales de género varían con el tiempo, de generación a ge- neración, según el contexto cultural y las políticas públicas, además están en una relación estrecha con otras variables tales como raza, etnicidad, nacionalidad, clase social, edad o sexualidad. El concepto de género supone un importante avance en la teoría y en la práctica feminista, ya que permite optar por un cambio en tér- minos de igualdad de género. Ha servido también para denunciar el sentido se- xista y androcéntrico que prevalece en las sociedades y en las academias occiden- tales, así como para dar pie a un análisis de género en diferentes contextos socio-culturales y evidenciar que la desigualdad y la discriminación de las muje- res es un hecho generalizado y universal, y que requiere cambios políticos a nivel estructural.

Es interesante mencionar que el modelo de género convencional ha sido ob- jeto de algunas críticas que cuestionan las categorías rígidas de «ser hombre» y «ser mujer», reivindicando el reconocimiento de otras posibilidades para la categori- zación tanto genérica como sexual de la realidad. Estos planteamientos desafían las restricciones tanto de género como de sexo, señalando que no todas las perso- nas encajan dentro de las normas sexuales establecidas o se apegan a la categori- zación binaria de la categoría de género. Verena Stolcke (2004) en su artículo La

mujer es puro cuento: la cultura de género, lleva a cabo una revisión histórica sobre

las posturas de las diversas teorías feministas y antropológicas respecto a este tema. Es un estudio interesante para conocer las dificultades epistemológicas de la cate- goría de género y su conexión con el sexo y la sexualidad, que gira en torno a tres cuestiones relacionadas entre sí: la costumbre prevaleciente entre las académicas feministas de asociar el término género a las deferencias sexuales; la dicotomía car- tesiana entre naturaleza y cultura que prevalece como un hilván en las controver- sias sobre sexo y género; y las aportaciones de las teorías transgénero que ponen en duda el dualismo sexuado heterosexual y la división binaria del sexo y del gé- nero como únicas opciones posibles (Stolcke, 2004). Si bien estos planteamien- tos pueden constituir nuevos desafíos, las organizaciones para el desarrollo toda- vía no se han planteado tratar de funcionar con una perspectiva que se aparte de las categorías construidas en torno a la noción del hombre y de la mujer (Jolly, 2002:20). Desde estos enfoques el género masculino o el femenino pueden verse como categorías artificiales, no obstante, siguen siendo útiles para explicar una realidad concreta de las relaciones entre hombres y mujeres, y visibilizar las rela- ciones de poder y de desigualdad que se establecen entre ambos. Como bien dice Susie Jolly, «aunque las nociones de mujer y hombre podrían ser imaginarias, las de-

sigualdades entre ambos continúan siendo muy reales. En vista de ello, hay quienes ar- gumentan que debemos seguir trabajando dentro de estas categorías, pero siendo cons- cientes de que son temporales y tomándolas como una categoría, más que como un esencial ‹lo que somos›. Al igual que con la clase, es necesario que trabajemos por los intereses de grupos identitarios particulares que son oprimidos por este sistema (la clase trabajadora, las mujeres) y al mismo tiempo por la abolición de estas mismas identi- dades (el fin del sistema de clases, el fin de la categorización sexual)» (Jolly, 2002:19).

La cultura y el género se construyen, se experimentan y se interrelacionan conjuntamente. El sistema de dominación de los hombres sobre las mujeres, evi- denciado en la teoría de género, se justifica en determinadas ideologías culturales. Para que este sistema pueda funcionar se necesitan mecanismos de legitimidad y de reproducción, gracias a los cuales la desigualdad se socializa de tal manera que no se cuestiona y se presenta como un hecho normalizado o natural. Género como sistema simbólico sirve para explicar la desigualdad por medio de conteni- dos significativos sobre la diferenciación de género. En el arte y en la literatura oc- cidental masculinizada se pueden apreciar determinadas distinciones simbólicas que perpetúan este imaginario sobre los estereotipos de género en nuestra conciencia: a las mujeres se las presenta como «seres de» y «para» el hombre, son el prototipo de belleza que satisface el deseo del hombre, o el prototipo de debi- lidad que demanda protección. Los personajes femeninos que transgreden estas normas, se representan como figuras negativas, como brujas, mujeres malvadas o perdidas. A los hombres se les concede el privilegio de encarnar los personajes po- sitivos, ellos son los protagonistas y los héroes de las historias, son dueños de su vida y de su patrimonio. Los arquetipos mencionados pueden servir para simbo- lizar y también para construir esta desigualdad legitimada en base a la subordina- ción y a la relación de dependencia de las mujeres respecto a los hombres. Según esta teoría, el «hombre» y «la mujer» se construyen como seres diferentes, «ella» se presenta como la «otra» del hombre, un ser inferior con una naturaleza distinta, lo cual justifica un trato desigual y discriminatorio.

Las ideologías culturales de discriminación se relejan en determinadas creen- cias que justifican las diferencias entre hombres y mujeres, e influyen en la exclu- sión femenina de los espacios de poder al limitar o prohibir su acceso a las fun- ciones religiosas, políticas y sociales de prestigio. Los tabúes religiosos y las restricciones de conducta impuestos a las mujeres, por ejemplo durante la mens- truación o después del parto, se basan en representaciones de las mujeres como agentes contaminantes. La perpetuación normativa de estas costumbres se garan- tiza a través de mecanismos de sanción socialmente definidos. Los crímenes de honor son un ejemplo de los mecanismos de penalización que se aplican a las mu- jeres cuando transgreden las normas. Es interesante analizar también los códigos culturales del comportamiento y de la sexualidad en términos políticos. Las exi- gencias normativas de una pureza femenina, de la virginidad y de la heterosexua- lidad marcan los límites de la libertad sexual y del control que las mujeres pueden ejercer sobre su propio cuerpo. Se trata de ideologías estrechamente unidas a unos sistemas de parentesco forjados por las reglas matrimoniales, y de intereses políti-

cos y económicos relacionados con la reproducción de la comunidad, que en gran medida dependen de la socialización adecuada de las mujeres en su rol de esposas y madres. A las mujeres se les asigna el deber de mantener la identidad, de ser las depositarias y transmisoras de los bagajes simbólicos de las tradiciones, mientras que a los varones se les reserva el derecho a la subjetividad, que les da siempre un margen discrecional de maniobra para administrar, seleccionar y redefinir tales bagajes (Amorós, 2005:230). El deber de la identidad de las mujeres frente al de- recho a la subjetividad de los varones tiene consecuencias en cuanto a su libertad, que es por tanto restringida. Las mujeres como madres y educadoras deben trans- mitir a las nuevas generaciones todo el bagaje cultural del cual son producto. So- cializadas en su rol de género y en las normas culturales, reproducen las institu- ciones y las prácticas culturales opresivas que interiorizan como algo necesario para su óptima realización como «féminas» (Moller Okin, 1996:202). Incluso a pesar de conservar un vivo recuerdo de su propio malestar vinculado a algunas tra- diciones, tales como la mutilación genital o la prueba de la virginidad en el día de su boda, las mujeres contribuyen con frecuencia a la perpetración de estas prácti- cas aplicándolas o permitiendo que se las inflijan a sus hijas. Así en el proceso de enculturación las personas oprimidas interiorizan de tal forma su opresión que con frecuencia pierden su capacidad y valor para escoger otras opciones. Por esta razón es importante incidir en los procesos de empoderamiento, para que las mu- jeres sean capaces de impugnar los sistemas de creencias que legitiman su subor- dinación, de modo que puedan analizar su situación y sus problemas, y definir sus propias estrategias para suprimir la discriminación que sufren (Kabeer, 1997:144). En cuanto a la cultura y al género, se reitera la necesidad de actuar con mucha precaución, respetando la diversidad cultural, pero también rechazando decididamente aquellas ideologías culturales que legitiman la desigualdad. Es ne- cesario priorizar la igualdad en las diferencias culturales, dando valor a la creati- vidad humana, la libertad cultural y los derechos humanos. Como bien dice Ce- lia Amorós: «deberíamos tener tanto referentes de identidad como dimensiones de

subjetividad. Sin raíces, desde luego, nos secamos. Pero demasiado apegados a nuestras raíces, no crecemos. Las identidades ni son ni deben ser costosas: están atravesadas por mediaciones crítico-reflexivas que deben producir permanentemente apropiaciones y rechazos selectivos. Y las subjetividades no son ingrávidas: han de resignificar y (…) trascender constantemente los muchos estratos simbólicos que tenemos en depósito y sólo a partir de los cuales podemos generar significados futuros» (Amorós, 2005:231-232).