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Tercera parte Caligrafía

4.2. a Profanaciones del yo

La aplicación de algunos aspectos del marco normativo del internamiento somete al interno a una sucesión de experiencias mortificantes que, además de degradar su integridad, vienen a recordarle de forma casi permanente quién es y qué se espera de él. Quiero referirme con ello a lo que Goffman (2004a) denominó –en su traducción al castellano– profanaciones del yo, una serie de presiones y degradaciones que violan los límites personales de los jóvenes, traspasando la frontera que estos construyen entre su self y el medio que los rodea y quebrantando la intimidad que éste guarda sobre sí mismo. El encadenamiento de pequeños oprobios comienza con el ritual de bienvenida cuando el director recibe al recién llegado.65 La siguiente viñeta corresponde a la observación del

proceso de admisión de Fernando.

65 En los Centros Educativos de régimen cerrado, este ritual de bienvenida prescribe que el

nuevo interno pase las primeras horas en la llamada sala de observación bajo la mirada de una cámara de videovigilancia que, como me explicaba la subdirectora de Las Valvas, registra su “comportamiento” y trata de averiguar “si lleva algo escondido”. Posteriormente el joven, desnudo, deberá pasar una segunda revisión más exahustiva en otra sala a cargo de los guardas de seguridad antes de ser derivado a la enfermeria en la cual le realizarán un chequeo general, la prueba de la tuberculosis y una extracción de sangre para una analítica.

Gaby, la coordinadora, me avisa de que ya llegó el director con Fernando, el nuevo interno. Nos dirigimos a la puerta de entrada donde encontramos al joven junto a Eliana y Gabriel. Fernando es un chico dominicano al que no le calculo más de dieciocho años. Viste de ancho (pantalón y camiseta amplios al estilo hip hop). En su mano izquierda carga una gran bolsa negra de basura con sus pertenencias y una gorra. Me presento estrechándole la mano. Para mi sorpresa, ninguno de los otros educadores se presenta. Parece inhibido ante la espontánea comitiva de recibimiento. La ceremonia de llegada, que corre a cargo del director, comienza señalando la prohibición de traspasar el pasillo que conduce a las oficinas. De este modo, para dirigirnos al despacho de educadores, la coordinadora y el director cogen directamente ese pasillo y Eliana, Fernando y yo, damos toda la vuelta a la planta hasta llegar a la sala de la televisión y acceder al despacho por la otra puerta. Una vez allí, el director le entrega el dossier con la normativa: “Para que no te aburras”, le dice, y pasan a revisar el interior de otra bolsa de plástico (más pequeña) con los enseres personales de valor. Ésta la trae el director, puesto que a los internos no les está permitido transportarla de un centro a otro. Gabriel va sacando, una a una, las pertenencias del joven y las va depositando lentamente encima de la mesa mientras el resto de adultos observamos con atención. Un cargador de teléfono móvil, una fotografía del joven con un amigo, una cajetilla de cigarros… El director le informa que sólo está permitido fumar en la terraza y le pregunta cuántos cigarros tiene previsto fumar al día. “Seis”66 , responde. A continuación extrae un retrato de fotomatón del rostro del joven junto al de una chica, enmarcado en un corazón rosa y rojo. Fernando se ruboriza. Gabriel se queda mirando la foto y nos la muestra riéndose a medias. “¿Es tu novia?”, le pregunta. Fernando, que permanece en silencio, hace un gesto afirmativo con la cabeza. Estoy a su lado; puedo ver como aprieta la mandíbula. Me siento profundamente incómoda formando parte de ese espectáculo. “¿Tu novia ha estado alguna vez en un centro?”, continúa con el cuestionario sin levantar la vista de su labor. (Un encendedor, un cable USB…). “No, ella no”, responde. (Un MP3…) “Ha sido más inteligente que tú”, apostilla Gabriel. (Fotografías familiares, un móvil…) Aquí se detiene y le aclara que no puede utilizarlo. Mientras esté en el interior de Benjamenta, los educadores lo guardarán en un pequeño cajón con su nombre, donde también podrá depositar sus pertenencias de valor. Fernando se mantiene de pie, inmovil. A continuación le dice que Eliana le entregará unas sábanas y le mostrará su habitación. Finalmente le explica que los “incentivos” en el Benjamenta funcionan como en Las Hurdes, correccional del que procede: “Si se portas bien (nivel 3) tendrás la paga completa.”

Respiro con alivio cuando Gabriel da por terminado el ritual de bienvenida. Subo con Eliana y el joven a la segunda planta. Fernando compartirá cuarto con Nabil y Samuel. Eliana le muestra su cama y la parte del armario donde puede dejar la ropa, sugiriéndole que si tiene prendas caras las guarde en el despacho porque suelen “desaparecer”. Fernando

66 Indiqué en el capítulo 3 que “seis” es la respuesta programática de los recien llegados al IB.

Corresponde al número máximo de cigarros que pueden fumar diariamente en los centros cerrados. Gabriel suele hacerles esta pregunta el día del ingreso para comprobar la impronta de la disciplina en los internos.

contesta con un rictus de amargura que ya conoce cómo funcionan las cosas aquí. Dice para sí que no se fía de nadie. Eliana se ausenta unos minutos para traerle las sábanas y yo aprovecho para aclararle que no soy educadora, que estoy en el Benjamenta para realizar un trabajo sobre su funcionamiento y que me verá de vez en cuando tomando notas por la casa. Fernando asiente. Abre la bolsa de basura que ha dejado encima de la litera y comienza a sacar y doblar camisas, pantalones y ropa interior, que más tarde colocará en el armario. También extrae un cepillo, una colonia y un bote de gomina que coloca ordenadamente en la mesita de noche.

Me asaltan pensamientos de carcoma. ¿Qué hago yo aquí? ¿Acaso mi presencia en el cuarto no forma parte del dispositivo de humillación que he venido a impugnar?

Eliana regresa con las sábanas. Juntos hacen la cama y minutos después bajamos a la primera planta.

Jueves, 6 de mayo de 2010

Podría sugerirse que la dramaturgia de la dominación (Scott, 2003) escenificada en la anterior viñeta invade la intimidad del joven y viola el campo del self. La vulneración de la privacidad es una de las modalidad de profanación del yo recurrente en el IB. Dedicaré los acápites que siguen a detallar algunos de los aspectos de lo que podría entenderse siguiendo a Edward T. Hall (1972) como proxemia del espacio personal de los internos. A excepción de dos habitaciones individuales destinadas a los veteranos, el resto de jóvenes no cuenta con ese espacio físico y simbólico que Virginia Woolf (2003) denominó

cuarto propio, un territorio privado en el que pueda refugiarse de la intemperie, en

ocasiones mortificante, del IB y encontrar un espacio de intimidad y distanciamiento. En otras palabras, un lugar donde lo dejen, literalmente, en paz. La mayoría de los dormitorios no sólo son compartidos, sino que además los educadores tienen la potestad de acceder a ellos cuando lo crean conveniente, incluso a los aseos.

Eliana le comenta a Nelly en el despacho de educadores que Omar lleva mucho tiempo en el cuarto de baño. Al parecer se está duchando, pero les parece sospechoso que no haya salido todavía. Nelly resuelve entrar, a lo que Eliana objeta que podría estar desnudo. Nelly dice riendo que no tiene reparos en hacerlo. Al cabo de unos minutos regresa al despacho. Nos cuenta que ha entrado en el baño y ha encontrado al joven como un “marajá” tomando

un baño de vapor. Lo ha conminado a desocupar la ducha en 5 minutos. Miércoles, 9 de julio de 2010

Más allá de las habitaciones y los cuartos de baño, la normativa del centro imposibilita que los jóvenes cuenten con una gaveta o armario para guardar sus objetos íntimos al que sólo ellos tengan acceso.67 August Aichhorn, impulsor de interesantes experiencias

pedagógicas a principios del siglo pasado con adolescentes, enfatizó la importancia de que las instituciones residenciales contaran con espacios privados para los chicos. El autor (2004a: 134), se pregunta qué significa “tener un cajón, un armario, una caja o un sitio que nos pertenecía exclusivamente y donde podíamos esconder secretos a nuestros padres, hermanos y hermanas, que podíamos ordenar, si queríamos, o dejar desarreglado, según nuestro deseo. ¿Qué pasa en una institución? La uniformidad obligada en todas partes. Ni un solo lugar reservado para el individuo”.

La falta de un espacio físico inviolable, el escrutinio de los objetos personales, la obligación de acudir al psicólogo, la imposibilidad de realizar llamadas telefónicas privadas o la existencia de expedientes que recogen genealogías familiares, datos biográficos, atestados policiales, etc. podrían inscribirse en la lógica de hacer del interno un sujeto diáfano. Se vulnera el derecho a no mostrarse, a ocultar o salvaguardar parte de su vida privada. Como sitúa Goffman (2004a: 48), se trata de un “ataque contra el estatus del interno como actor”. La propia institucionalización los señala de forma continuada, lo que viene a dificultar el manejo de su identidad social, negándoles el derecho a ser cualquiera, a pasar desapercibidos. Cuando esta cualquieridad (García Molina, 2008a) es vulnerada, se quiebra al mismo tiempo la relación habitual entre el individuo actor y sus actos. Se conculcan los límites que el joven ha trazado entre su ser y el medio social que lo rodea, profanándose las encarnaciones del self. Lo que se quebranta en primer término es la intimidad que guarda sobre sí mismo. Veamos la siguiente escena:

67 La fenomenología de las imágenes poéticas del secreto en objetos como el cajón, el cofre, los

armarios que Gastón Bachelard (2006: 134) esboza, nos acerca a su importancia. El autor se adentra en su dimensión simbólica, que proyecta más allá de su función material.

Son las 12 del mediodía. Me quedo sola haciendo anotaciones en la mesa del comedor. El Benjamenta está desierto a esa hora. Los chicos que no están en “actividades externas”, han salido a disfrutar de su hora de tiempo libre (excepto Lucio y Tito, que están castigados por llegar tarde el día de ayer). Samuel, un joven con problemas de salud mental, vuelve a cruzar la sala circunspecto y cabizbajo. No saluda. Camina a prisa sin despegar la mirada del suelo. Adolfo, que aparece en el escenario por la sala de la televisión, lo detiene para tratar de presentármelo. “Este es Samuel”, dice. Me uno a ellos saludando al joven y estrechándole tímidamente la mano. Tengo la sensación de que la situación le perturba. Mi incomodidad se acrecienta con la misma velocidad con la que parecería aumentar su nerviosismo.

“Samuel tiene algunos problemas… Está aquí porque agredió a su madre”, me dice Adolfo delante del chico. En ese momento, no sé dónde meterme. La situación me violenta profundamente. “Samuel está muy angustiado”, prosigue y dirigiéndose a él, le exhorta: “No te puedes meter la angustia en el bolsillo. Hay que hacer algo con ella.” El joven no despega la mirada del suelo. Observo como retuerce las manos en el interior de los bolsillos del pantalón; parece cada vez más desasosegado. No puede esconderse, tampoco huir. Finalmente, Adolfo da por concluida la presentación y el chico desaparece por la puerta del comedor.

Jueves, 18 de marzo de 2010

Este recorte ilustra otro de los elementos que caben ser destacados con relación a la vulneración del estatus del interno en cuanto actor, a saber, la tendencia de algunos educadores a realizar comentarios sobre los jóvenes estando el aludido presente. Durante mi estancia en el IB fueron frecuentes situaciones en las que, como si el interno fuera uno de los personajes-holograma de La invención de Morel, se hacían públicos datos y comentarios sobre él como si éste no estuviera en escena.

En el despacho de educadores observo a cierta distancia la conversación que Eliana mantiene con Lucas, un joven al que me acaban de presentar. El director, que está a mi lado, me aclara –con el joven presente– que se trata de un “gitano auténtico”.

Miércoles, 3 de marzo de 2010

En la cocina, minutos antes de la cena, Margarita corta unos tomates con un cuchillo de grandes dimensiones. “Éste lo guardamos nosotros por seguridad”, me dice a media voz

refiriéndose al utensilio. Me sorprende la adopción del tono confidencial –como si tratara de contarme un secreto–, pues la presencia de Rashid a nuestro lado es más que evidente (está distribuyendo el pan en diferentes bandejas).

Lunes Santo (festivo), 5 de abril de 2010

Este tipo de prácticas operarían a modo de recordatorio casi permanente sobre cuál es el lugar social que se le asigna al interno. Un señalamiento que, conviene recordar, entraña una suerte de empuje institucional a que el joven se identifique con la categoría adjudicada. Se trata de pequeñas operaciones que, proporcionando un nuevo marco de referencia para la reorganización del self, coadyuvarían a la fijación de la etiqueta “joven delincuente”. Detengámonos en el siguiente recorte:

Tito se ha sumado a la mesa del comedor con una bolsa de una conocida marca de ropa. Son las 13.30 h y estamos a punto de comenzar a comer. Se sienta en la silla que está a mi lado. “¿Vienes de comprar?”, le pregunto. Asiente con la cabeza y, sonriente, nos muestra su nueva adquisición: unas bermudas de cuadros escoceses negros y rosas. El director me aclara que ayer cumplió dieciocho años. Lo felicito y le pregunto qué siente ahora que es mayor de edad. (Con frecuencia mis preguntas suelen ser algo estúpidas).

- “Nada”, responde. “¿Tú sentiste algo especial?” - “Estaba contenta porque podía votar”, le contesto.

- “Ahora también puedes sacarte el carnet, votar, casarte…”, apostilla el director. A lo que Adolfo se apresura a añadir que también puede ir a La Solitud (cárcel para adultos).

Viernes, 23 de abril de 2010

Estamos terminando de comer. Fernando se levanta de la mesa porque tienen que marcharse a un curso. Ha avisado previamente a los educadores. Se planta su gorra de visera hacia atrás y se despide del resto de comensales. Adolfo lo interpela en clave de humor diciéndole que con esa gorra parece un kie (significante penitenciario para designar a los presos de mayor prestigio). El joven se ríe y hace mutis por la puerta.

Antes de pasar a la siguiente modalidad de desacreditación, quiero recoger una última práctica, en apariencia anodina, que también podría inscribirse en los procesos de fijación de la etiqueta. Se trata de los recortes de prensa que los educadores cuelgan cada cierto tiempo en el corcho de la sala de la TV, cuyos titulares parecerían volver a recordar al interno el lugar al que se lo convoca.68 Algunos de los recortes de prensa registrados:

“Los cocainómanos que intentan desintoxicarse se duplican” (28 de mayo).

“La maría más oscura”, artículo sobre la producción domestica de marihuana transgénica y los peligros que comporta (25 de noviembre).

Artículo sobre los jóvenes “ni-ni” (25 de noviembre). Articulo sobre el fin de las escuelas talleres (24 de marzo). Artículo sobre la micosis en los pies (24 de marzo).

Otros de los haceres que caben ser inventariados corresponden a un conjunto de practicas que, en el marco de la normativa del centro, coartan la autonomía de acción de los internos. Me refiero a la vulneración de aquellos actos que vienen a demostrar que el interno posee un cierto dominio sobre sus movimientos, esto es, que es un sujeto dotado de la autodeterminación y la libertad de acción que corresponden a una persona adulta. Recuérdese en este sentido, que los jóvenes no pueden proceder a su arbitrio en cuestiones tan elementales como decidir con qué ropa vestirse, cuándo ducharse o cómo administrar su dinero. El reglamento los conmina a “mantener una adecuada higiene personal, que incluye la ducha y la higiene dental diarias”, así como “tener cuidado de presentar un aspecto personal limpio y arreglado”. Respecto al vestuario tienen derecho a utilizar su ropa, “siempre que sea adecuada a la actividad que realicen en cada momento, tanto dentro como fuera del centro. (…) En ningún caso podrán exhibir el torso en los espacios del centro, excepto en los espacios sanitarios de uso individual. Lo mínimo será

68 Añádase que durante los siete meses de trabajo de campo en el centro sólo vi el periódico

fuera del despacho de educadores en una ocasión. Es como si existiera la suposición de que los jóvenes no tienen deseo de leer (el periódico en este caso), o el interés en la noticias de actualidad. Cuando “ya se sabe” quién y cómo es el otro, se considera ocioso trabajar en otras direcciones. Veremos posteriormente como la circularidad del razonamiento cierra el proceso.

un pantalón y una camiseta” (Dossier: “Información general del Centro Educativo”). Con respecto al manejo de su dinero, la normativa estipula que sea el propio centro quien lo administre. Recordemos que los jóvenes pueden solicitar a los educadores pequeñas cantidades para sus gastos, sin sobrepasar nunca los 80 euros semanales. Aquéllos que cuenten con ingresos procedentes de empleos remunerados deben abrir una cuenta bancaria y ahorrar forzosamente el 75% del sueldo. Podrán disponer del dinero restante entre el miércoles y el fin de semana. La dirección del centro “custodia” la libreta bancaria, que le será devuelta en el momento de su desinternamiento. Respecto al manejo de efectivo, uno de los educadores me explicó en una ocasión que es el propio equipo educativo quien compra los billetes de tren que utilizan los internos en sus desplazamientos para evitar que manipulen cantidades importantes de dinero. Los argumentos, esgrimidos de forma difusa pero que podrían tomarse como justificación del reglamento en relación con la administración del dinero, parecerían estar sustentados simultáneamente en la idea de que los jóvenes carecen de competencias para administrarlo y en la suposición de que, dada su tendencia a la estafa, se evitaría la malversación (6 de mayo de 2010).

En esta línea de desbaratamiento de la soberanía de acción de los internos, puede situarse la obligatoriedad de pedir permiso para realizar actividades menores que cualquier otra persona podría hacer de forma autónoma en el mundo exterior como, por ejemplo, solicitar autorización para entrar en el dormitorio durante el día, utilizar el ordenador, coger los alimentos de las alacenas para el desayuno y la merienda o realizar llamadas telefónicas. Esta obligación no sólo somete al joven e invalida parte de su autonomía, sino que, por añadidura, deja sus acciones expuestas a la intromisión de los educadores. Durante mi estancia en el centro, observé con cierta frecuencia que estos sometían a juicio segmentos minúsculos de su línea de acción.

El rumor de la televisión llega desde el otro lado de la puerta. Me asomo; la sala está vacía. Paso al comedor donde la cocinera y la señora de la limpieza terminan sus quehaceres. Converso un rato con ellas en la cocina. El comedor permanece desierto a esa hora (16.30 h); algunos chicos están fuera del IB realizando “actividades externas”, otros dormitan en las habitaciones. Escucho voces altisonantes en el despacho de educadores.

Como el cazador activo de Malinowski me dirijo hacia allá. En escena, Luciano y Nabil discuten porque este último quiere ir a comprar al supermercado en zapatillas de estar por casa (hoy se realiza el taller de cocina, que incluye ir a hacer la compra con un educador). Trato de observar discretamente desde una de las esquinas del despacho. Transcripción aproximada de su conversación:

- “Yo así no salgo contigo, tío”, le espeta el educador.

Nabil se niega: “Yo voy a ir en zapatillas. ¿A ti qué te importa que salga así?” - “Cámbiate; no puedes salir en pantuflas a la calle.”