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Capítulo17 La cara de la crueldad.

Capítulo 18. A salvo, ¿de qué?

Sin darme lugar a réplica, arrancó la moto y condujo durante lo que me pareció una eternidad. Tenía la necesidad inminente de estar un rato a solas para poder poner en orden la maraña de pensamientos que asolaba mi cabeza, y de paso, llorar con tranquilidad la reciente muerte de mi querida amiga Sara; no podía aún asimilar la pérdida de la que siempre me acompañó desde niña y me rebelaba ante la idea de no volverla a ver.

Cuando al fin se detuvo, lo hizo frente a una rústica construcción en lo alto de una montaña, tal y como aseguraba la fuerza del viento que batía nuestros cuerpos. La oscuridad de la noche impedía el escrutinio visual de la zona con claridad, más bien invitaba a cobijarse deprisa ante la inminente nevada que se auguraba.

—¿Dónde estamos? —Pregunté nada más apearme.

—A salvo —respondió con sequedad al tiempo que ponía sus manos en alto y caminaba hacia la entrada de la cabaña.

—¿A salvo y hay que entrar con las manos en alto? — Protesté extrañada por su comportamiento—: A salvo, ¿de qué? —Empecé a suponer que podía haber algún tipo de animal allí dentro, como el guardián de la piedra filosofal o algo por el estilo.

—Confía en mí —concluyó.

—Confía en mí, confía en mí… —me burlé resignada sin que me oyera—. ¿Acaso no tiene más frases?

La puerta se abrió entonces con ímpetu y de forma inmediata, una figura humana se le abalanzó enroscándose en

su cuerpo con cada una de sus extremidades, como si fuera un chimpancé de feria amaestrado o un cefalópodo con mucha ansia.

—¡Unai! —Exclamó demasiado alegre mientras llenaba su rostro de pequeños besos a los que él no ponía resistencia, al contrario, se dejaba querer con una complacida sonrisa—. A ti no te hace falta rendición, machote; sabes de sobra que mi casa es la tuya —pronunció con un acento extranjero que solo podía ubicar en algún país de la zona de Sudamérica.

—No quería arriesgarme a que me dieras un tiro —deseé que fuera una broma—. Yo también me alegro de verte Sara —por fin se dignó a bajarla.

—Pero, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Más de un año? Debe de ser algo grave para que hayas vuelto.

¿Sara? ¿Había dicho Sara? ¿El tipo me había traído a casa de su amante, que para más recochineo se llamaba como mi amiga recién asesinada? Porque si todo lo anterior era cierto, no lo era menos que la consideración del que se suponía mi protector era inferior a nula y preferí resolver que había escuchado mal.

—Elisa, acércate —se giró hacia mí conforme estiraba su mano para tendérmela, pero no la cogí—. Esta es Sara, una antigua compañera del ejército —explicó mientras nosotras nos calibrábamos con una intensa mirada.

—No digas eso papito, ¡que me haces vieja! —Le reprendió cargada de coquetería al desviar por un momento la vista hacia él—. Compañeros de varios asuntos, más bien diría yo — cambió el tono cuando volvió a mirarme desafiante—; ¿no estás de acuerdo, Unai? —Sin darle opción a contestar, porque ella no necesitaba la respuesta como yo, y sin ni siquiera dar lugar a que me presentara, se giró para adentrase en una casa a la que ya se me habían quitado las ganas de entrar.

—¿Qué ha querido decir con eso? —No perdí ocasión de encararle con las manos en la cintura.

—¡Bah! No le hagas caso —restó importancia al comportamiento de su amiga acompañado de un gesto con la mano, para después excusarla—; es demasiado territorial a veces —sonrió antes de seguirla al interior y por unos segundos me lamenté de no saber conducir la moto, porque de haber sabido, hubiera arrancado y me hubiera largado lo más lejos posible de donde fuera que estuviéramos.

También me arrepentí de no haber prestado atención durante el trayecto, pero lamentablemente, no me quedó más remedio que tragarme el orgullo, imitar su camino y rezar para que la noche no fuera muy movidita. Después de todo iba a resultar que el amargado no estaba tan mal atendido como sugirió Sandra aquella mañana, en el desayuno de lo que parecían años atrás. En el breve trayecto a la casa fue inevitable reparar en todos y cada uno de los acontecimientos que me habían llevado hasta aquel lugar, dejando la tranquila existencia de mi pequeño apartamento, mi aburrido trabajo y la boda de mis amigas en un rincón apartado del olvido, como si fueran retazos pertenecientes a otra vida.

—¿Piensas quedarte fuera toda la noche o vas a entrar? — Preguntó sin ápice de hospitalidad la anfitriona.

Al verla apoyada en el quicio de la puerta pude observar la masculinidad de unos brazos tan bien definidos, que cualquier culturista se atiborraría de pastillas por ellos. Sin duda, aquella mujer morena de pelo corto, que vestía como un coronel de permiso y tenía por mirada una telescópica en tonos oscuros, no poseía rasgo alguno en común conmigo, que en aquel instante me sentí más infantil que la propia Heidi. O bien el gusto de Unai por las mujeres pasaba por no tener filtros, o alguna de nosotras dos estaba más que engañada y, ateniéndome a la antigüedad de su relación, concluí que la última era yo. No en vano, ya le había sorprendido en más de una mentira y lo único que me había ofrecido eran un par de besos en circunstancias más bien estrambóticas; ella por su parte, había expresado que llevaban mucho sin verse y de ahí seguro sus ansias de liberación. Con esta conclusión tenía una

parte del esquema mental completada y pasé a revisar la estancia donde ya me encontraba.

El interior lucía tan rudo como su dueña, que se acomodó con ágil destreza frente al fuego y tan cerca de Unai que su mano fue a posarse en el muslo del mismo, conforme una sonrisa demasiado femenina para su estilo, se ofrecía sin pudor en sus endurecidas facciones a la tenue luz del hogar. Di una vuelta sobre mí misma en la que reconocí una cocina de leña al fondo, junto a una enorme fregadera de granito y frente a una mesa que no esperaba muchos invitados, sobre la que había varias velas encendidas. Tras la misma, unas escaleras de madera como el resto de la casa, conducían a una planta superior donde supuse estarían las habitaciones. A mi izquierda, la conmovedora estampa compuesta por los dos tortolitos delante de la gran chimenea de piedra que presidía la estancia, acomodados en un sofá tres plazas del que aún quedaba sitio para uno y cuya imagen azuzó mis peores instintos. A ambos lados del mismo, una pareja de sillones orejeros completaba la sección a la que comencé a acercarme, junto con la rabia causante del furioso bombear de mis entrañas.

—Elisa, acércate —dijo nada más reparar en mi presencia y casi sonreí cuando fui consciente de su momentánea atención —. Ella es… —trató de presentarme y noté que le costaba encontrar la definición.

—Soy una amiga —interrumpí de manera tajante con el fin de aclarar sus dudas y retomando el escozor interno.

—Es una amiga… —retomó la frase con cierto retintín, acompañado de un gesto que denotó la comicidad que la situación le provocaba—, …que tiene problemas —terminó de explicarle a Sara con renovada seriedad.

—Ya lo veo, ya —chasqueó la lengua al dirigirme la mirada, como si fuera evidente que exhibía el peor aspecto del mundo.

A lo mejor ella estaba en lo cierto y, de hecho, al repasar la cantidad de golpes recibidos en la última semana reconocí que

tenía razón y aunque mi orgullo de mujer estuviera herido, desde luego bajo ningún concepto pensaba admitir ni la más nimia derrota.

—Tal vez con una ducha… —insinué que podía mejorar bastante.

—Sí, Sara, ¿por qué no le muestras donde puede acomodarse y darse una ducha? —Aparentaba mucha familiaridad y de manera fugaz tuve la sensación de que pretendía quedarse a solas con ella.

—Sígueme —ordenó ella con demasiada autoridad como respuesta.

Escrutándola sin pudor desde atrás y por la forma de subir los peldaños, me recordó a la teniente O’ Neil y esa imagen provocó una sonrisa, que me vi obligada a contener para no dar explicaciones al respecto. La seguí hasta que abrió una puerta y se introdujo en la que iba a ser mi habitación y en la que disponía de un cuarto de baño completo, así como algunas prendas que se apresuró a sacar de un armario empotrado.

—Si necesitas algo puedes cogerlo de aquí —informó con tanta seriedad como cualquiera de sus movimientos—. Es la ropa que yo ya no uso, así que si encuentras algo que te sirva… —dejó las palabras en el aire con marcada ironía—. Baja cuando estés lista —añadió antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.

La estancia contaba con un aparador a juego del ropero que contenía las usadas prendas, una mecedora de madera y una cama tan pequeña como la superficie que concentraba el recogido habitáculo, con un cabezal de forja bastante antiguo. Frente a ésta se localizaba la puerta del baño en el pude constatar con gran satisfacción que disponía de una enorme bañera, la cual no dudé en usar de inmediato y donde pasé largo rato intentando asimilar las últimas veinticuatro horas.

Todos los hechos acaecidos se organizaron en un fastuoso desfile que se acompañaba de las impactantes imágenes del día; las lágrimas rodaron por mis mejillas al rememorar la

inerte silueta de mi mejor amiga tirada en la nieve y con respecto a Unai, era innegable lo mucho que había cambiado el panorama desde que esta mañana desayunábamos juntos en completa armonía, cuando todavía mi confianza reposaba con apacible tranquilidad sobre sus hombros. Nada me hubiera hecho pensar entre las risas compartidas que pudiera tener a alguien especial en su vida, porque lo que también estaba más que claro, era el hecho de que esos dos tampoco mantenían una relación al uso, por lo que no podía catalogar a Sara como su novia.

Tal vez esa minúscula chispa fue la que me otorgó la confianza como para enfundarme los mejores vaqueros que encontré, un poco raídos, pero los que mejor se ajustaban a mi cuerpo, y una camiseta de manga larga en color negro que estilizaba la exuberante figura mostrada en el espejo del armario, cuya melena trataba de organizar con los dedos. Al menos yo podía presumir de unas femeninas y bien puestas curvas, de las que ella a todas luces carecía.

Con renovada seguridad salí del cuarto dispuesta a plantar cara a la que ya consideraba el adversario, aunque al salir al pasillo reparé en que tan solo había otra puerta aparte de la que acababa de cruzar. La curiosidad se impuso y procurando hacer el menor ruido posible, alcancé la manilla y la accioné a fin de reconocer tras ella una habitación de matrimonio con una cama enorme. Durante unos instantes noté el escozor del orgullo gritándome que allí era donde iban a pasar la noche los dos juntos, a escasos metros de mí, pero traté de recomponerme en seguida y bajé la escalera decidida a protagonizar la cena y a retomar la atención de Unai desplegando mis armas de mujer. Sin embargo, cuando llegué a los últimos escalones, fui testigo de una escena que debería haber intuido cuando llegamos o cuando vi la cama de matrimonio, y que tumbó de un solo golpe las pocas ilusiones que conseguí reunir al vestirme frente al espejo.

Retorné de inmediato a la soledad del cuarto, cerré la puerta de un contundente portazo cargado con la intención de ser escuchado y me abalancé sobre la cama, al tiempo que

sujetaba con fuerza la almohada antes de dar rienda suelta al nudo que guardaba en la garganta, el mismo que apenas me dejaba respirar.

Todos los acontecimientos se abalanzaron sobre mi pensamiento y lloré por la muerte de mi amiga, por el forzoso abandono de mi familia y por la mala fortuna que me condujo hasta aquella habitación. No podía sacarme la imagen de Sara abrazada a Unai mientras se besaban a la luz del fuego, anteponiéndose a la de su tocaya desaparecida y una repentina rabia se sumó al consolidado llanto en un ahogado gruñido de frustración, al reprocharme haber creído que yo le interesaba.

¿Cómo podía llegar a ser tan tonta? Casi hasta me hizo gracia haber pretendido fidelidad de un terrorista, para el que toda aquella situación parecía formar parte de su rutina. De ninguna manera “Don Amargado” albergaba sentimiento alguno y de sobra lo había demostrado con su déspota comportamiento que trataba a las personas como si no valieran nada. Algo así solo podía pasar por la cabeza de alguien tan ingenua como yo, y tenía tan claro que ellos hablaban el mismo idioma militar, como que yo sobraba en aquella ecuación. De pronto me pregunté si sería ella la mujer involucrada en el asunto con Miguel.

Al parecer estaban muy entretenidos, porque ninguno se percató de la intrusión ni del posterior portazo y, tras tener que escuchar sus risitas durante largo rato, terminé por quedarme dormida entre un mar de lágrimas que sin saber por qué, tenían más que mojada la tela donde caí agotada.

Capítulo 19.