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Capítulo17 La cara de la crueldad.

Capítulo 19. Viejas amistades.

Unai.

—Sara, no por favor; —la aparté con suavidad sin poder aclarar mucho más, porque ni yo mismo sabía lo que me estaba ocurriendo—. No puedo, lo siento —Por primera vez no me encendían los besos de aquella mujer que tantas veces había calentado mi espíritu y mi entrepierna.

—No me irás a decir que te has pillado por la mosquita muerta ¿no? —Retiró un mechón de su pelo hacia atrás con los dedos y emitió un resoplido frustrado—. Ella no es mujer para ti, papi; tú necesitas a alguien que te de caña y dudo mucho que esa… —la nombró despectivamente—, …pueda darte lo que yo te doy.

—No es eso, Sara —me convencí a mismo—; el destino me encontró y ha llegado la hora de enfrentarlo —empecé a explicar, cuando escuché un tremendo portazo—: ¿Qué ha sido eso? —Me sobresalté.

—Habrá sido la corriente, creo que dejé la puerta de la habitación abierta —respondió sin darle importancia—. Está bien —se retiró con un resignado suspiro para acomodarse contra el respaldo y dejar un espacio entre nosotros que agradecí en silencio—. ¿Qué es lo que ocurre y qué necesitas? —Cambió su tono retomando su particular carácter, tan áspero como profesional.

—Los asesinos de Laura… —pronunciar su nombre después de tanto tiempo me produjo un leve escalofrío en los labios—, …me han encontrado —la miré a los ojos durante la pausa—. Quieren acabar lo que dejaron a medias.

—Y ella, —señaló con la cabeza hacia arriba—, ¿qué tiene que ver en todo esto? —Cruzó sus musculosas piernas fingiendo un desinterés que se hallaba lejos de sentir, tal y como mostraban los centelleantes celos en sus pupilas.

—Resultó ser la ex de Miguel —aclaré con cierto reparo ante su reacción.

—¿La ex de Miguel? —sus achinados ojos pardos se abrieron a la sorpresa—. Y, ¿serías tan amable de explicarme cómo te encontró la ex de Miguel? ¿Acaso es alguna agente de inteligencia? —Dicho así sonó de lo más gracioso y una sonora carcajada brotó de lo más profundo para disipar la tirantez anterior.

Sobre todo, porque ambos conocíamos el pasado y fue gracias a la ayuda de Sara que cambié la identidad y pude comprar la casa donde era más que improbable que me encontraran. Parecía insólito, sobre todo conociendo a Elisa, que hubiera podido encontrarme donde otros profesionales después de remover cielo y tierra no lo habían logrado, pero tampoco tenía ganas de contarle a Sara que Elisa era la chica del supermercado a secas. Una sonrisa se dibujó junto a ese pensamiento, justo antes de rememorar la época en la que decidí esconderme.

Por fortuna yo contaba con los favores de la hija de un general con muy buenas relaciones, para el cual serví un tiempo en el ejército; ella se enamoró de mí y aunque mis sentimientos no eran similares, permití que llenara los vacíos que la vida militar ocasionaba. Los dos vivíamos en el mismo cuartel y era realmente sencillo dejarse querer por una chica, que pocas o ninguna negativa había recibido en su vida. Poco a poco, gracias a su perseverancia, aquella amistad sin ataduras se fue consolidando con el paso de los años.

Hija única de un matrimonio, cuyo patriarca solo deseaba tener un hijo varón que siguiera sus pasos, el destino no quiso complacerle y tuvo que conformarse con Sara. Sin embargo, eso no fue impedimento para que la educara como el hombre que debería haber sido, motivo por el cual ella solía ser objeto

de bromas y burlas por sus propias compañeras de escuadrón. La vida militar podía ser muy dura en ocasiones y más cuando eres la hija marimacho del general. Cuando tomé la decisión de abandonar el ejército para marcharme al sector privado, ella me siguió porque, según explicó después, no hubiera podido quedarse en el cuartel sin mi apoyo. Reconozco que al principio me molestó que abandonara su vida para seguirme, pues no quería arrastrar ningún lastre y eso, ya tomaba tintes de un compromiso que a toda costa procuraba evitar.

La mía no era una existencia para ofrecer a nadie, al menos así lo creí hasta que Laura se cruzó en mi camino para demostrarme que cualquier persona es merecedora de amor, que todo se puede conseguir a base de esfuerzo y que hay un sentimiento que nada tiene que ver con el romántico, y que yo conocí al sentirlo por ella. Como nunca he tenido familia no podría compararlo con el de una hermana, aunque al final de sus días, esa fuera la definición que usaba ella misma para definirnos: hermanos.

Laura era un ser de luz que vino a nacer en la familia equivocada; ella era un ángel que nada tenía en común con el entorno que la vio nacer, en el que alumbraba con su sola presencia la negrura que la rodeaba. Nada me hizo más feliz que la decisión que tomó su padre de ponerme al cargo de la seguridad personal de “la niña” como él la solía llamar, si bien, esa misma decisión fue la que acabó con la vida de los dos y con todas las ilusiones que ella me había regalado, cuando fallé estrepitosamente en el cometido encomendado.

—Bueno, —la grave voz de Sara me trajo de vuelta—; ¿qué piensas hacer? ¿Cuál es el plan? —Sara y yo no volvimos a vernos después de que me viera obligado a desaparecer.

—Esto es a cara o cruz —convine—; o acabo yo con ellos o ellos acaban conmigo, no hay otra solución.

—Pero, ¿estás loco? ¡Te matarán! ¡Se te echarán encima como perros rabiosos! —Exclamó visiblemente preocupada—. Y además tendrás a las dos familias encima, por no hablar de la suma de sus esbirros.

—No queda otra alternativa Sara. Hay que acabar de una buena vez con esto y a estas alturas, prefiero morir luchando que seguir viviendo escondido como un cobarde —aclaré removiéndome en el asiento—. Casi estoy más arrepentido por no haber hecho nada en aquel momento —gruñí de frustración —; me habría ahorrado mucho tiempo de remordimientos y soledad…

—Estabas destrozado, Unai —pasó su mano sobre mi hombro—; y sabes de sobra que no estás solo —hizo una significativa pausa antes de aclarar—: Yo siempre estaré contigo.

—Ahora estoy cansado de hacer el avestruz —la espontánea comparación produjo su risa de nuevo.

—No tienes el cuello tan largo, no seas arrogante —bromeó y me sumé a sus carcajadas que se perpetraron hasta que al final retomó el asunto—. En serio, ¿qué tienes pensado, Unai?

—Lo cierto es que todavía no tengo nada planeado; tal vez podamos idear algo juntos —la miré en busca de su aprobación, a pesar de ser ambos conscientes de que yo nunca la había querido como ella a mí.

Jamás la engañé, siempre procuré ser sincero sin dañar sus sentimientos, pero dejándole claro que, si bien me sentía muy a gusto con ella y con los años se había forjado una sincera amistad, no podía corresponderla como le hubiera gustado.

Se levantó y extendió su mano para que la aferrara, después me llevó hasta la cocina donde me hice con el control del fuego antes de empezar a cocinar algo para la cena, mientras ella servía sendas copas de vino y, cuando ya casi estaba lista para degustar, fue cuando empecé a preguntarme el motivo por el cual Elisa no habría bajado aún. Me ofrecí a ir en su busca, pero entonces Sara me detuvo al pie del primer escalón ofreciéndose a ir en mi lugar, mientras yo servía las suculentas viandas hechas a base de caza reciente con salsa de chocolate.

—Se ha quedado seca —informó al bajar de nuevo pasados unos minutos—. Está roncando felizmente, así que… estamos

solos… —añadió sugerente.

—Seguramente estará agotada —corroboré sin atender a la insinuación—. Han sido demasiados acontecimientos impactantes en su vida en poco tiempo —la excusé acompañado por un sentimiento cargado de paternalismo.

—Sí, no creo que esté acostumbrada a tanta caña —agregó perfilando el doble sentido con una irónica sonrisa en los labios.

—No seas mala… —la reprendí—; tú mejor que nadie deberías saber que no está bien reírse de los demás solo porque sean diferentes —sonó a regañina y ella fingió un infantil puchero como respuesta.

—¿Cenamos? —Cambió de tema y de semblante—: Tengo mucha hambre… —insinuó con felina mirada—, …y esto huele de maravilla —aunque no apartó la vista de mi cuerpo ni por un instante para hacerme notar el juego de palabras.

La velada transcurrió con tranquilidad entre viejas anécdotas de otros tiempos y las risas de pasadas hazañas, dignas de cualquier abuelo guerrero. Tomamos un par de copas junto al calor del hogar charlando como los amigos que éramos, aunque ella aprovechara cualquier descuido para tocarme, seducirme o tratar de fundirme con sus calenturientas miradas a las que yo, parecía haberme vuelto inmune. Era ya tarde cuando se creó el incómodo silencio que me hizo reaccionar.

—Deberíamos descansar —empecé con demasiada seriedad —, …y en mi caso, recuperar fuerzas para lo siguiente — intenté que sonara a broma con el fin de aligerar el comentario anterior.

—¿Vienes a dormir conmigo? —Propuso en tono meloso al tiempo que dejaba caer con suavidad las pestañas y se atusaba el pelo con coquetería—. Por los viejos tiempos.

—Si te parece bien —carraspeé nervioso—, …puedo quedarme aquí, en el sofá —me apresuré a aclarar.

—Pues lo cierto es que no me parece bien tener que despedirme de ti, aquí —indicó el mueble con un gesto de cabeza conforme se acercaba de manera sugerente—. Y menos después de la velada tan agradable que me has hecho pasar… —ronroneó como una gatita en celo—. Te he extrañado mucho, papito… —yo sabía que ella también había estado muy sola.

—Sara, —ante su insistencia la tomé por los hombros con suavidad y mirándola directamente a los ojos aclaré sin titubear—; esto se tiene que acabar. Creí que lo tendrías claro después de tanto tiempo y además no estoy seguro de salir ileso de esta, pero, aunque lo hiciera, es hora de que busques a un hombre que te haga feliz —recomendé convencido—. Eres una buena chica y mereces tener a alguien que pueda corresponderte.

—Tú eres el hombre que me hace feliz, Unai —respondió sin apartar la mirada—. Siempre has sido tú —musitó endulzando el tono.

—Yo no puedo darte lo que mereces Sara. Siempre he sido honesto contigo y con mis sentimientos y, a pesar de que te quiero… —me detuve al ver el brillo de sus enjuagados ojos —, …no es de la forma en que tú deseas que lo haga — consideré que lo mejor era definir aquello de una buena vez y puestos a sincerarnos me pareció el mejor momento.

—Puede que te hayas encaprichado de ella —masculló rabiosa al tiempo que se apartaba de mi lado con rapidez—, … pero ten en cuenta que cuando te destroce el corazón, — amenazó con el dedo índice en alto—, …seré yo la que esté esperando como lo he estado haciendo hasta ahora, para lamerte las heridas —y dicho esto, desapareció escaleras arriba con un garbo y una altanería dignos de su padre.

Durante unos instantes permanecí de pie asombrado por su nefasta reacción, después resolví sacudiendo la cabeza, que se le pasaría en poco tiempo y tomé del aparador del fondo unas mantas, para acto seguido tenderme en el sofá. Las imágenes de Elisa entre mis brazos asaltaron las neuronas sin piedad

alguna al relajarme, consiguiendo provocar la erección que Sara no había podido lograr con sus artimañas.

Apenas pude pegar ojo en toda la noche, en la que me estuve preguntando qué me había hecho esa mujer para ocupar así mi existencia y con los primeros rayos del alba, me levanté, desperecé el tullido cuerpo entre agotados bostezos que clamaban por el negado descanso y recogí las mantas para después darme una ducha y comenzar a preparar el desayuno.

Sara apareció en primer lugar y emitió un ligero gruñido al verme en la cocina, tras el que abrió la puerta de casa para largarse dejándome claro sin palabras, que estaba muy enfadada conmigo.

Un rato después hizo su aparición estelar una preciosa Elisa, que no tenía el ceño menos fruncido que su predecesora, y con su renovado sarcasmo demostró que estaba metido en un buen lío.

Comencé a dudar de la decisión de haber juntado a las dos fieras en las que demostraban haberse transformado y por primera vez en mi vida, me sentí un poco objeto a la par que ridículo, por estar preparando con tanto esmero el desayuno de dos mujeres, cuando ninguna gana tenían de probar mis dotes culinarias, sino que se veían más interesadas en devanarme la yugular.

—¡Genial, Unai! Vaya mano izquierda que tienes con las mujeres… —pensé.

Capítulo 20.