• No se han encontrado resultados

Capítulo17 La cara de la crueldad.

Capítulo 20. Planificación, por favor.

Apenas le dirigí un escueto buenos días cuando bajé y lo hallé preparando un suculento desayuno, que abrió mi apetito nada más olerlo. Sin embargo, fui directa al calor de la chimenea en busca de la mayor distancia posible entre los dos y ocupé uno de los orejeros.

—¡Buenos días! —No tardó en acercarse con una humeante taza en las manos que me ofreció acompañada de una sonrisa —. ¿Has dormido bien?

—Seguro que no tan bien como tú —no quise mascullar aquellas palabras con el reproche que contenían—. ¿Te divertiste ayer? —Se me volvió a escapar con retintín.

—Elisa, —apartó sus rebeldes rizos con los dedos conforme resoplaba y se acuclilló frente a mí—; Sara y yo no…

—No tienes por qué darme explicaciones —le corté con la mano en alto—; tú y yo tampoco somos nada, por lo tanto, no hace falta que te molestes.

—Yo solo quiero que sepas que Sara… —y en esta ocasión la propia aludida entró con firme decisión interrumpiéndole.

—He hablado con mi padre —informó secamente—, espero que no te importe… —sugirió con marcada ironía y comprendí que la noche tampoco debió acabar bien para ella.

—No, no… —se apresuró a contestar Unai al tiempo que se erguía—. Está bien, gracias Sara —añadió antes de volver a la cocina para servirle un café—. ¿Qué te ha dicho?

—Que nos echará una mano, por supuesto —respondió sentándose a la mesa—. Preguntó por ti —su tono cambió por

completo y se vistió de nostalgia—; dice que tiene ganas de verte.

—¿Cómo está Don Alejandro? Hace tanto tiempo… Yo también tengo ganas de abrazarle.

—Está más viejo y cascarrabias…

—¡Un momento! —Exclamé de repente cortando la conversación—. ¿Has…has hablado por teléfono? —me dirigí hacia ellos apresurada.

—¡Claro! —Chasqueó la lengua como si fuera algo obvio —. Cualquiera tiene un teléfono por satélite hoy en día —hizo una pausa para recorrerme visualmente antes de preguntar con sobrada altanería—; ¿tú no lo tienes, Elisa? —Sentí que aquella interrogante estaba demasiado afilada como para ser respondida.

Sin embargo, era bien cierto que yo ni siquiera sabía qué era ese cacharro, ni si solo serviría para contactar con otro igual y en tal caso, no me permitiría hablar con mis padres con los que necesitaba confirmar que todo estaba en orden. Después de lo de mi amiga no podía estar segura de cuál sería el próximo movimiento de Miguel y el miedo a que pudieran acabar como Sara, recorrió mi cuerpo como la pólvora mientras la mesa se iba llenando de suculentos platos.

—Bien y, ¿cuál es el plan? —Unai insistió en el resultado de la llamada, desviando así el foco de atención hacia un asunto que me interesaba más.

—Ha dicho que nos mandará el mejor equipo de asalto del que dispone ahora mismo, pero que tal vez se retrasen un par de días —le miró a fin de aclarar—; están en Colombia en una misión.

—¡Genial! —Exclamó sonriente dando una sonora palmada en su hombro—. Tenemos tiempo para elaborar un plan —se inclinó hacia ella antes de decir con un extraño sentimiento en la mirada—. Muchas gracias Sara, no sé qué haría sin ti.

—No pensaba dejarte ir solo a una muerte segura —me estremecí ante su afirmación y supe que yo también debería

darle las gracias, aunque las palabras se me atragantaban en la boca negándose en rotundo a salir.

—No te preocupes Elisa, —levantó su mirada y la clavó en la mía—; volveré para recoger algunas cosas de mi casa y traeré tu teléfono —me informó con amabilidad.

—¡¡En mi casa no lo enciende!! —Protestó enérgica la tercera en discordia—. ¡¿Estás loco?! Nos encontrarían en menos de lo que yo tardo en pasar la pista de entrenamiento — fue inevitable que me diera la risa ante semejante comparación y me interrogó con renovada furia—. ¿Te hago gracia monina? —Eran latentes las ganas que tenía de estrangularme, cosa que me dio más risa aún.

—¡Chicas! —Advirtió él con paciencia—. ¿Podemos centrarnos en lo que nos ocupa? —Consiguió captar nuestra atención de nuevo—. Como quiera que sea necesito volver y aprovecharé a traer las cosas de Elisa —informó hablándole directamente a ella—. Ahora bien, —se giró hacia mí—, Sara tiene toda la razón en lo que dice y tienes que prometer que bajo ningún concepto encenderás el teléfono —hizo una pequeña pausa antes de preguntar—: ¿Todo el mundo de acuerdo? —ambas asentimos porque no había más remedio que hacerlo.

A partir de ese momento los tres nos volvimos operativos y empezamos a dar forma al plan para acabar con Miguel y su escalofriante padre, Don Gonzalo. No es que yo pudiera aportar mucho cuando empezaban a hablar un idioma que se me hacía totalmente incomprensible, pero fui de gran utilidad a la hora de dibujar los planos de la mansión donde vivían, la misma que pretendían asaltar con los refuerzos según entendí. Los roces entre nosotras no retornaron hasta por la tarde, cuando ellos decidieron meterse en el cobertizo donde Sara aparentaba tener un arsenal y a mí me había tocado quedarme haciendo la cena. Fue ella la que empezó, al preguntar cargada de sarcasmo:

—Será una explosión en tu boca, no lo dudes… —amenacé desafiante y acto seguido añadí sarcástica con el fin de ofenderla—: …papito.

—¿Ah sí? —Plantó los puños apretados en sus caderas—: Cuidado no te vaya a explotar antes de tiempo —me advirtió furiosa—; no sería agradable recoger tus sesos de la cocina.

—¡Sara! —Unai la reprendió antes de asirla por el brazo y sacarla de la casa, en el tiempo que pensé que una de las dos no sobreviviría cuando él nos dejara solas.

Había elegido hacer el trayecto de noche con el fin de pasar desapercibido y esperaba que el descanso fuera la barrera que impidiera la batalla. Se había generado una lucha de poder entre nosotras de la que no estaba muy segura de salir airosa, teniendo a semejante marine de contrincante; a juzgar por el comentario con evidente alusión a mi amiga, estaba claro que estaba dispuesta a tirar donde más dolía y yo no disponía apenas de información en su contra. Lo que sí adiviné fue la conversación nocturna que debieron de tener a mi costa y cuyo recuerdo me puso a dudar si se habrían reído de mí.

Los vi alejarse a través del cristal, Unai parecía estar reprendiéndola y ella protestaba de vez en cuando, a pesar de que al final se mostrara resignada. Sacudí la cabeza para centrarme en las artes culinarias y de pronto, las lámparas del techo se iluminaron anunciando que el suministro eléctrico había regresado por fin. Las dulces notas de un piano resonaron seguidas de la voz de Alicia Keys cantándole a Nueva York, trayendo con ellas el recuerdo de la pareja que debía seguir allí de luna de miel; lo que no se podía negar era que Sara tenía un gusto excelente en cuanto a música y lo aproveché para inspirarme sobre la cazuela.

Pasadas las doce de la noche y tras mantener un ambiente cordial durante la cena, llegó el momento de despedir a Unai, dejando en evidencia que nadie sabía cómo hacerlo, aunque fue su propia amiga la que con un pequeño beso en la mejilla le recomendó:

—Siempre lo tengo —respondió a su abrazo conforme nuestras miradas se encontraban por encima del hombro de Sara y se despedían silenciosas.

—Me voy a dormir —dije una vez que él hubo salido. —Perfecto —masculló ella sin más.

Lo de dormir resultó una utopía porque me sorprendí preocupada por Unai, cuando mi cabeza reprodujo toda clase de desgracias que podían haberle ocurrido y dejó bien claro que no pensaba desconectarse, hasta que no hubiera regresado sano y salvo. Primero me harté de dar vueltas en la cama y después por la habitación; en última instancia pensé en bajar a esperarle junto al fuego, deseando que Sara ya estuviera dormida en su cuarto. Solo al llegar abajo reparé en que ella estaba tan nerviosa como yo, pues daba repetidos paseos junto a la lumbre con una taza en la mano.

—¿Tú tampoco puedes dormir? —Me acerqué cautelosa ante su reacción.

Detuvo el paseo en seco, me miró y tras pensarlo unos segundos, cabeceó resignada por sus propias ideas antes de ofrecer:

—¿Quieres un trago? —Tampoco es que sonara amable, pero parecía una tregua y decidí aprovecharla.

—Mientras no sea whisky… —ofrecí media sonrisa desganada.

—La oferta no es muy amplia, espero que encuentres algo —señaló el mueble bar en una mesita redonda junto al ventanal.

—Hace mucho que os conocéis, ¿no? —Traté de entablar conversación mientras me servía.

—A veces pienso que fue en otra vida —respondió pensativa con la mirada perdida entre las llamas—. Éramos tan jóvenes…

—Te comprendo perfectamente —levantó la cabeza sin entender y exhibió la duda en sus pupilas—. Tengo la misma

sensación con respecto a Miguel —aclaré al tiempo que tomaba asiento en el mismo lugar que lo había hecho por la mañana—. ¿Sabes? Nos conocimos en el instituto… —Sara se acomodó frente a mí—; él decía que me quiso desde el primer momento que me vio, pero a mí me costó bastante aceptarle como algo más que un amigo, ya sabes. Al final consiguió deslumbrarme con las románticas escenas que organizaba para mí —una amarga sonrisa ensombreció mi rostro—. Pero eso fue solo al principio… —concluí encogiéndome de hombros y notando mejoría en el movimiento—, …luego todo cambió a peor.

—Unai nunca estuvo enamorado de mí, —empezó también a confesarse—, pero tampoco me engañó. Siempre fue muy bueno y honesto conmigo… incluso impedía los ataques de los compañeros que pretendían burlarse porque yo era la hija del general, eso me hizo quererle… —podía apreciar el dolor de aquella afirmación en su mirada—. Yo sola me convencí de que con el tiempo… tal vez… —dejó la frase sin acabar y suspiró antes de asegurar—: Es un buen hombre de férreos principios. No le hagas daño —concluyó abatida.

—¡Oh no, no, no! —Me apresuré a aclarar—: Nosotros no…

—Está loco por ti, Elisa —cortó mi explicación—. A decir verdad, nunca le había visto comportarse así con nadie.

—¿Así cómo? —Pregunté al no entender la referencia. —Puede que tú no te des cuenta, pero yo le conozco bien y sus ojos desprenden un brillo especial cuando te mira, se dirige a ti con una dulzura diferente en la voz y no se le escapa un detalle que tenga que ver contigo —paró un segundo antes de burlarse con cariño imitando su voz—: No te preocupes, traeré

tu teléfono —chasqueó la lengua—; ¡como si no supiera lo que

eso implica!

Las dos rompimos a reír ante la imitación y el posterior comentario, consiguiendo así que la tirantez entre nosotras se disipara al quedar las cartas de cada una boca arriba.

De esa guisa nos encontró un desconcertado Unai que, al abrir la puerta y vernos a las dos algo perjudicadas por el alcohol y partiéndonos de la risa, se echó las manos a la cabeza y miró al cielo clamando paciencia.

—¿Se puede saber qué coño estáis haciendo? —Reclamó aparentando enfado, entre la sonrisa que al parecer le provocaba el cuadro—. No se os puede dejar solas —avanzó hasta nosotras decidido—: Anda, será mejor que os acostéis a dormir la mona, es muy tarde.

—Yo me quedo en el sofá —afirmó rotunda Sara—. Ni de coña subo las escaleras ahora —y volvió a doblarse de la risa.

—Muy bien, como quieras —respondió él acercándose al armario para sacar las mantas que después echó sobre el sofá.

—Elisa, ¿no te dije que era un cielo? —Preguntó ella sin esperar confirmación—: Cualquier mujer estaría encantada de dormir con él, ¿a que sí papi?

—Venga… —la invitó paciente—, acuéstate de una vez para que pueda llevar a Elisa a su cuarto.

—¡Qué afortunada eres amiga! —Exclamó ya desde el fondo del sofá antes de cerrar los ojos.

Acto seguido Unai se acercó a mí, me tomó entre sus brazos sin mediar palabra y me llevó hasta la cama donde me dejó acostada y más sola que la una, tras darme un paternal beso en la frente de buenas noches.

Capítulo 21.