sotros entendemos quién es Jesús Hombre-Dios. Pero fue convivien- do, viendo, siguiendo sus pasos y descifrando a Jesús como hemos llegado a conocer a Dios y al hom- bre.
El Dios que en Jesús se revela es humano. El hombre que en Jesús se revela es divino. En eso reside la singularidad de la experiencia cris- tiana de Dios y del ser humano. Ser humano y Dios están tan íntima- mente implicados, que no podemos ya hablar del ser humano sin hablar de Dios, y no podemos ya hablar de Dios sin hablar también del ser hu- mano.
Resumiendo, podemos decir: cuan- to más ser humano era Jesús, más Dios se revelaba en él. Cuanto más Dios se relacionaba con Jesús, más se humanizaba en él.
¿Cómo se han de entender seme- jantes afirmaciones, que siempre son verdaderas paradojas, y una di- fícil unión de opuestos? Al hablar de Jesucristo, debemos pensar siempre, conjunta y simultánea- mente, en Dios y en el ser humano. La unidad de ambos en Jesús es de tal orden, que ni Dios ni el hombre pierden nada de su esencia y reali- dad. He ahí la tesis central, afirma- da en forma de dogma, por el Con- cilio de Calcedonia (451): «uno y el mismo Jesucristo... es verdadera- mente Dios y verdaderamente ser humano... subsistiendo en dos natu- ralezas, de forma inconfundible, in- mutable, indivisible e inseparable... concurrriendo ambas para formar una sola persona o subsistencia». Esta fórmula no explica cómo Dios y el ser humano concurren para for- mar uno y el mismo Jesucristo; simplemente asegura los criterios que deben estar presentes en cual- quier tipo de explicación: deben mantener simultáneamente la hu- manidad completa y la divinidad verdadera de Jesús, sin comprome- ter su unidad fundamental.
El mismo Concilio, para expresar tal verdad, utilizó el modelo cultu- ral vigente griego, utilizando las pa- labras naturaleza y persona. En
Jesús están las dos naturalezas, la humana y la divina, cargadas y so- portadas por la única persona del Hijo eterno, responsable de la uni- dad el único y mismo Jesucristo. Cómo se dé, sin embargo, esa uni- dad de las naturalezas a través de la Persona divina, es una cuestión que los padres conciliares dejaron abier- ta.
3. El Nazareno: el hombre que es Dios y el Dios que es hombre
Esa apertura convoca la creatividad de los teólogos. Cada generación intentará insertar a Jesús, Dios-Ser humano, dentro del contexto de la vida para hacer ahí la experiencia de la salvación que trajo no a partir de afuera, sino a partir de su propia humanidad. Es, por tanto, de su hu- manidad desde donde conviene par- tir. No de una humanidad ya cate- gorializada y definida previamente. Sino de la humanidad tal como fue vivida por Jesús.
De su vida aprendemos y de su boca escuchamos que la existencia tiene que ser pro-existencia, en pro de los otros y del Gran Otro (Dios). Pues, Jesús, vivió este modo de ser
tan radicalmente, que en él se reve- ló el «novísimo Adán» (1Cor 15,45). Era absolutamente abierto a todos, no discriminaba a nadie, al punto de decir: «si alguien viene a mí, no lo echaré fuera» (Jn 6,37). Si era liberal frente a la ley, era exi- gente respecto al amor incondicio- nal. Particularmente con el Gan Otro, Dios, cultivó una relación de extrema intimidad, llamándolo Abba, Papaíto (Mc 14,36; Rm 8,15; Gl 4,6). Consecuentemente, él mis- mo se sentía Hijo (Mt 1,27 par; Mc 12,6 par.; 13,52 par). Esta relación no comporta ningún resquicio de un eventual complejo de Edipo mal realizado: es una relación diáfana y transparente. Suplica, sí, al Padre, que lo libere del dolor y de la muer- te (Mc 14,36 par; Jn 11, 41-42) pero, incluso ahí, quiere realizar no su voluntad sino la voluntad del Padre (Mc 14,36). Su última pala- bra es de entrega serena: «Padre, en sus manos entrego mi espíritu» (Lc 23,46).
Él se entiende totalmente a partir del Padre, hasta el punto de que dice: «Yo y el Padre somos una misma cosa» (Jn 10,30). Por el he- cho de haberse abierto y entregado totalmente al Padre, no poseía aque- llo que el Concilio de Calcedonia enseñó: le faltaba la «hipóstasis», la
«persona», la subsistencia el per- manecer en sí y para sí mismo. Es- taba completamente vacío de sí mismo para poder estar repleto del Otro. Se realizó totalmente en el otro, no siendo nada para sí, siendo todo para los otros y para Dios. Esa falta de «personalidad» –en el sen- tido antiguono constituía una falta, sino que era la singularidad de Je- sús. No era una imperfección, sino la máxima perfección.
El quedarse vacío significa crear espacio interior para ser plenificado por el otro. Es saliendo de sí como el ser humano se construye más profundamente para sí y queda en sí; es dando como recibe y posee su ser. Por esta razón, Jesús es el ecce homo: porque su radical humani- dad fue conquistada, no por la au- tárquica afirmación de sí mismo, mas por la entrega irrestricta de su ser a los otros y al Gran Otro: «yo doy mi vida por las ovejas» (Jn 10, 15).
Cuando más estaba Jesús en Dios, más Dios estaba en Jesús. Cuanto más el hombre-Jesús estaba en Dios, más se divinizaba. Cuanto más Dios estaba en Jesús, más se humanizaba. Ahora bien, el hombre Jesús estaba de tal forma
en Dios, que se identificó con él. Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios.
Si alguien acepta en la fe que Jesús fue aquel bendito ser humano (be- nedictus homo) que de tal forma pudo relacionarse con Dios que lle- gó hasta sentirse su Hijo y sentirse uno con Él; si alguien acepta en la fe que Dios de tal forma puede va- ciarse de Sí mismo (Cf. Fl 2,7) para plenificar la total apertura de Jesús, hasta el punto de volverse Él mismo ser humano, entonces esa persona acepta y profesa aquello que los Pa- dres de la fe enseñaron en el Conci- lio de Calcedonia: la unicidad in- confundible e inmutable, indivisible e inseparable de Dios y del ser hu- mano en un único y mismo Jesu- cristo, permaneciendo Dios siempre Dios, y el ser humano radicalmente ser humano. Esa persona profesa la encarnación del Hijo de Dios en
nuestra carne caliente y mortal (Jn 1,14).
La encarnación no debe ser pensada sólo a la luz del Nazareno, en su modo de ser «sárquico», participan- te de las limitaciones de la humana condición, sino que debe ser con- templada a la luz de la Resurrec- ción, cuando se reveló, en su total patencia y transparencia, lo que se escondía en Jesús de Nazaret: la universal y máxima apertura para toda la realidad cósmica, humana y divina, hasta el punto de que Pablo pudiera decir: «Cristo es todo en to- das las cosas» (Col 3,11).
Si Jesús es verdaderamente nuestro hermano, «en todo igual a nosotros, menos en el pecado» según las Es- crituras y el Concilio de Calcedonia, entonces, las afirmaciones que se hicieron sobre él valen, de alguna manera, para cada uno de nosotros. Todos participamos de su encarna- ción. Ahí realizamos la «encarna- ción diminuta» de la que hablan los Padres, o como dice bellamente el Concilio Vaticano II: «por su en- carnación, el Hijo de Dios se unió de algún modo a todo ser huma- no» (Gaudium et Spes 22). R