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Mi nombre es María Eloísa Pérez, soy de la Parroquia San Ga - briel de Santo Domingo. Conocí al Señor siendo adolescente, es-

tuve muy ligada a la Iglesia desde niña, esto me ayudó mucho en lo referente a lo moral y a lo espiritual. Me crió mi madre, pues mi padre es médico y se marchó a los Estados Unidos siendo yo muy pequeña, nunca más supe de él. Esto hizo de mí una persona triste, muy callada y tímida.

Asistí a unas Catequesis junto a mi madre, pero seguía con mi tristeza, pues pensaba que la felicidad no existía. Así pasaron los años de celebración en celebración, de Pascua en Pascua y de paso en paso y hoy que he perdido a todos los seres en quienes me apoyaba: mi padre se fue, mi madre murió, etc. He descubierto que no estoy sola. Existe la

felicidad, y esta no depende de nada ni de nadie, solamente de Dios y de su hijo

Jesucristo.

Me casé con un joven que parecía muy maduro y le puse como condición que entrara a la Iglesia. Al año de casada llegó mi pri- mer hijo, David con muchos problemas, porque me hicieron una cesárea de alto riesgo, de esta manera se efectuó un duelo entre la vida y la muerte, saliendo vencedor Jesucristo; al año siguiente llegó Gabriel, prematuro, pero todo salió bien. El tercer embarazo lo perdí: tres años más tarde, llegó Samuel, me vi sumamente grave, casi pierdo la vida, pero el Señor me ayudó. La doctora, por mis complicaciones, me cerró a la vida. Esta situación me hizo sufrir, pues no aceptaba el hecho de no poder tener más hi- jos. Durante este tiempo, la gente me decía: “tú no pediste que te esterilizaran, quédate así”, pero yo sentía en mi interior la voz de Jesús que me decía: “ánimo que yo estoy contigo”.

Y así me puse en camino para la recanalización, a pesar de que los médicos se negaban por todos los problemas de alto riesgo. Encontré un médico cristiano, que me dijo que por la fe se arries- garía. Luego de la operación volví a nacer, pues una mujer

cuando la esterilizan se seca por dentro y se convierte en una tierra árida que no da frutos.

Tres años más tarde de estar abierta a la vida salí embarazada y lo perdí, luego con el favor de Dios, vino otro embarazo y nació Emmanuel. A pesar de haber perdido varios embarazos doy gra- cias a Dios, porque a través de estos acontecimientos, he apren- dido que todo lo que me pasa no es una casualidad, es Dios que entra en mi vida, tuve este hijo y aunque como algo extraño, mi embarazo cursó sin ningún problema. Y he llegado a la conclu- sión de la certeza de las palabras de Santa Teresita de Jesús: “Sólo Dios basta”. En el nombre del Señor nos arriesgamos y hacemos la voluntad de Dios.

Vida desafiante

Defender la vida humana es un acto de amor. Somos custodios y administradores. Francisco y Ninfa Torres, nicaragüenses, casados en 1995, 4 hijos.

Con nuestro testimonio deseamos compartir una experiencia que únicamente por la fuerza de Dios hemos vivido. Ha sido un combate y hasta un desafío para algunos médicos; a quienes no juzgamos, pues cuando estamos en sus manos lo que buscan es nuestro bien e intentan quitar de nosotros todo lo que sea sufri- miento o peligro, como suele suceder con algún embarazo de alto riesgo. Es lo que nos ha sucedido con el tercer embarazo. Yo tenía problemas renales y el bebé, sufrimiento fetal, debido a los medi- camentos que me fueron suministrados. Por ese motivo el riesgo aumentaba. A este hijo le llamamos Juan que quiere decir “con el favor de Dios”, y así fue que el con el poder del Señor nos ayudó a combatir las situaciones de salud del niño la cual ya han sido superadas.

Cuando el niño tenía dieciocho meses salí embarazada y de nuevo presenté problemas con mis riñones, por lo que el médico nos dijo que sería más difícil que el anterior, que esta criatura na- cería enferma o sería como un aborto, por eso le llamamos Pablo,

porque San Pablo se llamaba a sí mismo “como un aborto”. En este tiempo comenzamos a vivir una crisis existencial, estábamos escandalizados de la cruz y el sufrimiento,

pensábamos que Dios era injusto. Estábamos sin discernimiento, pensábamos que no valía la pena tener hijos, para qué concebir hijos con problemas. Pablo, después de nacer estuvo hospitalizado siete veces con pro- blemas muy serios de salud, nos comunicaron que el niño queda- ría sordomudo y sin embargo el niño sorprendentemente, dice al- gunos monosílabos: “agua”, un “papa” muy lindo, etc. Tiene una sonrisa límpida,

vivaracha. Aunque no lo diga se siente amado y feliz. Hoy tengo unos hijos quienes son testimonio de que ¡El SEÑOR ES LA VIDA!

Por esta situación que vivimos con Pablo nos cerramos a la vida. Tras este acto nos llego un pesar, un vació. Se nos volvió la vida tan sosa que nuestro matrimonio se nos

convirtió en una rutina y vivíamos sumergidos en la tristeza.

Recuerdo que mi hermano, sacerdote, que está de misión en Colombia, al ver nuestra crisis matrimonial nos advertía que la raíz de ese mal estaba en habernos cerrado a la vida. En ese tiem- po en la parroquia hablábamos mucho de La Virgen y descubrí que Ella recibió un llamado de abrirse a la vida y sin entender cómo, abandonó su proyecto adoptando como suyo el de Dios, y así la Virgen recibió la fuerza de Espíritu Santo. Igual nos suce- dió a nosotros y con el Espíritu Santo vimos como Dios nos daba primero lo que nos iba a pedir. Hoy junto con ella proclamamos la grandeza del Señor. Ella nos llevo a abrirnos a la vida.

Nos hablaron de Santo Domingo y nos enteramos que no éra - mos los primeros ni los únicos que otros de tantos lugares del mundo ya acudían allí por el apoyo y la facilidad que les brindan. Viajamos junto a otra pareja la cual nos ayudo muchísimo pues estaban más convencidos que nosotros (Juan Carlos y Rosa Gran- ja). Llegamos al aeropuerto de Nicaragua con una delegación que nos despedía, veíamos “la comunión de los santos”, era el tiempo propicio íbamos con el ansia en busca de la libertad y el Espíritu Santo nos empujaba y nos hacia vivir esta experiencia sin temor. Al llegar a ese país nos recibieron unos hermanos: Wilfredo, Ni- noska y sus hijos; yo pensaba en Abraham recibiendo a los en- viados del señor, nos conocimos por el salterio y en su casa sus hijos que como brotes de olivo alrededor de una gran mesa, nos acogieron con una buena comida donde intercambiamos nuestras experiencias.

Mónica, la hija mayor del matrimonio, estaba embarazada, un embarazo de alto riesgo, nos admiraba la actitud de Miguel su esposo ¡como cuidaban este embarazo! Veíamos que era posi- ble la vida aun en circunstancias de peligros o riesgos. Recuerdo que estando ella así embarazada fuimos con ellos a una cárcel donde evangelizan, y allí celebramos una emocionante eucaris- tía.

Me abrió a la vida un médico católico, que nos inspiraba con - fianza, me hacía sentir tranquila, fue estupendo el Señor me llevó como “en alas de águila”. Con María Madre hemos sentido este deseo de donarnos el uno al otro, abiertos a la vida sin barreras, sin temores; no se si seré considerada digna de volver a concebir otro hijo, seria una

bendición, pero me siento como dice el libro el Cantar de los Cantares “Yo soy para mi Amado como aquella que encontró la paz.”

Quisiéramos compartir esta experiencia con los matrimonios, en primer lugar, de Nicaragua, donde ha entrado la mentalidad de que por el miedo a la precariedad y al sufrimiento se dejan robar la alegría de estar abiertos a la vida. Y decimos a todos los matrimonios que defiendan el precioso don que Dios nos ha regalado haciéndonos participes de prolongar en la siguiente ge- neración el milagro más grande que es la vida

humana. Dios nos ha concedido la gracia de poder concebir de nuevo y estamos muy alegres.