Una clientela mundial
Durante las dos persecuciones que sufrió, su mayor sufrimiento era no poder ejercer el ministerio de la confesión. Después de los 3 años de duras restricciones a su ministerio que le impusiera el Santo Oficio durante la primera persecución, Cleonice Morcaldi, su hija espiritual predilecta, tuvo con él el siguiente diálogo:
—Padre –le dijo una de sus hijas espirituales–, ¡qué largos se me han hecho estos tres años sin poderme confesar con usted!
—A usted.... ¡y a mí! Jesús me ha enviado para la salud de las almas. ¿Y qué he hecho durante esos tres años? He rezado. Pero la oración no es suficiente para la misión que me ha sido confiada. Ayúdeme, necesito su ayuda. Pidamos a Jesús que eso no se repita. Jesús necesita almas, Jesús necesita salvar las almas.
Salvar almas... esta fue la obsesión del Padre Pío durante toda su vida: rescatar almas de las garras de Satanás, aunque fuera al precio de su sufrimiento. Y esa salvación la realizaba a través de la conversión que operaba en los penitentes en el confesionario.
El 20 de febrero de 1921 escribía: «¡Pobre de mí! No logro descansar. Vivo sumergido en la extrema amargura, en la desolación más deprimente por no ganar todos los hermanos al Señor. Siento el vértigo de vivir por los hermanos... todo se reduce a esto: estoy consumiéndome por el amor a Dios y por el amor al prójimo... ¡Cuántas veces, por no decir siempre, me toca repetir: Señor, perdona a este pueblo, o bórrame del libro de la vida!».
Su confesionario era una clínica para las almas según las necesidades de cada uno. Severo con los curiosos, hipócritas y mentirosos, y amoroso y compasivo con los verdaderamente arrepentidos. A unos los recibía con alegría, y a otros los llenaba de reproches, los amonestaba y hasta los trataba con rudeza; a algunos se negaba a recibirlos y les decía que volvieran más adelante, cuando estuviesen mejor preparados.
No soportaba a los que iban a confesarse movidos por la curiosidad o sin el debido arrepentimiento. A menudo cerraba la mirilla del confesionario en la cara de un penitente sin interrogarlo. El Padre Pío, a no dudarlo, sufría una verdadera agonía cuando el Señor le ordenaba tratar con dureza a un alma; pero lo hacía así para que su penitente tomase conciencia y comprendiera que los sacramentos y la Comunión no eran cosa de juego; que era algo grave lavar su alma y recibir a Cristo.
Si echaba a alguien de su confesionario, rezaba por ellos y acababan volviendo bien preparados: «Los echo
–decía–, pero los acompaño con la oración y el sufrimiento, y regresarán». El enfado era solamente superficial.
El Padre Pío creía que la confesión sólo era válida si se cambiaba de vida, por eso advertía que era una profanación del sacramento dar la absolución a la ligera. Un día no dio la absolución a un penitente y luego le dijo: «Si vas a confesarte con otro sacerdote, te vas al infierno junto con el otro que te dé la absolución».
Era tal su celo porque los penitentes cambiaran de vida para evitar el pecado, que también echaba a ciertos sacerdotes y obispos de su confesionario, cuando éstos administraban la absolución de manera demasiado indulgente. Una vez dijo a un sacerdote: «¡Si supieras del todo qué tremenda cosa es sentarse en el tribunal del confesionario! Estamos administrando la sangre de Cristo. Deberíamos tener cuidado de no tirarla por todas partes por ser demasiado indulgentes o negligentes».
El Padre Pío exigía que toda confesión fuera una verdadera conversión. No toleraba una falta de franqueza en la explicación de los pecados. Era muy duro con los que se excusaban, hablaban sin sinceridad, o no tenían una firme resolución de cambiar. Exigía autenticidad y honestidad completa del penitente. También exigía un verdadero y sincero dolor en el corazón, y una firmeza absoluta en las resoluciones por el futuro.
«¿Qué es lo que pide Él? Humildad y sinceridad. Bien poca cosa es, ya que sería absurdo mentirle, pues nada de nuestro fuero interno escapa a su penetración. Antes que nosotros mismos, ha tanteado nuestro punto débil. Desde la primera pregunta, comprendemos que lo sabe todo, que todo lo ve. Los penitentes que asedian su confesionario salen tan consolados, tan desprendidos de sí mismos, que detallan a quien quiere oírlos, en la calle, en la plaza o en el café, la lista completa de sus faltas. Yo mismo he oído a un hindú de Calcuta que hablaba correctamente el italiano, hacer en pleno restaurante un cuadro detallado de su culpable existencia».[91]
Por paradójico que pueda parecer, frecuentemente tenía más indulgencia con un gran pecador que le conmueve por su ignorancia de las leyes divinas, que con un creyente instalado en la tibieza que no cumple con sus deberes religiosos, una de esas personas que se dicen católicas «no practicantes», que por pereza y desidia no dedican a Dios ni una hora por semana.
¿Por qué acudían las multitudes al confesionario del Padre Pío? Durante cincuenta años acudieron a San Giovanni a confesarse gentes de cualquier edad, condición social, política, raza, de cualquier lugar de la tierra, y el que no podía visitarle le escribía cartas en mil idiomas.
Esta «clientela mundial» (como llamaba Pablo VI a las multitudes que iban a verle) acudía bajo el reclamo de la dirección de las almas, la confesión y la Misa. Era una muchedumbre de peregrinos hambrientos y sedientos del Dios vivo, que buscaban un pastor que les guiase, un camino seguro que seguir, un modelo al que imitar... Buscaban, para decirlo con palabras de Juan Pablo II, «la luz de la resurrección».
Esta inmensa marea de penitentes que se abatió sobre aquel convento olvidado en una remota zona de Italia, a la que era difícil acceder dado su carácter agreste y las dificultades del transporte en aquellos tiempos; esas multitudes de peregrinos que debían pasar noches a la intemperie mientras esperaban su turno para confesarse, pues no había suficientes infraestructuras para alojarlos a todos en una localidad de tan reducidas
dimensiones; ese río de personas que abandonaban sus trabajos para aguardar durante días –incluso semanas– a que aquel confesor les absolviese de sus pecados con sus manos llagadas, entre los cuales había muchos enfermos que esperaban ser sanados por aquel poderoso taumaturgo, y muchos que habían abandonado el sacramento de la confesión durante muchos años... ¿Qué es lo que realmente buscaban? ¿Cuál era el verdadero objetivo de tanto sacrificio?: ver a un auténtico hombre de Dios, experimentar cara a cara el contacto con una persona que había encarnado la misericordia divina, la cual derramaba desde sus estigmas sangrantes. Querían, en suma, por encima del morbo que da la posibilidad de asistir a hechos extraordinarios, por encima de la curiosidad de ser testigos de lo maravilloso y sobrenatural, encontrarse con Cristo, verle cara a cara. En palabras de Fidel González, Consultor de la Congregación para las Causas de los Santos, «para muchos pecadores, el Padre Pío representó el abrazo de Cristo que hace renacer al hombre».
«La gente que acudía al confesonario del Padre Pío buscaba un ministerio de misericordia que, en cuanto tal, podría haber encontrado en otras muchas iglesias del mundo, pues los sacramentos actúan ex opere operato, o sea, por la intrínseca eficacia que les garantiza la presencia de Cristo y de su Espíritu. Pero la experiencia demuestra la importancia que tiene, para quien recibe los sacramentos, el hecho de contar con la ayuda de la santidad del ministro. Y cuando esta santidad es grande, envuelve al penitente como una especie de seno materno, en el que es más fácil percibir la presencia de Dios. Lo notaban claramente los que se acercaban a ese humilde fraile de San Giovanni Rotondo que vivía, como dijo el Papa, “plantado” al pie de la Cruz».[92]
«Las masas que acudían a San Giovanni Rotondo eran atraídas ante todo por dos actos del Padre Pío: su Misa y la confesión, los dos sacramentos en los que el sacerdote más se muestra como “otro Cristo”. Presencia corporal de Cristo dado en alimento y perdón de los pecados para una vida nueva. El Padre Pío dispensaba estos dos sacramentos con gestos que, ya de por sí, eran oraciones y actos sobrenaturales».[93]
Se puede decir que el Padre Pío vivió para salvar a los pecadores. Mas el perdón que el Padre Pío otorgaba en el confesonario no era gratuito. Sentía tanto amor por ellos, que muchas veces pedía al Señor sus sufrimientos, lo cual se le concedía con frecuencia. En efecto, a cambio de este torrente de misericordia que fluía de sus manos debía pagar un precio, como correspondía a un alma víctima. Así, al igual que a cambio de la redención que se efectuaba en el altar durante la Misa se le exigía dolor y sacrificio, mediante la participación en los sufrimientos de Cristo durante su Pasión, también el Padre Pío sufría en su persona vicariamente los sufrimientos de las almas contritas que se arrodillaban ante él en el confesonario, a las cuales rescataba asumiendo él mismo las expiaciones que Dios pedía a cambio de su perdón. El Padre Pío perdonaba, sí, muchos pecados en nombre de Dios, pero, al mismo tiempo, Dios le exigía por ellos una compensación amarguísima en su cuerpo y en su alma. Es un aspecto poco conocido del sacramento de la misericordia que ejerció, sin duda el carisma más importante de su misión corredentora, pues es en este sacramento donde tiene lugar la salvación del alma.
humanas, todos los pecados que se cometían contra la Majestad divina, abandonaba el confesonario empapado de sudor, completamente exhausto y abatido, exclamando que no podía más, que todo aquello era más de lo que podía resistir, pues toda aquella enorme carga de pecados caía sobre sus hombros. El Padre Pío recogía los pecados de los penitentes, con el sufrimiento que eso conlleva: sudor de sangre, palidez al escuchar los relatos de pecados, blasfemias, infidelidades... Solía decir que se tiene poca conciencia del hecho de que la salvación de las almas no es fácil, ni gratuita, sino que cuesta mucho, pues las almas han sido compradas al precio de la sangre de Cristo. Un día, un médico vio cómo se le crispaba el rostro y le oyó exclamar: «¡Oh, almas, almas! ¡Qué precio cuesta vuestra salvación!».
«El Padre Pío, precisamente a causa del confesionario, pasaba por los tormentos y amarguras de un verdadero Viernes Santo, sumergido en un baño de sangre y de tribulaciones, a fin de dar la vida por los pecadores y hacerles participar después de la gloria del Resucitado».[94]
Después de una confesión especialmente difícil, se acercó otro penitente para confesarse con él, pero el Padre, bañado en sudor y pareciendo sufrir las más grandes torturas, se levantó extendiendo los brazos: «¡Basta, basta por ahora!». No podía soportar más.
El centinela
El aborto, la murmuración, el adulterio, la blasfemia, la impureza, el divorcio, el trabajo en domingo, la inmodestia en el vestir, la mentira, la mala educación de los hijos, las malas lecturas, la no asistencia a misa los domingos... ninguna conducta pecaminosa, grave o venial –aunque con frecuencia careciese de importancia a los ojos de los penitentes– escapaba a su gran poder de penetración de las conciencias, a su estricta moralidad capuchina aquilatada en la más severa ortodoxia cristiana. El Padre Pío no se apartó jamás ni un ápice de la doctrina católica tradicional.
Son numerosos los testimonios que el Padre Pío dio en su vida sobre su incansable vigilancia acerca de la moralidad y la ética de los creyentes, guardián insomne que denunciaba los peligros de una fe demasiado contemporizadora con las contaminaciones de ideologías mundanas que amenazaban con hacer perder la conciencia del pecado. Este modo de pensar es una contundente llamada de advertencia a nuestras conciencias adormecidas, instaladas en un cómodo laissez faire, laissez passer, un mensaje concluyente que debería ayudarnos a replantearnos muchas conductas de nuestros actuales códigos éticos, viciados por el prurito de parecer «modernos»... Este mensaje innegociable debe hacernos comprender que no existe tal cosa como un cristianismo «a la carta», un zapping moral que nos permite cumplir solamente los preceptos y normas éticas que nos interesan, aquellas que no nos suponen ningún sacrificio.
Una vez, cuando era niño, vio a una chica a quien conocía trabajando duro con su aguja, cosiendo una banda a un vestido. Le dijo: «Andrianella, hoy no trabajamos. Es domingo». Mostrando su irritación, la chica respondió: «Niño, eres demasiado pequeño para hablarme así». Francesco se fue y regresó con tijeras. Entonces agarró la banda en
que ella había estado trabajando y la cortó en pedazos.
Cuando Francesco Forgione (Padre Pío) tenía catorce años (1901), fue enviado a trabajar en un programa de escuela secundaria bajo la dirección de Angelo Caccavo. En 1902, Caccavo asignó a Francesco la tarea de escribir un comentario titulado «Si yo fuera Rey». Esto es lo que Francesco Forgione, de quince años, escribió bajo el tema «Si yo fuera Rey»: «(Si yo fuera Rey) lucharía en primer lugar contra los divorcios, y haría que todos respeten lo más posible el sacramento del matrimonio». «El divorcio es el pasaporte para el infierno», se le escuchó decir en más de una ocasión.
El Padre Pío requería a las mujeres que fueran a confesarse con el debido decoro en el vestir, llegando a no recibirlas si consideraba que sus vestidos eran inapropiados. Muchas mañanas sacaba a una tras otra, terminando por escuchar sólo unas cuantas confesiones. También tenía puesto un rótulo en la puerta de la iglesia que declaraba: «Por deseo explícito del Padre Pío, las mujeres deben entrar en su confesionario usando faldas que lleguen por lo menos a ocho pulgadas (20 cm) por debajo de las rodillas. Está prohibido prestar vestidos más largos en la iglesia y usarlos para el confesionario».
Toda mujer que se viniera a su confesionario vestida de una falda que no fuera conforme con esa medida era despedida inmediatamente sin poder ir a confesión. Otras mujeres, que lograron entrar vestidas incorrectamente, fueron rechazadas por el Padre Pío, que les gritaba: «¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!», o «¡Vete y vístete!». A veces agregaba: «¡Payasas!». En muchos casos, las faldas estaban muchas pulgadas debajo de la rodilla pero, aun así, ¡no eran suficientemente largas para el Padre Pío! Los niños y los hombres también tenían que usar pantalones largos, si no querían que los sacaran de la iglesia.
Una mujer intentó cambiar la falda antes de ir a confesarse y le pidió prestada una más larga a una amiga. Cuando entró al confesionario, él descorrió el postigo pequeño, y entonces lo corrió otra vez, diciendo: «¡Qué!... ¿Hemos venido disfrazados para un carnaval, verdad?».
Esta actitud severísima del Padre Pío con la moda femenina puede parecer exagerada y «retrógrada» a nuestra mentalidad moderna, como tantas otras ideas y conductas del capuchino de los estigmas. Para la «modernidad», a cuyos ojos casi nada es pecado, mucho menos pueden considerarse pecaminosas las modas femeninas basadas en la «liberalidad», por no emplear otro término más «contundente», que sin recato –nunca mejor dicho– van encaminadas a una pretendida «comodidad» donde se insinúa y se muestra más de lo conveniente. Modas tentadoras, sugerentes, insinuantes, «sexys», que también han acabado contagiando a muchas mujeres creyentes, inconscientes de lo que verdaderamente significan.
En muchas de sus revelaciones, la misma Virgen María llamaba la atención sobre los peligros de estas modas. Ya en Fátima advertía que «más almas se van al infierno por pecados de la carne –es decir, pecados en contra del 6º y 9º mandamientos– que por cualquier otra razón». En una revelación le dijo a Jacinta: «Se introducirán ciertas modas que ofenderán gravemente a Mi Hijo». Jacinta también dijo a este respecto, mientras agonizaba en un hospital de Lisboa: «Las personas que sirven a Dios no deberían seguir las modas. La Iglesia no tiene modas; Nuestro Señor es siempre el mismo».
Verónica Lueken, la vidente de Bayside, recibió muchos mensajes de María sobre el tema de la modestia:
«Padres de familia, seréis juzgados por la destrucción, por medio de la tolerancia, de las almas de vuestros hijos. Vestidlos en bondad, santidad y piedad, y haced que la modestia sea una manera de vida para los jóvenes» (21 de agosto de 1975).
«La modestia debe ser mantenida. La modestia debe ser enseñada a los jóvenes. Mantened pensamientos puros y santos en vuestras mentes y en las mentes de vuestros hijos, porque vuestros ojos son el espejo de vuestra alma». (Jesús, 18 de mayo de 1977). «Las mujeres no se acercarán al Cuerpo sagrado vestidas como paganas, ¡exponiendo los templos de sus espíritus a vergüenza! ¡Cubriros, hijas mías, u os quemaréis! (18 de marzo de 1975).
«Repito: las mujeres se vestirán como corresponde a una esposa y madre, vistiéndose con modestia y santidad. Los niños seguirán el ejemplo de sus padres; por lo tanto, si vuestro ejemplo es malo, vuestros hijos serán vuestras espinas. Los pecados de los padres de familia seguramente son repetidos por los hijos» (18 de marzo de 1975).
Es un asunto bastante descuidado por los sacerdotes y, desde luego, por los educadores. En cierta ocasión, salió en una importante cadena de televisión una noticia en la que se pedía a los padres que educaran a sus hijas adolescentes en el aspecto de la vestimenta, para que fuera adecuada y apropiada, evitando procacidades innecesarias. La respuesta desde las filas de la «progresía» no se hizo esperar, denunciando que poco más o menos se pretendía que las adolescentes fueran vestidas como ¡Carmen Polo de Franco! (sic).
Pero muchos papas ya habían denunciado las modas excesivamente mundanas: «Se toman severas medidas para luchar contra el hambre, las pestes, la pobreza, y las impurezas de la atmósfera, pero se contempla, inclusive con complacencia, la contaminación de los espíritus» (Pablo VI).
A una mujer joven que había cometido adulterio no la absolvió hasta que contrajo el firme propósito de no pecar más y de enmendar su vida. Entonces pensó: «Prefiero morirme antes que cometer este pecado otra vez», y pensaba esto durante toda su confesión. El Padre Pío la examinó detenidamente, y entonces la absolvió por fin.
Una mujer confesó que había leído libros inmorales. El Padre Pío le dijo: «¿Has confesado esto antes?». «Sí», respondió ella. «¿Qué te dijo tu confesor?», preguntó el Padre Pío. «Que no debería hacerlo nunca más» respondió ella. Sin decir una palabra, corrió la puerta del confesionario en su cara y empezó a oír la siguiente confesión.
Un día un sacerdote llevó un matrimonio al Padre Pío para que les bendijera. Tres de sus hijos estaban en prisión por robo. El Padre Pío les dijo: «¡Absolutamente me niego a bendeciros a vosotros! No educasteis a vuestros hijos cuando se criaban, así que no vengáis ahora cuando están en la cárcel a pedir mi bendición».
Una mujer cuya hija había muerto al dar a luz vino a ver al Padre Pío. La mujer no podía pensar en nada excepto en la pérdida de su hija. El Padre Pío le dijo: «¿Y por qué estás llorando tanto por ella cuando ya está en el Paraíso? Sería mucho mejor dedicar más atención a las actividades de tu hija de diecisiete años, que vuelve a casa a altas
horas de la noche después de bailes y entretenimientos».
Un día, un señor le dijo al Padre Pío: «Padre, yo digo mentiras cuándo estoy con mis amigos. Lo hago para mantenerlos alegres». Y el Padre Pío contestó: « ¡Vaya!, ¿así que