«Quedaos cerca de mi Corazón y luchad por la salvación de las almas. Ofreced vuestras pruebas, vuestras tentaciones, las vejaciones que os atormentan, todo por la salvación de los pobres pecadores y de los sacerdotes infieles que se dejan llevar por el error. Ellos siempre son muy queridos de mi Corazón» (Revelación de Jesús al Padre Pío).
«¿Qué es el sacerdote? Un hombre que está en el lugar de Dios. Un hombre que está revestido de todos los poderes de Dios (...). Mira el poder del sacerdote: la lengua del sacerdote hace, de un trozo de pan, un Dios. Eso es más que crear un mundo (...). Si me encontrara a la vez a un sacerdote y a un ángel, saludaría el sacerdote antes de saludar al ángel» (CURA DE ARS).
Kirie eleyson
El 7 de abril de 1913, el Padre Pío escribió a su director espiritual, Agostino de San Marco in Lamis, una carta en la que le relataba una experiencia visionaria que había tenido el 28 de marzo de ese mismo año (Viernes Santo), muy significativa respecto a cuál iba a ser su misión en la historia de la Iglesia:
«La mañana del viernes todavía estaba acostado cuando Jesús se apareció ante mí. Estaba muy triste y disgustado. Me mostró una multitud de sacerdotes regulares y seglares, entre ellos varios dignatarios eclesiásticos. Algunos estaban celebrando el santo Sacrificio de la Misa. Otros se estaban poniendo las vestiduras sagradas; otros se las quitaban.
La visión de Jesús tan afligido me dio tanto dolor que le pregunté por qué estaba sufriendo tanto. Él no me respondió, pero seguía mirando hacia esos sacerdotes. Cuando se cansó de mirar, apartó la vista. Levantó los ojos hacia mí y dos lágrimas corrieron por sus mejillas.
Él caminó apartándose de la multitud de sacerdotes con una expresión de indignación y desdén, gritando: “¡Carniceros!”. Volviéndose hacia mí dijo: “Hijo mío, no creas que mi agonía duró solamente tres horas, no: estaré en agonía hasta el fin del mundo por causa de aquellos por quienes más he hecho. Durante mi agonía, hijo, no deberíamos dormir. Mi alma busca unas gotas de piedad humana. Pero muy a mi pesar me dejan solo bajo el peso de la indiferencia. La ingratitud y el sueño de mis ministros hacen mi agonía más difícil de soportar. Lo que me duele aun más es que añaden desdén y descreimiento a su indiferencia”».[57]
Esta revelación continuó unos días más tarde, el 12 de abril de 1913. Mientras se encontraba en oración después de Misa, tuvo un vislumbre claro de lo que sería su misión a través del mensaje que el mismo Jesús le dio en otra aparición sobrecogedora, en la que denuncia que su amor hacia los hombres no es correspondido y, especialmente, se lamenta –hasta prorrumpir en llanto– de la traición de las almas consagradas, que
desvirtúan con su tibieza el sagrado sacrificio de la Misa:
«¡Con cuánta ingratitud es correspondido mi amor por los hombres! Habría sido menos ofendido por ellos si los hubiera amado menos. ¡Mi Padre ya no quiere soportarles por más tiempo! [...]. Yo mismo quiero parar de amarles, pero ¡mi corazón está hecho para amar! Débiles y cobardes, los hombres no hacen ningún esfuerzo para superar la tentación y de verdad disfrutan su maldad. Las almas por quienes tengo una predilección especial me fallan cuando están puestos a prueba, los débiles ceden al desánimo y desesperación, mientras que los fuertes se están relajando gradualmente. Me dejan solo por la noche, solo por el día en las iglesias. No les importa nada el sacramento del altar. Casi nadie habla de este sacramento de amor, y los que sí lo hacen hablan, lamentablemente, con gran indiferencia y
frialdad. Mi corazón está olvidado; nadie piensa en mi amor y estoy continuamente apenado. Mi casa se ha convertido para muchos en un teatro de entretenimiento; incluso mis ministros, a quienes siempre he estimado con predilección, a quienes he amado como a las pupilas de mis ojos, ellos, que deberían consolar mi corazón repleto de amargura, que deberían ayudarme en la redención de las almas, sólo me dan ingratitud y desagradecimiento. Veo, hijo mío, a muchos de ellos que bajo hipócritas apariencias me traicionan con comuniones sacrílegas, pisoteando bajo sus pies la luz y la fuerza que les doy continuamente».
Esta terrible visión culmina con unas palabras en las que Jesús, ante esta situación problemática que vive la Iglesia y el mundo, le hace una clara invitación a una misión de sacrificio para corredimir a las almas, que será inmediatamente aceptada por el Padre Pío: «Ayuda en esto, hijo mío: me hacen falta víctimas para calmar la ira justa de mi Padre; haz el sacrificio de ti mismo, y hazlo sin reserva alguna».
Pero la visión no acabó ahí. El mismo Padre Pío confiesa que Jesús prosiguió, pero que sus palabras finales no podrá revelarlas nunca a nadie, con lo cual el sentido último de la misión que le encargó quedará oculto para siempre. Cada vez que se refería a este tema, el Padre Pío confesaba que no le estaba permitido decir nada más.
Sin embargo, a raíz de los mensajes transmitidos por las imágenes que Jesús le muestra y las palabras que las acompañan, no es difícil suponer que esa extraordinaria misión tenía que ver mucho con la situación presente y futura de la Iglesia. El sentido global de estas dos visiones señala que algo terrible y dramático le sucederá a la Iglesia, especialmente al sacerdocio y a las jerarquías eclesiásticas, y que el Padre Pío ha sido llamado a una importantísima misión: mostrar el auténtico rostro del sacerdocio en unos tiempos tan tenebrosos para la cristiandad.
«Esta visión espantosa de los sacerdotes infieles a su misión es uno de los mensajes repetidos por Dios a sus almas privilegiadas en la época contemporánea. El desarrollo de la impiedad y de la indiferencia religiosa ha sido espectacular porque, a veces, los sacerdotes se han mostrado por debajo de su misión en sus costumbres, en su piedad o en el desvío de la doctrina.
La misión del Padre Pío va a ser en gran parte una especie de reto lanzado al racionalismo moderno y a la incredulidad. Va a llevar hasta un punto sublime los
misterios de la Misa y de la confesión, los dos sacramentos en los que el sacerdote es más visiblemente alter Christus. Va a añadir a ese ministerio tradicional del sacerdote los estigmas que, en su carne, le identificarán todavía más con Cristo crucificado. Esos estigmas eran una gracia que el señor le concedía, pero también un testimonio para el mundo: recordar los sufrimientos padecidos por Cristo por la salvación del mundo, y defender la eminente dignidad del sacerdocio»[58]
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Este mensaje de denuncia y condena del mismo Cristo hacia los sacerdotes indignos ha tenido continuidad en otras revelaciones testimoniadas por una serie de videntes, especialmente frecuentes a partir del último cuarto del siglo pasado, hasta el punto de que la crisis de la Iglesia se identifica muchas veces en estas visiones con la crisis motivada por un sacerdocio que se ha desviado más de lo debido de su auténtica misión: salvar almas a través de una función corredentora con Cristo:
«¡Oh, pastores de la casa de mi Padre!: mi rebaño se está perdiendo por vuestra displicencia y falta de compromiso a mi Evangelio. Cada sacerdote que se pierde hace estremecer mi Iglesia y mi sangre brota a borbotones, viéndoles caer en el abismo. Muchos ya no creen en mí, muchos ponen en duda el misterio de la transustanciación de mi Cuerpo y de mi Sangre, encerrados en la sencillez de una hostia consagrada, y celebran mi santo Sacrificio sólo por cumplir [...]. Apacentad mis ovejas, pastores de mi rebaño, y cumplid con vuestro ministerio sacerdotal como os lo enseñé; no sigáis descuidando mi rebaño, para que no tengáis de qué lamentaros».[59]
La ya mencionada Teresa Musco también experimentó revelaciones sobre el mismo tema en una revelación del 23 de julio de 1973: «Lo que yo necesito son sacerdotes humildes y valientes, dispuestos a ser sacrificados, burlados y pisoteados, sin temor a perder su vida, su sangre, para que a través de ellos pueda brillar la Iglesia después de la gran purificación.
Hija mía, ofrece tus sufrimientos por los sacerdotes, porque la mayoría no entiende cuál es la voluntad de Dios. Los pocos que permanecieron fieles a mí, tienen miedo a exponerse y así seguir viviendo hasta cuando mi Hijo lo decida.
Podrás ver cómo muchos sacerdotes, hijos predilectos de mi querido Hijo, niegan la presencia de Él. Muchos no quieren seguir. Sabes, hija, que se necesitan muchas almas que se ofrezcan de víctimas por los sacerdotes. Muchos de ellos se oponen a sus obispos, y muchos ni siquiera admiten que se habían equivocado. Ofrece, sufre, reza por ellos».
Este mismo mensaje de denuncia de la desvirtuación del ministerio sacerdotal es el que resuena con toda crudeza en el memorable discurso que el todavía cardenal Joseph Ratzinger pronunció durante el Vía Crucis del año 2005, una semana antes de la muerte del Papa polaco, con unas palabras que muy posiblemente estaban consensuadas con el ya moribundo Pontífice. Este impresionante discurso produjo una dramática sorpresa en todo el mundo, pues una declaración así era la primera vez que se daba en la historia de la Iglesia: «¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la Cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que
debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? ¿En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo? ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de Él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la reconciliación, en el cual Él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su Pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison (Señor, sálvanos)» (cf. Mt 8,25).
Este texto escalofriante que exponía en toda su aspereza la crisis de la Iglesia alcanzó su culmen, sin embargo, en la oración que seguía a este paso del Vía Crucis: «Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros mismos somos quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podamos levantarnos; espera que Tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero Tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos».
La crisis del sacerdocio
«¡Oh, Padre!, ¿cómo puedes consentir que tu Hijo permanezca todavía en medio de nosotros para verlo cada día en las manos indignas de tantos pésimos sacerdotes? ¿Cómo se mantiene, oh Padre, tu piadoso corazón al ver a tu Unigénito descuidado y quizás también despreciado por tantos cristianos ultrajantes? ¿Cómo, oh Padre, puedes consentir que Él sea recibido sacrílegamente por tantos cristianos indignos?»: (Padre Pío).
Si –como parecen anunciar los testimonios de papas y de creyentes de confirmada integridad como los santos, y como lo demuestran estos tiempos sombríos que vivimos– la providencia divina ha dejado libertad al Diablo para poner a prueba a la Iglesia en los tiempos modernos, cabría interrogarse por los mecanismos de que se han servido los poderes de las tinieblas para desarrollar su ataque, por las formas de que se revistieron las insidias del Maligno para desencadenar sobre la comunidad de los creyentes y sobre las estructuras eclesiásticas una embestida tan devastadora.
La piedra angular de este ataque, el ariete con el que Satanás pretende derribar las murallas de la Iglesia es, por un lado, fomentar la creencia de que él no existe, lo que llamábamos «la conspiración del silencio», la cual constituye el trasfondo de esta dramática persecución, su sello distintivo. En segundo lugar, el Maligno ha planificado sabiamente su estrategia de asalto y derribo a la Iglesia promoviendo la crisis del
sacerdocio, socavando con una oscura labor de zapa los mismos cimientos de la Iglesia. La Iglesia es la dispensadora de la salvación a través de los sacramentos, los cuales son celebrados en las prácticas litúrgicas, ritos establecidos por la tradición generalmente desde tiempos inmemoriales. Los sacerdotes, en cuanto que oficiantes de esa liturgia, tienen la enorme responsabilidad de ser agentes de la gracia divina en el cuerpo místico de Cristo, viviendo su ministerio como si fueran alter Christus. Siendo así, es lógico suponer que los ataques de Satanás contra la Iglesia vayan dirigidos especialmente a los sacerdotes, pues constituyen los auténticos cimientos, las más profundas raíces de la Iglesia.
Si, como vimos en el capítulo anterior, esta crisis profunda de la Iglesia empieza nada más clausurarse el concilio Vaticano, es lógico preguntarse si hay que buscar sus causas en las reformas que emprendió. La apreciación más generalizada sobre este controvertido aspecto es que el Concilio, que debía haber traído un nuevo amanecer a la Iglesia, tuvo sin embargo una serie de consecuencias imprevistas, que no hay que achacar al nuevo paradigma que creó, sino a unas desviadas y erróneas interpretaciones del mismo.
El entonces cardenal Ratzinger afirmaba en el año 1984, en un libro-entrevista con Vittorio Messori, que «el balance de estos veinte años posconciliares es claramente desfavorable para la Iglesia». El resultado final de este proceso ha sido la cristalización de un «neopaganismo», que tiene como características la indiferencia religiosa, el materialismo hedonista y consumista, el nihilismo existencial, y un anticlericalismo concretado en el rechazo de los dogmas esenciales de la Iglesia.
En 1985, en una entrevista titulada Informe sobre la fe niega que el Concilio provocara la crisis posterior del sacerdocio: «En sus expresiones oficiales, en sus documentos auténticos, el Vaticano II no puede considerarse responsable de una evolución que –muy al contrario– contradice radicalmente tanto la letra como el espíritu de los Padres conciliares. Estoy convencido de que los males que hemos experimentado en estos veinte años no se deben al Concilio “verdadero”, sino al hecho de haberse desatado en el interior de la Iglesia ocultas fuerzas agresivas, centrífugas, irresponsables o simplemente ingenuas, de un optimismo fácil, de un énfasis en la modernidad, que ha confundido el progreso técnico actual con un progreso auténtico e integral. Y, en el exterior, al choque con una revolución cultural: la afirmación en Occidente del estamento medio-superior, de la nueva “burguesía del terciario”, con su ideología radicalmente liberal de sello individualista, racionalista y hedonista».
Lo que sucedió fue que si la crisis estalló con virulencia inmediatamente después del Concilio es porque sus gérmenes ya estaban incubados con anterioridad. Se pretendía un
aggiornamento de la Iglesia, es decir, una adaptación a la realidad del mundo, una
adecuación de sus postulados y estructuras a las demandas de los nuevos tiempos, pero el análisis de esa realidad había sido inexacto, pues había pasado por alto un aspecto esencial de la mentalidad de ese tiempo: una crisis de fe, larvada y latente, sí, pero que hubiera sido detectada de haber dejado de lado el clima de entusiasmo que presidió la apertura del Concilio.
panorama de crisis en la Iglesia había sido advertido también por Pío XII en la exhortación que dirigió a los fieles de Roma (y de todo el mundo), el 10 de febrero de 1952. El contenido de este mensaje se podría aplicar sin ningún problema a los tiempos actuales, en los que este paisaje desolador que denuncia Pío XII no ha hecho más que agravarse:
«La persistencia de una situación general, que no dudamos en calificar de explosiva a cada instante y cuyo origen tiene que buscarse en la tibieza religiosa de tantos, en el bajo tono moral de la vida pública y privada, en la sistemática obra de intoxicación de las almas sencillas a las que se les propina el veneno después de haberles narcotizado – digámoslo así– el sentido de la verdadera libertad, no puede dejar a los buenos inmóviles en el mismo surco, contemplando con los brazos cruzados un porvenir arrollador.
[...] Quede bien claro, amados hijos, que en la raíz de los males actuales y de sus funestas consecuencias no está, como en los tiempos precristianos o en las regiones aún paganas, la invencible ignorancia sobre los destinos eternos del hombre y sobre los verdaderos caminos para conseguirlos: sino el letargo del espíritu, la anemia de la voluntad, la frialdad de los corazones. Los hombres, infectados por semejante peste, intentan, como justificación, el rodearse con las tinieblas antiguas y buscan una disculpa en nuevos y viejos errores. Necesario es, por lo tanto, actuar sobre sus voluntades».
Sin embargo, esta situación crítica y esta llamada angustiosa de Pío XII no pareció ser recogida ni valorada en su justa medida en el clima preconciliar, que pasó por alto lo que constituía el meollo de los «signos de los tiempos»: una pavorosa crisis de fe.
«Aunque se vivía el Concilio con mucha euforia y optimismo por parte de una gran mayoría de los asistentes, y existía una buenísima voluntad en el corazón apostólicamente entregado de muchos sacerdotes, de muchos religiosos y religiosas, y de muchos fieles laicos, ciertamente la crisis espiritual estaba ahí. Y era una crisis de fe, una crisis de fe en Dios».[60]
Este espíritu disgregador se contagió también de la inseguridad provocada en todos los estamentos sociales por la revolución de Mayo del 68, proponiendo al cristianismo moderno participar activamente en política para transformar estructuras injustas. El problema fue que, partiendo de esta óptica constructivista, el carácter sagrado de los sacerdotes dejó de considerarse como esencial, subrayándose excesivamente su compromiso con el trabajo social, con lo que se desdibujó su función primordial de salvar almas. Esta secularización llevó a la pérdida de vocaciones y al abandono de conventos y seminarios.
Como consecuencia de esta «mundanización» del sacerdocio se produjo una anemia progresiva de la vida espiritual del sacerdote, lastrada por el abandono de las prácticas devocionales que la alimentan, pues éstas tienen como misión fomentar el contacto personal del sacerdote con la presencia de Cristo, meollo de la fe de todo creyente, y