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Abril 13 y 14, embajada

Amanece el sábado 13 de abril y los pájaros en los árboles de los patios adyacentes no cesan de trinar. Al ver desde una ventana despuntar el día, disfruto el verdor multicolor del monte Ávila y siento en el palpitar de la naturaleza que la vida continúa pujante. Necesito respirar fuerte, con incipiente optimismo, porque nos percatamos de que los golpistas habían retrocedido en la agresión a la embajada y recibimos algunas noticias de que el pueblo cara- queño comenzó la noche anterior a movilizarse y tocar cacerolas.

En rigor, durante las primeras 24 horas después del golpe, apenas pudimos conocer qué sucedía ni enterarnos del paradero del presidente Chávez. Nuestra propia defensa nos obligó a con- centrar los esfuerzos en preservar la soberanía y demostrarles a los fascistas que a Cuba había que respetarla.

A las 8:00 a.m. reaparecen los primeros provocadores. La Poli- cía Metropolitana había aprovechado el despeje de la madrugada y desplegó un cordón a ambos lados de la calle, para así impedir que la turba ocupara el frente de la embajada. De todos modos, nos llama la atención que al avanzar la mañana el número de per- sonas apenas asciende a treinta. «Algo sucede», comentamos en- tre nosotros, mientras tratamos de informarnos inútilmente por la televisión y la radio.

Sobre las 11:00 a.m. empiezan a llamar muchos amigos y no- sotros a ellos. Todos dicen con enorme alegría: «¡El pueblo está en las calles y Fuerte Tiuna y Miraflores comienzan a ser rodeados por la gente!».

Apenas unos minutos después de la 1:00 p.m., cuando un ami- go me llama desde Palacio para avisarme que la guardia de Ho- nor acaba de tomar Miraflores y de apresar a los golpistas, sube

Abril sin censura Germán Sánchez Otero

corriendo las escaleras de la embajada un compañero para infor- marme que se habían ido los pocos manifestantes que aún queda- ban. Además, me dice jadeante y a la vez alborozado, que detrás de ellos también se retiraron de prisa los policías metropolitanos y solo quedaron dos o tres de Baruta.

Tal estampida nos confirma que el golpe fascista está siendo derrotado y nuestra alegría se escucha en La Habana, en Santia- go, en Pinar, en toda la isla. En breve, seguimos recibiendo nue- vos y múltiples datos de lo que ocurría. Nos comunicamos con los compatriotas que están en la residencia y el consulado y todos compartimos el mismo sentimiento: nuestra victoria no era aisla- da; incluso, empezamos a disfrutarla plenamente, pues intuíamos que ese día también sería el triunfo del pueblo venezolano contra el fascismo.

De todos modos, no bajamos la guardia. Y tuvimos razón, por- que aún a las 5:00 p.m. de ese sábado, en un acto de desesperación final, los fascistas lanzan ocho cocteles molotov y cuatro botellas de gasolina desde una casa detrás del consulado, y este casi arde. Y yo pensé en una paradoja: esa bomba casera fabricada con una bo- tella de cristal llena de líquido inflamable lleva su nombre porque durante la Segunda guerra Mundial un militante del Partido Co- munista soviético conocido como Molotov, impulsó entre los par- tisanos rusos la fabricación en masa de esos explosivos incendia- rios para resistir la invasión de las tropas nazis. Nuestros valientes compañeros en el consulado —Oneida, Mario, Marisol, Antonio y Mora—, quienes se encuentran en esa sede, a pocos metros de la embajada, actúan en todo momento de manera heroica; también ellos sufren los embates de la horda fascista, les cortan el agua, la electricidad y varias veces los fanáticos intentan ingresar al recinto.

Todo es inútil para los golpistas. Los destellos del desenlace son convincentes. Chávez está vivo y se dirige a Miraflores, donde lo esperan el pueblo y los militares que respetan la Constitución.

Decido ir a la residencia para disfrutar la buena nueva con mi esposa e hijo y demás compañeros que se encuentran allí; sin proponérmelo, me doy cuenta de que realizo el mismo recorrido que hice el 11 de abril, pero en dirección contraria. Y pienso: es una feliz coincidencia, porque a los golpistas las cosas les salieron al revés. Las calles del este de la ciudad parecen un cementerio en una noche sin luna. No se escuchan voces ni hay luz visible dentro de muchas casas y apartamentos.

Mientras el auto avanza, imagino la rabia y la frustración en- tre quienes —apenas 48 horas antes— suponían, gozosos, que ha- bían logrado matar los sueños y los ímpetus del pueblo bolivaria- no. Muchos no son culpables. Fueron engañados por una minoría bien entrenada para mentir y manipular, que ahora, turbada y con escalofríos ante el inesperado desenlace, solo atina a hacer mutis. Las emociones cambian en menos de 48 horas. Al amanecer del viernes 12, dolor y turbación entre los bolivarianos; euforia y odio entre los opositores. Sábado tarde-noche y domingo, lágrimas de júbilo en el pueblo bolivariano; angustia, desconcierto y tristeza entre los escuálidos.

A lo largo de cinco kilómetros, solo vislumbro un auto en mo- vimiento. Sus dos ocupantes parecen figuras de cera. Enciendo la radio: no hay noticias, y la estación estatal continúa fuera del aire. Llamo por el celular a un amigo y pone su telefonito cerca del televi- sor: Venezolana de Televisión sigue informando el inminente regre- so del Presidente a Palacio. Escucho por esa vía una canción de Alí Primera y las voces animosas del pueblo agolpado en Miraflores, en espera del entrañable líder. Y entonces me contagio y grito con alborozo: «¡Volvió! ¡Volvió! ¡Volvió!». Aunque —medito— en verdad Chávez nunca se fue del alma de su pueblo, y por eso en tiempo récord este le propinó a sus enemigos tal fulminante derrota.

Al llegar a la residencia percibo que tiene las luces apagadas. Todos aguardan silenciosos en la sala. A oscuras y susurrantes

Abril sin censura Germán Sánchez Otero

han vivido esos días de ansiedad. Y al encontrarnos, una mano in- visible activa la luz y el bullicio eclosiona. Aplausos, abrazos, llan- to, sonrisas radiantes, y cantamos Al combate corred… muy alto, para que nos escuchen desde San Antonio a Maisí. Una niña de siete años se despierta y se acerca, aletargada, a sus padres: «¿Qué pasó, mamá?», pregunta mirándonos asustada. «Chávez volvió, mi’jita, ¡ganó la Revolución!».

Envuelvo entre mis brazos a Carlos Ernesto y a Amarilys, y les doy las gracias a ambos, sin decirles por qué, pues ellos saben las razones. Desde la embajada estuvimos atentos a lo que acon- tecía en la residencia y nos sentíamos orgullosos de la conducta admirable de nuestros compañeros y compañeras, en especial de los niños y adolescentes. Ellos tuvieron un proceder de titanes: fueron más obedientes que nunca, no se quejaron por nada y los más pequeños aceptaron, sin chistar, que se les diera de a poco los escasos caramelos que un solidario cubano les envió.

Saludo a cada uno de mis compañeros y varios cuentan sus anécdotas; me refieren que los niños duermen en un cuarto de atrás, que se seleccionó para protegerlos de una posible agresión. Los espacios de mi casa parecen escenarios de guerra: todos en penumbras, colchones en el piso, compañeros de guardia… De re- pente, me hacen notar que llevaba tres días sin bañarme y opto por asearme antes de volver a la embajada. Mientras me ducho, Amarilys continúa haciéndome anécdotas. Narra que un grupo de nuestras compañeras decidió con dignidad y coraje ir hasta Mira- flores, irrumpir allí durante el acto del carmonazo y denunciar la agresión fascista contra nuestra sede. Aún a regañadientes, ahora comprenden que fue correcta la orientación que recibieran de no proceder en aquellas circunstancias. Sin duda, la actuación de to- dos allí había sido ejemplar.

Casi al despedirme, llama desde La Habana nuestro Coman- dante en Jefe, para saber cuánto tiempo más suponíamos que de-

moraría Chávez en llegar a Caracas. Lo siento cansado y ansioso, y sobre todo muy feliz por la épica victoria del pueblo bolivariano. Desde el mediodía del 11 de abril, Fidel se mantuvo en comunica- ción telefónica con nosotros. Recibimos sus orientaciones precisas en cada momento, y hasta sus preguntas incesantes fueron alec- cionadoras y un estímulo soberbio para encarar cuanto sucedía.

Sobre las 3:00 a.m., ya de vuelta a la embajada, nos contamos varias anécdotas de ocasión. Osvaldo Parlá recuerda a todos que el día anterior, sábado, había sido el cumpleaños de Marcel, el jo- ven hijo del compañero Felipe gil. ¡Y surge el pretexto! De algún lado aparece una botella de ron, le cantamos felicidades, nos abra- zamos y repetimos en broma que Marcel, y quizá todos, habíamos nacido por segunda ocasión. Y entonces me detengo a pensar, en serio, que la República Bolivariana estaba otra vez «de parto».

Desde La Habana nos informan por teléfono que nuestro pueblo permanece despierto, al tanto de los acontecimientos en Venezuela y muy feliz en espera del regreso de Chávez. La gente está clavada frente a los televisores y la muy vista «película del sábado» había quedado relegada, pues desde que empezó a salir la señal de Venezolana de Televisión a las 9:30 de la noche, esta se transmitía en vivo en Cuba.

Nuestro pueblo había conocido en la mañana del viernes 12 la noticia del golpe de Estado y que Chávez estaba preso, y que- dó estupefacto. Al parecer nuestros medios de comunicación no alertaron lo suficiente sobre la grave situación que se vivía en esos días del paro. Cuando en el transcurso del viernes conversamos con familiares, amigos y compañeros en la isla, corroboramos el alto grado de ansiedad y preocupación que existía. Las preguntas se repetían: ¿Y a Chávez lo pueden matar? ¿Cómo fue posible que le dieran un golpe? Y al conocerse en la tarde del viernes que la embajada estaba asediada por los fascistas y el peligro que corría- mos, las muestras de solidaridad fueron constantes. Sentíamos en

cada diálogo el deseo de todos los compatriotas de estar junto a nosotros.

En la embajada nos contamos después las emociones de nues- tros familiares y amigos en Cuba. Mi hija Anna, en La Habana, recibió un soplo de esperanza en medio de la pesadumbre fami- liar. Mi madre de 86 años les decía a todos sin soltar una lágrima: «Tan rápido como supimos estas inesperadas noticias, pronto nos vamos a enterar de otras buenas. Ustedes verán…». Y cuando así ocurrió fue entonces que ella se echó a llorar.

Tal vez ningún otro pueblo en el mundo sufrió tan suya la tragedia y las angustias del golpe durante el viernes 12 y hasta la tarde del sábado 13, en que se disipara la pesadilla. Y en esa escala sentimental, nuestra gente vivió uno de sus momentos más felices al saber que Chávez había sido rescatado y regresaba a Caracas, gracias a la movilización popular y a los militares dignos. El pue- blo cubano estaba de fiesta. Nuestro abril, el de girón, tenía una hermana. En palabras lapidarias y hermosas de nuestra inolvida- ble cantautora Sara gonzález: «girón y la victoria bolivariana, dos patadas…».