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Al filo del mediodía sentíamos en la embajada los rugidos de la enorme concentración en PDVSA-Chuao y de súbito escuchamos en el televisor una voz desafiante; vemos a Carlos Ortega, más prepotente que nunca, gritar desde la tarima por el micrófono lo que muchos marchistas sabían y deseaban:

—¡Vamos a Miraflores!

—¡A Miraflores! —grita la muchedumbre en su clímax de su- gestión, aunque la mayoría suponía que las acciones frente a Pa- lacio serían pacíficas.

José Vicente Rangel ve por televisión aquella virtual declaración de guerra y exclama: «¡Estos se volvieron locos!». Orienta de in- mediato que lo comuniquen con Marcel granier, Federico Ravell y otros dueños de las cadenas privadas de televisión y radio. Conversa con ellos, insiste en la gravedad de lo que está sucediendo y les pide su colaboración para desalentar el inevitable enfrentamiento. Ellos aceptan colaborar. Sin embargo, nunca hacen nada pues forman parte de la componenda. José Vicente lo sabe, mas quiere medir sus reacciones simuladoras y también advertirles su responsabilidad.

El general en jefe de la Fuerza Armada, Lucas Rincón, luego de escuchar la declaración de Ortega sobre el desvío de la marcha, trata de comunicarse con los responsables de esa decisión y con- sigue hablar con Carmona Estanga:

—Señor Carmona, usted debe evitar que la marcha vaya a Mi- raflores, pues allí hay mucha gente que apoya al Presidente y será inevitable una confrontación, habrá violencia, es necesario dialo- gar… —le dice con voz respetuosa, aunque exaltado.

Y Carmona que está a punto de subir a la tarima reacciona en tono altanero:

Abril sin censura Germán Sánchez Otero

—general, ya el tiempo para dialogar se agotó.

—Siempre hay tiempo para dialogar —responde Lucas Rincón. —Mire, no hay marcha atrás y yo no tengo más tiempo para hablar. —Por favor, usted puede influir, haga un llamado a la pobla- ción por la televisión. Usted puede pararse en una esquina y decir: «Hasta aquí llega la marcha…».

—No, general, esto no tiene vuelta atrás… —dice Carmona, corta la comunicación, se ajusta la corbata y sube a la tarima con ímpetu de triunfador; allí reitera la consigna de ir a Miraflores, solicita la renuncia del presidente Chavéz y anuncia la ruta que seguirá la marcha.

Por último, el contralmirante Molina Tamayo agarra el micró- fono y empieza a gritar y gesticular, como si estuviera en una bata- lla campal: «¡Salgan, vamos a marchar, a Miraflores, a Miraflores!». Y el paroxismo de aquellos seres embrujados lo sentimos retumbar en las paredes de la embajada. Tambores, pitos, rugidos de ira y muchas consignas: «¡Se va, se va, se va!». «Que se vaya hoy»…

De inmediato, grupos de choque de Bandera Roja y varios policías vestidos de civil de las alcaldías opositoras, muchos de ellos con armas de fuego, junto a oficiales golpistas retirados como guaicaipuro Lameda y Molina Tamayo, que se encuen- tran en la avanzada, inician el desplazamiento de la arrebatada muchedumbre, que debía recorrer 11 kilómetros hasta su objeti- vo. Una valla publicitaria de Subway ofrece en la autopista una recomendación que parecía destinada a los marchistas: «Come más, preocúpate menos».

Entretanto, al conocerse el nuevo destino de la marcha oposi- tora, desde los cerros aledaños a Palacio y otros puntos del oeste de la ciudad se movilizan miles de personas hacia el Palacio Presi- dencial, dispuestas a todo. El alcalde del municipio de Libertador, Freddy Bernal, con voz resuelta y el rostro surcado de tensión denuncia a Ortega a través del canal estatal:

Señor Carlos Ortega, acaba de llamar que marchen ha- cia Miraflores, lo cual es una inmensa irresponsabili- dad. Desde hace dos días aquí, frente a Miraflores, están concentrados miles de hombres y mujeres, de niños, de ancianos, de gente que sueña, de gente que cree en la Revolución, gente dispuesta a defenderla. Ahora, señor Carlos Ortega, fíjese bien en lo que usted está haciendo. Hoy lo hacemos responsable ante el pueblo de Venezuela de cualquier alteración del orden público que ocurra en el municipio de Libertador, lo hacemos responsable de cualquier hecho de violencia, hoy ante el pueblo y maña- na ante los tribunales.

En esos momentos tengo ante mis ojos dos televisores, por uno veo la cadena de los seis canales privados y en el otro, el canal estatal Venezolana de Televisión; a la vez, intercambio opiniones con compañeros de la embajada y evaluamos numerosas informa- ciones procedentes de personas que se encuentran en la marcha y de amigos chavistas.

Poco después de la 1:00 de la tarde recibo desde La Habana una llamada del Comandante en Jefe Fidel Castro, quien considera que el desvío de la marcha supone una confrontación inevitable. Hace varias preguntas y comenta que se encuentra atendiendo una delegación oficial del País Vasco —presidida por el Lehen- dakari— que días antes había sido invitada a un almuerzo. Insis- te en que se mantendría al tanto de lo que estaba ocurriendo en Caracas y lo tuviera informado. En el diálogo con el Comandante —a sabiendas de que él volvería a comunicarse con nosotros—, me percato de que debemos tener a la vista un buen mapa de Caracas, para darle seguimiento al curso de la marcha y los lugares donde ocurrieran incidentes y choques.

Abril sin censura Germán Sánchez Otero

11 de abril

PDVSA-Chuao se convierte desde tempranas horas en el principal punto de concentración de la marcha opositora. Resultan heridos a quemarropa Carmen León y Eleazar Narváez, ambos manifestantes opositores.

Puente Llaguno. Símbolo de la resistencia popular, que se esgrimió mediáticamente de pretexto para justificar la masacre de los francotiradores golpistas.

Palacio de Miraflores, desde donde el presidente Hugo Chávez resistía el embate fascista.

Zona de los principales enfrentamientos y represión. 12 de abril

Embajada de Cuba, objetivo del plan golpista. Asediada desde tempranas horas del 12 de abril.

Abril sin censura Germán Sánchez Otero

La enardecida multitud desemboca por diferentes arterias a la amplia avenida Bolívar rumbo a la Plaza O’Leary, pasando por el túnel debajo de las Torres del Silencio, y desde allí se desgaja en dos partes, una toma por la avenida Baralt para acceder a Urda- neta —calzada donde está Miraflores— y otra avanza por el oeste de Palacio, hacia El Calvario, apenas a 200 metros de la entrada principal del objetivo.

A la 1:20 p.m. es herida la primera víctima en la autopista Fran- cisco Fajardo, a la altura de Chacaíto, cerca del hotel para parejas Aladino. Carmen León, directora de administración de la Escuela de Educación de la Universidad Central, como muchos otros de la marcha distingue la silueta árabe del conspicuo hotel, y piensa que avanzará apenas dos kilómetros más, hasta Plaza Venezuela, y de ahí retornará a su oficina en la UCV. De súbito, siente una ardentía en la pierna izquierda, se detiene y al mirarse descubre una aureola oscura en su pantalón: parecía sangre. Verifica con su mano, palpa la mancha y queda impávida; sí, es sangre: «¡Me hi- rieron!», grita. «¡Me dispararon!», vocifera despavorida y razona: «¿Cómo?... ¡Ni siquiera escuché el disparo!». Casi al unísono es herido muy cerca su compañero de la UCV, Eleazar Narváez, tam- bién a quemarropa, por un arma silenciosa. Por suerte, ninguno es de gravedad.

Estas dos primeras víctimas son silenciadas por la prensa, pues son heridos antes de la hora fijada para comenzar la parte oscura del plan y no se quería atemorizar a los marchistas para que llegaran hasta el sitio donde sería la masacre.

Se decía que la marcha llegaría a Miraflores desde el este por la avenida Urdaneta. Por eso, alrededor de la 1:30 p.m. un primer autobús verde de la guardia Nacional entra de prisa en sentido contrario a esa calzada y un pelotón de sus efectivos armados,

con cascos y escudos protectores y bien dotados de granadas lacrimógenas, se despliega frente al edificio del Banco Central, a 200 metros del Palacio Presidencial, y sus integrantes forman una barri- cada humana. Otros pelotones hacen hileras para impedir el paso en las calles que desembocan en las cercanías del este y el oeste de Miraflores.

Miles de chavistas habían empezado a llegar frente a Palacio desde horas tempranas y al conocerse la noticia pública del desvío de la marcha multiplican su presencia desde el mediodía, desple- gándose a lo largo de Urdaneta desde el Puente Llaguno, que está encima de la avenida Baralt, hasta los predios de las escaleras de El Calvario a más de quinientos metros. «¡No pasarán, no pasa- rán!», corean enardecidos y un gran letrero encima de la tarima de oradores resume el sentimiento de esa gente: «A Venezuela no la para nadie».

El presidente Chávez permanece en Miraflores, al tanto de to- dos los acontecimientos e impartiendo instrucciones. Alguien le dijo que la oposición generó el rumor de que él había renuncia- do. Le orienta enseguida a Lucas Rincón que realice una cadena oficial y a las 2:15 p.m. el general en jefe sale al aire acompañado de los demás miembros del Alto Militar, salvo el jefe del ejército Efraín Vázquez Velazco, quien a esas alturas cumple la parte final de su guion en el golpe de Estado ya desatado y se quita la careta, escondiéndose en el baño. «Sentimos en las Fuerzas Armadas que no es hora de estar alimentando controversias», dice Lucas Rincón y desmiente las versiones de que Chávez había renunciado y es- tuviera preso en Fuerte Tiuna o Miraflores: «El señor Presidente está en su despacho», asegura.