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YA SE ACABARON LAS OBRAS ¡Y LOS SÁBADOS!

In document El obispo del Sagrario abandonado (página 172-176)

A la conquista de sus polvorineros

YA SE ACABARON LAS OBRAS ¡Y LOS SÁBADOS!

Con unas fiestas inolvidables, fervorosas, de esas que sabía preparar D. Manuel, tan a su estilo, se celebró la inauguración y bendición de la Colonia por el Sr. Arzobispo de Sevilla, en los días 1 y 2 de abril de 1911.

“El Polvorín contaba ya como escribe el Arcipreste con su iglesia de 18 metros de larga por 10 de ancha... con sus cinco amplias clases ventiladas... con sus patios espaciosos para niños y niñas, con sus mapas de alto relieve, con su pozo de agua dulce de diecisiete metros y medio de profundidad y cuarenta y cinco galerías, con su molino de viento para extraer y distribuir el agua, con su azotea de cuarenta metros, con sus viviendas para Capellán y maestros, con su gran campo para sembrar árboles, verduras y flores los mismos niños y un conjunto y un ambiente de alegría, de satisfacción, de esperanzas risueñas que meten al más indiferente unas ganas atroces de hincarse de rodillos en cualquier rincón de aquéllos y decir con el corazón y los ojos rebosando lágrimas—. ¡Bendito, bendito mil veces sea el Amo de esta casa!”

“Los que no han acabado son los sábados célebres con todos sus gajes.”

Enumera a continuación D. Manuel algunas de las cosas que aún no se habían pagado y que se habían tomado “sobre el crédito que goza el

Banco de que se surte el Cura de mi historia —y añade—: el que quiera pagar algunas de estas cosas recibirá el premio del Corazón de Jesús y dará un alegrón al Arcipreste de Huelva.

“Un reparo le han hecho no pocos amigos al Cura en cuestión, en esta o parecida forma:

Y ¿no apretaría Vd. más a la gente, para que diera el dinero que falta dejando paradas las obras? Porque al verla concluida a nadie se le ocurrirá que aquello no está pagado.

Y el interrogado ha respondido invariablemente: “A la gente se le apretaría más dejando esto a medio hacer; pero ¿no les parece a ustedes que al Amo de la obra se le aprieta más terminándola del todo y contando con El y poniéndola desde luego en explotación?

¿No les parece que debe mover más una obra con centenares de niños alabándole y pidiéndole, que con los palos de andamio a medio quitar…?”

“Mi caja de caudales —decía en otra ocasión— por obra de las buenas almas y gracia del Sagrado Corazón, se convierte los sábados por la tarde, después de pagar, en una adivinanza a cuyo pie pudiera ponerse este letrero: La caja; ¿Y el caudal? La solución, el sábado que viene.”

Este espíritu sobrenatural de D. Manuel, esa confianza sin límites en el Corazón de Jesús, no podían quedar defraudados.

La obra terminó y aquellas partidas que aún estarán sin pegar se fueron pagando; y en dinero, en objetos para la Colonia escolar y hasta en animales productivos fueron llegando auxilios para aquella empresa en favor de las cuatro mil almas abandonadas en aquellos polvorineros.

Don Manuel por su parte no perdonó sacrificio ni esfuerzo, por medio de su palabra, de su pluma, de la venta de sus libros y hasta del ofrecimiento del estipendio de sus Misas, para allegar cuanto podía, sin mirar en sacrificios.

En aquel mismo año de 1911 escribía él que le lisonjeaba la esperanza de permitirse, para gloria del Amo y satisfacción de los amigos, el gustazo de poner con letras muy gordas y muy llamativas este versito:

¡¡¡Se acabaron felizmente Los sábados del Arcipreste!!!

Y por fin, en diciembre de aquel mismo año publicó un artículo chispeante de ingenio anunciando: ¡Una gran noticia! El Polvorín y la

muerte de unos picaros. Estos picaros eran “los famosísimos sábados del Polvorín que por lo que habían dado que hacer merecían ese título, y al mismo tiempo tan interesantes por el curioso espectáculo que se daba en cada uno de ellos de nacer las pesetas como por generación espontánea del fondo árido de una caja, que pudiera servir de máquina neumática por el vacío tan absoluto de su interior.”

¿Cómo se acabó con ellos? “Esta obra —continúa Don Manuel— se ha hecho sin pedir, ni molestar a nadie, más que al Sagrado Corazón de Jesús, y así quiero acabarla, contando con El (71).

“Y ahora permitid al cronista que corone sus desahogos cantando el versillo que prometió cantar para cuando perecieran los célebres sábados, y que añada:

Se acabaron felizmente Los sábados del Arcipreste, Confiando noche y día En el Amo solamente.

71 Entre otros donativos con los que se pudo acabar el importe de las obras,

menciona el Arcipreste el simpático rasgo de D. Manuel Siurot, que le ofreció el original de su libro “Cada Maestrito...” más el del que estaba escribiendo entonces, “Cosas de niños”, para que dedicara el impute de su venta a pagar el pico del

III

Pensando en el porvenir de sus escuelas

Las fiestas de inauguración de la Colonia fueron celebradas el 1 y el 2 de abril de 1911 con asistencia del Prelado de la Archidiócesis.

Un mes después, escribía así el Sr. Arcipreste: “Gracias al Amo y Padre de la Colonia puedo dar a los amigos unas cuantas noticias.

El lleno: los chiquillos que han acudido a las nuevas escuelas han sido una bendición de Dios.

Al día siguiente de la apertura de la matricula un lleno rebosante ocupaba las listas y las clases.

Y ¡qué familia, Dios mío, la que nos ha entrado por las puertas! A excepción de los niños de la escuelita que tuvimos antes arrendada en el Polvorín, la mayor parte es completamente analfabeta, de todo ¿eh? de lo divino y de lo humano tenemos niños sin bautizar y otros bautizados por los protestantes, los tenemos de la orden de los calzados y de los descalzos, estos en buen número; la habilidad en que muchos de ellos sobresalen es manejar la honda y descalabrar cabezas de transeúntes; también se hace sentir la necesidad de una buena alberca de agua donde se despojen de las costras del hombre viejo y de donde salgan con la limpieza del hombre nuevo. El otro día declaraba uno ingenuamente al Director que no se lavaba más que cuando tenía que ir a Huelva y cuenta que va de tarde en tarde.

Gracias a Dios hay buen fondo, y la disciplina escolar se ha impuesto sin violencias; los niños de la Colonia han tomado ya la marcha de nuestras escuelas. Saludan al entrar y al salir con un “Ave María”, besan la mano del sacerdote, se descubren al paso del maestro por la calle, y los tejados de las casas y de los vecinos no se han visto amena- zados con la visita de las piedras.

Prueba de lo que llevo dicho, es el mes de María celebrado en la Colonia. Es un cuadro por demás consolador y simpático ver tanta fila de niños y niñas en tomo del altar de la Inmaculada, que más parece monte

de flores por la abundancia de ellas que ellos mismos le traen, y cómo rezan, los que saben, y cómo le cantan el “Venid y vamos todos” y cómo le dicen sus versitos y diálogos las niñas vestidas de angelitos (no muy auténticos que digamos) y cómo los padres y las madres van cambiando su extrañeza de los primeros días en lágrimas de gozo al oír a sus niños y niñas cosas tan bonitas y cómo la imagen del Divino Maestro que preside este cuadro parece que sonríe y bendice...

Si, señores, la obra de la Colonia escolar del Polvorín da muchas esperanzas.”

In document El obispo del Sagrario abandonado (página 172-176)