Partiendo el pan a los pequeñuelos
HISTORIA DE UNA PEDRADA
Conducía D. Manuel González Serna una tarde del mes de marzo de 1906 al Santísimo Sacramento por la calle de Enmedio del barrio de San Francisco.
Acaban de salir de una escuela los niños y es tal el alboroto de la chiquillería que el buen sacerdote, parando la comitiva, se vuelve hacia ellos, insistiéndoles que se pongan de rodillas, porque pasa el Señor.
Con un descaro impropio de la edad, ríen a carcajadas, le increpan con burlas y denuestos: ¡Cuervo! ¡Cuervo! ¡Mala pata! ¡Mala pata!
Y comienza la desbandada: una turba de chiquillos corriendo de acá para allá, sin el menor respeto al Santísimo, y sin impresionarles nada aquella fila de devotos acompañantes con sus velas encendidas...
Pero no paró aquí todo, en aquel momento uno de ellos desde el interior de la escuela, instigado por su maestro, arroja con violencia una piedra que le da en la cabeza a D. Manuel hiriéndolo...
Aquella noche se encontraron junto al Sagrario los dos curas de S. Pedro (57).
Aquello fue un aguijón más para su celo. Era una necesidad urgente, inaplazable la educación cristiana de los niños en escuelas netamente católicas: era, en frase del Arcipreste, “una necesidad muy grande y muy triste.”
“Había —escribe éste—, en el mismo barrio donde se han hecho nuestras escuelas unas protestantes de niños y niñas (más de doscientos) y otras laicas de niños, con buen número. Unos quinientos niños en escuelas enemigas de Jesucristo y de la Virgen.
Para contrarrestar esa enseñanza se contaba con la enorme cantidad de cuatro escuelas municipales, para una población de ¡treinta mil almas!
El espectáculo de centenares de niños arrojados al arroyo, porque no había escuelas de balde para ellos, o enseñados en escuelas enemigas de Dios y de la Virgen nos echó a la calle a hacer unas escuelas muy grandes, muy buenas, muy cristianas, y absolutamente de balde para los niños pobres” (58).
El modo para comenzar la obra, lo trazó la divina Providencia, como iremos viendo.
Era el 20 de enero de 1906, fiesta del Patrón de Huelva, San Sebastián.
Llegado a la ciudad en marzo del año anterior, era la primera vez que asistís el Arcipreste a la procesión del Santo, que se celebraba de noche, saliendo desde la ermita donde se veneraba la imagen hasta la parroquia de San Pedro.
Eran los habitantes del barrio de la ermita, por aquel entonces, gente inculta y grosera, que aclamaba el paso del Santo con expresiones irreverentes y ofensivas, demostrando el estado de irreligión en que se hallaban.
Apenadísimo D. Manuel ante aquel espectáculo iba en la procesión lamentando interiormente la miseria moral de aquellas pobres almas, cuando de pronto brilló en su mente la idea clara, luminosa, concreta; al mismo tiempo que sentía una fuerza impulsora y decisiva: ¡hay que hacer enseguida unas escuelas católicas para los niños pobres!
Era una fuerte persuasión de que Dios la quería y de que El daría los medios necesarios, algo así, según él mismo refería, como un empujón del AMO que le decía: ¡Anda ya! Fue tan vivo ese impulso que nunca se le olvidó, y todos los años, al llegar el día de San Sebastián, no podía menos de recordarlo.
Desde aquel momento la idea le absorbió por completo.
El Catecismo Parroquial y sus visitas a las escuelas del Estado no bastaban: había que abordar el problema en su totalidad y atacar el mal en su raíz.
Después de tratar el asunto con el Amo en muchos ratos de Sagrario durante dos meses largos y consultar con su Sr. Arzobispo (59), tenía ya
madurado el proyecto.
Convocó para el día 2 de abril la “primera reunión de “accionistas”, como él les llama jocosamente, comenzando la junta de aquellos respetables señores en el archivo de su Parroquia y terminando en la capilla del Sagrario para dar gracias al Sagrado Corazón por las 5.500 pesetas reunidas en aquella misma junta.
Muy cerca del lugar donde se hallaba la escuela laica a que se alude antes, habla una iglesia, que solo se utilizaba para la Misa dominical.
Dicha iglesia, llamada de San Francisco, tenía varias capillas, en estado ruinoso. El proyecto de D. Manuel consistió, al principio, de acuerdo con el Prelado, en restaurar aquella iglesia, poner el Reservado y abrirla al culto, prescindiendo de aquellas capillas, en cuyos solares una vez derribadas, podrían edificarse las escuelas, o por lo menos, empezar por ahí...
En efecto, el 2 de mayo de 1906 comenzaron, de acuerdo con este píen, las obras de restauración de la iglesia y el 17 de noviembre del mismo año se bendijo y se trasladó a ella solemnemente el Santísimo desde la Parroquia de San Pedro. Precedieron a esta bendición unos días misionales, por dos Padres de la Compañía de Jesús, en la iglesia restaurada, que terminaron con cuatro mil comuniones, número verdaderamente sorprendente en aquel tiempo y en aquel ambiente.
59 Era entonces Arzobispo de Sevilla et Excmo. y Rvmo. Sr. O. Enrique Almaraz y
Santos, que de la diócesis de Palencia fue trasladado a la hispalense, haciendo su entrada el 15 de octubre de 1907. Como su antecesor, el Vble. Cardedal Spínola,
Es de notar un caso curioso. El primer presupuesto de las obras para edificar las escuelas en el sitio que ocupaban las capillas ruinosas, ascendía a doce mil pesetas.
Pero... ¿cómo no hacer un buen patio?
¡Ah, si se pudiera comprar aquella casita que está junto a la iglesia!.. Pues hay que intentarlo con el favor de Dios: El dará.
Y la casita se compró. Pero es que no bastaba. Hacía falta más sitio para las clases y estorbaba la otra casita de más allá...
¡Adelante! y el Corazón de Jesús dará lo necesario. Y se compró también la segunda casa.
El Amo iba moviendo los corazones y las limosnas iban llegando. El Sr. Arcipreste, convencido de que “es mejor esperar andando” y seguro de que la divina Providencia no faltaría, mandó se empezase a mediados de julio de 1907 el derribo de las casas y de las capillas que tenía la iglesia, antes de ser restaurada, sobre cuyo solar se comenzó la construcción de las escuelas el 2 de agosto, primer viernes de mes.
He aquí cómo D. Manuel hace en resumen la historia de la obra de las escuelas.