A la conquista de sus polvorineros
PAGANDO CON AVE MARÍAS A UN INGENIERO PROTESTANTE
“Un día, me dijo D Manuel: Mire. D. Pedro, yo quisiera que fuera Vd. mi intérprete con el ingeniero jefe (inglés y protestante) a ver si quiere cedernos unos terrenos para hacer unas escuelas que están haciendo aquí falta.
—Bien —le contesté— ¿y cuántas pesetas le ofrezco por el metro cuadrado?
—Mire: Vd. le hace ver la necesidad de las escuelas, la obra social que supone... y puede llegar a ofrecerle... unas quinientas u ochocientas Ave Marías... ¡Vaya! ¡hasta mil puede Vd. llegar...!
No pude disimular la admiración y la risa ante tal salida, presintiendo la derrota y temiendo el momento de verme con semejante proposición ante un inglés protestante y nada menos que queriéndole canjear pesetas por Ave Marías...
Llegó el día. Le hice la proposición del negocio, lo más parecido al deseo de D. Manuel, y cuando le salí con la moneda de pego, soltó una gran carcajada y me dijo: Hecho. ¿Cuántos metros necesita? Y regaló cuantos le pidieron (70).
Terminada la conversación, marchó de mi casa. Yo no salía de mi asombro y me temía que al pensarlo se arrepintiera, por lo que dije a mi familia: Yo no veo a ese señor hasta que no se haga la escritura; si pregunta por mí, digan que no estoy.
Al momento suena el timbre. Era el ingeniero. Nos echamos a temblar... Pero él, muy sereno, dice a la criada: “Perdone, se me olvidaba el bastón.”
* * * Ya tiene los terrenos.
Y ahora se preguntaban todos ¿de dónde saldrá el dinero para edificar esas escuelas? ¡Este hombre está loco! Sí, loco, no se equivocaban, pero estos sublimes locos de amor, son los que han acometido y llevado a cabo las más grandes empresas... ¿El dinero? ¡El Banco del Amo lo facilitará con creces!
Cuando se vive de fe se hacen milagros, que el Evangelio nunca falta: “Si tuviereis fe, como un granito de mostaza podréis decir a ese monte: trasládate de aquí a allá y se trasladará y nada os será imposible” (Mt. 17, 19).
Y como su fe era más grande que un granito de mostaza le dijo a aquellos llanos estériles y desnudos: Cubríos de cruces y torres, y palios alegres, y pabellones amplios, blancos de col y de sol para que mis niños pobres jueguen y canten y tocen... Y Lis marismas le obedecieron... y por un milagro de fe y amor florecieron de blancas escuelas...
Tenemos tierra ¡a trabajar! que ya vendrá el dinero, ¿de dónde? ¡nos sobra cielo…! y comenzaron las obras...
Tenía razón D. Manuel cuando decía:
“Si solo con haber empezado a meterse en la obra y escrito unas pocas de cartas y, hecho unas pocas de visitas, el Corazón de Jesús manda la mitad del importe de la obra, haciendo que unos protestantes den el terreno ¿será temeridad mandar trabajar a los albañiles, contando con lo que El vaya mandando cada semana? ¿No seria una tontería y una cobardía insigne no meterse en una obra que se empieza con un empujón de cincuenta mil pesetas?
Y se pusieron a trabajar unos cincuenta operarios y empezó otro periodo de esta crónica que podía titulan: “Historia de unos sábados.”
Porque ¡valientes sábados, o mejor dicho, valientes mañanas las que precedieron a esos sábados!
Para los primeros hubo cuerda larga; un abnegado señor de Madrid, entonces desconocido para nosotros, fue elegido por el Sagrado Corazón para ofrecer las primicias de esta Obra, y mandó espontáneamente cuatro mil setecientas cincuenta pesetas primero, y varios picos de importancia después...
Con estas pesetas se respiró un poco fuerte los primeros sábados; pero se acabaron ¡ay! bien presto y después, después... sólo el Sagrado Corazón de Jesús sabe lo que se le ha pedido y los resortes que El mismo ha tocado para que esas semanas de pasión tuvieran por remate unos verdaderos sábados de gloria.
Poco más o menos así ha sido cada sábado.
Por la mañana: una visita a la caja, un recuento al céntimo de sus existencias y un suspiro hondo que significaba: ¡faltan trescientas pesetas, cuatrocientas, casi todo!
A continuación: un paseíto por la calle a ver si la presencia de uno levantaba en el corazón de algún olvidadizo un buen deseo; esperar el correo, darse una vuelta por la escuela y decir a los niños que recen para que venga lo que hace falta...
Después: Un encuentro. — ¿Vd. es el Sr. tal? —El mismo. —Esa carta es para Vd. — ¿De quién? —No lo sé. Se abre la carta, y se lee escrito en letra de máquina—. El Sagrado Corazón de Jesús no le olvida en sus apuros de sábados, y le envía parte de lo que le falta para terminar la obra del polvorín... textual) y adjunto un billete de quinientas pts.
Otras veces en vez de la carta anónima ha venido el regalo de un amigo, el precio de libros vendidos de “Lo que puede un Cura hoy” o de productos de pequeñas industrias o de rifas. Pero ni un solo sábado se ha dejado ir al maestro de obras con el bolsillo vacío.”
“El Granito de Arena” se encargaba de exponer las cosas que hacían falla para las nuevas escuelas e iglesias y el Corazón de Jesús se encargaba de mover las voluntades para que mandaran los lectores los objetos o las pesetas necesarias...