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El acceso desigual

La emergencia y la visibilidad de los jóvenes son subsidiarias –entre otros factores– del mercado de consumo y de la poderosa industria cultural que contribuyó a constituirlos como tales a mediados del siglo xx. En un proceso similar, es evidente que, en el ámbito de la moda y la oferta mediática, la adolescencia temprana se encuentra actualmente en franca consolidación en tanto segmento teen del mercado. Preadolescentes, adolescentes y jóvenes conforman un segmento altamente rentable para la industria discográfica, de indumentaria, los medios y la tecnología.

Así, pibes/as de diferentes sectores sociales viven atravesados por el ideal del acceso y la ilusión de estar incluidos en un mercado que tiende a homo- logarlos a la hora de suscitar aspiraciones y deseos, y que diferencia, incluye y excluye a la hora del acceso.

Es decir, señalar la potencia de los mensajes que homogeneizan no implica desestimar las diferencias y los abismos que existen entre la experien- cia cultural de los distintos sectores de la población adolescente y juvenil en virtud de la profunda crisis económica de las últimas décadas, que definen la concentración del capital, por un lado, y la concentración de la pobreza y la indigencia, por otro. La oferta cultural, los consumos y las prácticas se despliegan también en ese horizonte.

Por un lado: la existencia de una oferta cultural diversificada, dinámica y unas condiciones materiales favorables para el acceso a casi todo lo dispo- nible; por otro: una oferta cultural estrecha y precaria, y condiciones de vida acuciantes que restringen el mundo y las experiencias posibles. Por una parte: consumos y producciones inscriptos en paradigmas convencionales, donde lo nuevo se asienta en una hegemonía que perdura y, a su vez, la refuerza; por otra parte: producciones simbólicas derivadas de posiciones sociales de exclusión que irrumpen en el mercado cultural con prácticas y significados también nuevos, también cambiantes, inscriptos en una subalternidad que se profundiza. Por un lado: la posibilidad de entrar en contacto, de conocer, de optar, de experimentar; la libertad posible dentro de los condicionamien- tos del sistema y del mercado. Por otro lado: el acceso a las posibilidades que se

ofrecen o que se generan desde los bordes, o bien el aislamiento y la exclu- sión lisa y llana en contextos de pobreza extrema.

Es por eso que, dentro de una matriz cultural compartida por todos/as los/as adolescentes y jóvenes, la distribución de bienes materiales y simbólicos, y los procesos de apropiación que acontecen en el marco de relaciones de hegemonía y subordinación describen y denuncian desigualdades e injusticias. Es en ese marco que se perfila la discusión necesaria acerca de cuánto y bajo qué circunstancias tales diferencias representan heterogeneidades o diversi- dades a respetar. El propósito de valorar la multiplicidad de expresiones y tradiciones culturales o, mejor dicho, valorar los sentidos intrínsecos de cada una de ellas en tanto expresiones de diferentes grupos y sectores sociales no debería omitir la consideración de los efectos que las condiciones de dispo- nibilidad o de restricción tienen sobre las experiencias y las preferencias cul- turales. Las diferencias son notables, la brecha es inmensa y, en tanto pro- ductoras de sentido, no resultan inocuas y tampoco un mero dato de con- texto para el trabajo con adolescentes y jóvenes.

Unos son beneficiados por la acumulación histórica de bienes culturales y por la posibilidad de elegir y de circular con cierta libertad entre ellos, otros suelen ser destinatarios de políticas que procuran facilitar el acceso a (otros) consumos y prácticas culturales. Unos integran talleres de acrobacia, y sus familias aprecian sus logros en las muestras de fin de año, otros reci- ben capacitación en acrobacia para que pedir monedas aprovechando el rojo de los semáforos no sea sinónimo de mendigar, sino una suerte de reconoci- miento de las microperformancesque ofrecen. Unos abonan la noción de ciu- dadano en tanto consumidor, otros, la compensatoria noción de ciudadanía construida en el marco de programas de inclusión. Entre unos y otros, tam- bién, la brecha tecnológica: la calidad de los equipos de que disponen –cuando disponen–, tener o no banda ancha, el ritmo de actualización del hardware… La diferencia reaparece en los usos diferenciados de la pc: unos se comunican y se informan, otros predominantemente juegan. Pero la mayor parte de todos ellos navega por internet, le dice «no» al mail y «sí» al

msn, asiste a mtvy frecuenta series televisivas con ritmos, lógicas, persona- jes, héroes y heroínas de nuevo tipo, con tramas argumentales complejas y actores sociales bien diferentes a los que habitaban las pantallas de adoles- centes y jóvenes de las generaciones anteriores.

Unos y otros exhiben gustos, expectativas y adscripciones que se vincu- lan con estrategias direccionadas y eficaces que van hacia ellos/as desde el mercado local y global.

En este marco, la realidad de que adolescentes y jóvenes de sectores popu- lares tienen menores posibilidades de acceso a las Tecnologías de la Informa- ción y la Comunicación (tic) o a ciertas marcas y bienes no debería conducir- nos a desconocer la potencia y la pregnancia de los mensajes que todo ello encierra: lo que está disponible culturalmente permea, de alguna manera, aunque con intensidades diversas, la socialización de las nuevas generaciones. La mayoría de los adolescentes y jóvenes de nuestro país vive en las gran- des ciudades y en los suburbios de estas. Lejos de conglomerados urbanos o suburbanos, las restricciones se plantean en términos de aislamiento o, mejor dicho: en la mayor parte de los casos, el aislamiento agudiza las desigualdades que venimos analizando. En numerosos pueblos y en contextos rurales, pibes y adultos estructuran sus vidas y sus intercambios de acuerdo a otras lógicas: no viven al compás de las industrias culturales ni suelen padecer el secuestro mediático que soportan o disfrutan sus congéneres urbanos. Sin embargo, algunas evidencias, tensiones y desafíos que procuramos abordar aparecen y se expresan de otras maneras también allí. Las colas en el ciber, en el locutorio o en el local de videojuegos hablan por sí mismas, al igual que las voces que se alzan a favor o en contra del acceso de adolescentes y jóvenes a consumos, mensajes y estilos de vida que se perciben ajenos y/o contrarios a la identidad local.

Mientras tanto, es posible encontrar adolescentes de un pueblo de Jujuy reunidos en torno a un taller de repostería europea a partir de la iniciativa de un docente que «algo de eso sabía», pero sobre todo sabía que en internet y en el Canal Gourmet encontraría ideas interesantes y orientaciones útiles. Los pibes ampliaron (ellos) el repertorio de experiencias culturales de los mayores del pueblo: producción de otros sabores, vínculos con otras tradi- ciones y personas, varones en la cocina en contextos en los cuales esto no es una práctica habitual, internet como instrumento, creación de una marca para salir al mercado (pasando del taller al emprendimiento productivo).

En el otro extremo de nuestro país, una adolescente que no quiere vivir más en el campo logró que su familia se mudara al pueblo. La familia la impulsó a continuar estudiando, sin embargo, luego de repetir dos veces pri- mer año, dejó la escuela. Su madre, que había terminado el nivel primario en el medio rural, trabajó duro para que su hija tuviera todo aquello a lo cual ella no había podido acceder: desde estudios secundarios hasta consumos materia- les de avanzada. El pueblo al cual se trasladaron no ofrece demasiado y, den- tro de lo que sí ofrece, a la adolescente no le interesa casi nada… nada más que mirar la televisión, alimentar y disfrutar de su mp3 y navegar por internet.

Cerca de allí, jóvenes mapuches crean «mapurbe»: mapuches urbanos que fusionan las tradiciones de sus ancestros con los gustos y las opciones cultu- rales de las nuevas generaciones. Son rockeros, se tatúan, reivindican la lengua originaria y promueven una campaña de autoafirmación mapuche a través de diversos medios y estrategias, entre ellos, la web.