CAPÍTULO VI: JUSTICIA Y SEGURIDAD SEGÚN CONTEXTOS
3. El acceso a seguridad y justicia en contextos (territoriales) urbanos y
Una crítica frecuente de los urbanistas y geógrafos urbanos a las ciencias sociales es la poca atención que éstas prestan a las formas territoriales sobre las que se asientan los conglomerados humanos como dependientes de relaciones sociales abstractas (Dematteis, 2004). Esta generalización, aunque no es del todo exacta, nos permite reconstruir brevemente los paradigmas en torno al status del espacio desde los cuales la sociología ha estudiado, entre otras disciplinas de las ciencias sociales, los problemas de la seguridad y la justicia. Proponemos, de este modo,
167 que los abordajes de la sociología tanto rural como urbana respecto a ambas cuestiones resultan insuficientes a menos que se problematice adecuadamente el concepto de territorio.
Hacia finales del siglo XIX, junto con el surgimiento de la sociología como disciplina, cobró relevancia la preocupación por el rol que juega el medio físico en la configuración de la vida económica y social de los conglomerados humanos. Es así que Marx postula, en El Capital, que la base de toda división del trabajo desarrollada, mediada por el intercambio de mercancías, es la separación entre la ciudad y el campo. Puede decirse que toda la historia económica de la sociedad se resume en el movimiento de esta antítesis. (Marx, 2008).
Esta separación se fundamenta en una imagen del campo como el espacio en contacto directo con la naturaleza, fuente de los recursos naturales, mientras que la ciudad es caracterizada como receptora de productos, un espacio en el que estos se intercambian, donde además las relaciones entre sus habitantes y la naturaleza están mediadas por la ciudad. En este esquema, el intercambio de productos en la ciudad cede paso a una profundización de la división del trabajo en la que se intercambia ya no solo productos del campo, sino manufacturas que a su vez vuelven a ser materias primas, y así sucesivamente. Esto da paso a una creciente distancia entre la ciudad y los ciclos de la naturaleza, lo que a su vez impacta en la vida cotidiana de sus habitantes. (Rochabrún, 2007).
Las imágenes del campo y la ciudad dan pie, al mismo tiempo, a caracterizaciones de sus habitantes. En líneas generales, se dibuja una figura del campesino según
168 la cual se trata de un personaje que vive tanto en el campo como del campo (Rochabrún, 2007). Su ritmo de vida resulta, en consecuencia, intrínsecamente vinculado al de la naturaleza. Por otro lado, aparece el citadino, menos afecto al entorno natural en la medida en que los ritmos de la vida de la ciudad, sobre todo a partir de la industrialización que acentúa la división del trabajo y amplía las posibilidades de movilidad espacial, dependen cada vez menos incluso de su entorno campesino inmediato (Remy & Voyé 2006). Emergen características y problemas propios en la vida urbana, entre los que nos preocupan fundamentalmente los de seguridad y justicia, como consecuencia del peso mayor que adquiere el individuo frente a la colectividad.
La separación, no obstante, tiene un momento de inflexión cuando el mundo urbano industrial empieza a producir productos e insumos para el campo. De tal modo que con el tiempo el agro fue dejando atrás formas de organización campesina tradicionales para dar paso a la industrialización de la producción agrícola. Es en este punto cuando surgen el monocultivo y la preocupación por la problemática agraria, entendida ésta como una rama más de la industria (Rochabrún 2007b, 496). Evidentemente, este proceso se manifiesta en diversos estadios que coexisten en un mismo período y en espacios relativamente próximos. Es por eso que, principalmente en América Latina, se postula la presencia de múltiples agros (Vergara 1992).
La heterogeneidad de la actividad agrícola se traduce, también, en distintos niveles de incorporación de modos de vida urbanos que asumen los hombres de campo. Refiriéndose a los personajes del campo y la ciudad, precisamente, Rochabrún
169 señala que mientras más modernos sean los unos y los otros, más semejantes serán entre sí. Es de este modo que este autor, junto a Vergara (1992) y otros en los últimos veinte años, critican la línea de separación entre ciudad y campo como ámbitos irreconciliables, cuyos habitantes son tratados en un extremo como «subespecies humanas diferentes» (Rochabrún, 2007).
Más allá de las posturas críticas, se puede afirmar la sociología rural latinoamericana asume como objeto de estudio la problemática del campo en sus diversas expresiones, centrándose, no obstante, en algunos grandes temas, como la articulación de las unidades económicas campesinas al mercado –tanto interno como global–, el papel de los campesinos en el desarrollo nacional, la pobreza rural y, recientemente, las problemáticas étnicas y de género, entre otros (Bengoa, 2003).
Cuestiones que aquí resaltan, como la protesta campesina por acceso a seguridad y justicia, no fueron tratadas sino hasta finales de la década de 1980, cuando aparece la preocupación por los llamados nuevos movimientos sociales. Hasta entonces, la cuestión de la protesta campesina estuvo fundamentalmente asociada (durante los radicalizados años sesenta y setenta) a la lucha por cambios en la estructura productiva y de tenencia de la tierra en el campo, y temas similares (Starn, 1991).
El clásico trabajo de Starn (1991) sobre las rondas campesinas de Cajamarca surgió en este contexto, y aunque se desliga de posturas que sobreestiman el colectivismo y la particularidad del mundo rural, su análisis se centra en la
170 caracterización de un movimiento político campesino, dejando en un segundo plano la cuestión territorial que es abordada básicamente como contexto.
Recientemente, por otro lado, encontramos trabajos como el de Muñoz y Acevedo (2007), quienes preocupadas por la administración de justicia en contextos rurales, enfatizan las dificultades de acceso que impone el territorio y la débil presencia del aparato estatal como factores que ayuda a explicar la emergencia de respuestas colectivas.
Los límites que los paradigmas de la sociología rural imponen a la consideración del territorio tienen un correlato en los abordajes de la sociología urbana sobre la problemática de la ciudad como espacio en el que se desenvuelven dinámicas sociales. Hasta hace unas décadas, mientras que los análisis sobre lo rural habían estado marcados por su funcionalidad económica, sus modos de vida y –en menor medida– su organización política, los estudios urbanos se habían concentrado en el gravitante rol económico de la ciudad, la cultura que de ella parece emerger y las estructuras subyacentes que condicionan la producción del espacio urbano (Castells, 1986).
En segundo lugar, las zonas de seguridad y de riesgo en el espacio urbano interactúan con las redes de interacción entre los individuos, que pueden ir desde un alto grado de conocimiento recíproco hasta el anonimato. En las grandes ciudades, el telón de fondo lo constituye el segundo polo, a pesar de que sobre él existen áreas de interacción en las que el primero es predominante. La seguridad y el riesgo no se superponen, necesariamente, a las categorías de interacción
171 presentadas. Lo importante radica en el tipo de transgresión que es considerada más “suave” en cada caso. Por un lado, la ciudad tradicional o la aldea rural se presentan como espacios donde prima el conocimiento recíproco en los que la priorización de la colectividad sobre el individuo lleva a que la violencia oculta, experimentada en secreto, sea más o menos tolerada. Frente a esto, la gran ciudad es capaz de tolerar la violencia que se percibe como aquella que no viola el orden público y que respeta los criterios externos de seguridad que éste impone; tales son los casos de los estafadores, impostores, etcétera. Esto no priva que en cuanto se violen tales reglas aparezcan reacciones similares a los de entornos de amplio conocimiento recíproco entre individuos.
A partir del concepto de territorialidad planteado por Remy & Voyé (1981), es posible intentar la superación de los límites que han presentado los análisis tanto de la sociología urbana como de la rural para la comprensión de fenómenos que se presentan en los límites de una y otra área de especialización. Por un lado, el aporte de estos autores nos permite aproximarnos a problemas como el acceso a bienes públicos (seguridad y justicia, por ejemplo) fuera del contexto de las grandes ciudades, en entornos intermedios, como la ciudad tradicional (o pequeña) aún marcada por la preeminencia de la interacción directa y los fuertes vínculos colectivos que la asemejan a los ritmos del campo. De otro lado, facilita la comprensión de procesos altamente dinámicos, muy distintos a los compartimentos estancos que muchas veces parecen ser las nociones de urbano y rural, en los que la interacción entre grupos diversos va dibujando y redibujando a cada paso diversas imágenes sobre zonas seguras e inseguras, sobre orden y desorden
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