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Acerca de la posibilidad de reformar el capitalismo

In document El Enemigo de La Naturaleza (Joel Kovel) (página 146-152)

El monstruo que está montado a horcajadas sobre el mundo, nació de la conjuga- ción del valor y la dominación del trabajo. Desde el primero emergió la cuantificación de la realidad y, con esto, la pérdida del reconocimiento diferenciado, esencial para la integridad ecosistémica. Desde la última surgió un tipo de individualidad que pudiera nadar en estas aguas heladas. Desde este punto de vista se podría llamar al capitalismo «régimen del ego», lo que quiere decir que bajo sus auspicios emerge un tipo extraño de yo como modo de reproducción del capital. Este yo no es meramente engreído -la connotación ordinaria de «egotista». Más plenamente, es el conjunto de las relaciones que, por un lado, encarnan el dominio de la naturaleza y por el otro, aseguran la repro- ducción del capital. Este ego es la última versión del principio del macho purificado,

cuyos eónes emergen después de la dominación de género inicial, convertida, absorbi- da y racionalizada como rentabilidad y automaximización (que permite a un «poder de las mujeres» adecuado unirse a la danza). Es una pura cultura de la fragmentación y el no reconocimiento: de sí mismo, de la otredad de la naturaleza y de la naturaleza de los otros. En términos del análisis precedente, es la elevación de la meramente individual y aislada mente-como-ego en un principio reinante.33

El capital produce relaciones egoístas, las que reproducen el capital. Las personali- dades aisladas del orden capitalista pueden elegir ser las personificaciones del capital, o pueden asumir el papel de imponerlas. En cualquier caso, ellas se embarcan sobre un modelo de no reconocimiento, obligado por el hecho de que el dólar omnipotente se interpone entre todos los elementos de la experiencia: todas las cosas en el mundo, todas las otras personas. Y entre el Yo y el mundo. Nada existe realmente, excepto en y a través de la monetización. Esta conformación provee un medio cultural ideal para el basilo de la competencia y la automaximización despiadada. Porque todo lo que «cuen- ta» es el dinero, una particular crueldad caracteriza a¡ capitalismo, una dura y fría abs- tracción, que sacrificaría especies, continentes enteros (como ser, África), o sectores de población inconvenientes (como ser, hombres negros urbanos), que agregan demasia- do poco a la gran marcha de la plusvalía, o pueden ser vistos como obstáculos en su camino. La presencia del valor proyecta fuera cualquier sentimiento de compañerismo o compasión, reemplazándolos con el cálculo de la expansión de la ganancia. Jamás hubo un holocausto que se practicara con tanta impersonalidad. Cuando los nazis ase- sinaban a sus víctimas, el crimen era acompañado por un toque de tambor racista.. Para el capital global, las pérdidas humanas son necesidades lamentables.

El término valor, que subsume todas las cosas en la fascinación del capital, pone en marcha una especie de rueca de la acumulación, desde la producción al consumo y regreso, hilando siempre más rápidamente a medida que crece la masa inercial del capital y generando su campo de fuerzas como un imán de hilandería genera un campo eléctrico. Este fenómeno tiene importantes implicaciones sobre la posibilidad de refor- mar el sistema. Puesto que el capital es tan fantasmal y tiene también tanto éxito en la mistificación ideológica de su naturaleza real, desvía constantemente la atención de la fuente real de la ecodesestabilización hacia los instrumentos por los que actúa esta fuente. Sin embargo, el problema real es la masa entera del capital acumulado globalmente, junto con la velocidad de su circulación y las estructuras de clase que las sustentan. Eso es lo que genera el campo de fuerzas, en proporción a una escala propia. Y este campo de fuerzas, que actúa por medio de los innumerables puntos de inserción que constituyen la ecosfcra, que crea aglomeraciones de capital siempre más amplias, pone en marcha la crisis ecológica y la preserva de ser resuelta. Pues debe tenerse por cierto un hecho: que resolver la crisis ecológica como un todo, como inmovilizarse

contra un rincón u otro, es radicalmente incompatible con la existencia de gigantescos consorcios capitalistas, el campo de fuerzas inducido por ellos, el bajo mundo criminal con el que están conectados y, por extensión, las elites comprendidas en la burguesía transnacional. Y por no resolver esta crisis como un todo, nos abrimos a nosotros mis- mos hacia el espectro de otra criatura mítica, la hidra de muchas cabezas, que se regene- ra por sí misma cuanto más tentáculos individuales se le hubieren cortado.

Comprender esto es reconocer que no hay compromiso alguno con el capital, nin- gún esquema de reformas que pudiera limpiar sus actos haciéndolos más «verdes» o eficientes. Exploraremos las implicaciones prácticas de esta tesis en la Tercera Parte. Aquí sólo necesitamos exponer de nuevo la conclusión en términos crudos: el capital «verde», o capital no contaminante, es preferible a la casta inmediatamente ecodestructiva en sus términos inmediatos. Pero este es un tema menor, y se aminora con su éxito verdadero. Pues el capital «verde» (o la «inversión social y ecológicamente responsa- ble»), por su verdadera naturaleza como capital, existe esencialmente para crear más valor, y esto lo coloca fuera de la localización verde concreta para unirse al gran consor- cio, y sigue a su campo de fuerzas en las zonas de las mayores concentraciones, renta- bilidad expandida... y máxima ecodestrucción.

En el capitalismo hay crisis, que son generadas por el propio capitalismo y de las cuales éste depende. Las crisis son rupi uras en los procesos de acumulación, que provo- can que la rueda se vuelva más lenta, pero también estimulan nuevos giros. Ellas adop- tan muchas formas y tienen ciclos largos o cortos, y muchos efectos intricados sobre las ecologías. Una recesión puede reducir la demanda y así quitar un peso de encima a los recursos. La recuperación puede incrementar esta demanda, pero también sucede que la mayor eficiencia también reduce esa carga. De este modo, la crisis económica condi- ciona la crisis ecológica, pero no tiene sobre ella un efecto necesario. No hay una gene- ralización particularizada que cubra todos los casos. James O'Connor resume esta com- plejidad:

La acumulación capitalista provoca normalmente crisis ecológicas de cierto tipo; la cri- sis económica está asociada con problemas ecológicos de distinta gravedad, parcialmen- te diferentes y parcialmente similares. Las barreras externas al capital en las formas de la escasez, de recursos, el espacio urbano, la salud y el trabajo asalariado disciplinado, además de otras condiciones de la producción, pueden tener el efecto de elevar los costos y amenazar las ganancias. Y, finalmente, el ambientalismo y otros movimientos sociales que defienden las condiciones de vida, los bosques, la calidad del sol, las amenidades, las condiciones de salud, el espacio urbano y así por el estilo, también pueden elevar los costos y hacer menos flexible al capital.'4

Pero el capital domina a la naturaleza así vaya vías arriba o vías abajo. En Estados Unidos, los años de expansión de Clinton fueron testigos de un grotesco crecimiento en materias tales como la diseminación en la ecosfera de productos químicos tóxicos.35 Mientras que la aguda caída que acompañó el ascenso a la presidencia de George W. Bush, fue inmediatamente respondida con el rechazo a los protocolos de Kioto. Desde el punto de vista de los ecosistemas, la fase del ciclo de los negocios es considerable- mente menos importante, entonces, que el hecho del ciclo de los negocios y el sistema económico perverso que lo expresa.

Los problemas económicos interactúan con los problemas ecológicos, mientras que los problemas ecológicos (incluidos los efectos de los movimientos ecológicos) interactúan con los problemas económicos. Esta interacción es completa en el nivel de los árboles. Por referencia a los bosques, observamos los efectos causados por el creci- miento del sistema como un todo sobre la ecología planetaria. Aquí, el ángel negro es la ley de la termodinámica, por la que la entropía creciente aparece como descomposición ecosistémica.-"1 El impacto inmediato de esto sobre la vida es que vigoriza la resistencia encarnada en los movimientos ambientalistas y ecológicos. Mientras tanto, la econo- mía lleva adelante su camino de crecimiento e intoxicación, inmune a los efectos del colapso ecosistémico sobre la acumulación y cegada en su carrera hacia el abismo.

La conclusión debe ser que, independientemente de las particularidades de una interacción económica u otra, el sistema como un todo está causando daños irrepara- bles a sus fundamentos ecológicos, y que lo hace tan precisamente cuanto crece. Y puesto que el único rasgo subrayable de todos los aspectos del capital es la presión implacable para crecer, estamos obligados, si deseamos salvar a nuestra especie -junto con otras numerosas-, a abatir al sistema capitalista como un todo y reemplazarlo por una alternativa ecológicamente viable.

Notas

1. En El capital, Marx pone en claro cómo son necesarias la tecnología y el modo industrial de producción para maximizar la extracción de plusvalía, el sine qua non de la producción de capital. En este punto necesitamos también anticiparnos a la opinión corriente que apoya la tesis de que la industrialización es tan especialmente culpable, que fue durante el régimen de la URSS, corriendo a todo vapor en una industrialización presuntamente opuesta al capitalismo, que se fraguó una cantidad inmensa de estragos ecológicos. Trato esta cuestión en el Capítulo 8.

2. Esto no implica sostener la doctrina de la excepcionalidad europea, que ha sido desprestigiada por completo por estudiosos de la talla de James Blaut y André Gunder Frank (Blaut, 1993; Frank, 1998), quienes han demostrado de manera decisiva que no hubo un genio europeo innato que otorgara a Euro- pa el mando del mundo capitalista. Sin embargo, hubo diferencias culturales entre Europa y otras nacio- nes más avanzadas, c o m o China e India, en los comienzos de la era moderna. Y es un buen asunto preguntarse si esas diferencias, con la inclusión prominente de la Cristiandad jugó un papel, no en la virtud superior de Occidente, sino en el desarrollo de su patología. Y con ella, en la patología del capital.

3. DeLumeau, 1990, documenta el extrañamiento corporal en detalles apremiantes. Para una visión de la Cristiandad en paralelo con muchos de los argumentos aquí dados, véase Ruether, 1990.

4. En Needham, 1954, Joseph Needham compendia su magistral estudio de la ciencia china. Con respecto al calvinismo y el capitalismo, no podemos aquí embarcamos en el famoso debate. Por supuesto, véase Weber, 1916, y Tawney, 1998, como también Leiss, 1972; Glacken, 1973.

5. Hasta donde sé, la exposición más exigente sobre este tema y con la cual estamos más endeudados en este trabajo, es Mies, 1998. Véase también Salleh, ¡997; O'Brien, 1981.

6. Mi mejor guía acerca de este modo de ser fue Stanley Diamond (Diamond, 1974).

7. En la actualidad, aproximadamente dos tercios de la producción social real es realizada por mujeres. Esta cifra probablemente es la mejor estimación de los esfuerzos productivos reales de las mujeres en las sociedades arcaicas de comunidades cazadoras (Mies, 1998).

8. C o m o subraya Mies (1998), este relato está en el marco del marxismo clásico, con su papel central dado a la explotación del trabajo productivo. Al mismo tiempo, discute con la concepción de Engels acerca de la primacía de la causa. En la visión canónica de Engels, la producción social se desarrolla, por así decirlo, de un modo neutral con respecto al género hasta que se reúne un excedente, que luego es expropiado mediante la violencia, la dirección de clase y la dominación de género. Sin embargo, es más convincente invocar el control violento del trabajo productivo femenino c o m o la lesión original. Para Engels (¡972), el secuestro de la propiedad parece el resultado de una agresión innata, en lugar de un acontecimiento que se generaliza históricamente en la dominación por medio del desarrollo de sistemas de fuerza. La implicación es importante, pues si la agresión innata es el motor detrás del secuestro del excedente, entonces se derrumba el proyecto marxísta entero, y podría también adherirse al relato de Freud en El malestar en la cultura (1931).

9. La narración aquí brindada condensa una abundancia de conocimientos psicoanalíticos que derivan de una contradicción central en las sociedades dominadas por lo masculino. A saber, que la mujer domina- da por el hombre maduro estuvo alguna ve/, representada por la madre de ese hombre en un momento infantil en el cielo de la vida, cuando él era enteramente dependiente y carecía por completo de los

poderes que vinieron a ser sus acciones en el comercio. En lo que sigue, puede presumirse que este nexo

reverbera a través de toda la historia de la humanidad, inscripto en la dialéctica del deseo. Véase Chodorow, 1978; Kovel, 1981; Benjamín, 1988.

10. Para un análisis mayor, véase Kovel, 1984.

11. Para un buen análisis del desarrollo de estas ideasen Marx, véase Rosdolsky, 1977, pp. 109-166. 12. De pecus, la palabra latina para el ganado, viene «pecuniario».

13. Esto es, puedo valorizar el aire porque lo necesito para vivir, o puedo no hacerlo. Donde el aire está implicado, el cerebro se inclina a desatender lo que requiere el «Yo» y sigue respirando. Sin embargo, hay instancias innumerables en las que vivimos rechazándolo. Kierkegaard, Nietzche y Dostovieski estaban muy preocupados por esta coyuntura, lo que representa un fracaso del racionalismo hegeliano y expuso crecientemente a una crisis civilizatoria al siglo XIX.

14. Simmel, 1978, p. 60.

15. Las ilusiones tienen utilidad, la que puede ser privada o compartida entre amigos. Pero no pueden ingresaren la economía a menos que se incorporen a un objeto material. Incluso c o m o tal, no necesitan tener un valor de cambio -como, por ejemplo, en una economía de dádivas, o donde son reemplazados por otros Ítems concretos, o donde son sueños de satisfacción personal.

16. Simmel, 1978, p. 259. 17. Murray, 1978,

Por el contrario, la sociedad islámica (junto con China, India y otros países) estaba bien familiarizada con el uso del dinero, y al respecto no fue superada por Europa hasta las Cruzadas. Este llamativo retraso de ese área del mundo, que sería dominada por el capitalismo siglos más tarde, es un hecho destacable. Se podría especular que el dinero representó una especie de tabú, o deseo olvidado. 18. Arrighi. 1994; Frank, 1998.

19. Marx, 1964, p. 67.

20. Véase especialmente Polianyi, 1957.

21. Una restauración de las comunidades obtenida como resultado de la Revolución de 1911 a 1920, y sometidas a un ataque salvaje bajo el NAFTA.

22. Marx, 1978b; Sheasby, 1997. 23. Thompson, 1967.

24. La caza de brujas fue un ataque al género femenino inigualado en la historia de cualquier otra civiliza- ción. Fue parle de la supresión de las religiones «paganas», esto es, las centradas-en-la-tierra-y-la-

mujer, que se levantaban en el camino del patriarcado cristiano, y especialmente dirigido contra lo femenino y los sanadores naturópatas en medio de una embrionaria estructura médica dominada por los hombres.

Véase Ehrenreich y English, 1974.

Con respecto a Bacon, su contribución a la ciencia c o m o un ejercicio fálico -ciertamente, c o m o una especie de violación de la Madre Naturaleza- se explora en el trabajo de Carolyn Mercliant, The Death of Nature (Merchant, 1980). De igual modo, es necesario puntualizar el papel supremo de Bacon en definir el progreso científico como integral al capitalismo (y también, porque los dos desarrollos son dos caras de la misma moneda, que él fue, en palabras de Merchant -p. 160-, la «inspiración detrás de la Sociedad Real» de 1660, el primer instituto de investigación patrocinado por el estado). Fue el estado, entonces, el que organizó las revoluciones científicas que dieron nacimiento al capitalismo industrial, y lo hizo profundamente en los términos de la bifurcación de género de la naturaleza.

25. La esclavitud, que fue un rasgo infame del desarrollo del capitalismo temprano, continúa hoy en exis- tencia y, de hecho, está en alza. Pero la esclavitud fracasa en proveer mercados de trabajo flexibles y restringe el momento del consumo. De tal modo, no puede generalizarse en el capitalismo, como es el caso del trabajo asalariado.

26. Gare, 1996a.

27. Para un análisis de las relaciones entre los sistemas espiritual/filosóficos y las estructuras históricas, véase Kovel, 1998b.

28. Heidegger, 1977. Todas las citas de esta sección son de este texto. Véase también Zimmerman, 1994. 29. Farías, 1989.

30. Kovel, 1998a.

31. De los marxistas modernos, Raía Dunaievskaia fue la más fiel a la necesidad de un momento filosófico con el fin de unificar teoría y práctica. Su gran logro fue reconectar a Marx con la Ciencia de la lógica de Hegel (Hegel, 1969). Véase Dunaievskaia, 1973, 2000.

32. Derivada del famoso trabajo de Engels. Véase Engels, 1940.

33. Por supuesto, el término tiene muchas implicaciones psicológicas, siendo la más famosa la versión tripartita de Freud sobre la psiquis, en la que al no reconocimiento por el ego del «ello» o «elloidad» del mundo, que es la naturaleza, le fue otorgado el estatus de normalidad, en lugar de ser visto c o m o un reflejo psicológico del capital. Aquí vemos al ego ontológicamente, desde el punto de vista del ser y no de la psiquis. Para mayor análisis, véase Kovel, 1981; 1998b; también Liehtman, 1982; Wolfenstein, 1993.

34. O'Connor, 1998a; p. 183.

35. Por ejemplo en 1999, un buen año para el capital, la presencia de los 644 productos químicos tóxicos rastreados por la Agencia de Control Ambiental, creció el 5 por ciento sobre la de 1998, a 7.800 millo- nes de libras.

36. Esta línea de pensamiento fue desarrollada por el economista rumano-norteamericano Nicholas Georgescu-Roegen, que tuvo la intuición de que «la economía entera vive alimentada de la baja entropía» (Georgescu-Roegen, 1971, p. 277; bastardillas en el original). Aunque Georgescu-Roegen no subraye el punto, se concluye que una expansión económica fuera de control precipitará la mina.

In document El Enemigo de La Naturaleza (Joel Kovel) (página 146-152)