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La revelación del misterio del crecimiento

In document El Enemigo de La Naturaleza (Joel Kovel) (página 51-64)

El «campo de fuerzas gigante» es una metáfora del capital, que es la dínamo ubicua, todopoderosa y grandemente incomprendida que conduce a nuestra sociedad. La vi- sión predominante percibe al capital como un factor racional de inversión, un modo de usar el dinero reuniéndolo fructíferamente en variados campos de la actividad econó- mica. Para Karl Marx, el capital era un «hombre lobo» y un «vampiro», consumidor voraz del trabajo y mutilador del trabajador. Ambas apreciaciones son ciertas y la se- gunda, aplicada a la naturaleza tanto como al trabajo, aporta todos sus rasgos esenciales a la crisis ecológica. Desde el punto de vista de ésta, empresas tales como la Union Carbide son soldados del capital. E instituciones colocadas en el más alto nivel en el sistema, como las bolsas de valores, el FMI y el Banco de la Reserva Federal, el Depar- tamento del Tesoro y así por el estilo, sus gerentes generales. Una vez que se aprecian estas relaciones, Bhopal se ve en una perspectiva más clara. Esto es: podría evitarse la repetición de cualquier accidente si la industria fuera suficientemente cuidadosa. Y, lo que es más esencial, como las manifestaciones de las tendencias antiecológicas son inherentes al capital, se repetirán un día de estos, de un modo u otro, siempre que el capital organice la producción social. Esto último comprende dos aspectos:

1. El capital tiende a degradar las condiciones de su propia producción. 2. El capital, para existir, debe expandirse en forma interminable.

Siempre que gobierne el capital, la combinación hará de la crisis ecológica en creci- miento continuo una necesidad de hierro, no importa qué medidas se adopten para limpiar uno u otro rincón.

Necesitamos examinar por qué hablamos del capital como si tuviera vida propia, que sobrepasa rápidamente sus funciones racionales y consume los ecosistemas con el fin de crecer de manera cancerosa. Es preciso decir que, en sí mismo, el capital no es un organismo viviente. Es más bien un tipo de relación que se presenta cortio un virus canceroso que invade a los seres humanos vivos y los obliga a violar la integridad ecológica, establecer estructuras autorreproductoras y polarizar el campo de fuerzas

gigante. Se trata de seres humanos que viven como capital, personas que se convierten en personificaciones del capital, que destruye los ecosistemas.

El acuerdo faustiano que originó este modo de ser, surgió a través del descubrimien- to de que podía lograrse una riqueza fabulosa haciendo, ante todo, dinero, y cosas por medio de las cuales se produce dinero. Los que aún no saben que la producción capita- lista es para la ganancia y no para el consumo, pueden aprenderlo inmediatamente al observar cómo disciplina Wall Street a las empresas que fracasan en elevarse a la altura de sus normas de rentabilidad. Los capitalistas celebran el dinamismo inquieto a que obligan esas normas, con su dirección innovadora, la eficiencia y los nuevos mercados. Les falta reconocer (porque una forma de reconocimiento es la incorporación a su ser) que lo que admiran, por un lado, como ingenio y elasticidad, se convierte por el otro en adicción y rutina olvidable.

Las mercancías aparecen en el amanecer de la actividad económica y la producción de la mercancía se vuelve generalizada con el advenimiento del capital. El germen del capital se inserta en cada mercancía, y puede realizarse sólo a través del intercambio. Y con esto, se produce la conversión de lo que es deseable en dinero. Para emplear una fórmula utilizada por Marx, en quien encontramos ayuda para expresar nuestras ideas como corresponde, toda mercancía es una conjunción de «valor de uso» y «valor de cambio»." El valor de uso es la situación de la mercancía en la multiplicidad siempre creciente de las necesidades y los deseos humanos, mientras que el valor de cambio representa su «ser de mercancía», esto es, su intercambiabilidad, una abstracción que sólo puede expresarse en términos cuantitativos. Para decirlo de un modo amplio, el capital representa el régimen en que, en la producción de mercancías, el valor de cam- bio predomina sobre el valor de uso... y el problema con el capital es que, una vez instalado, este proceso se autoperpetúa y se expande.

Si se produce para la ganancia (esto es, para la expansión del valor-dinero invertido en el proceso), entonces los precios deben ser tan altos -y los costos tan bajos- como sea posible. Como los precios tenderán a caer por la competencia endémica propia del sistema, en la práctica la reducción de costos se transforma en interés supremo de los capitalistas. Pero, ¿los costos de qué? Claramente, de los que entran en la producción de las mercancías. La mayor parte de estos puede expresarse en términos de otras mercan- cías (por ejemplo, el combustible, la maquinaria, los materiales de construcción y así por el estilo; y, de modo crucial, la fuerza de trabajo, vendida a cambio de salarios pol- los obreros, lo que constituye el corazón del sistema capitalista). Sin embargo, si se hace el mismo análisis sobre lo último, en algún punto llegamos a las cosas que no se producen como mercancías, aunque sean tratadas como tales en el gran mercado defi- nido por el capitalismo. Están las «condiciones de producción» ya mencionadas, y ellas incluyen las facilidades para publicitar lo producido, v. gr. la infraestructura, los obre-

ros mismos y, por cierto lo último en orden pero no en importancia, la naturaleza (in- cluso si esta naturaleza manifiesta ya, como sucede casi siempre, la mano de la princi- pal actividad humana).

El proceso es una manifestación de la ascendencia del valor de cambio sobre el valor de uso, y entraña una doble degradación. En primer lugar, tenemos la mercantilización de la naturaleza, que incluye a los seres humanos y sus cuerpos. Sin embargo, la naturaleza, como examinaremos en detalle en la Segunda Parte, sencilla- mente no trabaja de este modo. No importa lo que digan los ideólogos del capital, las leyes reales de la naturaleza nunca incluyen la monetización. Más bien, existen en el contexto de los ecosistemas, cuyas relaciones internas se violan mediante la conversión en la forma-dinero. De este modo, la incesante conversión en mercancías, con su monetización e intercambio, malogra la especificidad e intricación de los ecosistemas. A esto se agrega la devaluación, o falta básica de cuidados, que se refiere a la desaten- ción de loque sobra y es no redituable. Aquí emergen las denominadas «externalidades» que se convierten en repositorios de la contaminación. En la medida en que prevalece la relación capital, con su competencia implacable dirigida a realizar la ganancia, es segu- ro que, en un punto u otro, se degradarán las condiciones de producción. Que es como decir que los ecosistemas naturales serán desestabilizados y dejados de lado. Como lo demostró James O'Connor en sus estudios pioneros acerca de este fenómeno, la degra- dación tendrá efectos contradictorios sobre la propia rentabilidad (la «contradicción secundaria del capital»), sea en forma directa, por su colisión con el terreno natural de la producción que ella malogra, o indirectamente, como en el caso en que las medidas reguladoras, al ser el capital obligado a pagar por el cuidado de la salud de los obreros y así por el estilo, reintroducen los costos que fueron expulsados hacia el medio am- biente.'-'En un caso como el de Bhopal. los numerosos agravios de esta clase interactuaron y se convirtieron en la matriz de un atroz «accidente». Para Bhopal, la degradación estuvo concentrada en un establecimiento, mientras que puede observarse la ocurrencia de la crisis ecológica como un todo en un campo menos concentrado, pero vastamente extendido, de modo que el desastre se despliega ahora más lentamente y en una escala planetaria.

Seguramente, se replicará a esto que constantemente se introduce una gran cantidad de técnicas que contrarrestan la degradación de las condiciones de producción, para disminuirla o incluso sacar provecho de ellas (por ejemplo, los instrumentos de control de la contaminación, la producción de mercancías anticontaminantes y así por el estilo). En algún grado, están desti- nadas a ser efecLivas. Ciertamente, si el sistema entero estuviera en equilibrio, podrían contener- se los efectos de la segunda contradicción y no estañamos habilitados para extrapolarlos hacia una crisis ecológica. Pero esto nos conduce hacia otro gran problema con el capital. Esto es, que los límites de cualquier tipo son anatema fiara él.

La acumulación

Marx escribió al respecto en los Grundrisse:

Pero, como representa la forma general de la riqueza - el dinero -, el capital tiene la tendencia desenfrenada e ilimitada de superar sus propios límites. Cada limitación es, y debe ser, para él una barrera, si no dejaría de ser capital, es decir, dinero que se reproduce a sí mismo. Si un límite determinado apareciera no como una barrera exterior, sino como una limitación tolerable e inherente a él mismo, se degradaría, pasando del valor de cambio al valor de uso, y de la forma general de la riqueza a un modo determinado de sustancia. Si el capital crea una plusvalía de cantidad determinada, es simplemente por- que no pude producir de una sola vez una cantidad ilimitada. Pero existe el movimiento de su aumento constante. El límite cuantitativo de la plusvalía aparece únicamente ante él como una barrera natural a superar, una necesidad que trata siempre de sobrepasar.1"

Debe apreciarse la deuda con la perspicacia de Marx. En su núcleo, el capital es cuantitativo e impone al mundo el régimen de la cantidad. Esta es una «necesidad» para el capital. Pero de manera equivalente, el capital es intolerante frente a la necesi- dad. Parece ir en forma constante más allá de los límites que él mismo se ha impuesto y así tampoco puede encontrar equilibrio: es irremediablemente autocontradictorio. Cual- quier incremento cuantitativo se convierte en una nueva frontera, que se transforma de inmediato en nueva batiera. El conjunto frontera/barrera se vuelve entonces el lugar del nuevo valor y el potencial para la nueva formación de capital, que luego se transforma en nueva frontera/barrera, y así hasta el infinito. Por lo menos en el esquema lógico del capital. Es una pequeña maravilla que una sociedad formada antes que nada por el bien del capital sea tan nerviosamente dinámica, que introduzca nuevas formas de riqueza y que continuamente remita al pasado formas obsoletas, que esté obsesionada con el cambio y la adquisición... y que sea un desastre para las ecologías.

Dado que cada frontera/barrera es un lugar para la formación de la mercancía, esta se convierte en una prescripción para la «producción generalizada de mercancías», que es uno de los sellos distintivos del capital. Es preciso decir que el proceso no ocurre de manera pulcra, aunque los capitalistas se sienten en torno de él y elijan sus nuevas mercancías de entrega inmediata. Por supuesto, en algún grado lo hacen (imagínese una red de ejecutivos que tratan de desarrollar nuevas comedias de situación, o a los fabricantes de automóviles una línea nueva de impulsión en las cuatro ruedas). Pero los ejemplos más interesantes son aquellos donde las acciones no planeadas y más o menos espontáneas del sistema crean nuevas coyunturas, que los llevan a apoderarse de nue- vos lugares para la actividad rentable. Las perspectivas, caras al capitalismo, de hacer negocios con mercancías no contaminantes, o la búsqueda por la industria farmacéutica

de nuevos antibióticos que curen las enfermedades nuevas desencadenadas por la des- estabilización ecológica, son ejemplos de este tipo. La constante creación de ansieda- des y necesidades mediante el movimiento inquieto del sistema, se concentra constan- temente en los circuitos de la nueva actividad mercaritil. ¿El capitalismo ha creado a un individuo aislado, dominado por la ansiedad, cuya supervivencia requiere ser guiada por un mercado? Bien, el capital entonces podrá también encaminarse a la creación de mercancías al servicio de este estado del ser intensamente narcisista (artículos de moda e imagen, con tecnologías al servicio de éstas y un aparato cultural subsecuente). En el caso de la moda, por ejemplo, hay una 1 ínea completa de revistas, estudios fotográficos, agencias de publicidad, firmas de relaciones públicas, psicoterapias, etc., etc.

El régimen de rentabilidad del capital se encuentra en permanente inestabilidad y nerviosismo. Incluso en la clase dominante, no existe ninguna «regla» sin que ella la pruebe de manera perpetua consigo misma, y el director ejecutivo debe no sólo produ- cir ganancia sino, lo que es más importante, acrecentar la tasa de ganancia, o será rá- pidamente apartado. No se puede permanecer contento con lo dado, sino que éste debe tratar de expandirse constantemente. Sencillamente, para un capitalista el crecimiento se equipara con la supervivencia, por lo que quien fracasa en el crecimiento simple- mente desaparecerá y sus bienes serán adquiridos por otro. No importa cuánto tenga, uno jamás tiene nada: cada cosa debe probar su nueva existencia al día siguiente. De allí el rasgo bien conocido de la burguesía: no importa cuan rica ella sea: siempre necesita ser más rica. Todo el fabuloso crecimiento de la última década no ha reducido ni una jota la directiva de acumular aún más, ni puede hacerlo jamás mientras reine el capital. El sentimiento de tenencia y posesión domina a todos los otros, precisamente porque su realidad nunca puede asegurarse. Estrictamente hablando, los individuos pueden apearse de esta rueda... hacer fortuna y retirarse a criar ponis de polo o repollos. Pero ellos cesan por eso de ser personificaciones del capital y de inmediato otros avanzan para represen- tar su rol.

El dinero - la forma capitalista del valor - abstrae y disuelve todas las relaciones, reemplazándolas por el nexo en efectivo. Pone en marcha la competencia despiadada inherente al capital. Y dado que el dinero es el único vínculo verdadero, entonces no hay siquiera verdaderas cadenas y reina la envidia universal, la sospecha y la descon- fianza. Por la competencia así inducida, la «maquinaria del sistema» se convierte en el motor que obliga al eterno crecimiento como precio para la supervivencia. Y porque el dinero puede expandirse sin esfuerzo, aunque su sustrato material está limitado por las leyes de la naturaleza, los grandes consorcios del capital emergen de las transacciones incesantes que suministran el hito del crecimiento, y lo que ellas recaudan presiona aún más por la expansión. Por consiguiente, la presión del crecimiento capitalista es exponencial, esto es, se vuelve proporcional a la magnitud total del capital acumulado.

que presiona por su desembolso. Como lo planteó Marx en otro pasaje de la misma obra citada:

Las limitaciones que el capital supera le parecen, por lo tanto, fortuitas. Esto es lo que se advierte incluso en los análisis más superficiales. Cuando el capital, a partir de 100, llega hasta 1.000, el punto de partida del aumento será en lo sucesivo de 1.000: su decuplieación - que esté en 1.000 - no cuenta para nada. La ganancia y el interés vuelven a convertirse en capital. Lo que se considera plusvalía vale ahora como simple base de partida, al haber sido la plusvalía totalmente absorbida por el mismo capital."

Si desentrañamos este pasaje altamente comprimido (los Grundrísse fueron escri- tos como un recordatorio para el propio estudio de Marx y no para un lector exterior), Marx nos está diciendo que, en el régimen del capital, cualquier ganancia original es sólo un punto de partida. Si el mismo proceso se lleva adelante a través de un segundo ciclo, se observará la misma fuerza expansiva, que no obstante opera desde un nivel más alto. Si alguna unidad monetaria de 10 se eleva a 100 en el primer ciclo, existirá para ella una tendencia a elevarse a 1.000 durante el segundo ciclo. Por consiguiente, la producción capitalista no es sólo expansionista (puesto que el dinero ha entrado en la circulación para convertirse en capital y necesita ganar una plusvalía), sino que lo es exponencialmente. Como comentó Marx en El capital:

La reiteración o renovación del acto de vender para comprar fi.e., M-D-M | encuentra su medida y su meta... en un objetivo final ubicado fuera de éste: el consumo, la satisfac- ción de determinadas necesidades. Por el contrario, en la compra para la venta [i.e., D- M-D|,12 el principio y el fin son la misma cosa, dinero, valor de cambio, y ya por eso

mismo el proceso resulta carente de termino.

Para tener más dinero, es preciso dinero con un número más grande escrito sobre él, y así

Al finalizar el movimiento, el dinero surge como su propio comienzo. El término de cada ciclo singular en el que se efectúa la compra para la venta, configura de suyo, por consiguiente, el comienzo de un nuevo ciclo. La circulación mercantil simple - vender para comprar - sirve, en calidad de medio, a un fin último ubicado al margen de la circulación: la apropiación de valores de uso, la satisfacción de necesidades. La circula- ción de dinero como capital es, por el contrario, un fin en sí, pues la valorización del

valor existe únicamente en el marco de este movimiento renovado sin cesar. El movi-

El desinterés del capital por las fronteras, excepto como barreras a ser sobrepasa- das, surge de esta propiedad fundamental. Cada frontera en el mundo actual es inútil al capital, a menos que pueda ser monetizada y colocada en un circuito D-M-D', al final del cual debe comenzar otro circuito. C ualquier retraso o demora en el flujo se registra como una amenaza mortal. Si una frontera, o un proceso de retroacción, o una señal de advertencia ecológica, se produce durante un ciclo de inversión, el punto de partida se convierte en otro. Incluso esto es engañosamente escaso para hablar de fronteras como meras barreras. Esto último es así por cuanto el capital necesita conservarse en movi- miento y de tal modo rechaza toda limitación. Pero la barrera-frontera es también el punto de inversión, mercantilización e intercambio. Por consiguiente, el capital necesi- ta y percibe a las barreras/fronteras como lugares de crecimiento. Como si se encontrara un banco de ostras perlíferas al lado de un grano de arena. Pero si la actividad vital de los moluscos y otras criaturas que viven en los ecosistemas se define por regulaciones internas exquisitas, el crecimiento del capital es como una adicción temeraria, que tien- de a poseer a los individuos en proporción directa a su posición en la estructura de mando capitalista. Por supuesto, un grado de cálculo prudente también es de rigueur. Pero éste no es interior al proceso de acumulación: más bien se aplica desde fuera, como un modo de hacer posible la pasión. De este modo, todas las reformas se instalan para permitir crecer en un proceso incontrolado.

En caso de que a alguien le queden dudas de este encantamiento, considere lo si- guiente, que proviene de la primera paite de 1997, un momento de impetuosa expan- sión para el sistema mundial. Esta noticia fue saludada como si fuera una señal del Segundo Advenimiento. En un artículo principal del Wall Street Journal, el 13 de mar- zo de 1997, su autor, G. Pascal Zachary, exhibió la opinión de los expertos de los altos

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