La frontera entre lo viviente y lo 110 viviente no está definida, lo cual es de esperar si la vida es una forma potencial del ser incubada por la naturaleza. La naturaleza es formatim, esto es, tiene el potencial dinámico de generar nodos particulares de existen-
cia; y la vida representa una estación de paso de sus formatividades. Como pertenecien- te al momento del «Bíg-Bang», la naturaleza fue un continuo difuso con ninguna dife- renciación entre sus parámetros. Y retornará a serlo en el extenso momento de su «calor mortal». Entonces, allí no habría nada - ni un agregado particularizado, ni un lugar en el tiempo y en el espacio - de polvo, diferenciales de energía, galaxias, estrellas, planetas alrededor de las estrellas, mares y tierra en el planeta, rocas sobre la tierra, estanques de agua, concatenaciones de elementos químicos en el aire y en las aguas, ciclos de tempe- ratura y luz. En resumen, nada de las diferenciaciones que son parte del cosmos en los eones entre los puntos alfa y omega. Así, la categoría de existencia está ocupada por «algunas cosas» que existen. Estas comprenden a los seres en cuanto internalizan su existencia, esto es, hacen de su «ser en sí» parle de ellos mismos. De este modo, todas las cosas tienen ser en cuanto a que no son otras cosas. Este «ser de seres» se relaciona con un grado de incorporaciones de otras cosas, haciéndolas internas a sí mismo aun- que ellas se vuelvan objetos. Los seres son temporales: evolucionan en tanto entran y salen de la existencia, y con su evolución alcanzan una más plena internalización. En otras palabras, un movimiento de interiorización hacia la subjetividad acompaña a la existencia objetiva más altamente diferenciada. En una línea de desarrollo, esto resulta eventualmente en la emergencia de la conciencia y el pensamiento. Lo que llamarnos «desarrollo» tiene lugar en un terreno del ser y a través de una mayor diferenciación sujeto-objeto (expresado en los términos de la maduración de un niño o como la evolu- ción de la vida).
La vida manifiesta una clase de ser que se autosustenta y replica, que propaga su propia forma por medio de la presencia de individuos definidos, junto con la capacidad de dichos individuos para reproducirse. Pero la naturaleza no es sólo farmativa: es también disipadora de la forma. Ciertamente, si no fuera así, la forma misma no existi- ría. Así es que, para nuestro universo, hay una trayectoria entre los puntos alfa y omega, entre un momento indiferenciado de origen y un fin - inimaginablemente distante5 - en el cual todos los seres cesarán de existir, puesto que la misma diferenciación ha termi- nado. El pasaje de este gran bucle está registrado en las famosas leyes de la termodiná- mica, aunque no se dé cuenta del misino en ellas. La Primera Ley expresa la penetra- ción de los antiguos filósofos naturalistas, como la de la doctrina epicúrea, que descu- brieron que «nada viene de la nada». Sostiene que la materia y la energía se conservan en los sistemas físicos. La Segunda Ley la sobrepasa mediante la introducción del con-
cepto de forma y el de disipación de la forma. Si la «entropía» es una medida logarítmica del desorden probabilístico de un sistema físico dado, la Segunda Ley establece que, por eso. un sistema (sea el del aire en una habitación, un cuerpo viviente o la tierra como un todo) en el que ninguna energía ni materia se agregue a dicho sistema - esto es, en la medida en que se trata de un sistema «cerrado» -, entonces su entropía se elevará con el tiempo. Un incremento en el carácter azaroso de sus elementos o, de otro modo, una pérdida de forma, hará emerger, por consiguiente, la ausencia de consumo de energía. Más aún, la dirección de este cambio define la «flecha del tiempo». De este modo, un cubo de hielo se disuelve, «con el tiempo», en un espejo de agua, reemplazando un estado relativamente improbable por uno más probable (esto es, uno que corresponde al mayor número de posibilidades del sistema que los físicos llaman espacio-fase).6 De manera semejante, cuando morimos, la exquisita combinación de moléculas que ha existido en esta forma viviente regresa al gran flujo del universo. Es esta forma viviente la que mantiene esa exquisitez - a la cual nosotros, como criaturas vivientes introspectivas, respondemos estéticamente.
Hay aquí una cantidad de temas que necesitan un poco de desarrollo. Primero, comprendemos la vida como situada en un grado de tensión con el universo que otorga la existencia. El universo, o la naturaleza, ha dado en sí mismo nacimiento a la vida, como una potencia «natural» del cosmos. Pero al mismo tiempo, y a través de los trabajos de la misma naturaleza en esta Segunda Ley, la vida se sitúa contra ciertas leyes del universo. La vida puede ser... y la vida no puede permanecer. Situada entre es»os polos, la vida continuamente debe luchar por su existencia; si no lo hace, pasa a ser muerte.
En la ortodoxia corriente, el término «lucha» se dota de significados hobbesianos y social-darwinistas: la lucha es la guerra de todos contra todos, y la supervivencia del más apto, en un régimen de continua agresión mutua. Este concepto no es de Darwin, y no sólo es ideológicamente distorsionado, sino realmente erróneo. Pues ningún medio hace que todas ¡as criaturas se conduzcan de este modo. De hecho, ninguna criatura, ni siquiera el «rey de la selva», perdura completamente por medio de la depredación. Mientras que para las criaturas más simples, los seres celulares microscópicos que ya- cen por toda la biosfera, el concepto social-darwinista no tiene significado. Como pun- tualizó el paleontólogo británico Richard Fortey, los primeros sistemas «sustentables», las criaturas mat, o «estromatolitos», cuyo linaje se remonta a 3.500 millones de años atrás, hasta el Precámbrico (groseramente, 2.400 millones de años antes de la emergen- cia de los organismos multicelulares más complejos), y que aún perduran en ciertos lugares protegidos, están compuestos de capas de bacterias procari óticas, la más eleva- da «delgada como una hoja de papel», que hace fotosíntesis, y las capas más bajas que descomponen los desechos producidos por la fermentación de la superior, una estructu-
ra entera dada y nutrida por los granos de minerales atrapados.
Era un sistema sustentable, un ecosistema en miniatura. Si esto reflejaba verdaderamen- te el estado del mundo biológico naciente, es claro que la cooperación y la coexistencia eran una parte de la vida atada a su origen. La base de la existencia puede pensarse como recíproca más que competitiva... Estas estructuras humildes son el nacimiento de la ecología.7
Dado que, durante la considerablemente mayor parte del tiempo en que ha existido vida sobre la tierra lo ha sido como mats estáticos, microorganismos que producen intercambios bioquímicos con el resto de la naturaleza, el significado de «lucha» inclu- ye formas de cooperación tanto como de competencia y depredación. Ciertamente, la primera podría ser más fundamental que la última. Los estromatolitos no tienen órga- nos, no están concentrados, no han cazado ni sido cazados y han existido por un perío- do más largo que la así llamada «vida superior». Aún viven y tienen «ecologías». Por consiguiente, para los estromatolitos -y, en el fondo, para nosotros mismos- luchar significa comprometerse en la transferencia de la materia y la energía que se requieren para sostener cierta organización formal en relación con la Segunda Ley. En la muerte, los numerosos átomos de nuestra sustancia son esencialmente no intercambiados. Sin embargo, su posicionamiento mutuo (incluyendo el posicionamiento en las moléculas más complejas), se recompone drásticamente, La ausencia de vida indica una reorgani- zación en la dirección del azar y la desorganización, principalmente transportada en esta época por medio de la agencia de otros seres vivientes, quienes reconstruyen su sustancia desde los elementos de lo viejo.
La vida, entonces, es lo que sostiene la organización -para ser exactos, la organiza- ción como baja entropía. El conjunto de procesos enérgicos y formales requeridos para esto, constituye la actividad vital específica de una criatura dada, o especie. La caza, la reunión y todo lo demás de los organismos «superiores», es un modo más elaborado de proceder en ese camino, acrecentado en las necesidades de una estructura formal más elaborada. Cada criatura debe extraer energía para presentar lucha, así como para man- tener sus formas, que es como decir, perdurar. Y esto significa que cada criatura es insuficiente en sí misma, pues en lo que respecta a sus individuos, está también separa- da. Y dado que lo que está separado está, por consiguiente, relacionado entre sí, está conectado, aunque de modo diferente. Los que no conforman un conjunto de este tipo son los no-existentes.
Todos los seres vivos tienen relaciones internas y externas, de las partes con el todo. Esta cualidad (que la vida debe existir en relación con otras vidas y con la naturaleza como un todo), si está de acuerdo con la Segunda Ley, define el concepto de ecosistema
y en un nivel más profundo de que eso se considere una simple colección de cuerpos. Los ecosistemas constituyen lugares donde «colocarse juntos». Son los sitios donde las criaturas interactúan en las formas potencíaimente conductivasr a su emergencia y sustentación. Los ecosistemas son los lugares de la formatividad de la naturaleza, con- juntos activos donde los seres vienen a la existencia. En el sentido más amplio, la ecología es el discurso de tales conjuntos y se construye en la fábrica de la vida terrestre, desde los microorganismos infinitesimales hasta los ecosistemas actualmente desestabilizados." La vida emerge en este planeta (podemos dejar de lado la cuestión de la vida en otros planetas) apropiándose de una serie fortuita de circunstancias, en la gama de la posibilidad cósmica. Aquí la naturaleza origina la vida, la que entonces, por medio de la lucha y en sus asentamientos ecosístémicos, procede a evolucionar. Pero la evolución está condicionada a cada paso por el flujo de los ecosistemas. La propia actividad vital que se desarrolla en ios ecosistemas (junto con otras influencias naturales, como los meteoritos o las explosiones solares) es la que impulsa a los seres a convivir, cambian- do los términos de la lucha por la existencia y dirigiendo el desarrollo evolutivo. Por consiguiente, la ecología está íntegramente sujeta a la evolución (podría decirse que cualquier ecosistema dado es una tajada sincrónica que atraviesa el tiempo evolutivo). La vida se define antientrópicatnente. en cuanto a que sus principales rasgos son el sustento y la creación de formas. Los sistemas vivientes despliegan grados de un orden incomprensible al entendimiento vulgar. Si observamos las proporciones obvias y si- métricas de los organismos o, de manera más profunda, la delicada estructura molecular respecto a la cual cada átomo parece posicionarse como en un taller, podría parecer que la vida no sólo desobedece sino qüe burla la Segunda Ley. Esto es lo que la lucha por la existencia es exactamente. En la muerte, el cuerpo de una criatura antes viva cae muy veloz y disciplinadamente en el principio de la entropía creciente. El trabajo de la vida y la intricada danza de energía y forma que lleva en sí, son empresas esencialmente retardantes y opuestas a la Segunda Ley. Entonces, lejos de refutar la Segunda Ley, la vida afirma su poder luchando contra ella.9
La lucha de la vida contra la entropía no produce la abolición de la Segunda Ley, pues las criaturas vivientes son algo así como sistemas cerrados. Si convierten la luz solar ambiente, en una forma utilizable a través de la fotosíntesis, en la planta del reino, o comen los productos de esta actividad incorporados en la sustancia de animales, la vida incorpora constantemente energía de baja entropía para sostener sus formas. Un grado considerable de actividad bioquímica evolucionada consiste en la capacidad de los seres vivientes para capturar pequeños paquetes de energía, principalmente cadenas fosfatadas de alta energía, de modo que puedan actuar en el taller de la delicada estruc- tura de la vida. Aquí, en las asombrosas nanofactorías de la célula, el principio que permite la emergencia de la vida al primer plano se institucionaliza: lús reactuantes se
mantienen unidos, la energía se transforma en cantidades pequeñas y utilizables, y la pequeñísima arquitectura se repite billones de veces más, y así es como la vida se construye y propaga a sí misma.
Por medio de todo esto, el modelo entrópico neto permanece muy disciplinado con la Segunda Ley: en la medida en que la vida puede situarse en la posición de un sistema (relativamente) cenado, ello incrementará la entropía de la totalidad, comprendida la propia y la de su entorno. Eso no es tan claro para la tierra como un todo. Es muy probablemente el caso en que la capacidad de la vida para bajar la energía del sol (y en menor medida, de las fuentes más inmediatamente gravitacionaies como las olas y los puntos de calor geotérmico) haya anulado tanto las restricciones del sistema cerrado, que ha producido (por lo menos hasta muy recientemente, cuando la crisis ecológica ha revertido el modelo) un actual decrecimiento de la entropía sobre el planeta. Por lo menos, esa es la forma en que podría mirar el principio «Gea», de acuerdo con el cual la tierra misma es un superorganismo, con capacidad de autorregulación e incluso de exhibir signos de una clase de conciencia.10
Podría parecer el caso que cualquiera de las tendencias «geanas» evidenciadas por el ecosistema global sean manifestaciones de los efectos acumulativos de la evolución sobre el planeta, hechas posible por el genio de la vida, para sujetar el globo a sus efectos ordenadores. En este esquema, el sistema «cerrado» es la tierra + el espacio, con respecto al cual el conjunto que crece en entropía se considera como una re-radiación inocua de energía solar degradada en el último. Mientras tanto, la evolución orgánica alcanzada por la tierra como un todo hace, asimismo, el proceso vital para los seres individuales. Un incremento en el orden y la forma dinámica.
Si la ecología es la lectura externa de la organización formal de la vida en cualquier punto del tiempo, entonces la evolución es su movimiento temporal hacia adelante. Por consiguiente, la situación ecológica de las cosas en cualquier momento es como una instantánea acerca de lo que acontece en la evolución. Sin embargo, no debería interpretarse esto como un proceso ordenado teleológicamente, impulsado por Dios desde el más allá (o, en el sentido más ideológicamente sobreentendido, de que la evo- lución aguarda su realización en un equilibrio, bajo la guía de la actual clase dominante o el amo racial. El concepto de formatividad en la naturaleza requiere, más bien, una lectura más dinámica. Pues si la ecología estuviera siempre en estado estable, entonces no existiría ninguna presión hacia la evolución, y tampoco existiría la belleza e intricación de la forma viviente. Ella es carencia y conflicto y la incesante interacción entre los seres vivos y sus entornos, que condicionan la evolución de la vida. El equilibrio como tal no es una propiedad de la vida, mientras que, hablando en general, las funciones en las cuales se obtiene una especie de balance son mejor pensadas como un equilibrio metastable: la «posesión conjunta» de los elementos en formación creativa. Heráclito
aferró la raíz de las cosas cuando planteó un movimiento incesante, con su ausencia y su presencia, como el modo del universo."
Por consiguiente, cuando hablamos de la «estabilidad» de los ecosistemas, no alu- dimos a una condición estática, o incluso una de simple equilibrio. Más bien queremos indicar un estado del ser con una indeterminación irreductible, en el cual se puede decir, «la vida va hacia adelante»: nuevas (aunque no «superiores») especies evolucionan y se introducen las estructuras formales y los procesos dinámicos en laecosferaque com- prende su trabajo en la tierra. Dado que el movimiento y la evolución están en la natu- raleza de los ecosistemas, hacemos me jor en evocar su integredidad que su estabilidad. El concepto de integralidad incluye la estabilidad como tasa de cambio y emergencia, compatible con la tarea de cualquier ecosistema. Aun en su «climax», el bosque conti- núa en evolución. En el nivel fisiológico, el sistema inmune es estable si es capaz de cambiar mediante la introducción de nuevos anticuerpos reunidos a nuevas contingen- cias. Lo mismo para el sistema circulatorio, que tiene que preservarse manteniendo la existencia de sus vasos, y extendiendo otros nuevos en las áreas traumatizadas.
Hablar de la integralidad de algo, signi ftca reconocer que este algo existe como la integri- dad de sus partes. En una palabra, es un Todo. Por consiguiente, preservar la integralidad ecológica es cuestión de preservar los Todos y de fomentar su emeigencia y desarrollo. Al decir «fomentar» quiero decir que tenemos una elección entre hacer esto o no hacerlo (una elección que depende, en parte, de nuestra valoración de la integralidad de los ecosistemas). Para responder por qué deberíamos tenerla, se podría decir que nuestra propia supervivencia depende de ello, pero también y necesariamente porque una valoración de este tipo significa completar nuestra propia naturaleza y también encontrar su integridad. Los efectos ordena- dos de la vida en la tierra no son simplemente un asunto de superar la entropía. Ellos resultan también en kts entidades y modelos que encontramos bellos (y este sentido de belleza no es- indulgencia, sino la participación en la naturaleza de la cual emeigen los seres. Entonces, si nos maravillamos de la belleza y la elegancia de la naturaleza, estamos apreciando a la propia naturaleza y nuestra admiración es parte de la forma de la naturaleza misma. Tenemos la elección de tratar de fomentar la continuación de la vida. Al elegirque «no», es decir, elegir la continuación del modo de vida que conduce a la desintegración ecológica, estamos también eligiendo contra nosotros mismos. Y esto nos conduce a preguntamos quiénes somos.